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Ruanda, cien días de genocidio

Jorge Raya Pons

Foto: Ben Curtis
AP Photo

Los tutsis presagiaron que algo horrible ocurriría después de la noche del 6 de abril de 1994. A las 20:15h de aquel día, el avión del hutu Juvénal Habyariamana fue derribado cuando se dirigía al aeropuerto de Kigali, capital de Ruanda. Habyariamana era el presidente del país, y todo hacía sospechar que el ataque había sido orquestado por los tutsis, aunque una investigación en Francia ha señalado a los hutus como responsables. Los siguientes cien días se recuerdan como unos de los más sangrientos de la historia reciente. En poco más de tres meses fueron asesinadas al menos 800.000 personas en Ruanda, el 10% de sus habitantes, a cinco muertes por minuto. Solo una tercera parte de esos cuerpos pudo ser identificada.

La historia del enfrentamiento entre hutus y tutsis comienza muchos años antes. Pese a que entre ellos han tratado de remarcar los atributos étnicos que les separan, la única realidad es que la diferenciación procede más bien de la clase social a la que pertenecen. Antes de la guerra, los tutsis representaban el 14% de la población y, sin embargo, tenían el control económico del país. Eran ganaderos y su voluntad se imponía sobre la mayoría hutu, el 85% de la población más humilde, mayoritariamente campesina. Ambos estratos habían convivido en una paz relativa durante siglos, pero fue con la llegada de los europeos cuando se tensaron las relaciones. En 1921, Bélgica convierte Ruanda en su colonia y, 12 años más tarde, con el apoyo de la élite tutsi, el reino decide incluir en los documentos de identidad de los ruandeses la distinción étnica; a partir de entonces se reconocería a los ciudadanos como hutus, tutsis o twas, una tribu que representaba el 1% restante, pero que fue la primera en poblar las tierras de Ruanda, mucho antes de que los otros llegaran.

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El difunto presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, en una rueda de prensa posterior a su reunión con su homólogo francés, Francois Mitterrand, en octubre de 1990. | Foto: Michael Lipchitz/AP Photo

La tensión, desde ese instante, comenzó a dispararse. Los hutus se sabían superiores en número y a la vez oprimidos, y decidieron organizarse para revertir la situación. En agosto y septiembre de 1959 se crearon los primeros partidos políticos y en noviembre esa tensión se transformó en violencia; los hutus provocaron graves revueltas y fueron asesinados miles de tutsis en todo el país. Otros miles escaparon a países vecinos, de los cuales 200.000 escogieron la anglófila Uganda. Primero con las armas y después en las urnas, el poder hutu se hizo con el control del país y declaró la independencia. Corría el año 1962. Se estableció un modelo de persecución sistemática de la etnia tutsi, que al mismo tiempo realizaba ataques constantes en poblados hutus fronterizos con Uganda. En 1973, el general Habyarimana perpetró con éxito un golpe de Estado y gobernó el país hasta su asesinato.

Una masacre ignorada

La radio del gobierno, llamada Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, era la principal herramienta de propaganda, la gran agitadora. Las provocaciones contra los tutsi se emitían día y noche e invitaban a la mayoría hutu a “acudir al trabajo”, haciendo clara referencia a empuñar machetes y granadas para acabar con la presencia tutsi en el país. Fueron las semanas más oscuras de Ruanda. Los Interahamwe, el grupo paramilitar más importante de los hutus, tomaron las ciudades de todo el país y recibieron la carta blanca del gobierno para iniciar la purga.

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Un equipo de voluntarios, enterrando cuerpos en una fosa común. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

“La sensación es que un país se vuelve loco por cuestiones profundamente enterradas en el subconsciente”, dice Teresa González, cooperadora de Médicos del Mundo, que trabajó con refugiados ruandeses en Goma, Congo, en 1994. “Había gente que hasta entonces no se había sentido hutu o tutsi y que de pronto comenzó a hacerlo. Sucedió algo similar en Bosnia con muchos musulmanes. Te da la sensación de que estas personas renuncian a su identidad individual para incorporarse a una masa que no piensa y que solamente desata y recibe violencia”.

Los milicianos tenían nombres, direcciones y censos de los tutsis; habían heredado de los belgas estos datos. Hacían controles de carretera, buscaban de puerta en puerta. Mataban a los hombres y mujeres a machetazos, aunque a las últimas preferían violarlas antes. Los quemaban con crueldad, eran capaces de hacer cumplir torturas innombrables. Era difícil imaginar una salida para los perseguidos, estaban acorralados. Los cálculos estiman que 1,7 millones de hutus participaron en la ejecución del genocidio.

El general Dallaire estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre, pero la ONU desestimó su propuesta

“La comunidad internacional le dio la espalda a todos los ruandeses que murieron”, dice Mila Font, que trabajó en 1994 con Médicos Sin Fronteras en el campo de refugiados de Benako, Tanzania, donde llegaron a cohabitar 250.000 personas.

Era abril de 1994 y el gobierno de Estados Unidos no quería intervenir militarmente en ningún país. Bill Clinton, entonces presidente, tenía reciente la última operación en Somalia, dos años antes, donde perdió a 19 soldados, y no quería correr el riesgo de sufrir la misma suerte en Ruanda. Pero las Naciones Unidas (ONU), a través de una resolución de 1948, les obligaba a hacerlo en aquellos lugares donde se estuviera produciendo un genocidio. Así que la estrategia de Clinton consistió en no reconocer como genocidio lo que estaba ocurriendo en Ruanda y responder con eufemismos a las preguntas de los periodistas. Cruz Roja, para entonces, elevaba la cifra de asesinados a 100.000 personas.

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Kofi Annan, en una visita a Ruanda tras el fin del genocidio. | Foto: Brennan Linsley/AP Photo

El general Roméo Dallaire, al mando de la fuerza de paz de las Naciones Unidas, conocida como Unamir, estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre y acusó a los franceses de financiar a los hutus, denunciando que estaban entrando en el país miles de machetes de fabricación china. Incluso meses antes de la muerte del presidente ruandés, en enero, advirtió de que tenía información sobre grupos de hutus que planeaban el exterminio masivo de las poblaciones tutsi del país y que contaban con los hombres y las herramientos necesarias para asesinar hasta 3.000 personas por hora, prediciendo una locura que no tardó en confirmarse. La primera respuesta que recibió de Kofi Annan, jefe de la misión de paz en Ruanda por la ONU, fue poco esperanzadora: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la Unamir”.

La segunda respuesta consistió en una retirada considerable de tropas. De las 2.750 iniciales, quedaron en Ruanda solo 250.

Víctimas y victimarios

Francia decidió intervenir en junio de 1994, cuando Cruz Roja ya había elevado la cifra de muertos al medio millón. El Frente Patriótico Ruandés (FPR), el principal partido y movimiento de los tutsis, temió esta circunstancia; desconfiaba de las intenciones de los franceses y le preocupaba que se implicaran directamente en la batalla que ellos libraban especialmente en las zonas fronterizas. No obstante, el objetivo de la llegada de los europeos se debía a que iban a permitir la salida pacífica de los tutsis hacia otros países. Esto abrió un pasillo que el FPR no desperdició y en un mes se habían hecho con Kigali, dando la guerra por terminada. En ese momento las víctimas pasaron a convertirse en victimarios.

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Una cola de ruandeses de la etnia hutu espera a las puertas del campamento. | Foto: Stringer/Reuters

Los tutsis habían recuperado Ruanda, pero los hutus sentían miedo por su retorno, por la toma de represalias, y decidieron salir del país. Fue un éxodo inimaginable, de cerca de dos millones de personas. Esto produjo la huida de incontables verdugos que nunca fueron enjuiciados, que se camuflaron entre el gentío. “Entre la multitud de cientos de miles de hutus que salían en masa se encontraba gente que había sido partícipe de la tragedia, que eran victimarios”, cuenta Teresa González. Esta realidad también pudo comprobarla Mila Font en su campamento en Tanzania. Font cuenta que su campo estaba bien organizado en comparación con otros en los que estuvo anteriormente, pero que llegó un momento en que descubrieron que los mismos que habían maquinado y ejecutado el genocidio estaban beneficiándose de los asentamientos para refugiados: “Tuvimos que dejar de trabajar allí. Veíamos que esos líderes utilizaban a las personas como escudos humanos. Fue una decisión muy difícil que llevó mucha discusión interna. Continuar allí implicaba convertirnos en cómplices de todo aquello, y tuvimos que tomar esa decisión”.

La tragedia de Ruanda, continúa Font, acompañó a los refugiados hasta los campamentos: “Nos enfrentábamos diariamente a muchos problemas. Las luchas tribales, el ser tutsi o ser hutu, era uno de los motivos. Había ataques, violaciones… En muchos casos eran los responsables del genocidio”. Todavía recuerda cuando se acercaba junto a su marido, que era cooperante de Médicos Sin Fronteras de Holanda, a la orilla del río Kagera, que es la frontera natural entre Ruanda y Tanzania. Allí contaban muertos: “Íbamos los fines de semana para ver si bajaban cadáveres por el río. Era una forma de saber lo que pasaba al otro lado de la frontera”.

“Lo fácil sería pensar que los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus”

En 1997, los países vecinos decidieron desmontar los refugios y forzar a los exiliados a regresar a Ruanda, donde les esperaban los tutsis. En ese retorno se produjeron ataques a poblaciones ruandesas y en Gatonde, una de ellas, se encontraban tres cooperantes españoles de Médicos del Mundo: Manuel Madrazo, Maria Flors Sirera y Luis Valtueña. Fueron disparados a bocajarro. Socorro Avedillo, ahora jubilada, formaba parte del equipo que fue asaltado, pero se salvó porque en aquel momento no estaba en Ruanda, sino en el Congo. Tras recibir la noticia, renunció a regresar a Gatonde: “Nosotros fuimos el últimos grupo en estar allí. Yo llevaba mucho tiempo en África y trabajaba en sitios de miseria. Pero aquello me dejó tocada. Mi viaje duró 20 días porque ocurrió lo de Flors, Manolo… y nadie me preguntó si me quería quedar, aunque tenía claro que no. No había mucho que hacer, no estaba preparada para quedarme. De los cuatro españoles del equipo, tres habían muerto… La experiencia fue muy fuerte”.

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Una ruandés lleva en brazos el cadáver envuelto de un niño. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

Teresa González, después de haber viajado y de haber conocido, no acepta los maniqueísmos. “Yo creo que hay gente buena y hay gente mala, pero no hay grupos buenos y grupos malos. Lo fácil sería pensar que en Ruanda los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus. Yo creo que la mayor parte de los victimarios no querían ser parte de eso. Y es cierto que los hutus hicieron una masacre, pero cuando volvieron se convirtieron en víctimas”.

Teresa desconfía profundamente de las masas, aborrece los nacionalismos, ha visto de cerca cuáles son sus consecuencias y no siente reparos para defender su postura: “Hay muchas veces que me dicen que soy una exagerada cuando hablo sobre el nacionalismo, pero he vivido demasiadas circunstancias en las cuales se ha identificado a un pueblo como peor por ser distinto y se ha llegado a punto que no se imaginaban. Me dicen que eso solo pasa en África, pero no. Yo he estado en Sarajevo y allí eran personas como tú y como yo. Es como si te abrieran los ojos y te mostraran lo más horrible de la humanidad. Y esto ocurre cuando detectamos un culpable al que responsabilizar de todos los males y, sobre todo, cuando detectamos que es alguien de quien nos podemos vengar”.

Stefan Zweig y la resistencia tibia contra el nazismo

Jorge Raya Pons

Foto: X CREATIVE POOL

La vida de Stefan Zweig (Viena, 1881- Persépolis, 1942) estuvo marcada por las guerras. No era fácil ser judío en los tiempos en que serlo suponía morir sin dignidad y gaseado en los campos de concentración de los nazis. Zweig fue como “un gitano curioso” que viaja sin fronteras, como él mismo se describió, y sintió como propio el espíritu de Europa, que comprendió como una manera de explicarse el mundo.

El joven Zweig siempre estuvo bien relacionado, y esto fue posible gracias a que creció en una familia de comerciantes y banqueros. Poseía una inteligencia que desbordaba y un hambre de conocimiento que lo llevó a conocer, siendo un adolescente, todos los versos de Rilke, la elocuencia de los clásicos griegos y latinos, la poesía de Verhaeren. Fue Theodor Herzl quien le dio la oportunidad de escribir con apenas 19 años en el Neue Freie Presse, uno de los grandes periódicos de Viena. Este hecho resulta especialmente elogioso si atendemos a que Herzl, además de uno de los periodistas más bravos de su tiempo, ha sido recordado por la Historia como el padre del sionismo.

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La casa de Zweig en Petrópolis, Brasil. | Fuente: Wikimedia

Todas las esperanzas depositadas en el joven Zweig fueron confirmándose. En la década de los veinte, Zweig se convirtió en el autor más conocido en lengua alemana, aunque no el más hábil, y su carrera en apariencia imparable únicamente se vio frenada por el auge del fascismo en Europa.

Cuando huyó definitivamente de Austria, con el inicio de la II Guerra Mundial, Zweig era toda una eminencia y no tuvo problemas para iniciar una vida alejada, en términos físicos, de la Solución Final, que amenazaba con acabar con judíos y gitanos. Zweig siempre sintió cierto grado de culpabilidad, de responsabilidad con el prójimo y, por supuesto, de nostalgia por servir como espectador del hundimiento de Europa. En Brasil, donde llegó tras breves estancias en París y Londres, mantuvo la convicción de que el éxito del nazismo se iba a extender a todo el planeta.

Zweig fue señalado como tibio en la crítica, un elemento pobre de la resistencia; algunos de sus contemporáneos lo acusaron de cobarde. Si bien su postura contraria a Hitler era evidente, no solo por su origen sino también por sus ensayos, sus compatriotas ansiaban de él actos mayores.

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Retrato de Stefan Zweig. | Foto: AP Photo

En El mundo de ayer, su autobiografía y última obra, que vio la luz de manera póstuma, Zweig parece justificarse por momentos. El autor vienés reconoce que fue ingenuo y que nunca imaginó que la barbarie fuera a llegar tan lejos:

Puesto que trato de ser lo más sincero posible, debo confesar que en el año 1933, y aún en 1934, creíamos imposible en Alemania y en Austria incluso la milésima parte de lo que sucedería semanas después. Cierto que contábamos de antemano con que los autores libres e independientes sufriríamos entorpecimientos, inconvenientes y animosidades. Inmediatamente después del incendio del Reichtag en 1933, advertí a mi editor que pronto se acabarían mis libros en Alemania. Nunca olvidaré su estupor.

–¿Por qué se han de prohibir sus libros? –inquirió, perplejo–. Usted nunca ha escrito una palabra contraria a Alemania, ni intervenido en política.

Sin embargo, como cabía esperar, Zweig fue acosado por el III Reich, que no permitió la lectura de otros libros que no fueran los doctrinarios y la defensa de otras ideas que no fueran las impuestas. Resulta muy interesante su biografía para tomar el pulso de una época que ahora parece remota, pero que no lo es tanto. Con el ascenso constante de los populismos y la ultraderecha en nuestros días, este fragmento parece revelador:

El nacionalsocialismo […] desarrollaba su método con precaución: una dosis pequeña, y, después de una dosis, una pausa. Cada vez, sólo una píldora, y luego, un momento de espera para comprobar si la conciencia universal había asimilado la dosis. Y en vista de que la conciencia europea –para mal y vergüenza de nuestra civilización– demostraba un absoluto desinterés, ya que aquellas brutalidades se realizaban fuera de sus fronteras, las dosis fueron cada vez mayores, y, al fin, Europa entera sucumbió a ellas.

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Fotograma de ‘Stefan Zweig. Adiós a Europa’. | Fuente: X Creative Pool

La cineasta Maria Schrader presenta en Stefan Zweig. Adiós a Europa un retrato elogioso del autor de Novela de ajedrez, centrando sus 106 minutos de película en los años que vivió a un océano de distancia de su patria. En una entrevista para El Español, Schrader defiende a Zweig como un hombre comprometido políticamente que, a su modo, supo enfrentarse a la injusticia que gobernaba el continente: “Era una persona que seguía sus propias reglas, y en esas reglas estaba que nunca atacaba a nadie, nunca atacaba con sus palabras. Lo que los periodistas le pedían era un veredicto sobre Alemania, y creo que Stefan Zweig lo que quería era pintar un cuadro del conflicto más complejo y se encontró con un mundo en el que las únicas posibilidades eran sí o no, blanco o negro, y eso era demasiado simplista […] No creo que exista solo una forma de actuar para los artistas”.

La película, que se estrena el próximo viernes, ayuda a dibujar un perfil del afamado escritor judío, que decidió quitarse la vida en la cama junto a su mujer tras reconocerse incapaz de soportar la imagen de una Europa que se destruía a sí misma. En su carta de suicidio, Zweig parece abandonar este mundo con cierta humildad, derrotado. No encuentra otra salida ante la caída del sueño que causándose la muerte. “Dejo saludos para todos mis amigos”, dejó escrito en su despedida. “Quizá ellos vivan para ver el amanecer después de esta larga noche. Yo, más impaciente, me voy antes que ellos”.

Ciberactivismo africano: un ejemplo para todo el mundo

Juanma Rodríguez

Foto: Goran Tomasevic
Reuters

La muerte en 2008 del presidente de Guinea-Conakry, Lansana Conté, que se mantuvo en el poder desde 1984 hasta ese mismo año, originó un conflicto político del que la sociedad civil no pudo quedarse al margen. La presidencia del país recayó en el entonces presidente de la Asamblea Nacional Popular (ANP), Aboubacar Somparé, que tenía la obligación de convocar elecciones en un periodo de 60 días. Sin embargo, seis horas después de la muerte del presidente Conté, un grupo de militares capitaneados por Moussa Dadis Camara tomó una emisora de radio para leer un comunicado en el que disolvían las instituciones republicanas, incluida la Constitución. Un golpe de Estado en toda regla. Asimismo, en el comunicado, Camara aseguró que se iba a crear un Consejo Nacional por el Desarrollo y la Democracia y se nombraría a un militar como presidente y a un civil como primer ministro, quedándose él mismo al margen de los comicios. No obstante, transcurrido un año, en el mes de septiembre, el militar anunció su intención de presentarse a las elecciones, prendiendo así la mecha del pueblo guineano, que veía peligrar su sistema democrático.

El 27 de septiembre de 2009, en la capital se convocó una manifestación pacífica en pro de la democracia en la que participaron alrededor de 50.000 personas. La guardia presidencial disparó contra los manifestantes, disolviendo la manifestación y dejando más de 1.200 personas heridas. El líder de la oposición, Sidya Touré, que convocó la manifestación, fue detenido y su casa registrada. Al día siguiente, cuando Touré fue liberado, en el Estadio Nacional 28 de septiembre, donde se había convocado la protesta, la policía y el ejército abrieron fuego, asesinando a 157 personas congregadas en el estadio y los alrededores que únicamente reclamaban ejercer su derecho democrático y a tener unas elecciones dignas y legales. Sólo del interior del estadio se sacaron 87 cuerpos.

Periodismo ciudadano

Fodé Sanikayi Kouyaté fue uno de los manifestantes que estuvo presente en esos fatídicos días. Se acercó a uno de los pocos medios internacionales que decidieron hacerse eco de lo que estaba ocurriendo. En concreto, Fodé se puso en contacto con una cadena francesa que cubría todo lo que allí acontecía. Esta emisora empezó a seguir los acontecimientos a través del propio Fodé, que se convirtió de la noche a la mañana en periodista ciudadano. De esta manera, cumplía así una de sus metas, casi sin querer. Él siempre quiso escribir y vivir de las letras, aunque estudiase Derecho, pero le era bastante difícil que los periódicos guineanos publicasen sus textos. Fodé tuvo que pagar un alto precio por difundir esta información y hacer uso de la libertad de expresión. Las declaraciones y fotografías que fue filtrando a la cadena francesa le costaron muchos problemas con el gobierno golpista, por lo que tuvo que exiliarse a Mali. Allí se percató del alcance mundial del movimiento de los blogs, un movimiento que todavía no se daba en Guinea-Conakry.

Cuando regresó a su país, lo primero que hizo fue construir una comunidad de blogueros, aunque al principio no le fue fácil. Fue contactando con amigos para invitarlos a unirse a esta comunidad, contándoles que a través de esta actividad se podía crear conciencia y empoderar a la ciudadanía para movilizarla. De esta forma nació en 2011 la Asociación de Blogueros de Guinea (Ablogui), de la que el mismo Fodé es presidente, aunque no fue hasta 2015 cuando empezaron a tener mayor conciencia sobre lo que significaba esta actividad. La primera acción colectiva que llevaron a cabo fue participar de forma activa en las elecciones, influir en el proceso democrático para que los comicios fueran más transparentes. Crearon entonces GuineeVote.

Un primer proyecto de movilización ciudadana

GuineeVote es una plataforma de acción ciudadana que se encargaba de comparar los programas electorales de los candidatos desde diferentes ángulos. Para ello, se apoyaron en una plataforma desarrollada años antes en Kenia, Ushahidi, que les permitía mapear y recoger toda la información electoral. Pusieron en marcha una red de E-observadores, unos 465 ciudadanos, entre los que se encontraban representantes de todas las grandes ciudades. Su rol era constatar las irregularidades y recogerlas en la plataforma. A pesar de que el gobierno había presionado para que todos los medios firmasen un documento que les impedía publicar los resultados parciales que se iban dando durante los comicios, Fodé, en representación de la plataforma GuineeVote, no lo firmó, oponiéndose a la censura de su país. Él defendía que a ellos, como blogueros y movimiento social, no les podían prohibir publicarlos, por lo que decidieron que fuesen los propios ciudadanos que informasen y publicasen fotos sobre los resultados porque tenían el derecho de hacerlo. Compraron y suministraron smartphones a los e-observadores, que informaban cada vez que se hacía un recuento verbal en los colegios electorales a través de Twitter y de otras redes sociales.

La información en los medios de comunicación estaba mucho más atrasada. Fueron los ciudadanos los que gestionaron todos los datos que llegaban de las ciudades del país a través de los e-observadores, para “controlar” lo que estaba pasando, reportarlo a las autoridades y poder hacer algo antes de que se acabase el proceso electoral, en lugar de hacer un resumen de lo que había pasado a lo largo de la jornada. A través de un hashtag en Twitter y un grupo de Facebook, reportaron las irregularidades de la votación, como la falta de sobres en los colegios electorales, el horario de los mismos y los resultados parciales. #GuineeVote consiguió más de 8.000 tweets durante la semana que duró el proceso, lo que permitió a muchísimas personas que no estaban en Guinea-Conakry a seguir lo que allí acontecía. Con esta herramienta pretendían superar el principal obstáculo que tienen los medios guineanos independientes: el acceso a la información pública. Querían suplir así la falta de transparencia que vivía el país desde el golpe de Estado. En el proyecto también colaboró el senegalés Cheikh Fall, uno de los blogueros y ciberactivistas más influyentes de Senegal, amigo de Fodé y presidente de Africtivistes, una organización supranacional que se creó con el fin de integrar y hacer posible un encuentro de ciberactivistas de todo el continente.

Que se cumplan las “promesas”

Fue tal el éxito del proyecto de GuineeVote, que decidieron continuar durante el mandato del nuevo presidente electo con la web Lahidi.org. La palabra “Lahidi” significa “promesa” en el idioma local. Esta plataforma es un fiscalizador de las promesas electorales, es decir, que controla si las promesas electorales del presidente actual, Alpha Conté, y de su gobierno se llevan a cabo. Se trata de un proyecto extensible, que se ha multiplicado por toda África y el resto del planeta, como el Mackymetre senegalés. El objetivo del proyecto también es desentrañar qué significan las promesas electorales, que suelen estar poco definidas. Una vez las entienden, las explican en la web. Por ejemplo, una de las promesas que más desconfianza está provocando, es el regalo de tabletas a los estudiantes que decidan continuar con sus estudios en la universidad.

Ciberactivismo africano: un ejemplo para todo el mundo 1
El actual presidente de Guinea-Conakry Alpha Conté durante la campaña electoral de 2010. | Luc Gnago / Reuters

Ambos proyectos tienen un objetivo muy claro: controlar que no se violen los principios democráticos y proteger a la ciudadanía; en ningún caso, como en más de una ocasión se les ha acusado, la idea es publicar información que sea sensible para el gobierno o que comprometa la seguridad del Estado. Por lo tanto, Fodé y el resto de blogueros y ciberactivistas guineanos no tienen miedo a que su actividad se ponga en peligro al utilizar herramientas como Facebook o Twitter, lo peor (o mejor) que les podría pasar es que el movimiento tenga mayor alcance.

Otros casos de África subsahariana

La respuesta de la sociedad civil y el ciberactivismo guineanos no son los únicos ni los primeros que se han dado en África. Para contextualizar el proyecto pionero de ciberactivismo africano debemos viajar desde Guinea hasta Kenia. Es el caso del anteriormente mencionado Ushahidi (“testimonio” en swahili), que también nació en medio de un brote de violencia en el país, esta vez a raíz de las elecciones presidenciales de 2007 que no contentaron a la ciudadanía. Esta herramienta la desarrollaron blogueros y programadores informáticos y permitió que periodistas ciudadanos colaborasen subiendo archivos a la plataforma a través del teléfono móvil, mapeando las zonas de conflicto, confirmando y desmintiendo noticias y obteniendo información en tiempo real. Al estar desarrollada en código abierto, esta herramienta no solo se replicó en países africanos como Guinea, sino que naciones de otros continentes, como Haití o Chile, utilizaron su estructura para desarrollar mecanismos digitales que ayudasen en la organización y gestión de la catástrofe que los terremotos ocasionaron en ambos países latinoamericanos. Más de 150 países han utilizado este tipo de herramientas.

En Costa de Marfil, en el año 2010, los blogueros más activos del país se propusieron fomentar el debate de las elecciones y calmar la situación antes de que se conociesen los resultados electorales. Sin embargo, unos actos violentos en el país les indujeron a coordinar la ayuda en esas zonas, a través de hashtags como #CIV2010. En Senegal, dos años después del conflicto marfileño, la comunidad bloguera senegalesa, con Cheikh a la cabeza e inspirados por las acciones de sus vecinos marfileños, comenzaron a retransmitir los resultados electorales a través del hashtag #SUNU2012 obligando al presidente del momento, Abdoulayé Wade, que aceptara la derrota electoral. Estos acontecimientos demuestran la capacidad de la ciudadanía africana para autogestionarse, y cómo a través de las herramientas digitales que han ido surgiendo con el desarrollo tecnológico, se han podido llevar a cabo acciones de activismo social para defender los valores y la integridad de la democracia.

África no es un único territorio donde viven muchas personas en países llenos de aldeas. Resulta complicado que los países occidentales, dentro de su etnocentrismo, amplíen sus miras. África es un continente muy grande, donde viven unos 1.000 millones de personas en 54 países diferentes que hablan alrededor de 2.000 lenguas distintas. No hay una única realidad africana, sino un compendio de realidades, que pueden ser diferentes unas de otras, pero que no dejan de mirar lo que ocurre en su entorno. El empoderamiento de las sociedades de los países que el eurocentrismo ha querido olvidar pasa por la movilización social y su apoyo en las nuevas tecnologías. El ejemplo del ciberactivismo africano podría servir de guía a escala global en un momento donde los valores de la democracia y de la verdad se ven comprometidos hasta en las principales potencias mundiales.

A la mierda la experiencia

Ricardo Dudda

En el último disco de Mount Eerie, A crow looked at me, Phil Elverum narra la muerte de su esposa con crudeza. No hay apenas metáforas. Es un disco deprimente y desnudo, da miedo. El sonido es amateur y sucio, como suelen ser los discos de Mount Eerie, aunque este es quizá su álbum más radical. Están solo él y su guitarra, quizá algún sonido ocasional, una base sencilla. Es espontáneo y a la vez meditado. Dice “tu ausencia es un grito que no dice nada”, aunque está lleno de escenas costumbristas y de frases sencillas como “te echo de menos” o “te quiero”. La última estrofa en “Death is real”, la canción que abre el disco, termina con “No quiero aprender de esto. Te quiero.” Es la idea de darle sentido y utilidad al sufrimiento, de que, incluso la peor de las tragedias te hace ganar experiencia y sabiduría. Elverum parece decir: a la mierda la experiencia: “Rechazo la naturaleza. Estoy en desacuerdo”, dice en otra canción.

Montaigne escribía en su ensayo “La experiencia” que “debemos aprender a soportar aquello que no podemos evitar.” En el instituto, un amigo tenía una teoría estúpida: si te cortan un dedo te duele muchísimo, pero seguro que es un placer enorme cuando deja de dolerte. Estaba pensando como Montaigne sin saberlo. El filósofo francés dice que aprendió y ganó experiencia gracias al sufrimiento que le provocó tener piedras en el riñón: “Hay algo que pueda compararse en dulzura a ese cambio súbito, cuando paso de un dolor extremo, al evacuar la piedra, a recobrar como si se produjera un relámpago la hermosa luz de la salud, tan libre y tan plena, como sucede en nuestros cólicos repentinos y más violentos?” Su vitalismo parece masoca. ¿Qué te enseña una piedra en el riñón? ¿Quizá te enseña a soportar otra posible piedra en el riñón en el futuro? No parece entonces tan útil. ¿Qué le enseña a Elverum la muerte de su esposa? En un ensayo titulado “Se requiere experiencia”, el escritor Philip Lopate se pregunta: “¿La sabiduría puede adquirirse de forma pasiva? ¿Uno puede vivir y no adquirir experiencia?” O, mejor aún, ¿uno puede sufrir y no adquirir experiencia? Elverum tiene que cuidar de su hija de dos años. Cree que tiene que mudarse de su pueblo para volver a vivir. Al mismo tiempo, también parece decir: a la mierda la experiencia.

El Guernica, una visión sobre la guerra moderna 80 años después

Marta Ruiz-Castillo

Foto: Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía
Sucesión Pablo Picasso, VEGAP

Piedad y terror en Picasso. El camino a Guernica’es el título de la muestra que desde el 5 de abril y hasta el 4 se septiembre se podrá visitar en el Museo Reina Sofía de Madrid.  Con cerca de 180 obras procedentes de los fondos del Museo Reina Sofía y de más de 30 instituciones de todo el mundo, como el Musée Picasso y el Centre Georges Pompidou, de París, la Tate Modern de Londres, el MoMA y el Metropolitan Museum, de Nueva York, la exposición es un homenaje a los 80 años desde que se expuso por primera vez esta obra maestra de Pablo Ruiz Picasso, uno de los artistas españoles más internacionales cuya visión de la guerra moderna fue recogida con todo lujo de detalles en una de sus más obras más famosas y alabadas de todos los tiempos.

La exposición aborda precisamente esa visión particular de Picasso sobre la guerra. “Guerra moderna –guerra desde el aire, muerte en la distancia, cuyo objetivo era la destrucción de poblaciones enteras– así como la singular iconografía de agonía, perplejidad y horror que este tipo de violencia trae consigo”, explican los responsables de la exposición.

Un tema que Picasso trató en varias ocasiones antes de pintar el Guernica. El pintor malagueño, explican en el Reina Sofía, “decía que en sus cuadros de desnudos el sillón simbolizaba la muerte yacente que aguarda a la belleza; y cuando le preguntaron por la tristeza y la ansiedad que acechaban los cuadros de Dora Maar, replicó abruptamente que la mujer no era más que “una máquina de sufrimiento”, una declaración que algunos entendieron como compasiva y otros, como arrogante. Sin duda, en el Guernica, la compasión ganó la batalla”.

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Pablo Picasso observa su obra ‘Retrato de mujer’, en su estudio Vallauris, Francia, el 8 de abril de 1953 | Foto: AFP Photo

La exposición, según sus responsables, se centra en las “raíces del imaginario del Guernica que se pueden encontrar en obras previas del pintor realizadas en los años posteriores a 1925, donde ya aparecen escenas de acción frenética y extática, a menudo rodeadas de un halo de peligro, y que presentan situaciones de violencia explícita: bailes desaforados, feroces enfrentamientos entre el artista y la modelo, monstruosos forcejeos de índole sexual en la playa, o mujeres atrapadas en sillones con la boca abierta en un grito o rugido salvaje”.

La exposición busca, en definitiva, explorar las profundas ambivalencias en las que incurrió el artista en el tratamiento de la violencia y la sexualidad pero también pretende analizar el nuevo tratamiento que Picasso hizo a partir de 1924. “A este respecto, cada vez con mayor frecuencia, cuerpos rotos o desmembrados invaden salones y estudios, y el mundo exterior presiona para entrar por la ventana”, subrayan los responsables de la muestra.

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Un detalle del Guernica en una exposición en el Centro Cultural Banco do Brazil, en Sao Paulo, el 25 de marzo de 2015 | Foto: Paulo Whitaker / REUTERS

El museo presenta al visitante un recorrido en el que se pone de relieve el hecho de que “no hubiera sido posible para el artista concebir el Guernica sin estos singulares experimentos anteriores”. Por eso, la muestra comienza con las  naturalezas muertas y los interiores de los años 1924 y 1925,  que dan paso a “cómo Picasso abordó la monstruosidad y la violencia a finales de esa década y durante la siguiente, con sus terribles retratos e interiores realizados al comienzo de la Segunda Guerra”.

Reflexiones sobre los bombardeos

Los expertos afirman que Picasso reaccionó a la destrucción del pueblo vasco de Gernika en 1937 “pintando el icono moderno que todavía hoy ondea en las calles de Alepo, Cisjordania o Bagdad, episodios recientes de otras muertes desde el aire”. El Guernica, junto a su dimensión universal, “también se interpreta como un callejón sin salida en la relación histórica entre vanguardia y realidad social y, por tanto, como una obra monumental y aislada en la amplia producción artística de Picasso”. Estas y otras reflexiones estarán presentes en el seminario ‘Piedad y Terror: Picasso en Guerra’, que el Museo Reina Sofía ha organizado también como parte de la muestra sobre el Guernica, los días 5, 18, 24 abril y 4 mayo.

El museo ha organizado, además, unas lecturas sobre guerra, exilio e iconoclastia bajo el título ‘Devenir Guernica’ que se llevarán a cabo entre el 13 de mayo y el 12 de diciembre. Especialistas procedentes de distintos campos del saber como el feminismo, la teoría política, la crítica e historia literaria, los estudios culturales y la historia del arte, examinan la obra partiendo de distintos conceptos y referencias.

La danza en un entorno de destrucción

La danza tiene su espacio en el programa de actividades que el Reina Sofía ofrece para conmemorar los 80 años del Guernica con dos espectáculos.

Deep Song, es una pieza coreográfica breve inspirada en el conflicto bélico español y concebida el mismo año en el que Picasso pintó el Guernica por la Compañía de Danza Martha Graham. Interpretada en esta ocasión por Blakeley White-McGuire, bailarina principal de la Compañía, está prevista para los días 6 y 7 de abril.

En ella se abordan los temores a un mundo dividido por la inhumanidad del individuo. La velada estará dedicada a contextualizar y comentar esta coreografía, e incluirá la proyección de material documental y un diálogo posterior con la bailarina que la interpreta.

La pieza se estrenó en el Guild Theatre de Nueva York el 19 de diciembre de 1937 con música de Henry Cowell, y supuso un grito de angustia, la encarnación de los miedos de Martha Graham ante un mundo arrasado por la barbarie del hombre hacia el hombre.

Por otro lado, el 29 de abril, la Compañía de danza Kukai Dantza ofrecerá un único espectáculo titulado ‘Gernika-Guenica’. Afincada en el País Vasco, esta compañía desarrolla su trabajo a partir de la danza tradicional vasca. Coincidiendo con el ochenta aniversario de la primera vez que se expuso Guernica y la celebración del Día Internacional de la Danza, Kukai Dantza ha creado para la ocasión una coreografía inspirada en los iconos de Gernika y Guernica porque, como ellos mismos destacan, “están arraigados en nuestra tradición, mirando a nuestro presente y futuro”.

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El Guernica, admirado por un grupo de visitantes del Museo de Reina Sofía, en 2007, con motivo de su 70º aniversario | Foto: Susana Vera / Reuters

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