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Ruanda, cien días de genocidio

Jorge Raya Pons

Foto: Ben Curtis
AP Photo

Los tutsis presagiaron que algo horrible ocurriría después de la noche del 6 de abril de 1994. A las 20:15h de aquel día, el avión del hutu Juvénal Habyariamana fue derribado cuando se dirigía al aeropuerto de Kigali, capital de Ruanda. Habyariamana era el presidente del país, y todo hacía sospechar que el ataque había sido orquestado por los tutsis, aunque una investigación en Francia ha señalado a los hutus como responsables. Los siguientes cien días se recuerdan como unos de los más sangrientos de la historia reciente. En poco más de tres meses fueron asesinadas al menos 800.000 personas en Ruanda, el 10% de sus habitantes, a cinco muertes por minuto. Solo una tercera parte de esos cuerpos pudo ser identificada.

La historia del enfrentamiento entre hutus y tutsis comienza muchos años antes. Pese a que entre ellos han tratado de remarcar los atributos étnicos que les separan, la única realidad es que la diferenciación procede más bien de la clase social a la que pertenecen. Antes de la guerra, los tutsis representaban el 14% de la población y, sin embargo, tenían el control económico del país. Eran ganaderos y su voluntad se imponía sobre la mayoría hutu, el 85% de la población más humilde, mayoritariamente campesina. Ambos estratos habían convivido en una paz relativa durante siglos, pero fue con la llegada de los europeos cuando se tensaron las relaciones. En 1921, Bélgica convierte Ruanda en su colonia y, 12 años más tarde, con el apoyo de la élite tutsi, el reino decide incluir en los documentos de identidad de los ruandeses la distinción étnica; a partir de entonces se reconocería a los ciudadanos como hutus, tutsis o twas, una tribu que representaba el 1% restante, pero que fue la primera en poblar las tierras de Ruanda, mucho antes de que los otros llegaran.

Ruanda, cien días de genocidio
El difunto presidente de Ruanda, Juvenal Habyarimana, en una rueda de prensa posterior a su reunión con su homólogo francés, Francois Mitterrand, en octubre de 1990. | Foto: Michael Lipchitz/AP Photo

La tensión, desde ese instante, comenzó a dispararse. Los hutus se sabían superiores en número y a la vez oprimidos, y decidieron organizarse para revertir la situación. En agosto y septiembre de 1959 se crearon los primeros partidos políticos y en noviembre esa tensión se transformó en violencia; los hutus provocaron graves revueltas y fueron asesinados miles de tutsis en todo el país. Otros miles escaparon a países vecinos, de los cuales 200.000 escogieron la anglófila Uganda. Primero con las armas y después en las urnas, el poder hutu se hizo con el control del país y declaró la independencia. Corría el año 1962. Se estableció un modelo de persecución sistemática de la etnia tutsi, que al mismo tiempo realizaba ataques constantes en poblados hutus fronterizos con Uganda. En 1973, el general Habyarimana perpetró con éxito un golpe de Estado y gobernó el país hasta su asesinato.

Una masacre ignorada

La radio del gobierno, llamada Radio Televisión Libre de las Mil Colinas, era la principal herramienta de propaganda, la gran agitadora. Las provocaciones contra los tutsi se emitían día y noche e invitaban a la mayoría hutu a “acudir al trabajo”, haciendo clara referencia a empuñar machetes y granadas para acabar con la presencia tutsi en el país. Fueron las semanas más oscuras de Ruanda. Los Interahamwe, el grupo paramilitar más importante de los hutus, tomaron las ciudades de todo el país y recibieron la carta blanca del gobierno para iniciar la purga.

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Un equipo de voluntarios, enterrando cuerpos en una fosa común. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

“La sensación es que un país se vuelve loco por cuestiones profundamente enterradas en el subconsciente”, dice Teresa González, cooperadora de Médicos del Mundo, que trabajó con refugiados ruandeses en Goma, Congo, en 1994. “Había gente que hasta entonces no se había sentido hutu o tutsi y que de pronto comenzó a hacerlo. Sucedió algo similar en Bosnia con muchos musulmanes. Te da la sensación de que estas personas renuncian a su identidad individual para incorporarse a una masa que no piensa y que solamente desata y recibe violencia”.

Los milicianos tenían nombres, direcciones y censos de los tutsis; habían heredado de los belgas estos datos. Hacían controles de carretera, buscaban de puerta en puerta. Mataban a los hombres y mujeres a machetazos, aunque a las últimas preferían violarlas antes. Los quemaban con crueldad, eran capaces de hacer cumplir torturas innombrables. Era difícil imaginar una salida para los perseguidos, estaban acorralados. Los cálculos estiman que 1,7 millones de hutus participaron en la ejecución del genocidio.

El general Dallaire estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre, pero la ONU desestimó su propuesta

“La comunidad internacional le dio la espalda a todos los ruandeses que murieron”, dice Mila Font, que trabajó en 1994 con Médicos Sin Fronteras en el campo de refugiados de Benako, Tanzania, donde llegaron a cohabitar 250.000 personas.

Era abril de 1994 y el gobierno de Estados Unidos no quería intervenir militarmente en ningún país. Bill Clinton, entonces presidente, tenía reciente la última operación en Somalia, dos años antes, donde perdió a 19 soldados, y no quería correr el riesgo de sufrir la misma suerte en Ruanda. Pero las Naciones Unidas (ONU), a través de una resolución de 1948, les obligaba a hacerlo en aquellos lugares donde se estuviera produciendo un genocidio. Así que la estrategia de Clinton consistió en no reconocer como genocidio lo que estaba ocurriendo en Ruanda y responder con eufemismos a las preguntas de los periodistas. Cruz Roja, para entonces, elevaba la cifra de asesinados a 100.000 personas.

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Kofi Annan, en una visita a Ruanda tras el fin del genocidio. | Foto: Brennan Linsley/AP Photo

El general Roméo Dallaire, al mando de la fuerza de paz de las Naciones Unidas, conocida como Unamir, estimó que con 5.000 soldados bastaba para interrumpir la masacre y acusó a los franceses de financiar a los hutus, denunciando que estaban entrando en el país miles de machetes de fabricación china. Incluso meses antes de la muerte del presidente ruandés, en enero, advirtió de que tenía información sobre grupos de hutus que planeaban el exterminio masivo de las poblaciones tutsi del país y que contaban con los hombres y las herramientos necesarias para asesinar hasta 3.000 personas por hora, prediciendo una locura que no tardó en confirmarse. La primera respuesta que recibió de Kofi Annan, jefe de la misión de paz en Ruanda por la ONU, fue poco esperanzadora: “Se rechaza la operación contemplada porque excede el mandato confiado a la Unamir”.

La segunda respuesta consistió en una retirada considerable de tropas. De las 2.750 iniciales, quedaron en Ruanda solo 250.

Víctimas y victimarios

Francia decidió intervenir en junio de 1994, cuando Cruz Roja ya había elevado la cifra de muertos al medio millón. El Frente Patriótico Ruandés (FPR), el principal partido y movimiento de los tutsis, temió esta circunstancia; desconfiaba de las intenciones de los franceses y le preocupaba que se implicaran directamente en la batalla que ellos libraban especialmente en las zonas fronterizas. No obstante, el objetivo de la llegada de los europeos se debía a que iban a permitir la salida pacífica de los tutsis hacia otros países. Esto abrió un pasillo que el FPR no desperdició y en un mes se habían hecho con Kigali, dando la guerra por terminada. En ese momento las víctimas pasaron a convertirse en victimarios.

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Una cola de ruandeses de la etnia hutu espera a las puertas del campamento. | Foto: Stringer/Reuters

Los tutsis habían recuperado Ruanda, pero los hutus sentían miedo por su retorno, por la toma de represalias, y decidieron salir del país. Fue un éxodo inimaginable, de cerca de dos millones de personas. Esto produjo la huida de incontables verdugos que nunca fueron enjuiciados, que se camuflaron entre el gentío. “Entre la multitud de cientos de miles de hutus que salían en masa se encontraba gente que había sido partícipe de la tragedia, que eran victimarios”, cuenta Teresa González. Esta realidad también pudo comprobarla Mila Font en su campamento en Tanzania. Font cuenta que su campo estaba bien organizado en comparación con otros en los que estuvo anteriormente, pero que llegó un momento en que descubrieron que los mismos que habían maquinado y ejecutado el genocidio estaban beneficiándose de los asentamientos para refugiados: “Tuvimos que dejar de trabajar allí. Veíamos que esos líderes utilizaban a las personas como escudos humanos. Fue una decisión muy difícil que llevó mucha discusión interna. Continuar allí implicaba convertirnos en cómplices de todo aquello, y tuvimos que tomar esa decisión”.

La tragedia de Ruanda, continúa Font, acompañó a los refugiados hasta los campamentos: “Nos enfrentábamos diariamente a muchos problemas. Las luchas tribales, el ser tutsi o ser hutu, era uno de los motivos. Había ataques, violaciones… En muchos casos eran los responsables del genocidio”. Todavía recuerda cuando se acercaba junto a su marido, que era cooperante de Médicos Sin Fronteras de Holanda, a la orilla del río Kagera, que es la frontera natural entre Ruanda y Tanzania. Allí contaban muertos: “Íbamos los fines de semana para ver si bajaban cadáveres por el río. Era una forma de saber lo que pasaba al otro lado de la frontera”.

“Lo fácil sería pensar que los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus”

En 1997, los países vecinos decidieron desmontar los refugios y forzar a los exiliados a regresar a Ruanda, donde les esperaban los tutsis. En ese retorno se produjeron ataques a poblaciones ruandesas y en Gatonde, una de ellas, se encontraban tres cooperantes españoles de Médicos del Mundo: Manuel Madrazo, Maria Flors Sirera y Luis Valtueña. Fueron disparados a bocajarro. Socorro Avedillo, ahora jubilada, formaba parte del equipo que fue asaltado, pero se salvó porque en aquel momento no estaba en Ruanda, sino en el Congo. Tras recibir la noticia, renunció a regresar a Gatonde: “Nosotros fuimos el últimos grupo en estar allí. Yo llevaba mucho tiempo en África y trabajaba en sitios de miseria. Pero aquello me dejó tocada. Mi viaje duró 20 días porque ocurrió lo de Flors, Manolo… y nadie me preguntó si me quería quedar, aunque tenía claro que no. No había mucho que hacer, no estaba preparada para quedarme. De los cuatro españoles del equipo, tres habían muerto… La experiencia fue muy fuerte”.

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Una ruandés lleva en brazos el cadáver envuelto de un niño. | Foto: Corinne Dufka/Reuters

Teresa González, después de haber viajado y de haber conocido, no acepta los maniqueísmos. “Yo creo que hay gente buena y hay gente mala, pero no hay grupos buenos y grupos malos. Lo fácil sería pensar que en Ruanda los buenos eran los tutsis y los malos, los hutus. Pero estaríamos olvidando el tiempo en que los tutsis oprimían a los hutus. Yo creo que la mayor parte de los victimarios no querían ser parte de eso. Y es cierto que los hutus hicieron una masacre, pero cuando volvieron se convirtieron en víctimas”.

Teresa desconfía profundamente de las masas, aborrece los nacionalismos, ha visto de cerca cuáles son sus consecuencias y no siente reparos para defender su postura: “Hay muchas veces que me dicen que soy una exagerada cuando hablo sobre el nacionalismo, pero he vivido demasiadas circunstancias en las cuales se ha identificado a un pueblo como peor por ser distinto y se ha llegado a punto que no se imaginaban. Me dicen que eso solo pasa en África, pero no. Yo he estado en Sarajevo y allí eran personas como tú y como yo. Es como si te abrieran los ojos y te mostraran lo más horrible de la humanidad. Y esto ocurre cuando detectamos un culpable al que responsabilizar de todos los males y, sobre todo, cuando detectamos que es alguien de quien nos podemos vengar”.

Los 'millennials', la nueva e imprescindible cara de las protestas en Venezuela

Cecilia de la Serna

Foto: Carlos Garcia Rawlins
Reuters

Los jóvenes suelen ser protagonistas en los grandes movimientos sociales, como en los últimos años hemos podido presenciar en acontecimientos como la Primavera Árabe o el 15-M español. Ya en 2002, en Venezuela, muchos universitarios se levantaron contra el entonces presidente Hugo Chávez. No obstante, hace 15 años esos jóvenes aún formaban parte de una generación que había conocido la Venezuela pre chavista. Hoy, los rostros más frescos pertenecen a los millennials, que han crecido bajo la revolución que desde 1999 rige el país latinoamericano.

Los millennials y post-millennials, también denominados ‘Generación Z’, jóvenes nacidos durante la era del chavismo -y que por lo tanto no han conocido otra cosa-, adoptan un papel principal en esta nueva oleada de protestas, provocadas por una importante crisis política y socioeconómica, y que desde hace dos meses se han saldado con más de 60 víctimas mortales. Muchas de ellas eran personas de corta edad. Soñadores con un futuro mejor, o hastiados con la situación que vive su país, que luchaban por lo poco que les quedaba por perder.

Un cambio de parecer generalizado

Johan es un joven de 22 años que acude a las protestas que invaden Caracas desde hace semanas con su hijo de 2 años. Johan, como muchos otros, fue un fuerte defensor del presidente Chávez, e incluso luce un tatuaje en el brazo con la firma del mandatario chavista. A su juicio, “el camino se desvió”, por eso protesta. “Estoy aquí por mi derecho al voto, ya debería haber elecciones. Estoy aquí por mi derecho al trabajo, estoy aquí por mi país y por mi hijo”, puntualiza a la agencia EFE, indicando que ahora “hay guerreros del barrio, hay guerreros de clase media, hay guerreros de todo tipo” porque “la lucha es por un solo país”.

La fuerza opositora en Venezuela no entiende de edades. | Foto: Carlos Garcia Rawlins / Reuters
La fuerza opositora en Venezuela no entiende de edades. | Foto: Carlos Garcia Rawlins / Reuters

Johan no es el único decepcionado, sino que es uno de tantos a los que vendieron el sueño bolivariano como una ruta hacia la libertad y la cohesión social, como una utopía con visos a la igualdad entre todos los venezolanos. Forma parte de esa generación de hijos del chavismo, hijos de un movimiento que convenció rápidamente a una mayoría importante del pueblo de Venezuela. Ahora que ese movimiento se revela caduco y fallido, los que defendían las ideas del fallecido Hugo Chávez, apoyando sus esperanzas en él, cambian de parecer y se levantan ahora contra quien consideran un tirano, Nicolás Maduro.

Jóvenes con un porvenir incierto

Para el presidente del Comité de Alianza Social de la Cámara Venezolano Americana de Comercio e Industria, “los jóvenes son fundamentales para construir una sociedad sana, tanto en el entorno de hoy, como en el porvenir”. En un marco como el actual, con el drama de la muerte mezclado con el fervor de la lucha, que los jóvenes se pongan en cabeza es fundamental. Ellos deben construir un futuro incierto.

Los más jóvenes toman parte activa en las protestas en Venezuela. | Foto: Nelson Ovalles / El Estímulo
Los más jóvenes toman parte activa en las protestas en Venezuela. | Foto: Nelson Ovalles / El Estímulo

Según un estudio del Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea), en las protestas que vive el país hay “un protagonismo de una generación de activistas millennials, que tiene como referentes la cultura digital, los videojuegos, los cómics, las series de televisión y las películas, así como referentes sociales más recientes como la Primavera Árabe”. Además, estos jóvenes también se inspiran en la Euromaidán, la revolución en Ucrania que en su clímax derrocó al presidente electo Víktor Yanukóvich.

Un 23% de los millennials venezolanos no trabaja ni estudia, y un 44% no termina siquiera bachillerato

El propio porvenir de los millennials es el que está en juego, y tomar las riendas de su futuro se revela imprescindible. Según la ONG venezolana RedSoc, un 23% de los millennials del país latinoamericano no trabaja ni estudia, y un 44% no termina siquiera bachillerato. Otros tantos han huido de Venezuela, buscando allende un futuro más prometedor. Los que están fuera son conscientes también de la desesperación que vive estos días su país, cuyas noticias copan portadas e informativos en el extranjero.

Los adolescentes también alzan su voz en las protestas en Caracas. | Foto: EMILY AVENDAÑO / El Estímulo
Los adolescentes también alzan su voz en las protestas en Caracas. | Foto: EMILY AVENDAÑO / El Estímulo

Cabe destacar que gran parte de la masa de multinacionales que operaban antaño en Venezuela, como Microsoft, el grupo Ford, la petrolera Royal Dutch/Shell o Coca-Cola, entre otras, ha abandonado el país, dejando huérfanas las esperanzas de trabajo para miles de jóvenes.

Internet como agente del cambio

El acceso a Internet en Venezuela es pésimo. Lo denuncian diversas ONGs, entre ellas las 15 que a mediados del pasado año pusieron énfasis en la “grave crisis” del sector de las tecnologías de información y comunicación en el país latinoamericano, y lo viven a diario los venezolanos para los que conectarse supone un auténtico calvario. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), un organismo dependiente de Naciones Unidas, remarcó ya en 2015 que Venezuela estaba entre los últimos países en velocidad de descarga del continente, junto con Bolivia y Perú. La situación no ha hecho más que empeorar, y no parece una casualidad. Los medios de comunicación digitales, así como las redes sociales, se han convertido en el único canal fiable para entender lo que ocurre en el país, donde los medios oficiales no informan de las protestas.

La red es la última oportunidad en Venezuela para no perderse en un mar de desinformación

Los medios digitales venezolanos los encabezan hoy en día reputados periodistas, como es el caso de La Patilla, El Estímulo, Runrunes y Efecto Cocuyo, entre otros, mientras que los medios oficialistas han caído en el descrédito para la mayoría de la población. El gobierno de Maduro, en su afán de controlar la información, ha cerrado y comprado medios, ha encarcelado y amenazado a periodistas, y ahora -según denuncian los opositores- quiere bloquear el acceso a otras formas de información, aquellas que residen en la red. A pesar de las dificultades de conexión a las que se enfrentan los venezolanos, día tras día acuden a la red para conocer el estado de las manifestaciones, las detenciones, o las víctimas de las protestas. Es su última oportunidad para no perderse en un mar de desinformación.

Las redes sociales se han inundado de imágenes de las protestas en Venezuela. | Foto: Marco Bello / Reuters
Las redes sociales se han inundado de imágenes de las protestas en Venezuela. | Foto: Marco Bello / Reuters

A través de redes como Twitter, los opositores convocan las marchas, y además difunden las imágenes más crudas de la represión. En algunas ocasiones, los internautas venezolanos tienen que acudir a la imaginación y a la trampa para eludir los métodos represores y censores del gobierno de Maduro. En la oleada de protestas de 2014, los usuarios recurrieron a TunnelBear, una VPN, para evitar el bloqueo del gobierno sobre algunas webs y servicios -como las fotos de Twitter-. Las aplicaciones VPN (red privada virtual) permiten a sus usuarios conectarse a Internet como si estuvieran en otro país, de manera que pueden acceder a contenidos que están bloqueados en su propio país. Finalmente, el gobierno bloqueó también TunnelBear para evitar que los internautas lo utilizaran para librar la censura.

Los esfuerzos censores del gobierno, o la pésima calidad de la conexión, no son obstáculos insalvables. La generación más joven es consciente de ello y participa incansablemente de la conversación en redes. Incluso se convierte en el reportero de campo, en el periodista inesperado. Es el caso de decenas de jóvenes que convierten sus redes personales en agencias improvisadas de noticias. Por ejemplo, Salvador Benasayag H, un joven periodista de 22 años que desde su cuenta personal de Twitter mantiene una cobertura muy ágil que ha logrado el seguimiento de más de 4.000 personas.

Las redes también tienen su lado oscuro. En este caso, las noticias falsas y la desinformación corren con facilidad en un clima de caos informativo. Por eso es importante saber a quién seguir y qué leer para no perder el hilo.

12.000 jóvenes perdieron la vida en 2016, y el 77% quiere emigrar

Ante los obstáculos que presentan esta desinformación y la manipulación -las autoridades siguen afirmando que la violencia la provocan los manifestantes-, los jóvenes no cesan en su empeño de emprender una lucha que se adivina imparable si la represión del gobierno no logra lo que desea, que es acallar las voces a base de balazos y bombas lacrimógenas.

Los opositores más jóvenes se enfrentan con constancia a la represión de las marchas. | Foto: Marco Bello / Reuters
Los opositores más jóvenes se enfrentan con constancia a la represión de las marchas. | Foto: Marco Bello / Reuters

La disyuntiva de una generación

El drama en Venezuela trasciende la actual oleada de protestas. 21.752 personas fallecieron en 2016, según cifras ofrecidas por la Fiscalía General, de las cuales más de 12.000 eran jóvenes. Por otro lado, según resultados de una encuesta de la firma Datos, el 77% de los jóvenes de entre 18 y 21 años quiere emigrar. Otros muchos se han marchado ya. El hambre, la falta de medicamentos, la delincuencia generalizada o la violencia extrema hacen que el país sea insufrible. Ahora los millennials y post-millennials venezolanos están ante la disyuntiva de ser una generación perdida o seguir luchando hasta encabezar una nueva era. Save

El precio del burro está en alza y es culpa de China

Redacción TO

Foto: Sue Ogrocki
AP Foto

Gulsumoh Sharbatova lleva dos meses sin ver a su burro. En condiciones normales, esto no sería una cuestión de alarma, pero tras los numerosos casos de burros asesinados en Tayikistán, no descarta que el suyo esté muerto y le hayan quitado la piel para venderla.

En una pequeña región rural y montañosa del país asiático, los vecinos permiten que sus burros vayan a pastar libremente cuando ya no hay trabajo para ellos. Ahora, Sharbatova cuenta a Radio Free Europe que confía en que el animal aparezca para poder aprovechar la temporada de siembra de la primavera.


¿Pero qué está pasando con los burros?

Miles de ejemplares de estos animales se venden a China desde países pobres o países que están en desarrollo. Para la población local de dichos países, los animales son imprescindibles en las tareas de carga; y en China los utilizan para medicina tradicional. La gelatina fabricada de la piel del burro es un ingrediente clave de uno de los remedios chinos más valorados conocido como ejiao, y que se utiliza para tratar diversas dolencias, entre ellas el resfriado y el insomnio.

El aumento de la clase media en China, y la percepción de que el ejiao es eficaz, ha hecho que se llegue a pagar hasta 350 euros por un kilo de esta medicación. Con todo ello, la demanda de burro está superando a la oferta. Se comercializan alrededor de 1,8 millones de pieles por año, pero la demanda mundial de pieles asciende a entre 4 y 10 millones, según un informe publicado en enero por la organización británica Donkey Sanctuary, del que se ha hecho eco The Guardian.

El precio del burro está en alza y es culpa de China 1
Un burro que el año pasado podía costar 120 dólares, este año puede costar 240. | Foto: Carolyn Kaster / AP Photo

La población de burros en China se ha reducido a la mitad desde 1991. Según publica CNN, de los 11 millones de asnos que había hace unos años en el país asiático, ahora solo hay alrededor de seis millones. Al no poder hacer frente a la demanda, China decidió importar de diferentes países y puso sus ojos, sobre todo, en África donde se encuentra la mayor población del burros en el mundo.

El aumento de esas importaciones ha provocado que cinco países (Pakistán, Senegal, Mali, Burkina Faso y Níger) ya hayan tomado cartas en el asunto, y hayan decidido prohibir las exportaciones de piel de burro. Es posible que Tayikistán, uno de los países más pobres del mundo con un 36% de su población por debajo del umbral de la pobreza, vaya por el mismo camino.

Los precios se han duplicado

El precio de estos animales ha aumentado tanto que los ha hecho innaccesibles para la población de algunos países que los utilizaban para llevar productos, cultivar la tierra o buscar agua. “Los compradores nos dicen que están haciéndose con los burros para sacrificarlos y enviar su piel a China”, cuenta Sharif Nazarov, un residente de la aldea norteña de Basmanda. Nazarov afirma que un asno joven y saludable podría costar unos 240 dólares, mientras que el año pasado costaba 120.

En enero, la agencia reguladora veterinaria de Tayikistán envió una carta a las autoridades del Estado pidiendo la adopción de medidas ante las crecientes masacres contra estos animales. En la carta aseguraba que había recibido numerosas “peticiones escritas” para conseguir licencias para la instalación de empresas de recogida de burros, mataderos y para la exportación de estos animales. Desde la agencia reguladora de veterinaria exigieron a las autoridades que no se acepten esas solicitudes debido a los problemas a los que se enfrentan los países en las que ya se han concedido.

El precio del burro está en alza y es culpa de China 2
En países pobres o en desarrollo utilizan los burros en labores agrícolas vitales para su supervivencia. | Foto: K.M. Chaudary / AP Photo


Pero hay personas que lo ven más como una oportunidad que como un problema.
Un vecino de la región sur de Vakhsh sugiere a las autoridades legalizar el comercio de burros para proporcionar una fuente de ingresos a los aldeanos.

Mientras tanto, en la aldea montañosa de Bulakdasht, Sharbatova sigue preocupada por su propio sustento. “La temporada de cultivo ha comenzado y necesitamos el burro más que nunca”, dice.

¿Llegaremos a una guerra nuclear? Los satélites nos dan pistas

Redacción TO

Foto: KCNA KCNA
Reuters/Archivo

Cuando Kim Jong-un lanzó el 14 de mayo un misil a unos 2.000 kilómetros de altitud, logró demostrar que el país más aislado del mundo sigue trabajando, y parece que con éxito, en el desarrollo de armamento nuclear cuyo objetivo son las bases estadounidenses.

Las preguntas que podríamos hacernos son muchas, ya que está en juego la paz mundial y la estabilidad del planeta, pero concretamente, estaría bien saber cuándo podrían llegar estos misiles de largo alcance a Estados Unidos, y si realmente es posible que Corea del Norte pueda llevar a cabo este ataque como respuesta, según justifica Pyongyang, a las amenazas estadounidenses.

Bien, vayamos por partes. El país que gobierna Kim Jong-Un está desarrollando un misil que transportaría una cabeza nuclear para alcanzar la parte continental de Estados Unidos. Para lograr que el ataque tenga éxito, este misil necesitaría llegar a los 8.000 kilómetros de altitud o más, y contar también con la tecnología necesaria para asegurar la estabilidad de reingreso en la atmósfera de la cabeza nuclear.

Esta prueba “representa un nivel de desempeño nunca visto antes en un misil norcoreano”, asegura el experto en aeroespacio John Schilling en un análisis en el sitio web estadounidense 38 North, según cita Reuters. “Parece que no sólo ha demostrado que tiene un misil balístico de alcance intermedio (IRBM) que podría permitirle atacar de forma fiable la base estadounidense situada en Guam, una la isla del Pacífico; sino que también, y esto es lo más importante, puede representar un avance sustancial en el desarrollo de un misil balístico intercontinental (ICBM)”. La agencia oficial de noticias norcoreana, KCNA, resalto la precisión en la detonación y cómo el misil logró sobrevivir “bajo la peor situación de reingreso” en la atmósfera.

¿Llegaremos a una guerra nuclear? Los satélites nos dan pistas
Kim Jong-un asiste a todos los ensayos nucleares. | Foto: KCNA

Con todo ello, podríamos decir que Corea del Norte sí avanza en lo que se refiere a armas nucleares y, por supuesto, Estados Unidos ya las tiene, así que si alguno de los dos países en discordia decidiera atacar ¿podríamos saberlo con antelación? Los satélites nos podrían dar pistas, según se explica en Quartz.

Durante los últimos años, compañías satelitales como DigitalGlobe y Planet han ofrecido una gran cantidad de datos a analistas de seguridad o grupos de pensadores para analizar los programas de ingeniería a gran escala, utilizados en la construcción de armas de destrucción masiva. El director del programa ‘East Asia Non-proliferation’ en el Instituto de Estudios Internacionales Middlebury, Jeffrey Lewis, asegura que “los analistas tienen más información hoy de la que podían tener en los años 60 y 70, incluso aquellas personas que tenían acceso a la información clasificada”.

Así, durante la Guerra Fría, los analistas independientes basaban su información, esencialmente, en lo que podían obtener de los amigos que tenían el los gobiernos, en los periódicos o en los documentos desclasificados, y hoy la situación es distinta. Aunque aún se cree que los satélites gubernamentales sobrepasan el poder de la tecnología de aquellos que son comerciales, gracias a los datos que ofrecen y gracias también a Internet, analistas como Lewis pueden rastrear la construcción de estas armas, e incluso rebatir la información que dan las fuentes oficiales.

Por ejemplo, el año pasado, Corea del Norte llevó a cabo un intento de prueba de misiles de alcance medio que resultó fallido y no pudo llegar a Estados Unidos, según analistas de la inteligencia norteamericana. Como las pruebas fallaron, el radar militar no pudo identificar la capacidad de los misiles norcoreanos, sin embargo, gracias a las fotografías de la compañía de satélites Planet, Lewis y sus colegas pudieron comparar los daños causados por los misiles y estimar que eran más grandes de lo que pensaban y que, por tanto, la capacidad de recorrido de dichos misiles era mayor de lo que afirmaban las estimaciones oficiales.

El arsenal de misiles de Corea del Norte está diseñado para que se pueda dar la orden de despegue desde un teléfono móvil, y así ocultar mejor la información a todos los adversarios. Todo esto hace que reunir pistas desde el espacio sobre las pruebas que realiza el país sea aún más complicado. Sin embargo, los analistas pueden combinar las visiones que puedan obtener desde el espacio, con el análisis minucioso de las fotos de propaganda que ofrece Corea del Norte y así lograr una comprensión técnica de cómo se están desarrollando los misiles y las armas nucleares. Lewis compartió en las redes que el misil más reciente que lanzó el régimen de Pyongyang fue el que se presentó en un desfile militar el mes pasado.

Para entender los ensayos nucleares subterráneos realizados por el régimen norcoreano se utilizan mediciones de satélite que permiten construir un mapa tridimensional de la montaña donde se realizan, en un esfuerzo por comprender mejor el rendimiento de las explosiones.

Desde Estados Unidos se ha intentado localizar los movimientos del dictador norcoreano, ya que asiste personalmente a cada ensayo nuclear. El equipo de Kim Jong-un podría sospechar que están intentando traquear al líder, ya que Lewis y sus colegas han notado un esfuerzo mayor por parte de los norcoreanos para camuflar la ubicación de Jong-un. Sin embargo, otro analista de Middlebury, David Schmerler, logró frustrar un intento de ocultar la ubicación de Kim, mediante la comparación cuidadosa de señales de tráfico en fotos de propaganda, con las películas subidas a YouTube por turistas chinos.

¿Llegaremos a una guerra nuclear? Los satélites nos dan pistas 1
Cada vez son mayores los esfuerzos para intentar ubicar al líder norcoreano. | Imagen: Planet

Sin duda, la información (llegada desde el espacio o no) es poder y puede servir para prepararse, para prevenir sobre situaciones límites, pero también para generar más guerra. Lewis cita en Quartz la ocasión en la que la administración de Barack Obama utilizó las imágenes obtenidas desde el cielo, para pedir apoyo al bombardeo sobre Siria, después de que el régimen utilizara armas químicas. “Creo que los sirios lo hicieron, pero una cosa que noté fue que los expedientes publicados por los Estados Unidos, Reino Unido y Francia con el fin de hacer público el caso, se parecieron mucho a los expedientes de guerra pre-Irak”.

La generación dispuesta a parar la gran ciberguerra global

Cecilia de la Serna

Foto: Kacper Pempel
Reuters

Los expertos coinciden ya en que estamos inmersos en un gran conflicto global -¿Tal vez la Tercera Guerra Mundial?- y que sus trincheras están en Internet. Esta ciberguerra ha tenido su mayor exponente en el reciente y mediático ataque masivo sufrido por entidades de todo el mundo. El virus informático WannaCry desnudó en pocas horas las vulnerabilidades de una sociedad hiperconectada y cada vez más dependiente de la tecnología. En España, por ejemplo, logró penetrar en el sistema de Telefónica, mientras que en el Reino Unido logró paralizar numerosos hospitales públicos, y en otros países entró en los sistemas de entidades críticas y bancos. Parece que WannaCry ya empieza a remitir, pero los expertos alertan de un segundo ciberataque mundial por otro virus: el Adylkuzz.

Espionaje, contraespionaje, mero chantaje económico, o acciones de sabotaje masivo están a la orden del día en este clima de ciberguerra. Forman parte de auténticas mafias ciberdelictivas, e incluso de la estrategia de los gobiernos. Esta ciberguerra también se revela en recientes episodios en las urnas, con los hackeos denunciados en Francia y en los expuestos en la elección que terminó con el republicano Donald Trump en la Casa Blanca.

Dos veinteañeros al rescate

El ciberataque que propagó este software malicioso por todo el mundo fue frustrado por un joven investigador británico con la ayuda de otro ingeniero de seguridad de veintitantos años en Estados Unidos. Ambos pertenecen a la generación de hackers dispuesta a parar la gran ciberguerra global.

Los ‘hackers de sombrero blanco’ usan sus amplios conocimientos informáticos para encontrar los fallos en la seguridad de los sistemas 

Antes de continuar, no está de más recordar que ‘hacker’ no es necesariamente un término peyorativo. Existen hackers buenos, como aquellos que trabajan día a día por preservar la privacidad de millones de usuarios o aquellos que ayudan con su labor a proteger la seguridad nacional de sus países. Estos individuos, conocidos en el entorno digital como ‘hackers de sombrero blanco’, hacen uso de sus amplios conocimientos informáticos para encontrar los fallos en la seguridad de los sistemas y prevenirlos de los ataques malintencionados de los otros hackers, los malos. A veces trabajan con ejércitos y cuerpos y fuerzas de seguridad de los estados, a veces para empresas privadas y en otras ocasiones lo hacen por su cuenta.

La generación dispuesta a parar la gran ciberguerra global 1
Marcus Hutchins es el héroe accidental de los últimos días. | Foto: Frank Augstein / AP

Marcus Hutchins es un hacker de sombrero blanco. Británico, de 22 años, aficionado a los videojuegos y un jovencísimo especialista en ciberseguridad, es el perfil que está detrás del hombre que logró bloquear el pasado viernes la extensión del virus WannaCry. Lo hizo desde un ordenador en su pequeña habitación en la casa de sus padres, en Devon, en el suroeste de Inglaterra. Este joven, que responde al alias (ya no) anónimo de ‘MalwareTech’, se convirtió en el héroe accidental de este “ciberdrama” global. Hutchins descubrió la kill switch -la forma de apagar el virus- al darse cuenta de que los responsables del WannaCry habían creado un dominio oculto en el software que hacía las veces de tecla de desactivación interna para los propios piratas. Para ejecutar el bloqueo del virus, primero infectó su propio ordenador con el ransomware. Consiguió, con la ayuda de un amigo, una muestra del malware y al ejecutarlo se dio cuenta de que llamaba a un dominio, gwea.com, no registrado. Hutchins registró este dominio por 10 euros y redirigió el tráfico a un servidor de Los Ángeles. La propagación se paró inmediatamente y sin que nadie lo esperara. El propio Hutchins contó en su página web cómo descubrió, casi sin querer, esa vulnerabilidad del virus, convirtiéndose en un héroe a escala global.

Otro veinteañero también reparó en el interruptor que bloqueaba el virus. Se trata de Darien Huss, un ingeniero de investigación de 28 años que trabaja para la firma de ciberseguridad Proofpoint. Desde el otro lado del Atlántico, Huss estaba haciendo su propio análisis y se puso en contacto con Hutchins para colaborar en el bloqueo. Huss hizo una captura de pantalla que mostraba su descubrimiento, y la compartió en Twitter.

Hutchins responde como nadie al perfil típico de la Generación Z: no fue a la Universidad y aprendió por sí mismo 

La vida de Marcus Hutchins ha cambiado radicalmente tras su accidental descubrimiento. En estos momentos está trabajando con el gobierno británico, concretamente para el Centro Nacional de Seguridad Cibernética, en la labor de evitar un posible nuevo ataque del virus. Además, ha recibido una multitud de ofertas de trabajo. Actualmente trabaja para la firma estadounidense de inteligencia privada Kryptos Logic, según publica el británico The Daily Mail. Hutchins responde como nadie al perfil típico de la Generación Z: no fue a la Universidad y aprendió por sí mismo las más sofisticadas técnicas de hacking.

Un ejército de jóvenes hackers

El ataque masivo de la pasada semana provocó un auténtico revuelo mediático. No era para menos ya que era una agresión sin precedentes en la red. Tanto es así, que los propios gobiernos se vieron obligados a explicar algunas de sus estrategias en la lucha contra el cibercrimen, e incluso a impulsar nuevas medidas.

El Estado podría aprovechar los recursos y conocimientos de ciudadanos anónimos para proteger al resto

El Partido Popular, actualmente en el gobierno de España, anunció la realización de un borrador para la creación de una milicia de voluntarios civiles, en su mayoría hackers, que en cuestión de minutos pueda combatir codo con codo con los ciberguerreros del Estado, en el caso de que se produjese una agresión informática que pusiera en peligro una infraestructura crítica del país o a una empresa estratégica.

De esta forma, el Estado aprovecharía los recursos y conocimientos de ciudadanos anónimos -en su gran mayoría gente muy joven- para proteger al resto de los mortales sin esa sabiduría informática.

¿De qué lado estás?

En cuestiones informáticas los más jóvenes parece que siempre tienen las de ganar. Los más pequeños ya aprenden el lenguaje de programación a muy temprana edad, como quien aprende inglés o francés. Los adolescentes de la Generación Z son nativos digitales, por lo que términos como malware o ransomware no son inescrutables para ellos. Ahora se les presenta ante sí la disyuntiva que toda generación ha tenido que dilucidar: estar en el lado del bien o en el del mal. En la ciberguerra que no se avecina, sino que se da en estos precisos instantes, es necesario escoger un lado.

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