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El negocio de la 'fiebre verde' de la marihuana en EEUU y España

Raquel Cespedes y Christian Rubio

Foto: Raquel Cespedes y Christian Rubio

Si vas a Colorado (EEUU) es más probable que des antes con una tienda que dispensa marihuana que con un Starbucks. Esta realidad es un ejemplo del creciente e imparable negocio del cannabis en Estados Unidos. En las pasadas elecciones del 8 de noviembre los norteamericanos no sólo decidieron fumarse al stablishment eligiendo a un candidato como Donald Trump, sino que también dieron un espaldarazo al consumo y venta de marihuana. Los habitantes de California, Massachusetts, Nevada y Maine aprobaron en las urnas la legalización de la marihuana con fines recreativos. Esto implicará que los mayores de 21 años podrán poseer la sustancia, así como cultivar plantas de marihuana en sus residencias privadas y comprar 28,5 gramos de marihuana para usarla con fines recreativos. Esta cobertura de legalidad va acompañada de una gravada de impuestos, como ocurre con el tabaco y el alcohol.

Tras este respaldo, ya son ocho los estados donde se permite el consumo recreativo de la marihuana (Colorado, Alaska, Oregón , Washington, California, Massachusetts, Nevada y Maine), además del Distrito federal de Washington DC. Mientras que en otros 29 estados está permitido su empleo con fines terapéuticos y medicinales. Pese a esta corriente de permisividad, la ley federal lo considera ilegal sin excepción. Una paradoja que amenaza y ralentiza la proliferación de un negocio que ha demostrado su potencial y beneficios en aquellos estados en los que ha podido desarrollarse.

FILE -- HOLD FOR TUESDAY NOV. 15, 2016 EARLY RISER BY BOB SALSBERG -- In this Wednesday, Nov. 9, 2016 file photo a marijuana joint is rolled in San Francisco. Newly-approved laws in four states allowing the recreational use of marijuana are seen as unlikely to change rules regarding use of the drug in the workplace.  (AP Photo/Marcio Jose Sanchez)

Son ocho los estados de EEUU donde se permite el consumo recreativo de la marihuana. (Marcio Jose Sanchez/AP)

Un ejemplo de la emergente industria del cannabis es Colorado, que aprobó la legalización de la marihuana en 2014. Seis meses después, los beneficios no sólo se notaron en las arcas públicas sino también en las calles, gracias a un importante descenso en los índices de criminalidad. Según Policy Mac, el estado ganó el primer semestre tras su legalización 20 millones de dólares al mes, un aumento de más del 50% con respecto a lo que se esperaba en un principio.

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Los campesinos transportan plantas de marihuana recién cosechadas, en Los Suenos Farms, la mayor granja de marihuana legal al aire libre de América, en Avondale, en el sur de Colorado. (Foto: Brennan Linsley/AP)

Además de la recaudación por impuestos, el estado estima que ha ahorrado entre 12 y 40 millones de dólares al reducir drásticamente las detenciones relacionadas con la marihuana, que suponen cerca del 50% de todos los delitos vinculados con las drogas en Estados Unidos. Este ahorro permite al mismo tiempo destinar más recursos a la lucha contra otros crímenes. De acuerdo con datos del gobierno, en la ciudad y el condado de Denver el índice de homicidios descendió un 42% desde la legalización del cannabis.

La salida de la clandestinidad dio la oportunidad a pequeños productores y comerciantes a afianzar un negocio con unas perspectivas de crecimiento más altas incluso que el sector de la telefonía. La profesionalización y la mejora de la calidad han dado lugar a empresas muy punteras provistas de las últimas tecnologías que se alejan de la típica imagen de un invernadero zarrapastroso gestionado por alguien que nada tiene que ver con un empresario. Tripp Keber, es la personificación del futuro de la marihuana. Este ex promotor inmobiliario fundó, junto a Chuck Smith, Dixie Brands, una de las empresas más vanguardistas en la industria del cannabis. Desde hace cinco años, estos pequeños magnates han convertido Dixie en una de las marcas líderes del sector y tienen participaciones de propiedad en 17 empresas relacionadas con el cannabis.

La legalización en California, uno de los estados más ricos y poblados, espoleará el negocio de la marihuana. (Haven Daley/AP)

La legalización en California, uno de los estados más ricos y poblados, espoleará el negocio de la marihuana. (Haven Daley/AP)

Keber lo vio claro desde el principio como demuestra esta declaración realizada hace dos años en una entrevista para la revista Rolling Stone: “En Colorado, 100.000 pacientes crearon una industria de 300 millones de dólares el año pasado (2013, cuando se legalizó la marihuana con uso medicinal). Ahora imagina cómo sería el mercado legal para todos los adultos (con la legalización del consumo recreativo en 2014). Los estudios muestran que alrededor del 10% de ellos tiene alguna relación con el cannabis. El 10% de los 5 millones de habitantes de Colorado es alrededor de medio millón de personas. Recibimos 60 millones de turistas cada año. Incluso si tan sólo el 5% de esos turistas hiciera una compra, eso es 3 millones de personas al año. Estamos hablando de un crecimiento vertical”, auguraba.

Teniendo en cuenta que más de 32 millones de estadounidenses ya consumen marihuana, en el horizonte se vislumbra un vasto mercado parcialmente establecido. Según la consultora Arcview Market Research, el año pasado las ventas legales llegaron a los 6.000 millones de dólares. Y para el año 2020, estima que se multiplicarán por tres.

Director of Quality Assurance Thomas Shipley prunes dry marijuana buds before they are processed for shipping at Tweed Marijuana Inc  in Smith's Falls, Ontario, April 22, 2014.   REUTERS/Blair Gable/File Photo - RTSU7W7

Laboratorio de calidad de la empresa de marihuana ‘Tweed’, radicada en Ontorio, Canadá. (Foto: Blair Gable/Reuters)

De esta gran tarta de consumidores también están sacando tajada las startup, que contemplan esta industria como un vivero virgen e inexplorado, con infinitas posibilidades de negocio. Un  estudio de New Frontier estima que las startups relacionadas con el mundo del cannabis recaudaron en Estados Unidos 213 millones de dólares a lo largo de 2015. Unas cifras que esperan duplicarse con el consumo legalizado en más estados y gracias a la cada vez mayor aceptación por parte de la sociedad americana, con un 58% a favor de la legalización.

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Encuesta sobre la opinión de los ciudadanos norteamericanos en cuanto a la legalización de la marihuana. (Gráfico: Gallup)

El sector ya tiene algunos inversionistas estrella. Como el famoso rapero Snoop Dogg, que asegura que fuma 81 porros al día. Dogg, de 44 años, se asoció con la empresa canadiense Tweed, que provee marihuana y accesorios y ha invertido en una aplicación llamada Eaze, que se dedica a la entrega de marihuana a donde tú la necesites. Además, uno de los hijos de Bob Marley, Ky-Mani Marley, se ha reunido con funcionarios en busca de permisos para la marihuana que se cultiva en California. Hasta un gigante tecnológico como Microsoft ha decidido entrar en este floreciente negocio. El gigante de Redmond se ha asociado con una startup de Los Ángeles, Kind, para crear un software que ayude a realizar un estricto seguimiento del proceso que va desde la semilla hasta la venta final. Este software estaría impulsado por la plataforma en la nube de Microsoft, Azure, y con su desarrollo se espera que se faciliten tanto las ventas como el comercio.

Prueba de la alta aceptación de la sociedad americana fue la última Conferencia anual de negocios de la marihuana que tuvo lugar en Las Vegas en el mes de noviembre. Fue la más numerosa de cuantas se recuerda, pasando de apenas 400 personas en 2012 a más de 10.000 en esta quinta edición. En este encuentro se mostraron las infinitas diversificaciones del sector del cannabis: equipos de extracción, infusiones, dulces, bebidas, servicios de consultoría para inversionistas, medios de comunicación especializados, servicios de etiquetas, cigarrillos electrónicos, y mucho más. La gran cantidad de avances que se exhibieron dan cuenta de que el futuro de la marihuana pasa por la alta tecnología.

Sesgo racial en las detenciones 

Pero estas ganancias y grado de aceptación tienden a oscurecerse ante la triste realidad que se desarrolla en muchos otros estados. Mientras en Colorado y Washington se licitan a productores y vendedores de marihuana, en otros lugares la policía continúa llevando a cabo redadas contra las plantaciones.

El cambio de tendencia en Estados Unidos, un país de tantos contrastes y tan puritano en algunos aspectos, viene desde abajo. Lo que está ocurriendo forma parte de un movimiento político en el que se ha impuesto la voluntad popular. Porque la marihuana no sólo es dinero, también es un estigma. La lucha para acabar con la Guerra contra las Drogas en el fondo es un movimiento para detener el encarcelamiento masivo de minorías. “El consumo de la marihuana, como el de todas las drogas ilícitas, es casi igual en todas las razas, excepto que la población afroamericana es arrestada en una tasa cuatro veces mayor que la gente blanca”, reconoció Stephen Downing, antiguo subjefe de la Policía de Los Ángeles (LAPD) y dirigente del grupo Agentes del Orden Contra la Prohibición (LEAP).

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Los datos de arrestos relacionados con la marihuana en EEUU revelaron una tendencia consistente de sesgos raciales significativos. (Foto: Henry Romero/Reuters)

Un análisis de la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) encontró que las detenciones hechas por posesión de marihuana representan más de la mitad de todas las detenciones relacionadas con drogas en EEUU. De los 8,2 millones de arrestos hechos por el cannabis entre 2001 y 2010, el 88% fueron simplemente por portación de hierba. En todo el país, los datos de arrestos revelaron una tendencia consistente de sesgos raciales significativos.

Los que defienden la legalización argumentan que normalizar el consumo de la ‘maría’ reduce los costes del sistema de justicia, el hacinamiento en las cárceles y la violencia entre los grupos de narcotraficantes. Teniendo en cuenta que la marihuana representa el 50% de los ingresos de los carteles, darle a este negocio una pátina de legalidad supondría un duro golpe contra el crimen organizado.

¿Qué pasará con el cannabis en la era Trump?

La época de mayor esplendor de la marihuana ha sido bajo la administración Obama. Además del éxito de las consultas populares, la razón principal por la que los profesionales del cannabis no están siendo arrestados por agentes federales y procesados por la corte federal es por un memorando de 2013 del fiscal general James M. Cole que dirigía a los fiscales federales a centrar sus esfuerzos en actividades delictivas, con el mensaje implícito de tolerar traficantes de marihuana regulados por el estado.

Pero con Donald Trump en la Casa Blanca esto puede cambiar. Sobre todo conociendo el nombre del nuevo secretario de Justicia, el senador por Alabama, Jeff Sessions. Sessions es un ultraconservador y quizás uno de los mayores oponentes contra el movimiento de reforma de la marihuana. Su nombramiento al frente del Departamento de Justicia de Estados Unidos podría poner fin a la legalización del cannabis. Sus declaraciones destilan cierta nostalgia de la época de Ronald Reagan, cuando la por entonces Primera Dama Nancy Reagan encabezó una campaña a favor de la guerra contra las drogas. Sessions incluso ha llegado a sugerir que sólo “las malas personas” se involucran con las drogas.

La posición del nuevo secretario de Justicia es una amenaza para el gran esquema de la legalización en Estados Unidos, pero ¿qué posición tiene Trump sobre la marihuana? En 1990, Trump dijo que estaba a favor de legalizar todas las drogas, pero recientemente durante la campaña electoral aseguró que se opone a legalizarla, pero apoya su acceso médico y cree que los estados deberían ser libres para adoptar sus propias políticas con respecto al uso recreativo.

Perspectivas

Si la tendencia en Estados Unidos continúa por la senda de la legalización de la marihuana y la regulación federal no le pone palos en las ruedas, nuevas leyes pueden abrir perspectivas importantes para los empresarios. Actualmente la principal traba para la expansión del sector son las contradicciones entre la legislación estatal y federal, que impide que un brownie de marihuana cocido en Oregón pueda ser vendido en Washington, pese a que en ambos estados está permitido el uso recreativo pero con diferentes disposiciones.

La firma de investigación y asesoría financiera GreenWave Advisors estima que las ventas de productos de marihuana en Estados Unidos serán de 6.500 millones de dólares en 2016 y de unos 30.000 millones de dólares en 2021, si los productos derivados del cannabis estuvieran legalizados en los 50 estados del país.  Sin duda, en Estados Unidos está naciendo una de las mayores oportunidades de negocio del siglo XXI.

¿Y si todo esto pasara en España?

La legislación española con respecto a la marihuana se ha ido flexibilizando con el paso del tiempo. De hecho, España es en la actualidad uno de los países europeos más liberales en cuanto al cannabis. Su política descentralizada impulsa un alto grado de autogestión por parte de las comunidades autónomas, cada una de las cuales desarrolla sus propias medidas sobre el negocio y consumo de esta sustancia.

Sin embargo, la Ley Orgánica 4/2015 de protección de la seguridad ciudadana establece en su artículo 36 una serie de normas de obligado cumplimiento a nivel nacional. El párrafo 16 dice así: “El consumo o la tenencia ilícitos de drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas, aunque no estuvieran destinadas al tráfico, en lugares, vías, establecimientos públicos o transportes colectivos, así como el abandono de los instrumentos u otros efectos empleados para ello en los citados lugares” será considerado una infracción grave. Por tanto, consumir marihuana de forma legal queda relegado a los lugares especialmente habilitados para ello. Son los llamados clubs de cannabis.

La legislación española con respecto a la marihuana se ha ido flexibilizando con el paso del tiempo. (Foto: Julie Gordon/Reuters) .

Podría decirse que estos clubs hicieron su aparición formal en España en 2001 de la mano del Club de Catadores de Cannabis de Barcelona. Pero la primera piedra de su organización se remonta a 1993, cuando la Asociación Ramón Santos de Estudios Sobre el Cannabis (ARSEC, con sede en Barcelona) envió una carta a la Fiscalía Antidroga preguntando si sería un delito cultivar marihuana para el consumo personal de un grupo de usuarios adultos. La respuesta fue clara: su propuesta no podría considerarse una conducta delictiva. Con el beneplácito jurídico en la mano, la agrupación decidió plantar marihuana destinada a unas 100 personas. Se llegó incluso a hacer una intensa campaña divulgativa en los medios de comunicación al respecto. Sin embargo, la plantación fue incautada. La Audiencia Provincial absolvió a los responsables y el caso fue recurrido ante el Tribunal Supremo. La sentencia final fijaba una condena mínima de prisión (que quedó suspendida) y sanciones económicas para los directivos de ARSEC. El Supremo argumentó que, aunque en este caso no se pretendía traficar, el cultivo de cannabis era peligroso en sí mismo y debía ser castigado.

La puerta parecía cerrarse para la expansión de los clubs de cannabis, pero muchas otras asociaciones recogerían el testigo de ARSEC. En 1997, la agrupación vasca Kalamudia cultivó 600 plantas destinadas a cerca de 200 personas, entre las que había parlamentarios regionales, concejales de varios partidos políticos y profesionales de múltiples disciplinas. La cosecha tuvo qu recogerse poco después sin consecuencias legales. Dos años después, en 1999, repitió su plantación y tampoco contó con el rechazo de las autoridades. Las asociaciones dieron un carácter estable a sus cultivos, apoyados jurídicamente por un informe del gobierno regional de Andalucía que impulsaba el establecimiento de estos clubs para obtener marihuana de forma legal.

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La industria del cannabis ha ido expandiéndose por España con diferente calado. (Foto: Vincent West/REUTERS).

Desde entonces, la industria del cannabis ha ido expandiéndose por todo el territorio nacional con diferente calado. Sin lugar a dudas, Barcelona se ha convertido en el epicentro del negocio con más de 200 clubs de cannabis, cuando en todo el país existen unos 800. Su crecimiento se ha desarrollado a la par que la normativa española, cuyo mencionado artículo 36 de la Ley de Seguridad Ciudadana prohíbe su venta pero no su consumo. Así, es legal la venta de semillas y el cultivo de marihuana para el consumo personal en estos lugares privados. Los usuarios pagan una determinada cuota para un periodo concreto, reciben la cantidad de marihuana correspondiente y la pueden consumir únicamente dentro de los clubs. Para convertirse en miembro sólo hay que tener 18 años y el respaldo de otro socio.

La controversia jurídica del mercado del cannabis llega con el párrafo 18 de la ley: “La ejecución de actos de plantación y cultivo ilícitos de drogas tóxicas, estupefacientes o sustancias psicotrópicas en lugares visibles al público, cuando no sean constitutivos de infracción penal” también será considerado una infracción grave. Esta aparente contradicción provoca que los clubs se muestren muy reticentes a la hora de exhibir públicamente sus campos de cultivo. Se han dado numerosos casos de incautaciones de cosechas cuando la asociación cumplía con la legalidad. Por ejemplo, el del club Pannagh -un referente para los usuarios españoles-, que fue intervenido en 2005 y en 2011.

Cerca de cuatro millones de españoles, el 10% de la población de entre 15 y 64 años, declaran haber fumado cannabis (AP Photo/Rich Pedroncelli)

Cerca de cuatro millones de españoles, el 10% de la población de entre 15 y 64 años, declaran haber fumado cannabis (Foto: Rich Pedroncelli/AP)

Sus miembros fueron acusados de un delito de tráfico de drogas y su cultivo fue incautado. La Federación de Asociaciones de Usuarios de Cannabis de Euskadi declaró en su momento que no entendía cómo se estaba regulando el negocio por un lado y contrarrestándolo con “estrategias represivas” por el otro. Por tanto, el vacío legal favorece el negocio de la marihuana en los clubs y los locales comerciales, los llamados grow shops, donde se vende todo el material necesario para su cultivo doméstico. Algunos de estos establecimientos son franquicias cuyo desembolso inicial de apertura puede sobrepasar los 10.000 euros. Una inversión que se suele recuperar al cabo de un año, lo que se traduce en un rendimiento muy atractivo para muchas personas que quieren salir de las listas del paro.

El Ayuntamiento de Rasquera, en Tarragona, se prestó voluntario para acoger un proyecto de plantación de marihuana de la Asociación Cannábica Barcelonesa de Autoconsumo. El pueblo tiene 900 habitantes y hay un 40% de paro. El club estaba dispuesto a pagar 650.000 euros al año por las tierras, que en su momento significaba una especie de tabla de salvación para las arcas municipales. Pero la Justicia paralizó la operación y el alcalde, defensor de la idea, tuvo que abandonar su puesto.

Cerca de cuatro millones de personas, el 10% de la población española entre 15 y 64 años, declaran haber fumado cannabis alguna vez. Casi un 2% fuma de manera habitual cada día, según datos del Ministerio de Sanidad. Los partido políticos, a raíz de la formación de un nuevo Gobierno, han planteado sus propias medidas con relación al mercado de la marihuana en España. Un negocio que maneja cifras millonarias y que en 2016 sigue estancado en arenas movedizas, entre la ética y la legalidad.

Lo que Trump (y algún otro) aprendió de Nixon

Antonio García Maldonado

El presidente Trump es pionero en Estados Unidos en la impudicia con la que exhibe su ignorancia y sus “ideas” retrógradas. A su lado, los villanos políticos que hemos tenido los progresistas hasta hace pocos años –Reagan, Thatcher, Bush hijo– parecen émulos de Olof Palme o Willy Brandt. Trump ha conseguido que los que creemos que el Estado tiene un papel esencial recordemos con melancolía a quien dijo aquello de que “el Gobierno es el problema, no la solución”. Sin embargo, el asunto de la Russian-Connection no muestra una práctica nueva, aunque se trate mediáticamente como tal en muchos casos.

Escandalizarse por las estrategias diplomáticas –más o menos explícitas– con la que todos los países intentan influir en otros de acuerdo a sus intereses estratégicos es más una muestra de ignorancia histórica que de sagacidad analítica. Putin tiene sus hackers y falsos diplomáticos como Kissinger tuvo a los suyos azuzando a lo más retrógrado del estamento militar de América Latina en la década de 1970. El Plan Cóndor no influyó sobre el resultado de unas elecciones; directamente acabó con ellas e instauró dictaduras represivas durante algunos lustros.

Pero no sólo no es nueva desde Estados Unidos; tampoco lo es en Estados Unidos. Trump parece aquí un alumno aventajado de uno de los políticos más turbios de la historia reciente, Richard Nixon. El candidato republicano, que en 1968 aspiraba a suceder a Lyndon Johnson (que no se presentaba a la reelección) tuvo noticia de que el Gobierno ultimaba un acuerdo de paz con Vietnam del Norte. Dirty Dick y sus asesores pensaron que aquello podría acabar con su campaña y enviaron emisarios a Vietnam para convencer a los dirigentes del país con el que estaban en guerra para que no firmaran aquel pacto. Que él les daría más una vez llegara a la Casa Blanca. Los vietnamitas se retiraron de un acuerdo que estaba hecho, para ira de Johnson, a quien los servicios de contrainteligencia habían avisado de los manejos de Nixon, que ganaría las elecciones. La grabación de la llamada de Johnson a Nixon en la que el primero acusa y el segundo se indigna por la acusación es un monumento sonoro al cinismo político.

Y hay otro caso reciente, que si no ha tenido más repercusión interna y externa es por el bien tan preciado que se busca salvaguardar: la paz en Colombia tras el acuerdo con la guerrilla más antigua de América Latina, las FARC. En las elecciones presidenciales en las que el presidente Santos consiguió la reelección, en 2014, la inteligencia colombiana tuvo conocimiento de que nada menos que el candidato del uribismo, Óscar Iván Zuluaga, había mantenido una reunión con un hacker a su servicio, quien estaba comprando información confidencial a funcionarios de inteligencia y militares corruptos, y que además había intervenido los correos de los negociadores gubernamentales en La Habana. El vídeo en el que el hacker le explica al candidato las ilegalidades que hace, ante la tranquilidad de éste, está disponible en Youtube. La idea nixoniana era boicotear el proceso. Curiosamente, la contrainteligencia colombiana utilizó a un español para desenmascarar toda esta estrategia uribista. Los implicados, aunque no el candidato Zuluaga, están en la cárcel. Una idea de patriotismo compartida con Nixon y Trump.

PS: ayer se cumplieron 26 años del intento de asesinato del presidente Reagan que le perforó el pulmón y a punto estuvo de acabar con su vida. Había llegado a la presidencia unos meses antes. El régimen de Jomeini no liberó a los 66 rehenes americanos que habían sido secuestrados en Irán hasta que Carter abandonó el Despacho Oval, con intención de humillarlo. Reagan, en cambio, envió días después a Carter a Alemania para que recibiera a los rehenes, porque había sido él quien había hecho la gestión y padecido el desgaste. Le cedió la medalla. Un republicano y un demócrata. Voilà le patriotisme.

Susana es susuna: todos a una

Gonzalo Gragera

De las Juventudes Socialistas del barrio del Tardón, en Triana, a los pasillos del ayuntamiento de Sevilla. Primeros años del nuevo siglo; cambio de milenio, mudanza en las bases del futuro socialismo andaluz, tan parecido, paradoja viene, al de la eclosión de los años ochenta. Por aquel entonces, Susana Díaz contaba veinticuatro años y un aval de nombres de poder en la selva de lo local y de lo regional, en esa micropolítica que sirve de ensayo, de preparación, de entrenamiento: terreno de juego en donde todo se reduce, en donde las posibilidades de crecer disminuyen, aunque ese pequeño espacio propicie mejores vistas al político joven con ganas de conocer el cómo funciona las redes internas un partido. Menor escala, sí, pero mayor cercanía, que traducido al verbo de las aspiraciones partidistas significa tenerlo todo más a mano, más próximo, más manejable, laboratorio de experiencias que llegarán una vez se cumpla la prometedora carrera política. En cuanto Madrid llame a la puerta.

Susana Díaz supo jugar sus cartas, y aprender de ellas, en esos años de juventud partidista. Juventud en la que consolidó cualidades que la han acompañado durante su trayectoria socialista. Dotes que ella misma demuestra, aunque de manera sibilina, en esta pugna por el poder del PSOE: capacidad para anular a los enemigos, y aquí la clave, sin que se note. En silencio. Tomando alianzas mediáticas –esa medalla de Andalucía a Antonio Caño, director de El País– y financieras –su amistad con Antonio Pulido, en La Caixa-; perpetrando la emboscada mediante las bases, la militancia; desgastando, de puro desconcierto y cansancio, las propuestas de sus rivales, que son López y Sánchez, sí, pero que fueron Pepe Griñán y Manolo Chaves. Recordemos la cita que el primero le apunta al segundo en cuanto se entera de que Díaz comentó en una rueda de prensa que ambos deberían dejar sus ocupaciones políticas debido al caso ERE: “Pepe, Susana nos ha matado”. Si así trató a sus mentores, ¿cómo lo hará con sus rivales?

Dicen que la cámara vieja del PSOE apoya a Díaz, y es cierto, aunque de motivos no vayan sobrados. Es un apoyo más de identidad que de convicción; más de “mal menor” que de confianza, incluso de caballo ganador, de me arrimo a quien me garantiza posición y puesto. La mayoría de los argumentos que se oyen tienen por contenido la abstracción de los ideales –sentido de Estado es uno de los más citados- o las vaguedades del discurso de aplauso mitinero, el carisma, que es la palabra de los que no tienen nada que decir. Así sucede en Andalucía, en donde todo es propaganda de la tele pública y abrazos a señores mayores en las residencias, a pesar de la reducción del dinero público a la sanidad. Mayor recorte de España. Pero Díaz controla la opinión, el gesto, la cúpula y el noticiero. Los cuatro puntos cardinales del político que apunta al cosmos nacional desde la autonomía, ese instrumento del que se benefició para alcanzar lo que de verdad ha ambicionado estos últimos cinco años, que no es la presidencia de Andalucía, sino de España. Susana es susuna: todos a una.

Anna al desnudo

Jesús Nieto Jurado

Foto: Manu Fernandez
AP Photo

Anna Gabriel, apellido arcangélico aunque le duela. Activista de oficio, de beneficio. Diputada en la que reside la soberanía autonómica -“a todo se llega degenerando”, que decía “el Guerra”- . Gabriel es de las que cardan la lana, la fama, y los huevos que se lanzan contra la sede del colonialismo español -léase constitucionalismo-. Ella ya nos anunció, como en una plegaria de Nueva Biblia, eso de que se adoptase un bebé mancomunado, amén de otras adecuaciones de la praxis a la teórica, que ella es activista y barretina; todo al mismo tiempo. Ella es la reducción del abertzalismo catalán a la disciplina férrera de un flequillo y dos pendientes. El mensaje, siempre, en la camiseta, pegado al corazón y a los pezones; allá donde dicen que habita Dios, el misterio o lo Sagrado. Pero lo vistoso de Gabriel, su aportación a la Historia, es esa vestimenta que oculta cuanto ignora o desprecia. Vista así, de rápida mirada, no sé qué aire se da de hermana resabiada del convento. Pero el ‘cuperismo’ es ese puchero de la eclosión de la Barceloneta, cuando por Cataluña hay implosión y la Barceloneta es una delegación de Magaluf.

Anna Gabriel ha entrado en nuestra vida como una primavera, como una brisa batasuna en la Historia canguelona del Principado y hasta de ‘Els Països Catalans’. Su última travesura fue tildar de facha -el miércoles- a Coscubiela por no reirle las gracias a los ‘cuperos’ en lo del asalto a la sede del PP catalán. Llamar facha sale barato, y el pobre Coscubiela no “halló cosa” (Quevedo) donde esconderse.

Anna Gabriel es el cambio; fuera de ella, el heteropatriarcado y Castilla. Avanti el Popolo…

Así es cómo Netflix quiere luchar contra la piratería

Redacción TO

Foto: Paul Sakuma
AP

Netflix, el servicio de streaming por excelencia, es en sí una alternativa a la piratería. Su modelo de negocio se ha expandido por todo el mundo en los últimos años, y los competidores han ido aflorando. La influencia de su servicio ha servido para que los usuarios dejaran de lado las prácticas fraudulentas que supone la piratería. Esto solo ha ayudado a paliar el problema, ya que el uso de servicios como Netflix o HBO, por citar a uno de sus más inmediatos competidores, para muchos se ha convertido en su primera opción a la hora de ver contenido audiovisual online, pero usando la piratería como un complemento para poder visualizar otros contenidos más concretos que no puedan encontrar en el portal de pago. A pesar de que no se haya eliminado esta práctica tan extendida, sí se ha minimizado. De hecho, Reed Hastings, CEO de Netflix, defendió en la pasada edición del Mobile World Congress en Barcelona que “en los países donde hemos lanzado nuestro servicio, creemos que hay menos tentación de realizar acciones de piratería, menos deseo”.

A Netflix nunca le ha importado demasiado la piratería, ya que nació como gestor de contenidos. No obstante, ahora que se ha convertido en una de las grandes productoras de series y películas a escala global, parece que ya le empieza a afectar esta problemática.

Así es cómo Netflix quiere luchar contra la piratería 1
Ahora que a Netflix le están pirateando los contenidos, se esfuerza por enfrentar este problema. | Foto: Netflix

Una de las medidas que ha implementado Netflix recientemente es la creación del Global Copyright Protection Group, con lo que que se adhiere a otros muchos estudios de Hollywood en la lucha activa contra la piratería.

Por otro lado, Netflix siempre ha monitoreado las herramientas que permiten el consumo pirata de contenidos online para estudiar su catálogo. Así lo desveló Kelly Merryman, vicepresidente de la división de adquisición de contenidos de la compañía, asegurando que analizan qué series son las que mejor funcionan en descargas en las redes BitTorrent y otras plataformas ilegales para determinar las nuevas series a adquirir para incluir en su catálogo. Ahora, la compañía usa esas mismas redes fraudulentas que tantas veces ha utilizado como base de sus adquisiciones para eliminar contenido. A la petición de retirada de enlaces Torrent a contenidos originales de Netflix, se suma la prevención de la fuga de nuevos títulos producidos.

1.700 millones de euros ‘robados’ sólo en España

En países como España la piratería supone un verdadero drama para los autores y creadores. El 87% de los contenidos digitales consumidos en 2015 fueron ilegales, lo cual causó un lucro cesante a todo el sector de casi 1.700 millones de euros. Las plataformas de streaming legales como Netflix pueden ayudar a parar la hemorragia, pero sólo los usuarios podemos asegurarnos de que el paciente no muera.

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