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'Workaholic' o la imposibilidad de desconectar del trabajo

Verónica F. Reguillo

Foto: Richard Drew
AP Photo

“Me di cuenta de mi adicción en 2008, cuando acabé mi máster y después de haber cursado el doctorado durante cinco años en las mejores universidades y consiguiendo las mejores becas. Mi obsesión y compulsión por obtener los mejores trabajos me llevaron a la actividad y a la preocupación constante por el trabajo y el dinero. Me di cuenta de que me enfadaba fácilmente con cualquier persona y con las relaciones humanas en general, que no me servían para mis objetivos profesionales”.

Así es como nos relata Jorge el sufrimiento que le provocaba su adicción al trabajo. Lleva casi ocho años asistiendo al grupo estadounidense Workaholics Anonymous, un programa sin ánimo de lucro en el que “nos ayudamos mutuamente en base a la experiencia colectiva de los adictos al trabajo”. Este grupo también tiene sesiones online gratuitas presenciales, telefónicas y por Skype.

“Comencé a aislarme de mi familia; a sentir un cansancio crónico que me mantenía en un constante mal humor y me provocaba estados de ira cuando las cosas no salían como quería y que ocultaban, en realidad, mi miedo al fracaso, a perder el prestigio y el reconocimiento de los demás. Mi baja autoestima se ocultaba bajo las máscaras de la propiedad, el dinero y el prestigio”.

“El estrés ciega los ojos del alma”

Al igual que Jorge, la coordinadora del grupo Workaholics Anonymous aún se está recuperando de la misma adicción. Tiene 39 años, y lleva cuatro asistiendo a las sesiones de este colectivo. JC -así prefiere que la citemos- cuenta a The Objective que esta problemática la arrastró a la “soledad, a la pérdida de amigos y al egoísmo en las relaciones sentimentales”. A todos estos efectos más psicológicos, JC suma un dolor abdominal crónico y problemas cardiacos relacionados con el estrés.

'Workaholic' o la imposibilidad de desconectar del trabajo
El estrés vivido en determinados trabajos hace que sea muy difícil la desconexión. | Foto: Richard Drew / AP Photo

Las consecuencias psicológicas y las somáticas son las que, generalmente, sufren las personas adictas al trabajo. El catedrático emérito de Psicología y Psiquiatría Médica de la Universidad Complutense de Madrid, Francisco Alonso Fernández, las traduce en la depresión y la enfermedad cardiovascular que pueden llegar incluso a causar la muerte. “El estrés ciega los ojos del alma” y dificulta el disfrute de las cosas pequeñas, cotidianas; de las relaciones humanas en nuestro tiempo libre, explica Franciso Alonso.

Los denominados workaholic “tienen imposibilidad de dedicar tiempo satisfactorio a las relaciones humanas, a las relaciones de familia, a las diversiones”. Este psiquiatra y autor, entre otros libros, de Las nuevas adicciones afirma que “cada vez hay más adictos al trabajo” que han encontrado su complemento perfecto en las nuevas formas de comunicación (WhatsApp, acceso al email corporativo a cualquier hora, facebook, etc)

Los expertos coinciden en que tiene que haber una personalidad vulnerable a este tipo de adicción pero Francisco Alonso pone el foco también en los factores ambientales. El trabajo es “como la segunda cuna” que de alguna manera te hace, te forma y te influye en tu desarrollo a todos los niveles. “El ambiente de trabajo puede estimular la adicción o puede moderarla. Las empresas que más cultivan la adicción al trabajo son las empresas que se preocupan exclusivamente de los rendimientos, y en las que hay muy poca relación entre los trabajadores”. Es ahí cuando entra en juego el estrés que no deja apagar el cerebro.

Por su parte, el psicólogo clínico y psicoterapeuta Fernando Mansilla asegura que las nuevas tecnologías y formas de comunicación son solo “un elemento precipitante” y es la propia personalidad de cada uno la que tiene más peso a la hora de desarrollar esta adicción. “Para que haya un elemento precipitante tiene que haber una personalidad subyacente que sea vulnerable a este problema. Una persona que no puede desconectar del trabajo tiene una dependencia emocional al trabajo”.

“Perfeccionistas, narcisistas y con baja autoestima”

Mansilla afirma a The Objective que no es tan sencillo ser un adicto al trabajo propiamente dicho. Este psicólogo describe ciertas cualidades imprescindibles en una persona adicta o vulnerable de serlo:

1. Perfeccionistas y con baja autoestima.

2. La mayoría de los adictos al trabajo son personas con un puesto de responsabilidad y con posibilidades de ascenso, es decir, que están inmersos en una problemática donde tienen cierto grado de competencia con los compañeros.

3. Personas narcisistas que cuando consiguen puestos con poder se deshumanizan.

Los adictos al trabajo suelen trabajar más de 12 horas diarias y “están más pendientes del trabajo que de su familia”, nos cuenta Fernando Mansilla. “Quizá el adicto al trabajo sea el último en darse cuenta de que lo es, pero su familia y sus amigos sí lo sabrán”.

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En Japón, la muerte por exceso de trabajo o karoshi está afectando a muchos trabajadores. | Foto: Toshifumi Kitamura / AFP

¿Se debería regular por ley este problema?

En numerosas ocasiones, y cada vez más, tanto los adictos al trabajo como las personas que no lo son, reciben comunicaciones fuera del horario laboral por parte de los responsables o jefes de las empresas, algo que genera dos tipos de estrés en los trabajadores, según el psicólogo clínico, Fernando Mansilla. “Sufren por un lado por el trabajo, porque las demandas pueden ser a cualquier hora y no se tiene control sobre ellas; eso es estrés laboral. Pero además se sufre estrés familiar porque cada vez que llaman al trabajador, este se tiene que marchar y puede darse un problema con su familia. Vive amenazado por dos tipos de estrés”.

“El 56% no puede desconectar en sus vacaciones”

La reacción de una persona adicta al trabajo ante estas interferencias en periodos de descanso es diferente a la del resto de trabajadores, o eso es lo que afirma la especialista en psiquiatría Rosa Sender, autora del libro El trabajo como adicción. “El sujeto que no tiene una adicción al trabajo maldice al jefe que le pone correos o mensajes fuera de horario laboral. Estamos viendo cómo se intenta reglamentar este asunto en algunos países, lo que da idea del grado de interferencia que ha alcanzado. Sin duda los sujetos adictos al trabajo han sido los promotores del conflicto”. Según Sender, las personas con este problema aprovechan las nuevas formas de comunicación para estar “todo el día conectadas con rapidez a sus asuntos y evitar lo que entienden como esperas inútiles”.

Y sí, hay países que están regulando la llamada desconexión digital como es el caso de Francia, donde a principios de este 2017 entró en vigor una ley que no exige apagar el teléfono ni prohíbe el envío de correos electrónicos, pero sí insta a buscar soluciones negociadas entre los agentes sociales y las empresas. Quizá lo más novedoso de todo esto sea que se haya puesto sobre la mesa un problema que se ha incrementado en los últimos años y que cada vez afecta a un mayor número de trabajadores.

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Algunos aprovechan las salas habilitadas para descargar el estrés rompiendo objetos. | Foto: Koji Sasahara / AP Photo

En España tienen vigencia normativas y tratados internacionales que protegen el derecho al descanso y la salud de los trabajadores, asegura Ana Gómez Hernández, vicepresidenta de la Asociación Nacional de Laboralistas (Asnala). “Los trabajadores por cuenta ajena están muy protegidos. El tiempo que dedican al trabajo tiene una limitación y tiene unos descansos que están muy regulados. Todo aquello que sobrepase del tiempo de trabajo ordinario entra en materia de horas extraordinarias y hay regulación abundante que limita todo ese tipo de cosas”. Sin embargo, la regulación es una cosa y la realidad es otra. Según un estudio publicado por Randstad, el 39% de los trabajadores en España no desconecta durante sus vacaciones, pero actúa así por voluntad propia; sin embargo, un 56% afirma que tampoco desconecta y alega que no lo hace porque su responsable espera que esté pendiente del teléfono o del correo electrónico.

Ante todo esto, la vicepresidenta de Asnala afirma que las normativas vigentes en España y en otros países de Europa “se han quedado bastante atrás, y la revolución digital, la influencia de las nuevas tecnologías en las relaciones de trabajo no tienen plasmación en nuestro ordenamiento”. Además, asegura que la normativa francesa es una buena noticia ya que “ha puesto nombre a la desconexión, y muy acertadamente porque es una demanda de la sociedad”.

Continua leyendo: Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Disforia postcoital, la tristeza después del orgasmo

Lidia Ramírez

Foto: Flickr

Ya lo dijeron los romanos: “post coitum omne animal triste est” (después del coito, todo animal está triste). Bajón, lloros, sentimiento de tristeza y culpa, melancolía… muchas son las personas que aseguran sufrir estos sentimientos después de llegar al orgasmo. La ciencia lo ha bautizado como disforia postcoital y ocurre con más frecuencia de lo que pensamos. Pero, ¿cuáles son las causas de esta conmoción después de un acto, supuestamente, placentero?

Para la sexóloga Ruth Ousset, es una cuestión de educación y cultura. “Muchas personas utilizan el sexo como una forma de recibir cariño. ¡ERROR! El sexo es sexo, y el amor y el cariño son cosas diferentes”, explica la terapeuta de pareja, para quien hay mucha gente que aún no ha normalizado el acto sexual: “yo los llamo gente Disney, es decir, la mujer que busca a su príncipe azul y el hombre que busca a su princesa”.

Por lo general, la disforia postcoital es un fenómeno que ocurre, sobre todo, en aquellas sociedades que carecen de una educación sexual solida y normalizada. “Durante el acto sexual florecen los besos, caricias, arrumacos… todo con un fin, llegar al orgasmo. Sin embargo, en muchas ocasiones, alcanzado el clímax, todo esto desaparece”. Es aquí cuando florece el sentimiento de frustración. Por ello, para la psicóloga, es muy importante la comunicación entre la pareja. “Si necesitas un abrazo, pídelo”, hace hincapié Ousset.

Por otro lado, está ese sentimiento de fracaso y desilusión tras el sexo por razones biológicas. Según explica el psiquiatra británico Richard Friedman, la amígdala –la parte del cerebro que regula la ansiedad y el desasosiego– deja de funcionar durante la cópula. Cuando esta acaba, vuelve a recordarnos que los problemas siguen ahí. Por lo que en este sentido, para Friedman, la disforia postcoital sería un efecto secundario de la vuelta a la realidad biológica natural después del clímax.

Sin distinción de sexos

Aunque todos los estudios al respecto, según la terapeuta de pareja, analizan este fenómeno en la mujer (una investigación en 2004 publicada en International Journal of Sex Health estableció que hasta el 10% de las mujeres lo sufrían de forma habitual) “la disforia postcoital no distingue de sexos”. “Los hombres también lloran después del sexo, lo que pasa que socialmente a la mujer se le ha dado permiso para llorar y al hombre no”, enfatiza.

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Cataluña y la adolescencia política

Andrea Mármol

Foto: RRSS

Cataluña amaneció el 18 de julio de 2017 repleta carteles a lo largo y ancho del territorio con el rostro de un Francisco Franco joven y el lema: ‘No votes, el 1 de octubre, no a la República’. A primera hora, se atribuía la hazaña a organizaciones de extrema derecha que llamaban a boicotear el referéndum ilegal; poco después se supo que la autoría era de una filial del partido antisistema catalán, la CUP, que buscaba aprovechar la fecha del calendario para lanzar un nítido mensaje que a nadie se le escapa: “Franco no participaría el primero de Octubre. ¿Y tú? ¿Qué harás ese día?”

Los carteles no eran una alegoría al dictador, sino que entrañan un toque de atención a los millones de catalanes que no participarán en la movilización independentista que prepara el gobierno autonómico para el 1-O. Por supuesto, la CUP puede hacer gala sin pagar peaje alguno del reduccionismo que entraña señalar a sus conciudadanos como simpatizantes de la dictadura franquista, del mismo modo que estos días, junto a parte importante de la izquierda española, anda dando carta blanca a las comparaciones entre el régimen autoritario de Nicolás Maduro en Venezuela y la democracia española.

Y es que de la lógica binaria que algunos pretenden instalar en Cataluña, claro, no hay que culpar en exclusiva a la CUP. Cuando Carles Puigdemont y Oriol Junqueras se erigen en adalides únicos de la democracia en Cataluña y exigen el apoyo de todos-los-demócrtas-del-mundo (sic), no están dejando a sus adversarios políticos en mejor lugar que los carteles de los antisistema. Es difícil denunciar que alguien hace trampas cuando juegas con varios ases en la manga. Y así, los churumbeles siempre superan al padre político.

Hay, en ese mismo sentido, episodios entrañables en la política catalana más reciente. Recuerdo los altercados en el barrio de Gracia hace algo más de un año: la CUP se negaba a desalojar un local ilegalmente ocupado y protagonizaba un enfrentamiento con la policía autonómica catalana, controlada por el gobierno catalán, que a su vez exigía a los antisistema respeto a la autoridad. Y a la ley. El mismo ejecutivo que ya entonces quería liquidarla. ¿Alguien cree hoy que el PDeCAT o ERC pueden reguir la responsabilidad de que se normalicen los postulados de la CUP?

El desprecio a la ley tiene consecuencias inasumibles para una mayoría de ciudadanos en democracia. Pero no está de más señalar también las causas. Y estas se vislumbran de más nítida manera dentro de la ilusión antisistema: las comparaciones con Franco o con Maduro sólo caben en la mente de alguien que necesita retorcer la realidad para encontrar una excusa que le permita no afrontarla. La realidad es que la ley no hizo mucho más que hacernos libres, lo cual implica que cada desconsuelo y cada insatisfacción y cada caída sólo son hijos de nuestra propia responsabilidad.

Un precio demasiado alto para todo adolescente, más cómodo con alguien a mano a quien culpar de todos sus males y empeñado en renacer en un nuevo mundo revolución mediante cada cinco minutos. En Cataluña muchos que pasaban por adultos han jugado a la adolescencia política: y de aquellos polvos, estos lodos.

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Glaciares sorpresa

Jesús Nieto Jurado

Foto: POLICE CANTONALE VALAISANNE
AFP

Si en España se nos agrietara un pobre glaciar aparecerían, si es por el Aneto, una ristra de facturas impagadas de los ‘pujoles’. O quizá el cadáver momificado de un autónomo que fue a probar suerte como heladero vegano donde el cielo besa al picacho nevado. En España no quedan glaciares que merezcan la pena, sino una nieve sucia que queda pisada por el polvo sahariano en las zonas umbrías del Veleta cuando voy de senderismo con mi amigo Pulido en un ejercicio de tolerancia sufí y piedras. En Suiza han encontrado, a la sombra derretida de un glaciar, a un matrimonio de pastores que llevaba desaparecido setenta años – lo menos- en la alta montaña. Lo que en España es un ‘guerracivileo’ de cunetas por abrir, en Suiza es un obsequio de los glaciares a las familias grisonas por tantos años de callada neutralidad con vacas y oro. Y esto no es ni bueno ni malo, sino una observación del talante helvėtico, del talante hispano, del cambio climático ese que niegan hasta cuando los osos polares, hoy, se marcan un guaguancó cubano. La montaña tiene a veces estas sorpresas que reconcilian a las familias con sus abuelos, o que abocan al Hombre al canibalismo ultracongelado como pasó en Los Andes y como recordó Risto Mejide con sofá, mala leche y frente de publicista malencarado. Pero es que la imagen que acompaña a esta columna justifica una serranilla suiza, un canto alpino a la justicia poėtica de los glaciares en retroceso. Nunca fueron tendencia las nieves del Kilimanjaro. Pobre Ernest, pobre planeta, pobres suizos y pobre glaciar. Yo ya me voy a un glaciar patagónico a ‘jartarme’ de orfidales y congelarme de lirismo y quedarme pajarillo. Porque después del feminazismo llega el proglaciarismo y ahí sí que me encontrarán en la causa. Frost, claro.

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Locos por la maría

Melchor Miralles

Foto: Matilde Campodonico
AP

Fue abrir las farmacias de Montevideo y arrasar. Se agotaron las existencias de las 16 farmacias de Montevideo en nada. Era el primer día que se podía vender legalmente marihuana en las boticas, y fue una cuerda locura. Ahora lo que no saben es cuando podrán reponer existencias. Uruguay ha sido el primer país del mundo en experimentar la venta legal del cannabis para uso recreativo, y no parece que haya sucedido nada, más allá del furor de los compradores, consumidores habituales que prefieren comprarla legalmente a hacerlo en el mercado negro.

Es un gran asunto, de fondo. Hay debate. De hecho, solo 16 de más de 1.000 farmacias de Montevideo se apuntaron al asunto. Las demás consideran que no es atinada la venta con fines recreativos, aunque si cuando se trata de aplicación terapéutica. Y aquí está la clave, y se me ocurren argumentos en ambas direcciones. Pero me puede el creer que siempre será mejor la venta legal y controlada que el fomento del mercado negro, que posibilita además la puesta en circulación de porquería más dañina y que enriquece a las mafias.

No tiene discusión a estas alturas que la marihuana tiene una aplicación terapéutica beneficiosa en muchos casos. Como no la tiene que su consumo habitual, en exceso, es dañino, como sucede con el consumo de cualquier sustancia, como el alcohol o el tabaco, que se venden legalmente. Y ahí está la clave. El prohibicionismo se ha impuesto durante muchos años y todo apunta que favorece el enriquecimiento de los cárteles, destroza la vida de muchos intermediarios de medio pelo y perjudica a quien tiene decidido el consumo sea legal o ilegal. Veremos cómo avanza la prueba uruguaya, pero quizá hayan sido pioneros en una salida a un problema social de envergadura. Y después, como siempre, está la educación, la formación, la información y el sentido común de cada cual. Porque el que quiere consumir, consume. Por eso la locura de Montevideo, la locura por hacer normal lo que es habitual. Con rigor, sensatez, seriedad y control. La vida misma.

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