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Ruanda, cien días de genocidio

Jorge Raya Pons

Foto: Ben Curtis
AP Photo

Los tutsis presagiaron que algo horrible ocurriría después de la noche del 6 de abril de 1994. A las 20:15h de aquel día, el avión del hutu Juvénal Habyariamana fue derribado cuando se dirigía al aeropuerto de Kigali, capital de Ruanda. Habyariamana era el presidente del país, y todo hacía sospechar que el ataque había sido orquestado por los tutsis, aunque una investigación en Francia ha señalado a los hutus como responsables. Los siguientes cien días se recuerdan como unos de los más sangrientos de la historia reciente. En poco más de tres meses fueron asesinadas al menos 800.000 personas en Ruanda, el 10% de sus habitantes, a cinco muertes por minuto. Solo una tercera parte de esos cuerpos pudo ser identificada.

La historia del enfrentamiento entre hutus y tutsis comienza muchos años antes. Pese a que entre ellos han tratado de remarcar los atributos étnicos que les separan, la única realidad es que la diferenciación procede más bien de la clase social a la que pertenecen. Antes de la guerra, los tutsis representaban el 14% de la población y, sin embargo, tenían el control económico del país. Eran ganaderos y su voluntad se imponía sobre la mayoría hutu, el 85% de la población más humilde, mayoritariamente campesina. Ambos estratos habían convivido en una paz relativa durante siglos, pero fue con la llegada de los europeos cuando se tensaron las relaciones. En 1921, Bélgica convierte Ruanda en su colonia y, 12 años más tarde, con el apoyo de la élite tutsi, el reino decide incluir en los documentos de identidad de los ruandeses la distinción étnica; a partir de entonces se reconocería a los ciudadanos como hutus, tutsis o twas, una tribu que representaba el 1% restante, pero que fue la primera en poblar las tierras de Ruanda, mucho antes de que los otros llegaran.

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El difunto presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, en una rueda de prensa posterior a su reunión con su homólogo francés, Francois Mitterrand, en octubre de 1990. | Foto: Michael Lipchitz/AP Photo

La tensión, desde ese instante, comenzó a dispararse. Los hutus se sabían superiores en número y a la vez oprimidos, y decidieron organizarse para revertir la situación. En agosto y septiembre de 1959 se crearon los primeros partidos políticos y en noviembre esa tensión se transformó en violencia; los hutus provocaron graves revueltas y fueron asesinados miles de tutsis en todo el país. Otros miles escaparon a países vecinos, de los cuales 200.000 escogieron la anglófila Uganda. Primero con las armas y después en las urnas, el poder hutu se hizo con el control del país y declaró la independencia. Corría el año 1962. Se estableció un modelo de persecución sistemática de la etnia tutsi, que al mismo tiempo realizaba ataques constantes en poblados hutus fronterizos con Uganda. En 1973, el general Habyarimana perpetró con éxito un golpe de Estado y gobernó el país hasta su asesinato.

Una masacre ignorada

La radio del gobierno, llamada Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, era la principal herramienta de propaganda, la gran agitadora. Las provocaciones contra los tutsi se emitían día y noche e invitaban a la mayoría hutu a “acudir al trabajo”, haciendo clara referencia a empuñar machetes y granadas para acabar con la presencia tutsi en el país. Fueron las semanas más oscuras de Ruanda. Los Interahamwe, el grupo paramilitar más importante de los hutus, tomaron las ciudades de todo el país y recibieron la carta blanca del gobierno para iniciar la purga.

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Un equipo de voluntarios, enterrando cuerpos en una fosa común. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

“La sensación es que un país se vuelve loco por cuestiones profundamente enterradas en el subconsciente”, dice Teresa González, cooperadora de Médicos del Mundo, que trabajó con refugiados ruandeses en Goma, Congo, en 1994. “Había gente que hasta entonces no se había sentido hutu o tutsi y que de pronto comenzó a hacerlo. Sucedió algo similar en Bosnia con muchos musulmanes. Te da la sensación de que estas personas renuncian a su identidad individual para incorporarse a una masa que no piensa y que solamente desata y recibe violencia”.

Los milicianos tenían nombres, direcciones y censos de los tutsis; habían heredado de los belgas estos datos. Hacían controles de carretera, buscaban de puerta en puerta. Mataban a los hombres y mujeres a machetazos, aunque a las últimas preferían violarlas antes. Los quemaban con crueldad, eran capaces de hacer cumplir torturas innombrables. Era difícil imaginar una salida para los perseguidos, estaban acorralados. Los cálculos estiman que 1,7 millones de hutus participaron en la ejecución del genocidio.

El general Dallaire estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre, pero la ONU desestimó su propuesta

“La comunidad internacional le dio la espalda a todos los ruandeses que murieron”, dice Mila Font, que trabajó en 1994 con Médicos Sin Fronteras en el campo de refugiados de Benako, Tanzania, donde llegaron a cohabitar 250.000 personas.

Era abril de 1994 y el gobierno de Estados Unidos no quería intervenir militarmente en ningún país. Bill Clinton, entonces presidente, tenía reciente la última operación en Somalia, dos años antes, donde perdió a 19 soldados, y no quería correr el riesgo de sufrir la misma suerte en Ruanda. Pero las Naciones Unidas (ONU), a través de una resolución de 1948, les obligaba a hacerlo en aquellos lugares donde se estuviera produciendo un genocidio. Así que la estrategia de Clinton consistió en no reconocer como genocidio lo que estaba ocurriendo en Ruanda y responder con eufemismos a las preguntas de los periodistas. Cruz Roja, para entonces, elevaba la cifra de asesinados a 100.000 personas.

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Kofi Annan, en una visita a Ruanda tras el fin del genocidio. | Foto: Brennan Linsley/AP Photo

El general Roméo Dallaire, al mando de la fuerza de paz de las Naciones Unidas, conocida como Unamir, estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre y acusó a los franceses de financiar a los hutus, denunciando que estaban entrando en el país miles de machetes de fabricación china. Incluso meses antes de la muerte del presidente ruandés, en enero, advirtió de que tenía información sobre grupos de hutus que planeaban el exterminio masivo de las poblaciones tutsi del país y que contaban con los hombres y las herramientos necesarias para asesinar hasta 3.000 personas por hora, prediciendo una locura que no tardó en confirmarse. La primera respuesta que recibió de Kofi Annan, jefe de la misión de paz en Ruanda por la ONU, fue poco esperanzadora: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la Unamir”.

La segunda respuesta consistió en una retirada considerable de tropas. De las 2.750 iniciales, quedaron en Ruanda solo 250.

Víctimas y victimarios

Francia decidió intervenir en junio de 1994, cuando Cruz Roja ya había elevado la cifra de muertos al medio millón. El Frente Patriótico Ruandés (FPR), el principal partido y movimiento de los tutsis, temió esta circunstancia; desconfiaba de las intenciones de los franceses y le preocupaba que se implicaran directamente en la batalla que ellos libraban especialmente en las zonas fronterizas. No obstante, el objetivo de la llegada de los europeos se debía a que iban a permitir la salida pacífica de los tutsis hacia otros países. Esto abrió un pasillo que el FPR no desperdició y en un mes se habían hecho con Kigali, dando la guerra por terminada. En ese momento las víctimas pasaron a convertirse en victimarios.

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Una cola de ruandeses de la etnia hutu espera a las puertas del campamento. | Foto: Stringer/Reuters

Los tutsis habían recuperado Ruanda, pero los hutus sentían miedo por su retorno, por la toma de represalias, y decidieron salir del país. Fue un éxodo inimaginable, de cerca de dos millones de personas. Esto produjo la huida de incontables verdugos que nunca fueron enjuiciados, que se camuflaron entre el gentío. “Entre la multitud de cientos de miles de hutus que salían en masa se encontraba gente que había sido partícipe de la tragedia, que eran victimarios”, cuenta Teresa González. Esta realidad también pudo comprobarla Mila Font en su campamento en Tanzania. Font cuenta que su campo estaba bien organizado en comparación con otros en los que estuvo anteriormente, pero que llegó un momento en que descubrieron que los mismos que habían maquinado y ejecutado el genocidio estaban beneficiándose de los asentamientos para refugiados: “Tuvimos que dejar de trabajar allí. Veíamos que esos líderes utilizaban a las personas como escudos humanos. Fue una decisión muy difícil que llevó mucha discusión interna. Continuar allí implicaba convertirnos en cómplices de todo aquello, y tuvimos que tomar esa decisión”.

La tragedia de Ruanda, continúa Font, acompañó a los refugiados hasta los campamentos: “Nos enfrentábamos diariamente a muchos problemas. Las luchas tribales, el ser tutsi o ser hutu, era uno de los motivos. Había ataques, violaciones… En muchos casos eran los responsables del genocidio”. Todavía recuerda cuando se acercaba junto a su marido, que era cooperante de Médicos Sin Fronteras de Holanda, a la orilla del río Kagera, que es la frontera natural entre Ruanda y Tanzania. Allí contaban muertos: “Íbamos los fines de semana para ver si bajaban cadáveres por el río. Era una forma de saber lo que pasaba al otro lado de la frontera”.

“Lo fácil sería pensar que los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus”

En 1997, los países vecinos decidieron desmontar los refugios y forzar a los exiliados a regresar a Ruanda, donde les esperaban los tutsis. En ese retorno se produjeron ataques a poblaciones ruandesas y en Gatonde, una de ellas, se encontraban tres cooperantes españoles de Médicos del Mundo: Manuel Madrazo, Maria Flors Sirera y Luis Valtueña. Fueron disparados a bocajarro. Socorro Avedillo, ahora jubilada, formaba parte del equipo que fue asaltado, pero se salvó porque en aquel momento no estaba en Ruanda, sino en el Congo. Tras recibir la noticia, renunció a regresar a Gatonde: “Nosotros fuimos el últimos grupo en estar allí. Yo llevaba mucho tiempo en África y trabajaba en sitios de miseria. Pero aquello me dejó tocada. Mi viaje duró 20 días porque ocurrió lo de Flors, Manolo… y nadie me preguntó si me quería quedar, aunque tenía claro que no. No había mucho que hacer, no estaba preparada para quedarme. De los cuatro españoles del equipo, tres habían muerto… La experiencia fue muy fuerte”.

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Una ruandés lleva en brazos el cadáver envuelto de un niño. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

Teresa González, después de haber viajado y de haber conocido, no acepta los maniqueísmos. “Yo creo que hay gente buena y hay gente mala, pero no hay grupos buenos y grupos malos. Lo fácil sería pensar que en Ruanda los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus. Yo creo que la mayor parte de los victimarios no querían ser parte de eso. Y es cierto que los hutus hicieron una masacre, pero cuando volvieron se convirtieron en víctimas”.

Teresa desconfía profundamente de las masas, aborrece los nacionalismos, ha visto de cerca cuáles son sus consecuencias y no siente reparos para defender su postura: “Hay muchas veces que me dicen que soy una exagerada cuando hablo sobre el nacionalismo, pero he vivido demasiadas circunstancias en las cuales se ha identificado a un pueblo como peor por ser distinto y se ha llegado a punto que no se imaginaban. Me dicen que eso solo pasa en África, pero no. Yo he estado en Sarajevo y allí eran personas como tú y como yo. Es como si te abrieran los ojos y te mostraran lo más horrible de la humanidad. Y esto ocurre cuando detectamos un culpable al que responsabilizar de todos los males y, sobre todo, cuando detectamos que es alguien de quien nos podemos vengar”.

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Láinez, Lanza y los que le echan leña al fuego

Melchor Miralles

Foto: Youtube (CC)

Ha ingresado en prisión, como era de esperar, Rodrigo Lanza, ese canalla que se ha convertido en un homicida tras ejercer de mártir antisistema. Nieto de un almirante de Pinochet muy vinculado al dictador chileno, Lanza, de 33 años, dejó hace tiempo tetrapléjico a un policía autonómico catalán en el desalojo de una vivienda “okupada”, y fue condenado por ello a 5 años por el Supremo. El caso fue sonado y la investigación policial fue calamitosa, y dio pie al famoso documental Ciutat Morta, en el que participó activamente Lanza. Cuando fue encarcelado recibió el entusiasta apoyo de Pablo Iglesias, Ada Colau y otros líderes populistas, que ayudaron a convertirle en un icono de la extrema izquierda. Pero Lanza se ve que lo tenía claro. Ahora vuelve a la cárcel. Tras salir de la prisión por este caso, se instaló en Zaragoza, donde era muy conocido por su liderazgo radical antisistema. Lanza, apodado “El Rodri”, vaya usted a saber por qué, está acusado de la muerte a golpes de Víctor Laínez, que murió tras ser atacado el pasado viernes en un bar zaragozano por un grupo de radicales de extrema izquierda tan solo por llevar puestos unos tirantes CON los colores de la bandera de España.

Sorprenden las precauciones de Pablo Iglesias y otros líderes de la extrema izquierda al valorar el asesinato de Laínez. Iglesias dijo que “condenamos cualquier tipo de violencia”, que es una forma de no mojarse, de dejar a la libre interpretación de cada uno que quizá en función de quién sea la víctima y quién el verdugo Iglesias y otros ponen sordina a la condena del acto, lo cual me parece insólito y repugnante. Por no hablar de las bazofias que, como siempre, se han leído sobre el caso en las redes sociales. Es terrible que alguien pueda apalear hasta la muerte a otro ser humano por el color de los tirantes que lleva, por cualquier motivo ideológico. Resulta más contradictorio aún, y creo que debe llevar a una reflexión profunda de buena parte de la izquierda española, que pueda llegarse a ese límite el odio a quien piensa de modo diferente a uno. La violencia es inaceptable, se vista del traje que se vista, la ejerza quien la ejerza y sea quien sea la víctima.

Quienes han visto a Lanza como un héroe digno de elogio debieran censurar sin matices su comportamiento, y reflexionar sobre cómo es posible que haya legado a este límite. Porque es de esperar que jamás vuelva a suceder nada parecido, con nadie. Y algunos alimentan comportamientos violentos con su discurso político extremista. El único responsable del asesinato de Láinez es el autor material del mismo, pero cuando se le echa leña al fuego se sabe lo que sucede. Y hay demasiados que han echado leña a este fuego en muchos lugares de España. Ojala no vuelva a repetirse

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Contra la navidad

José María Albert de Paco

Foto: JON NAZCA
Reuters

Cuánto añoro las Navidades sin afeites ni plusvalías, aquellas en que sólo se celebraba eso, la Navidad, y  que habrían de pasar a la historia por frugalidades como los tortazos de Lussón a Codeso, las empanadillas de Encarna o que una niña de San Ildefonso fuera negrita. Aquellas Navidades, en fin, cuya luz se descomponía en expectación, contento y melancolía, y que apenas precisaban de alegorías mundanas, como no precisa el fútbol del rugido de la vida. Un Belén entrañaba la posibilidad de que los niños rehiciéramos el mundo con arreglo a un orden que intuíamos trascendente, y Dios atendía la disposición de los patitos en el río con el mismo celo con que hubo de velar la construcción de las más excelsas catedrales góticas, siendo así que el poblado entero parecía hallarse bajo una tutela cenital, un ojo de halcón hogareño que nos impelía, al pasar frente a la librería, a mover unos milímetros una oveja rezagada, evitando así su descarrío, o a enderezar la fila por la que discurrían los Reyes Magos, en un vívido remedo de la Cabalgata que en la noche del 5 recorrería la ciudad. O a abrigar al Niño, no fuera a coger frío. Nunca tuve la impresión de estar ante una maqueta. Y sí la tengo hoy, en cambio, al ver los belenes institucionales, esas soft parades inclusivas, transgresoras, sostenibles y aun antifascistas, inequívocamente comprometidas con la política de déficit cero y quién sabe si portadoras, a modo de pasatiempo infantil, de un mensaje cifrado de solidaridad con los presos.

Unas Navidades que son, definitivamente, más, mucho más que unas Navidades. O lo que es lo mismo: menos.

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Dabiz Muñoz: "La especia que alimenta mi vida es la ambición"

Rodrigo Isasi Arce

Foto: Rodrigo Isasi
The Objective

DiverXO presume de ser el único restaurante de Madrid dirigido por un chef con tres estrellas Michelín, Dabiz Muñoz, y eso se nota, siempre está lleno. Se puede reservar a través de su web, pero seguramente no encuentres mesa libre, al menos, hasta dentro de seis meses. Dabiz consiguió su primera estrella en 2010; la segunda, apenas dos años después, y la tercera en 2013. La ambición es lo que mueve a este mediático cocinero, que tiene dos restaurantes en Madrid (DiverXO y StretXO) y otro en Londres,  pero que ya planea inaugurar en 2018 otro en la capital española. Dabiz nos ha abierto  las puertas de “su templo”, DiverXO.

De puertas hacia fuera, se respira tranquilidad, un trato exquisito, exclusividad; de puertas hacia adentro, la cocina de DiverXO es un hervidero, la gente no para, los fuegos están a tope, cada trabajador, centrado en una tarea, y los camareros hacen “malabarismos” para no chocar con nadie y sacar los platos preparados. El resultado final es, sin duda, extraordinario, todo llega perfecto a la mesa de los comensales.

¿ Alguna vez imaginaste estar en la cúspide de la gastronomía española?

No sé si lo que me he imaginado es estar en la cúspide de nada. Yo siempre he soñado grande y sigo haciéndolo, he soñado con hacer grandes cosas que tenían que ver con DiverXO, al igual que ahora tienen que ver con StreetXO, o con todo lo que hagamos. Lo importante es que siempre he tenido claro que cuanto más grande sueñas, más grandes son los sacrificios, y he sido consecuente con ello. Así funciono yo, a través de grandes retos y objetivos que me voy marcando.

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El chef Dabiz Muñoz prueba un plato antes de que salga de cocina. | Foto: Jorge Raya/The Objective

¿Qué nos puedes contar de la apertura de un nuevo restaurante en Madrid?

Pues os puedo contar poco, pero estará abierto a comienzos del verano de 2018, que no se parecerá en nada a DiverXO y StreetXO y que creo que va a redefinir un poco nuestras propias reglas dentro del mundo ‘XO’ otra vez.

¿Cuál es la especia esencial en tu vida?

Per se no es solo una especia, es una mezcla de especias, que es el curry tailandés. Puede ser una mezcla de entre dos y 15 especias secas y otros seis u ocho condimentos húmedos. Quizá este sería el paquete de especias sin el que no podría vivir. Que no sea per se, la especia que alimenta mi vida es la ambición.

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Un cocinero monta un plato en DiverXO | Foto: Rodrigo Isasi/The Objective

¿Cuál es el precio de la ambición?

Creo que la ambición es necesaria para progresar, cada uno tiene su concepto de vida y cada uno tiene sus retos y objetivos en la vida. Pongo en una balanza lo que he perdido y lo que he ganado, y soy muy feliz. A mí nadie me ha obligado nunca a hacer nada de lo que hago, lo he hecho siempre porque así me ha salido hacerlo y es verdad que yo soy un tipo muy ambicioso, terriblemente competitivo  y que siempre tengo ganas y hambre de más. Esto, evidentemente, tiene consecuencias pero, a mí, siempre me ha merecido la pena.

¿Vale la pena renunciar a algunas cosas?

No conozco a nadie que haya querido conseguir algo y a base de constancia y perseverancia no lo haya conseguido, lo que pasa es que cuando hablamos de esto, a veces la constancia y la perseverancia suponen 15 años de tu vida. ¿Estás dispuesto a hacerlo? Esa es la pregunta. Eso ya es muy personal de cada uno, no creo que nadie sea mejor o peor por ambicionar más o ambicionar menos. Lo que sí creo es que hay que ser consecuente. No concibo el éxito sin un trabajo muy duro detrás.

Una de las lacras que quizá haya detrás de la ambición es la falsa modestia. No pasa nada porque seas ambicioso y a la vez seas consciente de que lo que haces lo haces bien, otra cosa es que caigas en el error de decir que eres el mejor o que eres mejor que el de al lado. Esto es muy subjetivo y no creo en este tipo de valoraciones absolutas. Lo que si que estoy de acuerdo es con competir con uno mismo, cada día ser mejor que tu día anterior, aunque a veces sea difícil de gestionar.

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Parte del equipo que dirige Dabiz Muñoz en la cocina de DiverXO | Foto: Rodrigo Isasi/The Objective

¿Qué le dirías a un aspirante a chef?

Sobre todo, si quieres ser cocinero, es porque te gusta mucho cocinar, te gusta hacer feliz a un tercero y tienes pasión por lo que haces. En este sentido, todos los programas de televisión de cocina han tenido muchas cosas buenas, pondero muy positivamente el impacto y la repercusión que han tenido sobre la sociedad y sobre la cultura gastronómica que tenemos en España. Quizá la parte más difícil de gestionar que han tenido estos programas y el boom gastronómico es que muchos chicos y chicas jóvenes, cuando quieren ser cocineros, solamente piensan en el éxito mediático y el reconocimiento social, y eso es un error. A cualquier chico joven que quiera ser cocinero le diría que nunca persiga ese reconocimiento, que ese éxito mediático tiene que ser la consecuencia de lo que hace y nunca tiene que ser el fin.

¿Cómo lograr el éxito en esta profesión?

Yo nunca busqué el éxito, nunca busqué el reconocimiento social, lo que buscaba es tener el éxito de ver mi restaurante lleno cada día, todas las sillas. Para mí, ese ha sido y es el gran éxito. Me voy muy feliz a mi casa cuando tengo los tres restaurantes llenos, que a día de hoy lo están siempre, y sobre todo cuando la gente que ha venido a comer te dice que es espectacular y le ha encantado. Para mí, esa es la definición de éxito en mi profesión.

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En DiverXO se cuida hasta el último detalle | Foto: Rodrigo Isasi/The Objective

¿Cómo es colaborar con la ONG ‘Un inicio’?

En un principio empezamos a colaborar con la ONG Cesal, pero luego hubo una escisión en la organización y continuamos trabajando con la ONG ‘Un inicio’, que al frente de ella está Eduardo Roselló, un tipo que conocí hace ocho años, un loco que se dedicaba a la docencia y que hace dos años lo dejó para montar su propia forma de entender la ayuda a chicos que están en riesgo de exclusión social, a través de la cocina. Él no sabía nada de cocina hace ocho años, pero a base de ser un tipo con mucha constancia y muy terco, estuvo trabajando en DiverXO y otros restaurantes, consiguió aprender.

¿Y con Eduardo Roselló?

Roselló tiene mucha hambre por conseguir cosas en ese mundo de la ayuda social. Yo me siento muy vinculado a él y a todo lo que haga él; colaboro con Eduardo en muchas cosas que se ven y en otras muchas que no se ven. Creo mucho más en las personas que en los discursos y en lo que sucede de puertas hacia afuera. Edu es un tipo al que merece la pena conocer y seguir.

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El chef elabora una salsa en la cocina de DiverXO | Foto: Rodrigo Isasi/The Objective

¿Una causa por la que merezca la pena luchar?

A lo largo del año colaboro con muchas causas. Tengo un amigo que se llama Carlos Matallanas y tiene Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), una enfermedad terrible que a día de hoy no tiene cura y no tiene un tratamiento definido. Carlos es amigo mío de la infancia, jugábamos juntos al fútbol, pero después perdimos el contacto. Años después supe de él a raíz de su enfermedad. La ELA es una enfermedad que es muy fastidiada, poco a poco te va menguando y mermando las posibilidades físicas y en ocasiones las psicológicas. Es una enfermedad muy triste y por la que merece la pena luchar.

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Un cocinero prepara un plato en DiverXO | Foto: Rodrigo Isasi/The Objective

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Los retos del Sida en España 30 años después de su aparición

Marta Ruiz-Castillo

Foto: JUAN MEDINA
Reuters/Archivo

Han pasado algo más de 30 años desde que se diagnosticaron las primeras muertes relacionadas con el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (Sida). Desde entonces se ha avanzado mucho gracias a los antirretrovirales, medicamentos específicos para el tratamiento de infecciones por retrovirus como el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), causante del Sida. Sin embargo, la comunidad científica aún no ha dado con una vacuna contra el Sida, en la que trabaja desde hace años, y aún hay retos pendientes en torno a esta enfermedad.

En 2016, 36,7 millones de personas vivían con el VIH en el mundo, 1,8 millones de personas se infectaron con el VIH y 1 millón murió por enfermedades relacionadas con el Sida, según datos de Cruz Roja Española y del Programa Conjunto de Naciones Unidas sobre el VIH/Sida (ONUSIDA).

En el marco de la campaña ‘Mi salud, mi derecho’ (#yrighthealth), el 1 de diciembre se celebra el Día Mundial del Sida bajo el lema Transmite Respeto (#transmiterespeto). Esta fecha fue designada por la Organización Mundial de la Salud y de ONUSIDA con objeto de reforzar la respuesta frente a la epidemia; una fecha que cuenta con el apoyo de los gobiernos de todo el mundo.

En España viven entre 140.000 y 145.000 personas con infección por el VIH, de las que aproximadamente 1 de cada 10 (18%) no están diagnosticadas. El número de pacientes con VIH en tratamiento ascendía a 116.408 personas en 2016, según datos del Ministerio de Sanidad publicados a partir de la declaración de las Comunidades Autónomas e Instituciones Penitenciarias.

Durante el año 2016 se notificaron 3.353 nuevos casos de personas infectadas por el VIH. La mayoría fueron hombres (83,9%) y la edad media se situó en los 36 años.

En cuanto a las vías de transmisión, la más frecuente fue la sexual. El 53,1% de los diagnósticos fue en hombres homosexuales y el 26,5% en personas heterosexuales. Siguen descendiendo los casos de transmisión por vía intravenosa en personas drogadictas, situándose en un 3,6%, según los datos del ministerio.

Los jóvenes y las mujeres ante el Sida

Llama la atención el hecho de que el 25,9% de los casos afectados por el VIH tenía menos de 30 años en el momento del diagnóstico y un 16,4% tenía 50 años o más.

Además, el 46% de los nuevos diagnósticos se realizó de forma tardía y en mayor medida en los casos de transmisión heterosexual, aumentando con la edad, pasando de un 1,7% entre los 15 y 19 años, a un 51,1% en los mayores de 49 años.

El 33,6% de los nuevos diagnósticos fue entre personas nacidas fuera de España, destacando que en las mujeres este porcentaje en 2016 ascendió al 57,9%. Las regiones de origen más frecuentes fueron Latinoamérica y África Subsahariana.

Casi el 26% de las personas afectadas con el VIH en España en 2016 tenía menos de 30 años

El Servicio multicanal de información y prevención sobre el VIH y el Sida ha superado las 100.000 visitas en la Web, informa el Gobierno. La mayoría de quienes usan el canal son varones, aunque “se ha observado un incremento de la utilización del chat por parte de mujeres, que ha pasado de representar un 26,44% del total de consultas realizadas en 2016 a un 33,44% en lo que va de 2017″.

En cuanto a la edad, hay un aumento de consultas entre los jóvenes, especialmente a través del chat, donde “más de un 50% son realizadas por personas menores de 30 años, destacando cada vez más las que hacen los menores de 18 años, que el último trimestre de 2017 han supuesto un 38% del total”.

El servicio responde cada año en torno a 50.000 consultas relacionadas con el VIH y otras enfermedades de transmisión sexual. En este sentido, las principales consultas se refieren a la vías de transmisión y las dudas sobre la prueba del VIH.

Prevención

“Es necesario un mejor y mayor conocimiento de los aspectos básicos de la infección: mecanismos de transmisión, formas de prevención y tratamiento, etc”, comenta Carlos Cortés, Director Nacional de Cruz Roja Juventud.

Por eso, Cruz Roja Española y Cruz Roja Juventud han puesto en marcha la campaña ‘Objetivo Prevención ¡Abre tu enfoque!’ con la finalidad de minimizar el impacto del VIH y del Sida a través de promover conductas y actitudes saludables con acciones de información y sensibilización entre la población. Sensibilizar a la población en materia de prevención y reducción de las conductas de riesgo, así como sobre actitudes y comportamientos relacionados con el estigma y la discriminación hacia las personas infectadas, son otros objetivos.

La campaña, en la que participarán unos 600 voluntarios, se lleva a cabo en 51 provincias y 280 localidades entre el 27 de noviembre y el 10 de diciembre.

Retos globales

Entre los retos que se marcan cada año los gobiernos, ONGs e instituciones se incluyen recomendaciones para promover la igualdad de trato y la no discriminación de las personas con VIH, así como garantizar la igualdad en el acceso a la prevención y a la atención sociosanitaria de las personas infectadas, con la finalidad de “promover el disfrute efectivo de los derechos de las personas con VIH”.

Los retos del Sida en España 30 años después de su aparición 1
El lazo rojo se ha convertido en el símbolo de la lucha contra el Sida y el VIH. | Foto: Nacho Doce / Reuters archivo

El Plan de Acción 2017 contra el Sida en España dirigido por el Ministerio de Sanidad trabaja en la coordinación entre distintas instituciones para la “eliminación de barreras sociosanitarias y fuentes de discriminación”, además de en una encuesta de la situación laboral de las personas con VIH en España, y en una Pacto Social por la igualdad de trato y no discriminación.

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