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Ruanda, cien días de genocidio

Jorge Raya Pons

Foto: Ben Curtis
AP Photo

Los tutsis presagiaron que algo horrible ocurriría después de la noche del 6 de abril de 1994. A las 20:15h de aquel día, el avión del hutu Juvénal Habyariamana fue derribado cuando se dirigía al aeropuerto de Kigali, capital de Ruanda. Habyariamana era el presidente del país, y todo hacía sospechar que el ataque había sido orquestado por los tutsis, aunque una investigación en Francia ha señalado a los hutus como responsables. Los siguientes cien días se recuerdan como unos de los más sangrientos de la historia reciente. En poco más de tres meses fueron asesinadas al menos 800.000 personas en Ruanda, el 10% de sus habitantes, a cinco muertes por minuto. Solo una tercera parte de esos cuerpos pudo ser identificada.

La historia del enfrentamiento entre hutus y tutsis comienza muchos años antes. Pese a que entre ellos han tratado de remarcar los atributos étnicos que les separan, la única realidad es que la diferenciación procede más bien de la clase social a la que pertenecen. Antes de la guerra, los tutsis representaban el 14% de la población y, sin embargo, tenían el control económico del país. Eran ganaderos y su voluntad se imponía sobre la mayoría hutu, el 85% de la población más humilde, mayoritariamente campesina. Ambos estratos habían convivido en una paz relativa durante siglos, pero fue con la llegada de los europeos cuando se tensaron las relaciones. En 1921, Bélgica convierte Ruanda en su colonia y, 12 años más tarde, con el apoyo de la élite tutsi, el reino decide incluir en los documentos de identidad de los ruandeses la distinción étnica; a partir de entonces se reconocería a los ciudadanos como hutus, tutsis o twas, una tribu que representaba el 1% restante, pero que fue la primera en poblar las tierras de Ruanda, mucho antes de que los otros llegaran.

Ruanda, cien días de genocidio
El difunto presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, en una rueda de prensa posterior a su reunión con su homólogo francés, Francois Mitterrand, en octubre de 1990. | Foto: Michael Lipchitz/AP Photo

La tensión, desde ese instante, comenzó a dispararse. Los hutus se sabían superiores en número y a la vez oprimidos, y decidieron organizarse para revertir la situación. En agosto y septiembre de 1959 se crearon los primeros partidos políticos y en noviembre esa tensión se transformó en violencia; los hutus provocaron graves revueltas y fueron asesinados miles de tutsis en todo el país. Otros miles escaparon a países vecinos, de los cuales 200.000 escogieron la anglófila Uganda. Primero con las armas y después en las urnas, el poder hutu se hizo con el control del país y declaró la independencia. Corría el año 1962. Se estableció un modelo de persecución sistemática de la etnia tutsi, que al mismo tiempo realizaba ataques constantes en poblados hutus fronterizos con Uganda. En 1973, el general Habyarimana perpetró con éxito un golpe de Estado y gobernó el país hasta su asesinato.

Una masacre ignorada

La radio del gobierno, llamada Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, era la principal herramienta de propaganda, la gran agitadora. Las provocaciones contra los tutsi se emitían día y noche e invitaban a la mayoría hutu a “acudir al trabajo”, haciendo clara referencia a empuñar machetes y granadas para acabar con la presencia tutsi en el país. Fueron las semanas más oscuras de Ruanda. Los Interahamwe, el grupo paramilitar más importante de los hutus, tomaron las ciudades de todo el país y recibieron la carta blanca del gobierno para iniciar la purga.

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Un equipo de voluntarios, enterrando cuerpos en una fosa común. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

“La sensación es que un país se vuelve loco por cuestiones profundamente enterradas en el subconsciente”, dice Teresa González, cooperadora de Médicos del Mundo, que trabajó con refugiados ruandeses en Goma, Congo, en 1994. “Había gente que hasta entonces no se había sentido hutu o tutsi y que de pronto comenzó a hacerlo. Sucedió algo similar en Bosnia con muchos musulmanes. Te da la sensación de que estas personas renuncian a su identidad individual para incorporarse a una masa que no piensa y que solamente desata y recibe violencia”.

Los milicianos tenían nombres, direcciones y censos de los tutsis; habían heredado de los belgas estos datos. Hacían controles de carretera, buscaban de puerta en puerta. Mataban a los hombres y mujeres a machetazos, aunque a las últimas preferían violarlas antes. Los quemaban con crueldad, eran capaces de hacer cumplir torturas innombrables. Era difícil imaginar una salida para los perseguidos, estaban acorralados. Los cálculos estiman que 1,7 millones de hutus participaron en la ejecución del genocidio.

El general Dallaire estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre, pero la ONU desestimó su propuesta

“La comunidad internacional le dio la espalda a todos los ruandeses que murieron”, dice Mila Font, que trabajó en 1994 con Médicos Sin Fronteras en el campo de refugiados de Benako, Tanzania, donde llegaron a cohabitar 250.000 personas.

Era abril de 1994 y el gobierno de Estados Unidos no quería intervenir militarmente en ningún país. Bill Clinton, entonces presidente, tenía reciente la última operación en Somalia, dos años antes, donde perdió a 19 soldados, y no quería correr el riesgo de sufrir la misma suerte en Ruanda. Pero las Naciones Unidas (ONU), a través de una resolución de 1948, les obligaba a hacerlo en aquellos lugares donde se estuviera produciendo un genocidio. Así que la estrategia de Clinton consistió en no reconocer como genocidio lo que estaba ocurriendo en Ruanda y responder con eufemismos a las preguntas de los periodistas. Cruz Roja, para entonces, elevaba la cifra de asesinados a 100.000 personas.

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Kofi Annan, en una visita a Ruanda tras el fin del genocidio. | Foto: Brennan Linsley/AP Photo

El general Roméo Dallaire, al mando de la fuerza de paz de las Naciones Unidas, conocida como Unamir, estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre y acusó a los franceses de financiar a los hutus, denunciando que estaban entrando en el país miles de machetes de fabricación china. Incluso meses antes de la muerte del presidente ruandés, en enero, advirtió de que tenía información sobre grupos de hutus que planeaban el exterminio masivo de las poblaciones tutsi del país y que contaban con los hombres y las herramientos necesarias para asesinar hasta 3.000 personas por hora, prediciendo una locura que no tardó en confirmarse. La primera respuesta que recibió de Kofi Annan, jefe de la misión de paz en Ruanda por la ONU, fue poco esperanzadora: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la Unamir”.

La segunda respuesta consistió en una retirada considerable de tropas. De las 2.750 iniciales, quedaron en Ruanda solo 250.

Víctimas y victimarios

Francia decidió intervenir en junio de 1994, cuando Cruz Roja ya había elevado la cifra de muertos al medio millón. El Frente Patriótico Ruandés (FPR), el principal partido y movimiento de los tutsis, temió esta circunstancia; desconfiaba de las intenciones de los franceses y le preocupaba que se implicaran directamente en la batalla que ellos libraban especialmente en las zonas fronterizas. No obstante, el objetivo de la llegada de los europeos se debía a que iban a permitir la salida pacífica de los tutsis hacia otros países. Esto abrió un pasillo que el FPR no desperdició y en un mes se habían hecho con Kigali, dando la guerra por terminada. En ese momento las víctimas pasaron a convertirse en victimarios.

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Una cola de ruandeses de la etnia hutu espera a las puertas del campamento. | Foto: Stringer/Reuters

Los tutsis habían recuperado Ruanda, pero los hutus sentían miedo por su retorno, por la toma de represalias, y decidieron salir del país. Fue un éxodo inimaginable, de cerca de dos millones de personas. Esto produjo la huida de incontables verdugos que nunca fueron enjuiciados, que se camuflaron entre el gentío. “Entre la multitud de cientos de miles de hutus que salían en masa se encontraba gente que había sido partícipe de la tragedia, que eran victimarios”, cuenta Teresa González. Esta realidad también pudo comprobarla Mila Font en su campamento en Tanzania. Font cuenta que su campo estaba bien organizado en comparación con otros en los que estuvo anteriormente, pero que llegó un momento en que descubrieron que los mismos que habían maquinado y ejecutado el genocidio estaban beneficiándose de los asentamientos para refugiados: “Tuvimos que dejar de trabajar allí. Veíamos que esos líderes utilizaban a las personas como escudos humanos. Fue una decisión muy difícil que llevó mucha discusión interna. Continuar allí implicaba convertirnos en cómplices de todo aquello, y tuvimos que tomar esa decisión”.

La tragedia de Ruanda, continúa Font, acompañó a los refugiados hasta los campamentos: “Nos enfrentábamos diariamente a muchos problemas. Las luchas tribales, el ser tutsi o ser hutu, era uno de los motivos. Había ataques, violaciones… En muchos casos eran los responsables del genocidio”. Todavía recuerda cuando se acercaba junto a su marido, que era cooperante de Médicos Sin Fronteras de Holanda, a la orilla del río Kagera, que es la frontera natural entre Ruanda y Tanzania. Allí contaban muertos: “Íbamos los fines de semana para ver si bajaban cadáveres por el río. Era una forma de saber lo que pasaba al otro lado de la frontera”.

“Lo fácil sería pensar que los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus”

En 1997, los países vecinos decidieron desmontar los refugios y forzar a los exiliados a regresar a Ruanda, donde les esperaban los tutsis. En ese retorno se produjeron ataques a poblaciones ruandesas y en Gatonde, una de ellas, se encontraban tres cooperantes españoles de Médicos del Mundo: Manuel Madrazo, Maria Flors Sirera y Luis Valtueña. Fueron disparados a bocajarro. Socorro Avedillo, ahora jubilada, formaba parte del equipo que fue asaltado, pero se salvó porque en aquel momento no estaba en Ruanda, sino en el Congo. Tras recibir la noticia, renunció a regresar a Gatonde: “Nosotros fuimos el últimos grupo en estar allí. Yo llevaba mucho tiempo en África y trabajaba en sitios de miseria. Pero aquello me dejó tocada. Mi viaje duró 20 días porque ocurrió lo de Flors, Manolo… y nadie me preguntó si me quería quedar, aunque tenía claro que no. No había mucho que hacer, no estaba preparada para quedarme. De los cuatro españoles del equipo, tres habían muerto… La experiencia fue muy fuerte”.

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Una ruandés lleva en brazos el cadáver envuelto de un niño. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

Teresa González, después de haber viajado y de haber conocido, no acepta los maniqueísmos. “Yo creo que hay gente buena y hay gente mala, pero no hay grupos buenos y grupos malos. Lo fácil sería pensar que en Ruanda los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus. Yo creo que la mayor parte de los victimarios no querían ser parte de eso. Y es cierto que los hutus hicieron una masacre, pero cuando volvieron se convirtieron en víctimas”.

Teresa desconfía profundamente de las masas, aborrece los nacionalismos, ha visto de cerca cuáles son sus consecuencias y no siente reparos para defender su postura: “Hay muchas veces que me dicen que soy una exagerada cuando hablo sobre el nacionalismo, pero he vivido demasiadas circunstancias en las cuales se ha identificado a un pueblo como peor por ser distinto y se ha llegado a punto que no se imaginaban. Me dicen que eso solo pasa en África, pero no. Yo he estado en Sarajevo y allí eran personas como tú y como yo. Es como si te abrieran los ojos y te mostraran lo más horrible de la humanidad. Y esto ocurre cuando detectamos un culpable al que responsabilizar de todos los males y, sobre todo, cuando detectamos que es alguien de quien nos podemos vengar”.

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Un 40% de los estadounidenses piensa como Trump sobre la violencia en Charlottesville

Redacción TO

Foto: JOSHUA ROBERTS
Reuters

Las concentraciones de supremacistas blancos en Charlottesville el pasado 12 de agosto, que causaron la muerte de tres personas y dejaron numerosos heridos, han provocado protestas contra el racismo y la extrema derecha. Pero también han generado una gran polémica, pues parece que no todo el mundo tiene claro quiénes fueron los responsables de los terribles actos de violencia que tuvieron lugar en dichas manifestaciones.

Las declaraciones del presidente estadounidense, Donald Trump, que culpó a ambas partes de los actos violentos antes de condenar públicamente al simpatizante nazi que embistió contra la multitud, han sido el principal foco de polémica y controversia durante los últimos días.

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Un grupo de personas celebra una vigilia por la mujer fallecida durante las protestas en Charlottesville. | Foto: Handout/ Reuters

Sin embargo, parece que Trump no está solo. El presidente estadounidense no es el único que no pone toda la culpa sobre los supremacistas blancos, racistas y neonazis. Una reciente encuesta llevada a cabo por SurveyMonkey y publicada por Axios, muestra que menos de la mitad de los encuestados culpan a los grupos de extrema derecha de la violencia y que un 40% considera que la responsabilidad es de ambas partes. Incluso hay un 9% de ellos que opina que los manifestantes que protestaban contra la extrema derecha son los responsables de los enfrentamientos violentos.

Diferencias entre republicanos y demócratas

Estos datos son aún más extremos cuando la encuesta se divide entre republicanos, demócratas e independientes.

Un 64% de los republicanos opina que ambas partes tienen la culpa de lo ocurrido en Charlottesville, un 18% culpa a los supremacistas blancos y un 9% a los opositores. Además, un 87% de los republicanos encuestados estaban de acuerdo con la frase “tenías un grupo en un lado que era mano, y tenías un grupo del otro lado que era también muy violento”, que dijo Donald Trump el pasado martes.

Un 40% de los estadounidenses piensa como Trump sobre la violencia en Charlottesville
La encuesta muestra una gran diferencia entre republicanos y demócratas. | Foto: Axios

Sin embargo, en el total de adultos encuestados, esta cifra baja, y solo un 43% está de acuerdo con esta frase del presidente de Estados Unidos, mientras que el 53% está en desacuerdo con ella.

Tanto los demócratas como los independientes muestran un gran rechazo a esta frase. Los primeros están en desacuerdo en un 87%, mientras que los independientes rechazan esta postura en un 59%.

En este último grupo parece haber una postura intermedia entre las que caracterizan a los republicanos y a los demócratas. Un 51% culpan a los grupos de extrema derecha de la violencia en Charlottesville, mientras que un 38% señala a ambos grupos y un 8% a los que protestaban en su contra.

Una cuestión política

La gran diferencia entre las respuestas de personas con diferentes ideas políticas muestra una gran división en la población estadounidense, que cuenta con opiniones totalmente opuestas en temas fundamentales y básicos de la sociedad.

Aunque la encuesta solo cuenta con las respuestas de 2.181 estadounidenses adultos, el periodista político de Axios, donde se ha publicado la encuesta, Mike Allen, cree que “estos descubrimientos reflejan el hecho de que, porque las partes de la nación dividen y fracturan los medios, ya no estamos de acuerdo en hechos básicos, y esto hace el debate civil imposible”.

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Numerosas personas se han manifestado contra la reacción de Trump ante los hechos ocurridos en Charlottesville. | Foto: Joe Penney/ Reuters

Por tanto, esta encuesta muestra que lo que muchos piensan, como han manifestado a través de las redes sociales, que debería ser una cuestión moral y una condena a lo que ocurrió en Charlottesville se ha convertido en una cuestión política. Además, demuestra que a pesar de las numerosas críticas que ha recibido Trump por su forma de tratar las muertes y las peleas en Charlottesville, que más tarde denunció y condenó, no son una representación de la opinión de la mayoría de la población, al menos en Estados Unidos.

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Jorge Raya Pons

Foto: Netflix

Apenas tenía 19 años cuando escribió aquel libro lleno de furia y frustración, pero lo cierto es que William Powell pasó el resto de su vida arrepentido. El libro se publicó en 1970 y recetaba los ingredientes para ser un guerrillero: un libro que combinaba ensayos sobre la libertad absoluta con fórmulas para convertir un rifle en un lanzagranadas o fabricar dinamita en la cocina de casa. “Tenía 19 años, estaba cabreado y pensaba que el gobierno estaba fuera de sí”, dijo Powell muchos años después.

Aquella obra, llamada The Anarchist Cookbook (El libro de cocina del anarquista, en castellano), generó un revuelo enorme: los setenta fueron tiempos de rebeldía, los manifestantes se radicalizaron, las manifestaciones se masificaron, y no era extraño que muchas concluyeran con heridos, con vehículos en llamas, con explosivos y disparos en los peores casos. Y era en estos cuando la policía, después de detener a los culpables, inspeccionaban sus casas y encontraban el libro de Powell.

'Anarchist cookbook': el libro para guerrilleros que inspiró la masacre de Columbine 1
William Powell, en un fotograma del documental ‘American Anarchist’. | Foto: Netflix

Ninguno de ellos tenía en cuenta la advertencia de la contraportada. “Lea este libro, pero mantenga en mente que los temas aquí tratados son ilegales y constituyen una amenaza”, dice. Y continúa: “Casi todas las recetas son peligrosas. Ese libro no es para niños, ni para idiotas”.

Durante muchos años, Powell rechazó entrevistas y reportajes, desapareció de la primera plana. Aquel libro que solo una editorial de vanguardia se atrevió a editar –ganando toda una fortuna tras vender más de dos millones de copias– le costó una imagen terrible que arrastró siempre: Powell acabó pagando caro el pecado de juventud. Los años de silencio quedaron atrás con la grabación de un documental dirigido por Charle Siskel y disponible ahora en Netflix bajo el título de American Anarchist.

En esta obra se conoce a otro Powell: al británico con problemas de integración en la escuela, hijo de diplomático, inmigrante en Estados Unidos. Al orador sereno y progresista, recluido en Francia, docente de alumnos con déficit de atención. Viajó por América y África, logró hacerse un nombre, pero le rechazaron una y otra vez en decenas de escuelas tras descubrir que había escrito un libro tan violento.

Aquel recetario sobre cómo destruir el sistema no pasaba de moda y volvió a coger fama en los 2000, después de que los dos asesinos del instituto Columbine, donde mataron a 12 alumnos y un profesor durante un asalto de 50 minutos, manifestaran la influencia de la obra de Powell: este hecho quedó reflejado en el documental Bowling for Columbine, de Michael Moore.

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Uno de los alumnos que sobrevivió a la masacre de Columbine, durante el funeral de sus compañeros. | Foto: Gary Caskey/Reuters

En una entrevista publicada en la norteamericana National Public Radio, Siskel hace una serie de reflexiones sobre cuanto percibió en las palabras de Powell. “Sé que le afectó profundamente descubrir las relaciones entre el libro y los actos violentos”, dice. “En sus propias palabras, aquello le llenó de remordimiento, aunque luego distinguió entre remordimiento y arrepentimiento. Creo que no se arrepintió de haber escrito el libro, ya que de alguna manera le ayudó a definir quién era y maduró con la experiencia”.

Y continúa:

“Pero también creo que aunque el libro haya estado relacionado con algunos casos de violencia y haya sido influyente para la gente que lo ha leído, eso no le convierte en responsable en ningún sentido legal o causal. La información que está en el libro está disponible en Internet y en muchos otros lugares, incluso en aquel momento. Quiero decir: el propio Bill consiguió la información de la biblioteca pública, estaba ahí. Creo que la gente que estaba decidida a actuar violentamente habría encontrado la forma de hacerlo de cualquier otra manera. Así que dibujar una especie de vínculo directo es injusto. Con todo, mi sensación es que nada de eso ha servido de consuelo para Bill a lo largo de su vida”.

William Powell murió de un ataque al corazón el 11 de julio de 2016 a los 66 años, aunque pasaron muchos meses hasta que su familia lo hizo público. Powell murió, sin embargo, sin ver concedido su último deseo: la retirada definitiva de la obra que marcó su vida.

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Nolan, Churchill y Dunkerque

Jordi Bernal

Finalmente veo la peli de Nolan sobre Dunkerque. Notable. Estéticamente impresionante. Una de tiros. Responde a la definición de Sam Fuller sobre el cine: “Una película es como una batalla. Amor, odio, acción, violencia y muerte. En una palabra, emoción”. Bien lo sabía el bueno de Sam, que desembarcó en Europa para liberarla de los nazis.

La peli de Nolan me pilla en plena faction. Leo un ensayo admirable. La Guerra de Churchill, de Max Hastings. Una de esas cosas que solo los ingleses pueden. La lluvia pertinaz y monótona, la ausencia de sol invitan a la concentración y el trabajo riguroso. La documentación es abrumadora y vasta, de un interés histórico notabilísimo.

Crónicas, diarios dispersos, correspondencias impúdicas, archivos oficiales desclasificados. Solo Putin negó la investigación de los hechos. Natural.

Dos ejemplos que demuestran la honradez intelectual y la labor granítica de Hastings (admirador de Churchill, pero sin esconder todos sus defectos, cagadas descomunales y esa venganza sin justificación de un sentimental borracho que fue el bombardeo de Dresde):

“Era esa alegría lo que hizo que un hombre como el esteta y diarista James Lees-Milne escribiera en tono de disgusto una vez que hubo acabado  todo: “Churchill se lo pasó a todas luces tan bien en la guerra que nunca  llegó a resultarme agradable. Simplemente reconozco que, como Gengis Khan, fue grande”.

“La gente sencilla tenía otra visión. Nella Last, una ama de casa de Lancashire, escribió el 11 de mayo en  su diario “si tuviera que pasar toda mi vida al lado de un hombre, eligiría a Chamberlain, pero creo que no tardaría en cambiarlo por Churchilll si se desatara la tormenta y estuviera  a punto de naufragar. Tiene una cara divertida, como la de un bulldog que vive en nuestra calle  y que ha hecho más por echar a los perros y gatos descamados que todas las quejas y protestas de los vecinos”.

No está mal la peli de Nolan. Pero comparto la crítica de los franceses de que salen de refilón. Cubrieron la retirada inglesa y aguantaron la embestida nazi. Churchill ordenó que los evacuaran ya que los iban a dejar tirados. A la mitad no les quedó más cojones que rendirse.

Se es muy injusto con los franceses en la II Guerra Mundial.

Tanto como con los españoles.

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Comías insectos y no lo sabías: la historia detrás del rojo que casi todo lo tiñe

Tal Levy

Foto: TOMAS BRAVO
Reuters

Es un colorante natural, pero no se suele precisar que es de origen animal; menos aún, que procede de un insecto triturado. Un aditivo exótico, por decir lo menos, enmascarado en las etiquetas de productos comestibles bajo la denominación de E-120 o más amigable de rojo natural número 4, conocido también como ácido carmínico y hasta simplemente carmín, distintas formas de eludir un nombre poco apetecible: la cochinilla.

El cuerpo desecado de este diminuto parásito ha coloreado de rojo buena parte de lo que nos rodea. Es difícil escapar de él. Desde medicinas hasta yogures, desde gominolas hasta embutidos o conservas vegetales, desde bebidas energizantes hasta mermeladas, desde ropa teñida hasta pinturas industriales, desde lacas de uña hasta pintalabios, lo contienen.

Al descubrirlo, es inevitable mirar todo con otros ojos; así, por ejemplo, la tan deseada sensualidad de los labios color carmín de pronto palidece, por lo que ya hay quienes demandan un maquillaje vegano.

Distintas legislaciones alimentarias aprueban su consumo. La Organización de las Naciones Unidas paras Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han establecido en el Codex Alimentarius. Normas internacionales de los alimentos, la dosis máxima de uso para los aditivos según la categoría de alimentos. La ingesta diaria admisible suele ser de unos 5mg por kg de peso corporal.

Los colores que se obtienen varían del fresa al grosella pasando por el carmín al negro. Y es que sin duda comemos, o mejor dicho empezamos a comer, por los ojos. De allí la proliferación de colorantes artificiales, frente a los cuales el E-120 es considerado inocuo salvo contadas intolerancias o alergias.

La pregunta entonces: ¿es preferible el uso de colorantes sintéticos que según estudios se han asociado al cáncer o sobrellevar la repulsa y hacerse la vista gorda con la cochinilla?

Muchos son los cuestionamientos que se derivan, pues al estar presente en medicamentos sobre todo infantiles cómo eludirla, especialmente por parte de quienes son vegetarianos o profesan religiones como la judía, que prohíbe la ingesta de insectos y sangre por considerarlos no kosher, o la musulmana, de igual manera por no inscribirse dentro de los alimentos calificados como halal.

Comías insectos y no lo sabías: la historia detrás del rojo que casi todo lo tiñe 1
Un hombre aplasta una cochinilla para mostrar su color rojo | Imagen vía REUTERS/Tomas Bravo

Y es que podría estar incluso en el café que tomas. En 2012 fue motivo de una gran polémica cuando clientes de la cadena Starbucks supieron que en el Frappuccino de fresa habían incorporado el E-120 para dejar de lado los aditivos artificiales. En respuesta al reclamo de los consumidores veganos, fue sustituido por un colorante a base de tomate, como se lee en el informe Los insectos comestibles: Perspectivas de futuro de la seguridad alimentaria y la alimentación, de la FAO, organización que reconoce más de 1.900 especies que se pueden consumir.

Al año siguiente, las críticas recayeron sobre el yogur de fresa de Dannon, subsidiaria en Estados Unidos de Danone. “No tengo nada en contra de la gente que come insectos, pero cuando compro un yogur de fresa estoy esperando yogur y fresas, y no colorante rojo hecho de insectos. Dado que causa reacciones alérgicas en algunas personas y que es fácil de usar colores más seguros basados en plantas, ¿por qué Dannon lo usaría? ¿Por qué el riesgo al ofender a vegetarianos y asquear al resto de los clientes?”, declaraba Michael F. Jacobson, director ejecutivo de la ONG de apoyo al consumidor Center for Science in the Public Interest, a Fox News.

Por lo pronto, no queda sino leer con lupa si es necesario las etiquetas y en muchos casos privarse, privarse y privarse.

Denominación de origen

El colorante es extraído de la desecación de las hembras adultas de los insectos de la familia de los Dactylopius coccus, llamados comúnmente cochinilla, que habitan en los nopales. ¿Por qué pensabas que se plantaban cactus en las islas Canarias?

De hecho, al igual que en el caso del queso Parmesano Reggiano italiano o la Champagne francesa, en la etiqueta del producto final “granuloso y seco al tacto” elaborado en el Archipiélago figura el símbolo comunitario propio de la Denominación de Origen Protegida “Cochinilla de Canarias”.

“Los factores naturales unidos a los históricos hacen que la Cochinilla de Canarias esté vinculada a su medio geográfico, a la tradición y costumbres de sus productores y por tanto presente unas características específicas”, se apuntaba en la solicitud de inscripción en el registro comunitario, que vio finalmente luz el 3 de febrero de 2016.

Más allá de su alta concentración de ácido carmínico y su poca humedad, ¿por qué es única, distinta? Procede de un solo tipo de huésped (Opuntia ficus indica) y de insecto (Dactylopius coccus), recolectado de tuneras, y su secado es al sol y sin utilizar químico alguno, por lo que todo el proceso, desde la plantación del cactus hasta el secado, pasando por la cría del insecto y la recolección, se desarrolla de manera manual, artesanal, según se detalla en la web del Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente.

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Los insectos de la cochinilla se ven en una hoja de cactus nopal. | Imagen vía REUTERS/Tomas Bravo

Para hacer una libra de cochinilla, son necesarios 70 mil insectos, de acuerdo con la Enciclopedia Británica. La plantación y posterior cría requieren de condiciones que se hallan en ciertas zonas cálidas de países como México, Chile, Bolivia, Ecuador, Perú o España, concretamente en Canarias.

En las siete islas del Archipiélago se desarrolla el cultivo de la planta huésped, introducido hacia el primer tercio del siglo XIX en respuesta a la gran demanda de tintes en la industria textil europea. Inglaterra y después Francia se convertirían en sus clientes por excelencia y el tope de su comercialización lo alcanzaría en 1869. De hecho, el rojo del uniforme que el ejército británico vistió en la guerra de Crimea era extraído de la cochinilla de Canarias.

Vivió, pues, su tiempo de gloria a mediados del siglo XIX hasta que fue desplazado por tintes sintéticos como la anilina y la fucsina.

El polifacético creador español Mariano Fortuny y Madrazo, que ha quedado para la posteridad como el diseñador del mítico vestido Delphos, al punto que fue patentando en 1909 como si se tratara de un invento, utilizaba tintes naturales como la cochinilla en sus trajes inspirados en las antiguas túnicas griegas y que lucieron, entre otras, la bailarina Isadora Duncan, la actriz Sara Bernhardt y la mecenas y coleccionista de arte Peggy Guggenheim.

El oro rojo

Procedente de la América precolombina, donde fue empleado como tinte en pieles de animales y pigmento en pinturas murales, los exploradores españoles quedaron prendados del color que daba el nocheztli, como lo llamaban los aztecas o, lo que es lo mismo, “sangre de tuna”.

Apodada por los conquistadores como “grana”, llegó durante el Renacimiento a Europa desde México. En el siglo XVI, se convirtió para la Corona Española en uno de los artículos comerciales que generaba más ingresos después del oro y la plata, por lo que no era de extrañar que los barcos que lo transportaban desde el “Nuevo Mundo” fueran blanco de la codicia de los piratas.

No hay que olvidar que el rojo en Europa era símbolo de estatus, de distinción, precisamente porque eran privilegiados quienes podían lucirlo debido a que en la Edad Media era muy difícil y, por tanto, costoso teñir de este color al menos de un modo intenso y duradero.

Comías insectos y no lo sabías: la historia detrás del rojo que casi todo lo tiñe
En las paredes de El dormitorio, de Vincent Van Gogh, se usó el pigmento de la cochinilla.

El uso del insecto fitófago ha sufrido altibajos pero ha quedado inscrito en la historia del arte. En las paredes de El dormitorio, de Vincent Van Gogh, y las flores del Campo de lirios en Arles, ambos de 1888, fueron pintadas originalmente de púrpura, empleando según han identificado científicos el pigmento de la cochinilla, cuyo color se fue desvaneciendo hasta adquirir un tono azulado producto de la exposición a la luz, según publica Chemical & Engineering News, de la Sociedad Americana de Química.

También se ha rastreado su utilización en otras obras de la pintura universal de maestros como Canaletto, Rembrandt, Van Dyck, El Greco o Velázquez, en cuyas pinturas aunque de forma anónima la cochinilla ha alcanzado la inmortalidad.

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