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Menores transexuales, ni leotardos ni binarismo

Néstor Villamor

Foto: Néstor Villamor
The Objective

“Antes, cuando yo iba a comprar ropa de chica, era como: ‘Esto no es para mí, yo esto no lo quiero'”. Álex, un niño madrileño de 13 años que, como tantos otros, disfruta jugando “al fútbol o al pilla pilla”, no soportaba los vestidos ni las coletas. “De pequeñito, su madre estaba empeñada en que se pusiera leotardos y él se los rompía”, cuenta Javier García, su padre. “De hecho, iba al colegio vestido de chica y venía con el vestido destrozado, los pantis arrancados, se arrancaba las coletas… un desastre… Ir a comprar ropa de chica era un suplicio para él y el día que fuimos a comprar ropa de chico era el tío más feliz del mundo”, explica. Además, Álex rechazaba las transformaciones de las niñas: “En la adolescencia se va cambiando y yo no quería los cambios que sufren las chicas porque yo no me sentía como una chica, me sentía como un chico. Y a partir de ahí se lo dije a mis padres”.

Es una situación similar a la de Riley, una persona trans no binaria, es decir, que no se identifica como niño ni como niña, sino como niñe. O en sus propias palabras: “Una persona que es persona”. Al carecer de tantas identificaciones, el proceso de Riley, que tiene 12 años y vive en Madrid, fue diferente al de Álex. “Decía que tenía muy claro no ser un niño pero que no tenía muy claro si era una niña”, recuerda su madre, Rosa Ortega. “Yo al principio ya sabía que no era como era o como me habían dicho que era”, explica Riley, “y me di cuenta cuando conocí a una persona que era como yo”. Rosa sospechaba que podría ser transexual desde muy temprana edad y, cuando Riley le comunicó su identidad, pensó: “¿Y esto ahora qué es? ¿Cómo hay que hacer? ¿Cómo hay que hablar?“. La solución que proponen las personas no binarias es terminar las palabras con sufijos de género con la letra e: nosotres, divertide, protectore… “Es muy complicado usar otro lenguaje y entenderlo cuando faltan etiquetas”, lamenta Rosa. Precisamente la ruptura del binarismo hombre-mujer y el uso de un lenguaje más inclusivo son dos de las reivindicaciones actuales del colectivo.

Las trabas de la transición

La transición, es decir, empezar a vivir y a relacionarse con el mundo desde el sexo con el que se identifican, es un camino con trabas. “Es una complicación de vida“, protesta Rosa, no en referencia a la transexualidad sino a la transfobia, “la sociedad te hace que tengas que estar dando explicaciones y que sea todo tan enrevesado cuando en realidad no hay nada enrevesado, somos personas y cada uno es de una manera”. Tanto ella como Javier coinciden en que la mayor es la burocracia. El padre de Álex expone un caso paradigmático. “El cambio de nombre nos lo denegaron. Llevamos todos los papeles que nos pidieron, llevamos veintitantas sentencias favorables de niños a los que les habían cambiado el nombre y nos mandaron a por el niño, que estaba en el colegio, porque decían que tenían que hablar con él. Y luego no le preguntaron ni cómo se llamaba”. La vicepresidenta de la asociación de familias de menores transexuales Chrysallis, Saida García, ahonda en este aspecto. “Tenemos una ley, que es la 3/2007, que permite a las personas transexuales modificar su documentación, pero es solo para mayores de 18 años. O sea que se les discrimina por ley“.

Pero esa misma ley se está debatiendo ahora en el Congreso, después de que el jueves pasado la Cámara admitiera a trámite una propuesta para modificarla. De aprobarse, los menores transexuales podrán cambiar su nombre y su sexo en la documentación sin consentimiento paterno y sin diagnóstico médico a partir de los 16 años. “Entraría a cubrir una de nuestras principales reivindicaciones pero no deja de ser un parche, soluciona una parte pero necesita enmiendas”, valora Saida. El hemiciclo también estudia la aprobación de la Ley de Igualdad LGTBI que, entre otros puntos, despatologiza la transexualidad y permite el acceso, tanto la cirugía a partir de los 16 años como a la hormonación desde la pubertad -en ambos casos, sin el consentimiento paterno-. Ambos textos han puesto a los menores transexuales en el debate público pero, a pesar de las novedades que introducen, la vicepresidenta de Chrysallis pide más avances. “Nosotras, como colectivo específicamente trans, defendemos que exista una ley específica trans“, dice. “De hecho, hay otros colectivos que están incluso reclamando que se retiren los artículos de la Ley de Igualdad LGTBI que tienen que ver con las personas trans, porque hay un compromiso de sacar adelante una ley específica trans, porque las necesidades de las personas trans son mucho más amplias”.

Érase una vez un niño, una niña, une niñe
Un grupo de activistas transexuales celebra la admisión a trámite de la reforma de la Ley 3/2007 sobre transexualidad, el pasado jueves a las puertas del Congreso. | Foto: RRSS/ Fundación Triángulo

Y las trabas burocráticas y jurídicas no son las únicas. Afortunadamente, ni en el caso de Álex ni en el de Riley hubo problemas a la hora de dar la noticia en clase. Aunque ahora van al instituto, ambos iniciaron su transición en sus respectivos colegios de primaria. Álex lo hizo acompañado por el personal del Programa LGTB de la Comunidad de Madrid, que dio una charla sobre transexualidad a los compañeros. “Después salieron al recreo y, cuando volvieron, él se levantó y se lo comunicó a sus compañeros”, recuerda. “Me quité un peso de encima y, además, ver que mis compañeros me apoyaron me hizo sentir mucho mejor”, celebra Álex.

En el caso de Riley, el proceso fue distinto. “Nunca necesitó decirnos nada”, explica su tutora de entonces, Adelaida Rubín, que añade que Riley “era una persona más en la clase, integrada como todas”. Pero el momento que la “llenó de satisfacción” fue el inicio de sexto. “Vinieron unas amigas suyas y me dijeron: ‘Ya se ha cambiado de nombre, se llama Riley’. Llegó al patio, me vio, me dio un abrazo y eso ya lo decía todo”. Además de que “las familias respondieron fenomenal”, algo que Adelaida considera “fundamental” fue el hecho de que “en el grupo se sintió bien y sus amigas le cobijaban mucho y le querían mucho”.

Los profesionales coinciden en la despatologización

La facilidad de la transición ayuda a que mantengan su autoestima al crecer, algo que preocupa a las familias. “Muchas madres quieren saber si sus hijos son transexuales enseguida para poder ayudarles y que no sufran. Pero lo primero es saber si están sufriendo, porque no necesariamente va a ser el caso”, aclara la psicóloga clínica Nuria Asenjo desde su despacho en la Unidad de Identidad de Género del Hospital Ramón y Cajal, en Madrid, en la que se atiende a unas 1500 personas al año, de las que cerca de 110 son menores de edad. Ni ella ni la psicóloga y sexóloga del Instituto Barcelona de Sexología Gemma Figueras, entienden la transexualidad como una patología, sino como una condición en la que, según apuntan ambas, intervienen factores biológicos, psicológicos y sociales.

Asenjo ilustra la situación con dos ejemplos: el embarazo y la menopausia. Al igual que la transexualidad, no son enfermedades sino simplemente realidades que requieren de acompañamiento sanitario. Asenjo incide también en que no debe dejarse la transición para la edad adulta cuando la identidad se tiene clara en etapas más tempranas. Y recuerda que acceder a la hormonación cuanto antes permite disimular rasgos fisiológicos de un sexo que no se corresponde con la identidad. Además, “cuanto más tarde se inicia, más años se experimenta la no identificación del género sentido con el sexo biológicamente asignado”, observa Figueras.

Fue la situación que vivió Sonia Fernández, que tuvo “una infancia sin infancia” porque no comenzó su proceso hasta los 34 años. Es decir, pasó más de tres décadas viviendo la vida de otro. Ella considera que realizar la transición en la infancia “es importante por la integración social, que luego va acompañada de la integración laboral, familiar y demás”. Sonia, que ahora tiene 44 años y vive en Madrid, lleva en paro desde 2013. “Si conservas unas facciones muy masculinas y unos rasgos muy marcados, difícilmente te van a dar un trabajo a no ser que sea en puestos de baja calificación o en los turnos de noche o en aquellos donde menos relación tengas con el público”.

¿Qué necesitan los menores transexuales? “Lo principal es que el menor se sienta apoyado y con la libertad suficiente como para poder compartir su experiencia y sentimientos con su entorno de confianza, sin miedo a ser juzgado negativamente”, valora la sexóloga. Es la misma recomendación que hacen Riley y Álex, que animan a las demás personas en su situación a hablar con sus padres. “Una vez que hablas, sale una sonrisa muy bonita y puedes ser tú”, cuenta la madre de Riley, que contiene una lágrima mientras dice: “Y papá y mamá te van a querer”.

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Sexo furtivo junto al Templo de Debod

Néstor Villamor

Foto: Thomas Eakins
Amon Carter Museum

Oscuridad y silencio. Matorrales frondosos y sombras. Se mueven sin hacer ruido. Susurran. Son sigilosos. Son discretos. Son hombres, decenas de ellos, que se reúnen en los jardines aledaños al Templo de Debod, en el madrileño Parque del Oeste, para mantener relaciones sexuales con desconocidos al caer el sol. Cada noche son distintos los hombres, pero siempre es igual la mecánica: encuentros furtivos con extraños entre los arbustos.

A medianoche de un lunes cualquiera, la fiesta ya ha arrancado hace rato pero es ahora cuando empieza a haber más movimiento. La hora punta de la jornada, la happy hour. No es, sin embargo, la noche más concurrida con la que uno puede toparse. “Cuando más gente viene es el fin de semana, a última hora“, aclara un habitual de la zona. Los viernes y sábados a las seis o siete de la madrugada, puntualiza, acuden aquellos que, tras no haber tenido suerte en bares y discotecas, quieren desahogarse y acuden al parque a practicar cruising, como se conoce a esta práctica.

Los escenarios de la acción son el recinto del ahora abandonado restaurante El molino de los porches (cuya alambrada está oportunamente rota en dos puntos distintos) y los matorrales que lo rodean. En el suelo, abundan los residuos plásticos, recuerdo de pasiones pretéritas; en el aire, el hedor es intenso. Entre la valla del restaurante y los arbustos circundantes hay una suerte de pasadizo del que entra y sale un goteo constante de hombres. Un lugar para ver y ser visto, cubierto siempre por la intimidad que proporciona la vegetación. Las pisadas de esa especie de pasillo han hecho que ya no crezca allí el césped: ahora solo hay tierra, látex y hojas caídas. Algunos usuarios fingen hacer footing en ese jardín, vestidos únicamente con calzado deportivo y un bañador. Es decir, están a una prenda de la desnudez. La elección del atuendo no es casual: será útil minutos después.

Sexo furtivo junto al Templo de Debod 1
Los residuos que dejan los ‘cruisers’ se amontonan en la zona. | Foto: Néstor Villamor / The Objective

No hay códigos establecidos entre los participantes (algunos veinteañeros, algunos sexagenarios; algunos con camisa, algunos con chándal). El primer contacto es tan simple como efectivo: “Métele mano, aquí con timidez no te vas a comer una rosca, vete a saco”, aconseja un veterano. Tiene razón. Esa suele ser la mecánica. La parte del cuerpo que se estimule en este primer paso revela el rol sexual de cada uno y establece el tipo de relación que se busca. Si el compañero acepta el tocamiento, empieza el juego; si no, se busca otro.

Los acercamientos pueden rozar la agresividad. Un hombre mira de arriba abajo a otro, que inmediatamente le da la espalda en señal de rechazo. Error de novato. El primero no se rinde y acto seguido… frottage. Movimientos violentos y rápidos. Manos convenientemente colocadas rodeando la cintura de su desprevenido compañero para reducir su movilidad.

—Para.

—…

—Para.

—…

—¡Que pares! —finalmente, el cruiser afloja las manos tras un leve forcejeo.

—¿Te vienes conmigo al coche?

—No.

—Te doy cien euros: te llevas propina. Tengo el coche aquí al lado.

—No… ¿Cuántos años tienes?

—Treinta y cinco —miente; supera holgadamente los cincuenta.

Los hay más recatados, cuya técnica es menos invasiva: una mirada de unos pocos segundos a los ojos, un acercamiento de un paso, otro paso. Se establece un contrato tácito de confianza para jugar con el cuerpo del compañero. Algunos comienzan desabrochándose la cremallera, otros prefieren preguntar primero el rol sexual de su interlocutor. Hechas las presentaciones, los participantes pueden continuar su actividad en el pasadizo o en el recinto vallado del restaurante (donde se exponen a las miradas, e incluso a la interacción, de terceras personas) o retirarse a otros jardines que, si bien no tienen lugares tan ocultos, sí están mucho menos concurridos.

Sexo grupal y popper

Uno de los pseudodeportistas ha prescindido del bañador y, entre los matorrales, se divierte con otros tres compañeros. Gang bang. Comparten cuerpos y popper. A unos metros de distancia, otros cuatro hombres hacen manualidades. Mientras, finaliza el ménage à trois que venía celebrándose a las puertas del restaurante y un usuario solitario continúa dando vueltas por el recinto. Buscando, buscando, buscando.

Todo el fenómeno es imperceptible para un viandante que desconozca lo que ocurre. De hecho, en el cercano restaurante Palacete de Rosales, la gente toma algo, charla y ríe, ajena a lo que ocurre a unos treinta metros. Una encargada del establecimiento, que prefiere no identificarse, asegura que los trabajadores conocen la actividad. Y no les molesta, afirma. “Son muy tranquilos, no hacen ruido”, explica. Los que sí “dan problemas”, se queja, son los indigentes que viven allí como okupas, porque “hacen ruido” y cuando se acercan a pedir limosna “molestan a los clientes”.

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El escenario del ‘cruising’, de día. De noche, en la parcela de la izquierda tiene lugar la actividad sin que se enteren los clientes del local de la derecha. | Foto: Néstor Villamor / The Objective

También molestan a los cruisers, explica un usuario. “Hay un gitano que, si oye ruidos, se despierta y a veces sale con una botella gritando y dice que va a llamar a la policía”, advierte. Pero esto tampoco es un inconveniente ni un freno. En la cercana comisaría de la Unidad Integral de la Policía Municipal del distrito de Moncloa, un agente que prefiere no dar su nombre explica que, mientras mande la discreción y el consentimiento mutuo y, sobre todo, mientras no haya menores delante, no hay delito. Además, en los “cerca de diez años” que lleva funcionando la zona, no ha habido incidentes notables, dice el agente. El Ayuntamiento de Madrid tiene una versión ligeramente diferente. Efectivamente, practicar sexo en lugares públicos no está tipificado como delito, pero la capital tiene una ordenanza —señala una responsable del Consistorio— que contempla estas actividades como una “infracción que puede suponer una sanción”. Ahora, esta normativa está abierta a interpretaciones: “No es lo mismo que estén en un lugar abierto que si están escondidos para que nadie les pille”, matiza la misma fuente. ¿Qué hace, entonces, la policía? “A veces te piden que les enseñes el DNI, pero tú estás paseando, no estás haciendo nada malo”, se excusa el cruiser que previamente recomendaba vehemencia.

¿Qué busca un cruiser?

“Lo que hace atractivo al cruising es lo furtivo de la práctica. Mantener relaciones con personas que no conoces absolutamente de nada, en espacios públicos o al aire libre, de manera anónima y sin compromiso, sin prolegómenos y con el riesgo de poder ser visto por otras personas”, explica Héctor Galván, psicólogo, sexólogo y director clínico del Instituto Madrid de Sexología. “El cruising cultiva la parte más irracional de nosotros mismos, la faceta más instintiva, el desprendimiento de prejuicios y escrúpulos para rendir culto al placer sexual”. Galván considera el cruising una expresión más de la sexualidad. Él mismo lo explica: “Definitivamente, tener una vida sexual activa y no convencional no es patológico, siempre y cuando no se utilice el sexo como una vía de escape compulsiva para aliviar un malestar emocional o afectivo”. Y ahonda: “Hay otros factores a tener en cuenta para considerar o no esta práctica como patológica. Si la búsqueda constante de estos encuentros domina los pensamientos de la persona, si afecta directamente en otras áreas de su vida, o si pone en riesgo su salud de manera imprudente, es probable que la práctica pase de ser simplemente una preferencia sexual a un comportamiento patológico”.

Dicen los usuarios de la zona que el Parque del Oeste no suele ser un lugar peligroso para estas actividades, pero recomiendan dejar el móvil y la cartera en casa o en el coche. “A veces, sobre todo los fines de semana”, aclara uno de ellos, “vienen rumanos y marroquíes a robar y hay que tener cuidado”. Con lo que también hay que tener cuidado es con que no se venga abajo el restaurante, un edificio propiedad del Ayuntamiento. El inmueble está en desuso desde que finalizó “una antigua concesión” a la que ahora nadie concursa, explica el Consistorio. Tras un “pequeño incendio” registrado el pasado 6 de abril, “Patrimonio y bomberos inspeccionaron el edificio”, determinaron que está “en pésimo estado” y el Ayuntamiento ha decidido derribarlo. El Consistorio, que no ha concretado la fecha de la demolición, asegura que la decisión “no es una judicalización” de las actividades de cruising y okupación, “sino una cuestión de seguridad”. Queda por ver si los usuarios continuarán con su actividad tras la operación o si migrarán a otras zonas (el aparcamiento exterior de Las Ventas o el Parque del Retiro son dos opciones, según un portal especializado).

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El Ayuntamiento demolerá el edificio del antiguo restaurante El molino de los porches por estar “en pésimo estado”. | Foto: Néstor Villamor / The Objective

De momento, la fiesta continúa. A las dos de la madrugada se encienden los aspersores en el jardín del pasadizo. El chorro que riega el césped, sin embargo, no detiene la actividad. Doce horas después, sobre la una y media de la tarde, un grupo de amigos hace picnic en ese mismo jardín.

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Ser cristiano y homosexual

Néstor Villamor

Cuando no es por una charla organizada por el arzobispado de Barcelona en la que un católico homosexual recomienda el celibato a los gays es por un autobús conducido por el grupo católico Hazte Oír que va echando humo y un mensaje tránsfobo por la carretera. La relación entre Cristianismo y homosexualidad siempre ha sido tensa. Y esta tensión es más difícil para las personas que pertenecen a ambos colectivos, que muchas veces tienen que resolver un dilema mayor: conjugar su religión con su sexualidad.

Es el caso de Óscar Cardeña, un homosexual de 43 años natural de Navalcarnero que durante años estuvo “muy metido” en la Iglesia Católica. Desde niño, siempre supo que era gay. También supo que era “muy espiritual”. Aunque no venía de una familia especialmente católica, tras fallecer su madre, teniendo él 14 años, miró hacia la Iglesia. Incluso empezó a estudiar Teología, cuenta, y estuvo “a punto” de irse a un monasterio. Pero ser católico no le permitía “compaginar” su religión con su sexualidad, lamenta. Su decisión fue vivir en secreto.

“Rezaba todos los días para que Dios me cambiara”

Llegué a tener novias”, explica, “rezaba todos los días para que Dios me cambiara y me he pasado horas rezando para que me diera una familia”. Ahora, Cardeña ha cambiado, pero no en el sentido que él esperaba. Lo hizo motivado por su descubrimiento de la Iglesia de la Comunidad Metropolitana, una confesión ecuménica que fundó en 1968 en Estados Unidos un reverendo homosexual para dar cobijo a la diversidad. Hoy, ICM cuenta con más de 400 congregaciones en 40 países, según la organización. Incluso Nancy Wilson, la anterior líder del credo, fue durante el mandato de Obama asesora de la White House Office on Faith-Based and Neighborhood Partnerships, un organismo que estructura la relación entre el Gobierno y las obras sociales relacionadas con la religión.

En España, la ICM tiene una congregación en Madrid activa desde 2010, liderada por Alejandro Medel, que oficia cultos todos los domingos a las 11:00 en la iglesia de El Salvador, en el número 5 de la calle del Noviciado, un templo que comparte con la Iglesia Evangélica Española. Medel asegura que muchos homosexuales que acuden a su iglesia llegan con “heridas” abiertas por la postura oficial de la Iglesia Católica con el colectivo LGTB. Él propone un enfoque diferente. Para Ia ICM, “todos somos hijos de Dios Padre y Madre” ya que “Dios no tiene género”, razona Medel. La apertura hacia las minorías sexuales y las mujeres es notable (ellas suponen más del 50% de los pastores de esta confesión, según datos de la propia ICM). Además de los cultos, llevan una escuela dominical y organizan estudios bíblicos para los adultos. Incluso ofician bodas religiosas entre parejas del mismo sexo.

Para Cardeña, el encuentro con la ICM propició su salida del armario y el descubrimiento de una nueva forma de vivir la religión. “Yo pensé que moriría católico, pero al conocerlos vi que podía ser cristiano y seguir siendo yo mismo”, se alegra. Y resume: “En ICM encontré mi casa”. Hoy, Cardeña tiene novio estable y una vida espiritual en la que esa relación tiene cabida: “Yo antes no podía tener con Dios la relación que tengo ahora, porque ni me aceptaba yo ni aceptaba el amor de Dios como él quería manifestármelo”. Y no titubea al decir: “Si me caso, me va a casar Alejandro”.

Tanto Medel como Cardeña se muestran críticos con el papa Francisco, al que muchos han aplaudido por su supuesto aperturismo. Un ejemplo ocurrió en 2011 cuando el pontífice cuestionó: “Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgar?”. “A mi entender, era un poco de marketing”, valora el pastor de la ICM, “porque en el fondo la Iglesia Católica no ha cambiado ni una coma en la doctrina sobre el colectivo LGTB”. Y en la misma línea se muestra su feligrés: “Me parece un falso”, determina.

Además de celebrar cultos y de organizar la escuela dominical y los estudios bíblicos, la Iglesia de la Comunidad Metropolitana colabora en diversas actividades con Crismhom (Cristianos Madrileños Homosexuales). Este colectivo, con sede en el número 18 de la madrileña calle de Barbieri, nació en 2006 con el objetivo de ofrecer un espacio a los miembros del colectivo LGTB con fe cristiana porque “determinada jerarquía de la Iglesia Católica no ofrece ese espacio”, explica Óscar Escolano, secretario de la Junta Directiva. A pesar de ser una entidad ecuménica, todos los sábados a las 20:30 acude un cura a dar una misa católica (comunión con oblea incluida). Escolano prefiere mantener en el anonimato el nombre del sacerdote, pero aclara que en estas misas “se incide en temas LGTB”. Lamenta, asimismo, que entre los dogmas de la Iglesia Católica no esté “la aceptación de la diversidad de género”. Y subraya: “Nosotros tendemos puentes”.

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Suicidio infantil, la otra cara de las armas en Estados Unidos

Néstor Villamor

Foto: JIM YOUNG
Reuters

Asesinatos, atentados, tiroteos que terminan en matanzas. Las leyes estadounidenses de control de armas, que contemplan la posesión de estos instrumentos como un derecho del ciudadano, tienen otro efecto negativo y en aumento en el país: el suicidio infantil. En 2013, el suicidio superó al homicidio como tercera causa de muerte entre niños y la cifra no ha dejado de aumentar. Entre 2007 y 2014, el número de suicidios infantiles cometidos con un arma de fuego aumentó un 60%, alerta un estudio publicado en la revista Pediatrics.

Aunque el comportamiento suicida es muy difícil de detectar (el estudio cita “hallazgos previos” que indican que “muchos de los que intentan suicidarse se pasan 10 minutos o menos deliberando”), la investigación alerta de varios factores que empujan a los niños a terminar con su vida de un disparo. “Los suicidios infantiles con armas de fuego fueron precipitados principalmente por crisis agudas y factores vitales estresantes como problemas criminales, escolares o de relaciones”.

Los investigadores señalan que para “reducir el comportamiento suicida adolescente” existen “programas que ayudan a los niños y a los jóvenes a manejar las emociones y desarrollar habilidades para reducir problemas en relaciones, en el colegio y con sus compañeros”. Subrayan también la importancia del trabajo de los médicos para prevenir desenlaces fatales. “Los pediatras y otros proveedores de cuidados primarios pueden jugar un papel importante a la hora de detectar depresiones y otros riesgos de salud conductual, como abuso de alcohol, para ayudar a que los adolescentes reciban un cuidado y seguimiento apropiados”, ya que “los factores de salud mental fueron también evidentes en el suicidio con armas de fuego entre niños”.

Los antecedentes de Estados Unidos

Estados Unidos tiene una normativa de acceso a las armas muy polémica tanto dentro como fuera de sus fronteras, que data de su Guerra de la Independencia, librada a finales del siglo XVIII. El derecho a poseer un arma de fuego suele contemplarse como una forma de defenderse contra potenciales agresores, pero en el país es legal que un civil acceda incluso a armas de guerra. Y este derecho se encuentra protegido por la Segunda Enmienda de la Carta de Derechos o Bill of Rights, que reza: “Siendo necesaria una milicia bien ordenada para la seguridad de un Estado libre, no se violará el derecho del pueblo a poseer y portar armas”. Esto ha propiciado una cultura en la que las armas llegan a formar parte de la vida cotidiana, incluso la de los niños. Organizaciones como la polémica Asociación Nacional del Rifle (NRA, por sus siglas en inglés) organiza “días de la juventud” para enseñar a los más pequeños a utilizar armas.

Suicidio infantil, la otra cara de las armas en Estados Unidos
Un hombre enseña a una niña cómo usar un arma durante el Día de la Juventud celebrado en el marco de la reunión anual de la NRA en Texas en 2013. | Foto: Reuters

Una comparativa del número de muertes provocadas por armas de fuego en distintos países publicada por The New York Times ilustraba lo excepcional que es la situación de Estados Unidos con respecto al resto de países occidentales desarrollados, ya que allí mueren por culpa de las armas de fuego 31,2 personas por millón al año (cifra equivalente a la de los accidentes de coche), mientras que en España esa cifra caía hasta 1,6 personas por millón. O lo que es lo mismo, una muerte provocada por un arma de fuego en España es tan frecuente como en una muerte causada por una “exposición excesiva al calor natural” en Estados Unidos.

A la hora de enfrentarse al suicidio, además de la facilidad del acceso a las armas también está el riesgo que supone la facilidad del acceso a la información, que se encuentra a golpe de clic desde la aparición de Internet. Por eso buscadores como Google han tomado medidas. Si un usuario español, por ejemplo, introduce las búsquedas “suicidio”, “métodos de suicidio” o “quiero morirme”, entre otras, lo primero que aparece es un teléfono de ayuda a personas con comportamiento suicida (902 500 002) y un enlace a la web del Teléfono de la Esperanza.

Continúa leyendo: Siete películas LGTB premiadas en la Berlinale que no te puedes perder

Siete películas LGTB premiadas en la Berlinale que no te puedes perder

Néstor Villamor

Hoy es común, en los grandes festivales de cine, ver una sección dedicada a las películas de temática LGTB (lesbianas, gays, transexuales y bisexuales): La Mostra de Venecia otorga desde 2007 el premio Queer Lion, el Festival de Cannes entrega desde 2010 la Queer Palm… Pero en 1987 dar un premio a los mejores filmes de temática homosexual no era pan de cada día. La Berlinale fue de los primeros certámenes generalistas en hacerlo. Hoy, 30 años más tarde, el Teddy Award es una referencia en la cultura LGTB (además de un impagable escaparate para las cintas premiadas). En esta edición, que se celebra entre el 9 y el 18 de febrero, algunas de las 37 obras que competirán por llevarse el osito en las distintas categorías son el documental estadounidense Bones of Contention (que explora la memoria histórica española a través de la figura de Federico García Lorca), la alemana The Misandrists, una propuesta feminista del siempre polémico Bruce LaBruce, y la española Pieles, el primer largometraje de Eduardo Casanova, protagonizado por Ana Polvorosa, Candela Peña, Carmen Machi y Macarena Gómez. Para conocer a las ganadoras habrá que esperar hasta el 17 de febrero, pero, de momento, podemos disfrutar de las premiadas de las ediciones anteriores. Estas son algunas:

La ley del deseo (1987)

Con la movida madrileña dando sus últimos coletazos, Pedro Almodóvar se plantó en Berlín con La ley del deseo (un triángulo amoroso protagonizado por Antonio Banderas, Eusebio Poncela y Miguel Molina), que se llevó el premio al mejor largometraje en la primera edición de la Berlinale que entregó los Teddy. Imposible no acordarse de aquel “¡Riégueme!” que suplicaba Carmen Maura encarnando a una mujer transexual.

Poison (1991)

Drama, ciencia ficción, terror y homosexualidad. Uno de los ejemplos más tempranos y notables del llamado New queer cinema (corriente indie que intenta presentar una imagen del mundo LGTB alejada de la que proporciona el cine mainstream) . Todd Haynes, un nombre mucho más famoso después de rodar la multipremiada Carol, debutó en el largometraje con esta película de difícil clasificación pero clasificada, no obstante, en tres partes: “Hero”, “Horror”, “Homo”.

The watermelon woman (1996)

Cheryl (Cheryl Dunye) es una mujer afroamericana y lesbiana que trabaja en un videoclub pero cuya ambición es rodar un documental sobre una actriz que la impresionó en una película y que aparecía acreditada simplemente como “The watermelon woman” (“La mujer sandía”). Uno de los momentos cumbre de la película llegó a ser descrito por la crítica como “la escena de sexo entre bolleras más tórrida jamás rodada en el celuloide”.

Hedwig and the angry inch (2001)

Película de culto entre la comunidad LGTB, este musical rock cuenta la enrevesadísima historia de Hedwig, una drag queen que decide dar el paso definitivo y operarse. Pero la cirugía no sale como cabría esperar… El éxito del filme hizo que incluso tuviera su propia adaptación teatral protagonizada por Neil Patrick Harris en el mismísimo Broadway neoyorkino (premio Tony incluido).

Los chicos están bien (2010)

Una pareja de lesbianas interpretadas por Julianne Moore y Annette Bening acude a un banco de esperma para formar una familia. Años más tarde, los hijos (la mayor a punto de entrar en la universidad) deciden buscar a su padre biológico. Un éxito en Sundance, la película le valió a Bening un Globo de Oro e incluso recibió cuatro nominaciones a los Oscar (entre ellas, a la mejor película).

Keep the lights on (2012)

Una conflictiva relación abierta entre dos hombres que mezcla sexo, rupturas, cine y drogas (sobre todo, drogas) a lo largo de varios años. Su director, Ira Sachs, que estrenó esta película en Sundance, se basó en su propia relación con un exnovio que, a su vez, había publicado sus memorias con el joyceano título de Portrait of an Addict as a Young Man (Retrato del adicto adolescente).

A primera vista (2014)

Una entrañable historia adolescente entre dos estudiantes de instituto en Brasil. La rutina de Leonardo (Ghilherme Lobo), un joven ciego al que todos los días acompaña de regreso a casa una amiga, cambia ligera pero sustancialmente cuando llega a clase un chico nuevo, Gabriel (Fabio Audi), que será el nuevo encargado de llevarlo de vuelta a casa. Dirigida por Daniel Ribeiro, está basada en un cortometraje del mismo realizador, Eu Não Quero Voltar Sozinho (No quiero volver solo).

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