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¿Se dirige Venezuela hacia una Guerra Civil?

Lidia Ramírez

Foto: CHRISTIAN VERON
Reuters

Cada día el futuro es más incierto en un país donde la vida no vale nada, donde la gente muere asesinada en las calles por manifestarse en contra de un Gobierno que ha llevado al país a unos niveles de desabastecimiento nunca vividos: el 90% de los productos básicos no se consiguen. 

Según el medio venezolano del periodista Nelson Bocaranda, Runrunes, 34 es el saldo de muertos de un mes de protestas en contra de un régimen chavista que no tiene ningún reparo en usar la represión y la militarización contra aquellos que ponen en práctica su derecho a la libertad de expresión. En su última maniobra, Nicolás Maduro ha anunciado una Asamblea Constituyente, a la que el presidente de la Asamblea Nacional, el diputado Julio Borges, ha calificado como “el golpe de Estado más grave de toda la historia”.

Nicolás Maduro está violentando todos los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales de su pueblo. Un pueblo que el 19 de abril de 2013 lo eligió democráticamente como jefe de Estado, y que ahora, cuatro años después,  cuenta con el rechazo del 80% de la población, según los resultados de varias encuestas como Venebarómetro, Delphos o Datanálisis.

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Manifestación del 1 de mayo de 2017. | Foto: Carlos Garcia Rawlins/Reuters

Remitiéndonos a datos no oficiales que nos proporcionó el economista venezolano José Manuel Puente, el Gobierno lleva 17 meses sin publicar nada, el salario mínimo es el más bajo de los últimos 20 años (40.638 bolívares, unos 60 dólares, según la tasa oficial de cambio más alta), en 2016 la pobreza creció un 81%, (hoy día hay el doble de pobres que hace 18 años); y la inflación para el mes de febrero se encontraba en el 455%, la más alta del mundo. Y en esta situación no hay señales de que Maduro actuará sobre los desequilibrios económicos y sociales, ni hay signos de que enfrentar la crisis sea su principal prioridad.

Así, con un tipo de represión distinta a la clásica represión policial de las manifestaciones ciudadanas, el ambiente en la calle es cada día más tenso. “Hoy en día, se repelen las marchas y concentraciones disparando sobre los ciudadanos que participan en ellas, lo que explica el alto número de personas fallecidas”, nos cuenta el politólogo venezolano, Luis Salamanca, quien observa un patrón sistemático de ataque a las protestas por parte del Gobierno, consistente en la acción conjunta de los cuerpos policiales y militares y grupos motorizados, que operan con motos sin placas, y armados, y que “suelen disparar abiertamente contra la gente”. Igualmente, las fuerzas del orden “disparan contra la población” en sus zonas de residencia, arrojando bombas lacrimógenas indiscriminadamente. Ejemplo de ello es el ataque que sufrió el hospital materno-infantil en la noche del pasado jueves 20 de abril cuando recibió un ataque de bombas lacrimógenas.

Desde hace meses son varios los formadores de opinión que hablan de Guerra Civil, como el padre venezolano y ex rector de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), Luis Ugalde, y el politólogo, Nicmer Evans, quien así lo manifestaba recientemente en un artículo de opinión en el diario venezolano El Estímulo: “Por un lado tenemos a los mercenarios progubernamentales (erróneamente llamados colectivos, que no lo son) convirtiéndose en el brazo armado del stalinismo facineroso con el amparo de un sector de la Fuerza Armada Bolivariana, y por el otro lado a unos guarimberos encapuchados financiados desde grupos facinerosos miameros, que empiezan a apertrecharse de armamento para la confrontación contra el gobierno y los mercenarios. Esto, sin duda alguna, es un claro escenario de confrontación civil que puede derivar en una guerra civil si seguimos alimentando el odio, la exclusión, la descalificación, el desprecio y la ofensa desmedida desde los actores políticos polarizados”.  -Esta información no ha sido contrastada por este periódico, es sólo y exclusivamente opinión del politólogo Nicmer Evans-.

Por su parte, los expertos y periodistas residentes en Caracas consultados por este periódico descartan una Guerra Civil, coincidiendo todos en estos argumentos:

-Una Guerra Civil implicaría, por una parte, un quiebre en la fuerza armada que, según el periodista venezolano, Víctor Amaya, “no ocurrirá pronto”.

Confrontación bilateral. Hasta el momento, según explica, el politólogo Luis Salamanca, sólo se trata de un ataque unilateral, de agentes del gobierno y agentes paramilitares, en contra de la población. “Cuando las fuerzas represivas y las paramilitares no actúan, las protestas son pacíficas, cumplen sus objetivos y los manifestantes se disuelven en paz. Lo que indica que terminan en violencia por la agresión del Estado y del paraestado”, asevera, y añade: “A veces, son heridos o muertos oficiales de policías y militares que el gobierno se los atribuye a la oposición, a los mismos manifestantes, pero hasta ahora no se ha establecido oficialmente la verdad. A veces aparecen manifestantes con armas pero nunca queda claro si las usan o no, o si son responsables de muertes o lesiones, como ocurrió en Táchira, con una chica que presuntamente fue asesinada por un señor opositor que disparaba contra los motorizados. En esos casos, y sólo en esos, el gobierno habla para referirse a muertos ‘chavistas’ sin que aún no se haya hecho la investigación científica”.

“La reserva moral del venezolano aún aísla la Guerra Civil”

-Víctor Amaya, periodista

Bandos confrontados con cierta igualdad en números.  Como hemos comentado anteriormente, el rechazo al chavismo es del 80% por lo que, según Amaya, “no podemos hablar de dos bloques. Lo visto hasta ahora no es confrontación pueblo contra pueblo a gran escala”. Por otro lado, hay que tener en cuenta lo poco identificada que se siente la población con un bando u otro. Según apunta Nicmer en El Estímulo, los números en la calle son una prueba irrefutable: 300.000 personas entre el PSUV y la MUD,  frente a 29.700.000 que no salen porque no se sienten convocados por ninguno de los dos bandos por miedo, por desconfianza o porque prefiere insistir en sobrevivir ante tan inmensa crisis económica.

-Y el cuarto punto sería el tipo de arma. En Venezuela, cuenta Alicia Hernández, corresponsal española en el país latinoamericano, quienes tienen las armas son los criminales y el Gobierno. “La oposición no tiene fuerza de fuego”, insiste. Quienes sí están armados “hasta los dientes” son los oficialistas, que han creado dos tipos de “organismos” paralelos a las fuerzas armadas legítimas, las milicias y los llamados colectivos, con los cuales tienen una ventaja descomunal y están dispuestos a dar esa “batalla”. “En ese escenario, lo que puede ocurrir es un genocidio. Pero antes de llegar ahí, tratarán de mantenerse en el poder por otros medios”.

En este punto, Víctor Amaya además distingue en el tipo de arma que usan los grupos “extremistas”. Por un lado, están los llamados ‘colectivos chavistas armados’, que usan armas cortas y largas; y por otro, los ‘guarimberos’ u opositores organizados, que usan tirolinas, piedras, objetos quemados y acciones de vandalismo genéricas.

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Un manifestante se enfrenta a la policía con un tirachinas. | Foto: Marco Bello/Reuters

Estallido social

Tanto como para Amaya, Hernández y Salamanca, lo más apropiado es hablar de “explosión social” o “levantamiento popular”, ya que, coinciden, “la reserva moral del venezolano aún aísla la Guerra Civil”. “La gente no sale a la calle pensando que va a estallar una guerra en cualquier momento, sí se habla de hastío”, nos cuenta Alicia.

28 años después, el recuerdo del Caracazo está más vigente que nunca. Sin embargo, los tres expertos creen que un estallido social tan particular como ese no ocurrirá pronto. Estos son sus argumentos:

-Un nuevo Caracazo destruirá los pocos centros de abastecimiento que hay en el país.

-Una explosión social de este tipo debe ser popular, de la gente de las barriadas, y estos están sometidos a todo tipo de control por las misiones, por los colectivos y por las fuerzas públicas. Además de las continuas amenazas que reciben de ser despojados de los beneficios que les da el Gobierno.

-Muchos de quienes participaron en el Caracazo de febrero de 1989 aún están vivos y recuerdan lo que eso implicó: represión, muertos y más penuria; y no siempre se está dispuesto a repetir eso.

Sin embargo, a diario se producen cientos de protestas sociales, por alimentos, por medicinas, por reclamos de servicios públicos, etc, y esto es lo que se hace llamar ‘mini caracazos’. Según datos aportados por el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS), en 2016 se produjeron 711 saqueos.

“El último capítulo de la democracia”

Tras 60 años de democracia, ¿está Venezuela respirando su último aliento democrático? Para el politólogo Luis Salamanca: sí. “Soy de los que cree que estamos viviendo el último capítulo de la democracia“, y este episodio, según el profesional de las ciencias políticas, se está dando como una confrontación aguda en la cual destacan dos factores: por un lado la movilización de las masas populares, “por primera vez en muchos años”, y por otro, la movilización de la clase media, “la que ha llevado siempre la voz cantante”.

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Varios estudiantes durante un homenaje a Juan Pablo Pernalete, quien murió tras ser durante una protesta. | Foto: Carlos Garcia Rawlins/Reuters

La pronta convocatoria de elecciones es una de las exigencias de los protestantes, para los que la solución pacífica sería ir a las urnas. Sin embargo, Maduro descarta esa posibilidad y sólo menciona los comicios de gobernadores, que debieron celebrarse en diciembre pasado, y de alcaldes, previstos para este año. Este es el escenario más realista, coinciden los expertos, que descartan elecciones generales.

En este punto, cada bloque de poder saca lo que tiene a la calle: la sociedad democrática saca su fuerza numérica, su fuerza social, hoy inmensa y mayoritaria, encabezada por la MUD; el oficialismo saca la represión, los colectivos, la descalificación y su intención de quedarse con el poder. Para Salamanca, el deadline de este capítulo será en 2018, el año decisivo. “El año que viene sabremos si el Gobierno usurpa el poder central o se somete a elecciones libres, justas y limpias. Yo creo que no podrá evitarlas, pero eso será una gran confrontación”.

En ese momento será cuando de nuevo volvamos a hablar de Guerra Civil.

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España 155

Manuel Arias Maldonado

Foto: FRANCOIS LENOIR
Reuters

Tenemos tiempo -hasta la noche del lunes- para reflexionar sobre el paso sin precedentes que ha dado el gobierno con la activación del artículo 155 de la Constitución: en la vida, en fin de cuentas, siempre hay una primera vez. Pero salga lo que salga a estas alturas del Parlament, difícilmente se detendrá su aplicación, a pesar del carácter disuasorio implícito en la elucidación de las medidas que con él se proponen. Siguen unas notas al respecto.

1. Se ha venido discutiendo sobre si su aplicación está o no justificada, pues se interpreta que jamás hubo declaración de independencia; la última misiva del president vendría a confirmarlo. Sin embargo, el supuesto de hecho es incuestionable: tanto la violación de la Constitución que tuvo lugar en el Parlament los días 6 y 7 de septiembre como el daño al interés general de España (y por tanto Cataluña) pueden darse por acreditados. Si no hubo declaración de independencia (aunque mal puede “suspenderse” lo que nunca se declaró), ha habido cuando menos amenaza reiterada de declararla; a lo que se suma un estado de excepcionalidad social marcado por la movilización civil y el deterioro económico, con el consiguiente daño para los derechos e intereses de los ciudadanos catalanes.

2. Por supuesto, hemos oído ya muchas cosas: que la aplicación del 155 es “un fracaso de España”; que el artículo en cuestión es puramente ornamental; e incluso que es un artículo inconstitucional. Pero el comprensible malestar que pueda producirnos a todos su aplicación no debería conducirnos a la incongruencia (un artículo inconstitucional dentro de la constitución), los buenos deseos sin concreción de alternativas plausibles (“se podía haber evitado”) o la fuenteovejunización (fracaso de todos). Hemos llegado hasta aquí porque un gobierno autonómico se ha rebelado contra el Estado y, habiendo gozado de numerosas oportunidades para dar marcha atrás, no lo ha hecho. Habría sido deseable que la larga tradición española del amotinamiento no hubiera sido recuperada por el Govern, pero eso es exactamente lo que ha sucedido. Lo demás son paños calientes.

3. También la idea de que las medidas propuestas configuran un 155 hard pertenece al terreno de los buenos deseos, pues no se ha especificado en ninguna parte qué forma adoptaría un 155 soft. ¿O acaso puede intervenirse la autonomía, para devolverla a la legalidad, manteniendo en sus funciones a quienes la han vulnerado tan gravemente? Otra vez: que una medida nos disguste o abrume no significa que sea injustificada. Tampoco tiene mucho sentido pedir más concreción al artículo 155, pues su formulación ha de ser abierta; solo de ese modo podrá el gobierno de turno dar respuesta a un supuesto de hecho susceptible de adoptar muchas formas. En este caso, el pacto entre los partidos constitucionalistas está concebido para hacer frente a algo muy serio: la apropiación independentista de las instituciones catalanas y el empleo de todos los instrumentos públicos disponibles para la promoción de un fin -la secesión- que no cabe en el orden constitucional. Salta a la vista que ese fin se ha fomentado sin pausa mediante un ejercicio de persuasión colectiva basado en la propagación de una mentira tras otra. Aunque podemos formular el problema de otra manera: ¿de qué otro modo podría entonces el gobierno del Estado, en España o Alemania, desactivar la acción de un poder autonómico en rebeldía?

4. En un sentido puramente político, la respuesta del gobierno encaja con la definición del soberano que proporciona Carl Schmitt: soberano es quien decide en un estado de excepción. En otras palabras: quien ejerce el poder efectivo cuando reina el desorden. En nuestro caso, el Estado acaba de afirmar su poder porque otro poder, el del gobierno autonómico catalán, venía afirmándose como soberano desde los primeros días de septiembre. Sucede que el poder estatal es aquí poder legítimo, pues sus acciones están amparadas por la Constitución y las leyes e incluyen un conjunto de garantías que son propias del Estado de Derecho: entre ellas, la recurribilidad ante el Tribunal Constitucional y el derecho de intervención en el Senado de representantes de la autonomía intervenida. O sea que Schmitt sí, pero menos.

5. Asimismo, se ha cuestionado que el gobierno pueda cesar al president. Pero mal podría cumplir el artículo 155 su finalidad cuando el problema que motiva su aplicación es precisamente la conducta de un presidente autonómico. Es por eso que el texto constitucional habla de “adoptar las medidas necesarias”. O sea: no tendría sentido intervenir el gobierno autonómico manteniendo al primer responsable de su extravío constitucional. Se aduce, sin embargo, que ha sido votado democráticamente. Esto no es del todo cierto en el caso del señor Puigdemont, pero aun si lo fuera el argumento descansa en una concepción algo primitiva -o bastante poco liberal- de la democracia: ¿habría de mantenerse en el poder a cualquier dirigiente elegido por los ciudadanos, haga lo que haga con el poder que los votos le han conferido? Esto no lo admitía ni el iusnaturalismo medieval, que confería informalmente a los súbditos el derecho de rebelión allí donde el príncipe se convirtiera en tirano. Vox populi, vox dei? Ante el auge populista, volvemos siempre a la misma pregunta. Y a la misma respuesta: por supuesto que no. Esa implacable profesora que es la Historia nos ha enseñado de mil formas distintas que no puede sacralizarse la decisión popular. De ahí las cautelas contramayoritarias que distinguen a las democracias liberales: desde la división de poderes al imperio de la ley. Y es que ningún mandato democrático puede justificar un comportamiento destinado a vulnerar de manera grave el orden constitucional. Sea cual sea la cantidad de gente que salga a la calle para gritar lo contrario.

6. Con todo, una cosa es la pregunta sobre la oportunidad del artículo 155 y otra la pregunta sobre su eficacia. ¿Servirá para resolver el explosivo problema que tenemos entre manos? Se trata, me parece, de un debate distinto que no admite conclusiones tajantes; nadie lo sabe. Desde luego, el artículo no fue pensado sino para situaciones como ésta; que la ocasión misma se haya presentado es prueba irrefutable de su necesidad. Si bien se mira, solo cabía una alternativa: seguir esperando a que la situación alcanzase el grado de putrefacción. Pero ni la sociedad española ni la catalana podían seguir de manera indefinida pendientes de la conducta de un govern que ha perseguido -explícita y abiertamente- un objetivo inconstitucional, ilegal e ilegítimo. Esto hay que recordarlo: se trata de un derecho inexistente para cuya promoción se han capturado las instituciones del autogobierno catalán y una parte nada desdeñable de sus presupuestos públicos. Por supuesto, hay riesgos: desde el posible desorden público al resultado de las futuras elecciones autonómicas. Pero esos riesgos se derivan de la naturaleza misma del fenómeno secesionista y el gobierno, junto con los partidos que lealmente lo apoyan, no tiene más remedio que afrontarlos. Si es posible, con los ciudadanos detrás: porque ciudadanos concernidos somos y no meros observadores externos.

Son días vertiginosos, porque vértigo produce asomarse al abismo. Para algunos, la aplicación del artículo 155 supone de hecho arrojarse al vacío. Puede ser. Pero quizá algún día se vea como el primer paso atrás que evitó la caída: la de todos. Pronto, queramos o no, saldremos de dudas.

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Vídeo | La lucha histórica de Murcia que dice 'No al muro'

María Hernández

Los vecinos de Santiago el Mayor y del Barrio del Carmen, en Murcia, están más unidos que nunca. Y además, han conseguido sumar a su causa a la mayoría de los murcianos. Desde el 12 de septiembre se concentran cada día para pedir al Gobierno regional que, en lugar de construir un muro entre los dos barrios para llevar el AVE a la ciudad, empiecen las obras para soterrarlo.

Puedes leer el reportaje completo aquí.

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La lucha histórica de Murcia que dice ‘No al muro’

María Hernández

Foto: Plataforma Soterramiento Murcia

Los vecinos de Santiago el Mayor y del Barrio del Carmen, en Murcia, están más unidos que nunca. Y además, han conseguido sumar a su causa a la mayoría de los murcianos. Desde el 12 de septiembre se concentran cada día para pedir al Gobierno regional que, en lugar de construir un muro entre los dos barrios para llevar el AVE a la ciudad, empiecen las obras para soterrarlo.

El 30 de septiembre, 50.000 personas se manifestaron en Murcia para pedir que no se construyera el muro, pero esta masiva protesta no tuvo mucho efecto, y dos días más tarde la constructora comenzó las obras en las vías del tren.


Sin embargo, los vecinos no sólo no abandonaron sus protestas sino que siguen concentrándose cada día en el paso de Santiago el Mayor, hasta que un grupo de radicales decidió intervenir y tirar el muro que se había empezado a construir. Peleas con los antidisturbios, desalojos de las vías y tres días sin que los trenes pasaran por la estación de la capital de la región, es lo que se ha visto reflejado en los medios de comunicación, pero la reivindicación de los murcianos ha sido y continúa siendo mucho más que eso.

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Un grupo de mujeres se manifiesta a diario para pedir el soterramiento. | Foto: María Hernández/ The Objective

Tanto los vecinos como los miembros de la Plataforma Prosoterramiento condenan este acto vandálico que se hizo tan mediático y aseguran que sus protestas siempre han sido pacíficas.

Una lucha histórica

Esta lucha por conseguir el soterramiento del tren no es nada nuevo. En 1989 comenzaron las reivindicaciones, en 1991 las manifestaciones, y fue ese mismo año cuando se firmó el primer acuerdo para soterrar las vías del tren. Tras años de protestas, en 1998 se consiguió financiación para este proyecto.

Sin embargo, el dinero no llegó, y en 2001 se acordó un proyecto para traer el AVE a Murcia. Fue entonces cuando los ciudadanos decidieron continuar con las manifestaciones para “coser esta cicatriz que cruza la ciudad de Murcia”, nos explica Domingo Centenero, de la Plataforma Soterramiento Murcia.

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Santiago el mayor está lleno de murales y carteles pidiendo que no se construya el muro. | Foto: María Hernández/ The Objective

Tras otros cinco años de manifestaciones, en 2006 se firmó un convenio que incluía el soterramiento de las vías del tren y del AVE cuando llegara a la ciudad de Murcia.

Pero tampoco esto se cumplió, y a pesar de que en 2011 se creó el primer proyecto para soterrar las vías, en 2012 el Gobierno regional decidió que el AVE llegaría a Murcia por la superficie.

Por ese motivo continuaron las manifestaciones. Y ahora, en 2017, a pesar de haberse reconocido el derecho de los vecinos a que se soterren las vías en un tramo de un kilómetro aproximadamente, han intentado iniciar las obras para construir el muro de cinco metros y medio de alto y 11 kilómetros de largo que dividirá Murcia para que el AVE llegue antes de que se completen las obras del soterramiento.

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Los vecinos han llenado el barrio de murales reivindicativos. | Foto: María Hernández/ The Objective

El ministro de Fomento, Íñigo de la Serna dijo en la sesión de control al Gobierno del 27 de septiembre que en marzo de 2018 comenzarán las obras para el soterramiento de 530 metros y que se ha firmado un proyecto complementario para soterrar otros 580 metros. Además, dice que el propósito del Gobierno es soterrar cuatro kilómetros con un proyecto en el que se invertirán 606 millones de euros. Pero los ciudadanos no creerán estas declaraciones hasta que se deje de construir el muro.

¿Qué supondrá la construcción del muro?

Los vecinos de Murcia tienen muy claro que no quieren que un muro parta en dos la ciudad, y tienen sus razones para pedirlo. El Gobierno regional asegura que el muro es temporal, que las obras del soterramiento comenzarán en pocos meses y Murcia volverá a la normalidad. Pero los ciudadanos no confían en estas promesas y temen que, una vez construido el muro, nunca tenga lugar el soterramiento.

El primer problema que supone la construcción de este muro es el cierre del principal paso a nivel que actualmente permite cruzar de una parte de Murcia a la otra. Por este paso a nivel cruzan a diario miles de personas y vehículos que se tendrían que desplazar unos dos kilómetros para poder cruzar las vías y llegar al centro de la ciudad.

“Yo paso todos los días cuatro veces por este paso a nivel para llevar a mi hija al colegio. Si lo cierran, tendré que ir hasta el cruce de Ronda Sur (a casi dos kilómetros) con el carrito de la niña”, nos cuenta Mari Carmen Ruiz, una vecina del barrio, que explica que la otra opción para cruzar es un paso subterráneo que se inunda a menudo por las lluvias y que se ha convertido en el refugio de drogadictos. “Yo no quiero llevar a mi hija por un paso donde hay agujas en el suelo”, añade.

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Los vecinos se reúnen cada tarde y cortan el paso a nivel de Santiago el Mayor. | Foto: María Hernández/ The Objective

El otro problema de traer el AVE por la superficie es la instalación de las catenarias que alimentan de energía a los trenes. Se han colocado junto al lugar donde se planea construir el muro, y los vecinos consideran que no cumplen las medidas de seguridad necesarias. “Están poniéndonos unas catenarias con unos cables de alta tensión cerca de las viviendas, cerca de los colegios y cerca del instituto”, nos explica María Dolores Sánchez, otra vecina. “Nosotros solo pedimos un poco de cordura a nuestros dirigentes”, añade.

Además de tener que desplazarse a otro paso para cruzar al otro lado o el peligro que suponen las catenarias, los murcianos tienen otra gran preocupación, la marginación de una gran parte de la población de la ciudad, si finalmente se construye el muro.

“Se trata de la segregación de 200.000 vecinos de Murcia durante años, con el deterioro irreversible que esta marginación y exclusión supondrá para los vecinos por el muro”, denuncia la Plataforma Soterramiento Murcia en un comunicado.

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Los vecinos temen que el muro provoque la marginación de más de 200.000 personas. | Foto: María Hernández/ The Objective

Alrededor de 200.000 personas viven al otro lado del muro que quieren construir, y los vecinos consideran que esta separación supondrá su marginación y exclusión debido a sus dificultades para comunicarse con el centro de la ciudad, un problema que afecta no sólo a los ciudadanos sino también a los comercios.

¿Qué demandan los vecinos de Murcia?

Con sus concentraciones diarias, los vecinos de Murcia piden que se adopte una alternativa a la llegada del AVE por la superficie.

La primera opción que proponen los ciudadanos es la llegada del AVE a Beniel, un pueblo situado a unos 15 kilómetros de Murcia, en lugar de a la estación del Carmen. “Si el AVE no llega soterrado, preferimos que se quede en la estación de Beniel”, nos explica Antonio Hernández, de la Plataforma Soterramiento Murica. “Beniel coste cero, no hay que gastar nada, hay una estación que está hecha hace cinco años”, añade María Dolores Sánchez.

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Los vecinos piden que el AVE llegue a la estación de Beniel en lugar de a Murcia. | Foto: María Hernández/ The Objective

Su otra alternativa es, simplemente, esperar a que el soterramiento se pueda hacer de forma completa sin necesidad de instalar los muros de manera provisional.

Manifestaciones diarias

De manera espontánea, los vecinos de Santiago el Mayor y el Barrio del Carmen se reúnen todos los días en las vías del tren para protestar por esta situación. Sobre las 20:00 horas, comienzan a concentrarse en el paso a nivel de Santiago el Mayor y poco después cortan el paso.

Una vez se ha concentrado una cantidad de gente suficiente, los manifestantes se dirigen hacia el centro de la ciudad, a la Delegación del Gobierno la mayoría de los días, a pedir que los escuchen.

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Dos vecinas del barrio visten a la ‘virgen del muro’. | Foto: María Hernández/ The Objective

Además, un grupo de vecinos ha acampado junto a las vías, donde se reúnen también a diario y organizan actividades para pedir que se les escuche. Y desde este campamento sale todos los días la Virgen del Muro, una ‘virgen’ creada por los manifestantes que sale en procesión con cada manifestación a hombros de cuatro vecinos, sobre una valla amarilla de una obra y al ritmo de un tambor. Esta misma ‘virgen’ los acompaña en su recorrido hasta las sedes del Gobierno, frente a las que piden a diario que paren las obras del muro.

Los vecinos de Murcia han decidido seguir luchando por su causa, y el 28 de octubre han convocado una manifestación en Madrid frente al Ministerio de Fomento con la esperanza de ser escuchados por el Gobierno central.

Continúa leyendo: ¿Qué es el espacio? La incógnita por resolver 300 años de debate después

¿Qué es el espacio? La incógnita por resolver 300 años de debate después

Redacción TO

Foto: NASA
Reuters

Si bien la respuesta sobre nuestra existencia parece más o menos resuelta, hay cuestiones que quizá damos por hechos sin saber por qué. Por ejemplo, ¿qué es el espacio? En 1717, como recuerda la revista The Conversation, surgió un debate enfrentado para dar respuesta a esta pregunta, parece que sin éxito definitivo. 300 años después seguimos sin ponernos de acuerdo.

Algunos matemáticos como Hermann Minkowski o físicos como Albert Einstein sostuvieron que el espacio y el tiempo están unidos en una continuidad. Sin embargo, esta ecuación deja sin resolver qué es el espacio. Así, los físicos del siglo XXI dan distintamente validez a dos formas de comprender el mismo, y se dividen –aunque esta sea una materia para filósofos– entre relacionistas y absolutistas. Las posturas cobraron popularidad cuando así lo quiso una reina inglesa con raíces en Alemania: Caroline de Ansbach (1683-1737). La reina de Gran Bretaña propuso a las grandes mentes enfrentar sus corrientes filosóficas en un tiempo de apogeo racionalista en las islas y de empirismo en el continente.

¿Qué es el espacio? La incógnita por resolver 300 años de debate después 1 Un meteorito visto en el cielo de Sarajevo. | Foto: Dado Ruvic/Reuters

La respuesta fue inmediata: el racionalista alemán Gottfried Leibniz y el empirista británico Samuel Clarke –próximo a Isaac Newton– debatieron epistolarmente sobre el espacio y encontraron ciertos lugares comunes, en un plano intelectual. Aquella compenetración fructificó en 1717, y fue toda una revolución en el plano filosófico.

Leibniz dedujo, poniendo de manifiesto su doctrina relacionista, que el espacio existe en función de la relación entre las cosas. Eso quiere decir que el espacio es lo que hay entre las estrellas y los astros, y que si no hubiera nada dentro del espacio, el espacio no existiría. Si acabaran con el universo, no existiría el espacio. Clark llegó a una conclusión distinta: el espacio es todo y como tal está en todas partes. En los árboles, en las estrellas y en nosotros. El espacio es el contenedor donde estamos. El espacio explica el movimiento y explica la vida. Además, Clark relacionó el espacio directamente con la divinidad: Dios es el espacio y está en todas partes. No puedes prescindir del espacio y no puedes prescindir de Dios.

Con la llegada del siglo XVIII, se incorporaron a la discusión otros pensadores, como Isaac Newton, que escribió que el espacio va más allá de los objetos y es una entidad que lo abarca todo y que, como tal, todo se mueve en relación a él. Igual que la Tierra se mueve en relación al Sol. Immanuel Kant, por su parte, definió el espacio como un concepto ideado por los humanos para explicarse el mundo y dotarlo de significado. Era un época de ebullición intelectual y de replanteamiento de la relación del hombre con Dios.

¿Qué es el espacio? La incógnita por resolver 300 años de debate después 2 Las luces de Perth, Australia, vistas desde el espacio. | Foto: NASA/Reuters

En este sentido, fueron muchos quienes se alertaron por la idea de que Dios fuera el espacio. Dios no solo estaría en todas partes, sino que sería el contenedor en que se encuentran todas las partes. También se preguntaron si, por tanto, el tamaño de las cosas implicaría un mayor valor, como recuerda la revista especializada, que cita a Bertrand Russell y su posición al respecto, ya en el siglo XX: “Sir Isaac Newton era mucho más pequeño que un hipopótamo, pero no lo valoramos menos que la bestia más grande”.

Ahora la opción divina ya está fuera de la ecuación, incluso para los pensadores contemporáneos que secundan las visiones de Clark. Es el caso de Tim Maudlin y Graham Nerlich. Los puntos de vista de otros coetáneos como Kenneth Manders o Julian Barbour no descartan que ambas posturas sean compatibles. Se cumplen tres siglos desde que Caroline de Ansbach lanzara la piedra, y el debate continúa, sin resolverse.

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