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Felipe VI, el rey
prudente

Antes y después de llegar al trono, el 19 de junio de 2014, Felipe VI se ha caracterizado por conducirse con prudencia. Y quienes mejor conocen qué sucede más allá de los impermeables muros de la Zarzuela señalan a Jaime Alfonsín, jefe de la Casa del Rey, mano derecha y principal consejero, como responsable de la formación de Su Majestad. El Rey, moldeado por su asesor más cercano y por los acontecimientos que le ha tocado vivir, es ante todo un hombre prudente que justo ahora, cuando va a cumplir 50 años, se enfrenta a los dos quebraderos de cabeza que hornean sus preocupaciones y ensombrecen su reinado: el reto independentista en Cataluña y los problemas judiciales de su hermana, la infanta Cristina, e Iñaki Urdangarin.

Felipe VI es, todavía hoy y por paradójico que pueda parecer, un gran desconocido para los españoles.

Para la gran mayoría, la personalidad del jefe del Estado tiene forma de incógnita, sobre todo en los aspectos más íntimos. Un terreno poco explorado por la rigidez de una Casa que sobreprotege la imagen pública de la institución y, también, no puede negarse, por la atracción que siguen ejerciendo sobre la opinión pública tanto su esposa, la reina Letizia, como su padre, el rey emérito Juan Carlos I.

Para quienes mejor lo conocen, es un profesional de la Monarquía cuyo principal reto consiste, según palabras de uno de sus más cercanos, en “convertirse en un rey moderno”. Y es igualmente un hombre de carne y hueso que, por ello, también atesora sus flaquezas y contradicciones propias que, pese a no pocas trabas, tratamos de recoger con la mayor precisión posible en nuestro libro La corte de Felipe VI (2015, La Esfera de los Libros).

Felipe VI, el rey prudente
Felipe VI en su más reciente apareción en DAVOS. | Foto: Denis Balibouse / Reuters.

Uno de los momentos más difíciles de su vida aconteció en las navidades del año 2001, cuando, durante un encuentro con periodistas, tuvo que anunciar la ruptura de su noviazgo con la noruega Eva Sannum, con quien pensaba contraer matrimonio contra viento, marea y razón de Estado y pese al criterio en contra del rey Juan Carlos y de buena parte de los ‘padres de la patria’ como Gregorio Peces Barba o el propio José María Aznar.

La boda iba en serio hasta que los atentados del 11-M se cruzaron en el camino del heredero y se decidió que el ambiente colectivo no estaba para fastos como los de una boda de Estado.

En aquel momento doloroso, dando la vida y el alma al desengaño, que diría el poeta, el entonces príncipe de Asturias comprendió mejor que nunca la amarga lección que conllevaba su destino; y aprendió también el juego táctico que luego pondría en marcha dentro de Zarzuela para forzar, pocos años después, el anuncio por sorpresa de su boda con la entonces periodista de Televisión Española, Letizia Ortiz, cuyo noviazgo fue fugaz y secreto precisamente para evitar caer en los mismos errores que habían frustrado su relación anterior.

Quizás lo que más ha moldeado la existencia del actual Rey de España es la llegada a su vida de Letizia Ortiz.

En aquella época se fraguó la ruptura de la corona con una parte de la nobleza y la clase alta patrias, que no salían de su asombro. No perdonaban los orígenes plebeyos de la periodista y que las hijas casaderas de toda esa casta de ilustres apellidos no hubieran sido tenidas en cuenta para tan trascendente momento de la monarquía. Letizia, hija de una sindicalista y nieta de un taxista, fue recibida con cajas destempladas por un sector de rancio abolengo y títulos heredados. Muchos, incluso algunos amigos del actual Rey, despreciaron a la hoy Reina como si fuera un capricho pasajero. Todos estos cortesanos asistieron después con hiriente estupor al fortalecimiento de la pareja, que ha alumbrado ya a dos hijas, la Princesa de Asturias, Leonor, y la infanta Sofía.

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La boda en 2004 del Felipe VI y Leticia Ortiz. | Foto: Pool / Reuters

Felipe VI no ha heredado, ni mucho menos, ese carácter tan campechano que popularizó su padre a lo largo de todo su reinado. Se parece más a su madre, atado al guión y al protocolo, con menos margen para la espontaneidad. Pero tampoco le faltan sentido del humor y sencillez a la hora de tratar a quienes recibe en audiencia. Es meticuloso cuando trabaja y, por ejemplo, siempre colabora activamente en la redacción de los discursos relevantes, frente a lo que hacía su padre.

No es un hombre taxativo, sino lleno de las cautelas que requiere el cargo.

Todo lo contrario que Letizia, que pueda llegar a apabullar con su capacidad para hacer quince afirmaciones por minuto. Su extremo cuidado para verter opiniones no es de nacimiento, sino entrenado por su preceptor, como ya se ha dicho. Teniendo en cuenta que cuando era niño, sus hermanas, Cristina y Elena, lo apodaban “Napoleón”, parece obvio que, tras esa pátina de hombre pausado y tranquilo, tiene hueco entre sus emociones para la ira y el enfado, sentimientos solo desatados lejos de los focos.

Sus buenos amigos, tanto los del círculo elitista de Madrid como los aficionados a la vela de Palma, saben bien que el hijo de Juan Carlos I esconde su lado travieso.

De contradicciones como la antedicha está hecho todo ser humano. Así, Felipe VI, al que más bien podría calificarse de tímido o reservado en público es, en la intimidad, un bailarín ducho en moverse a ritmo de salsa o un aficionado al gin-tonic. Sus buenos amigos, tanto los del círculo elitista de Madrid como los aficionados a la vela de Palma, saben bien que el hijo de Juan Carlos I esconde su lado travieso, como aquella noche en que robó los puros habanos de su padre junto a sus amigos de la navegación.

Por sus hechos los conoceréis. Felipe VI, que paradójicamente intenta huir del legado final de su padre, desveló sus cartas en su discurso de proclamación: “Una monarquía renovada para un tiempo nuevo”. No fue una afirmación baladí. Porque el Rey quería (y quiere) acabar con algunos viejos usos que se perpetuaron durante el reinado de Juan Carlos I. Algunos de estos cambios son fáciles de visualizar. Ha apartado de su lado a consejeros como Rafael Spottorno, salpicado en el caso de las tarjetas black; ha alejado de la Corona a personajes controvertidos como Carlos García Revenga, vinculado a las actividades irregulares del caso Nóos, o como su buen amigo Javier López Madrid, caído en desgracia por varios asuntos turbios; ha establecido un nuevo código de conducta para el personal de la Casa; o ha abierto las recepciones de Palacio a sectores más amplios que el Ibex 35.

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Selfie con granjeros en Siero. | Foto: Eloy Alonso / Reuters.

En su afán por dar ejemplo a la sociedad, Felipe VI ha tenido que lidiar, sobre todo, con los comportamientos poco ejemplares y judicializados de Iñaki Urdangarin y de la infanta Cristina. Ha roto todos los vínculos fraternos con su hermana y su cuñado. Precisamente en las próximas semanas se conocerá la sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso Nóos y, previsiblemente, Urdangarin, que antes parecía perfecto y ahora parece sacado de la saga Torrente, entrará en prisión porque su condena será firme.

Un fantasma que vuelve para no dejar dormir al monarca.

Cataluña es su otro desvelo.

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El rey durante una visita a Portugal. | Foto: Miguel Vidal / Reuters

Sobre todo porque el Rey abandonó su principal característica, la prudencia, el pasado 3 de octubre de 2017, cuando, contra la opinión de algunos de sus más estrechos colaboradores, decidió pronunciar un discurso histórico en el que denunció la “deslealtad inadmisible” de la Generalitat y reclamó a los poderes del Estado que sofocasen lo que ocurría. El fantástico libro de Ana Romero El rey ante el espejo (La Esfera de los Libros), recién publicado, da buena cuenta de las dificultades con que se gestó el particular 23-F de Felipe VI. Aquella noche de octubre el monarca, prieto el mentón y sujetados los nervios, apareció ante los españoles con más determinación que nunca. Solo la historia dirá si acertó o si, por el contrario, debería haber sido, también en este caso, más prudente.

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Foto: Francisco Seco
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La Reina Letizia, elegida
un año más como la mejor vestida
de España

Todo un clásico de fin de año.  Hace unos días publicábamos la lista de las 12 mujeres más elegantes del mundo. Kate Middleton, duquesa de Cambridge​​ y esposa del príncipe Guillermo, encabezaba la lista. Ahora, un año más,  Showroomprive ha elaborado el ranking de los celebs más elegantes de España según la opinión de sus usuarios. He aquí los resultados de la encuesta:

La elegancia en forma de mujer 

Icono real, la Reina de España vuelve a sobresalir este 2017 por sus impecables estilismos, con el 16,69% de los votos. El estilo de la Reina, siempre muy femenino, elegante y sofisticado, es realmente apreciado por los españoles que la han situado un año más en el primer lugar del ranking de las mejores vestidas. Entre sus acertados outfits (que varían desde los conjuntos más sobrios y clásicos, a los diseños más sorprendentes y arriesgados) se repite una constante: la apuesta de la Reina Letizia por lucir moda “Made in Spain”.

La Reina Letizia, elegida un año más como la mejor vestida de España
La reina Letizia durante las celebraciones del Día de la Epifanía en el Palacio Real de Madrid, el 6 de enero de 2016. | Foto: Daniel Ochoa de Olza / Reuters

En segundo lugar aparece una cara nueva, Eva González (14,74%). La modelo, actriz y presentadora (que sin duda vive ahora uno de sus momentos más dulces) es la segunda más votada por los españoles, posicionándose así como ejemplo a seguir en cuestiones de moda. Sus estilismos, fiel reflejo de su elegancia innata, han conseguido desbancar a Paula Echevarría, que en 2016 ocupó la segunda posición del ranking.

La Reina Letizia, elegida un año más como la mejor vestida de España 2
La presentadora Eva González, a su llegada a la gala de los premios Ondas 2017 celebrada en el Palacio de Congresos y Exposiciones de Sevilla. | Foto: Raúl Caro/EFE

Descendiendo posiciones pero igualmente dentro de la “top position”, se encuentra en tercer lugar Paula Echevarría (13,50%). La actriz, siempre al día de las ultimísimas tendencias, es una auténtica influencer experta en el arte de combinar la moda “low cost” con las firmas más exclusivas.

Buenos días L❤VES!!!

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En cuarto y quinto puesto, con exactamente los mismos porcentajes (10,56%), hay un empate técnico. Sara Carbonero (que en 2016 también se situaba como la cuarta de la lista), está igualada con la actriz Michelle Jenner. Sara, toda una abanderada del street style más desenfadado (pero siempre estiloso)rivaliza esta vez con la carismática actriz que este año 2017 ha brillado en la alfombra roja con sus outfits.

En sexto lugar, encontramos perdiendo algunos puntos, a la actriz Blanca Suárez (en 2016 fue la tercera de la lista), con el 9,98 % de los votos. Le sigue en séptima posición Úrsula Corberó (7,45%), que gusta por su forma de vestir sofisticada a la par que sensual. Tras ella, finalizan el ranking por este orden la cantante Edurne (7,38%), Cristina Pedroche (5,36%) y Alba Carrillo (3,77).

#tb G morning

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La distinción en forma de hombre

El género masculino no se queda atrás en cuestiones de buen gusto a la hora de vestir. Este año, encabeza el número uno del ranking el Rey Felipe VI de España, con la aprobación del 15,62% del apoyo de los encuestados. Él, que ya fue elegido en 2016 como el mejor vestido del mundo por la revista Vanity Fair, ahora también ha obtenido este reconocimiento por parte de la población española. Elegancia, clase, personalidad y distinción son las señas de identidad de su estilo, como se refleja en la elección de las piezas que conforman sus estilismos oficiales.

La Reina Letizia, elegida un año más como la mejor vestida de España 3
El rey Felipe VI y la reina Letizia escuchan el himno nacional durante las celebraciones del día de la epifanía en el palacio real en Madrid. | Foto: Juan Medina/Reuters

En segundo puesto, aparece el modelo Jon Kortajarena (14,30%), demostrando así que además de conquistar las pasarelas de medio mundo, este año ha encandilado a los españoles con su vestuario moderno y desenfadado, pero a la vez, con mucha clase.

Thank you @bulgariofficial and @lanvinofficial for taking good care of me. #EltonJohnAidsFoundation @ejaf #bulgari #Lanvin

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En tercer lugar, está el torero Cayetano Rivera Ordoñez (12,80%). Siempre correcto y elegante, su galanura a la hora de vestir le ha colocado en un destacable tercer puesto.

@karapremium desembarca en Londres 😉 @antonioacevedo_

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En cuarta posición, se encuentra el actor Miguel Ángel Silvestre (11,92%), seguido del modelo Andrés Velencoso (11,83%) y del también actor Mario Casas (10,59%).

Finalizando la clasificación se sitúan (ordenados de más a menos votos): Quim Gutiérrez (8,74%), Rubén Cortada (6%), Paco León (5,65%) y Mario Vaquerizo (2,55%).

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Continúa leyendo: Socialdemocracia. Y al tercer día resucitó
Foto: Ludwig Wegmann
Wikimedia Commons by the German Federal Archive

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Socialdemocracia. Y al
tercer día resucitó

Mark Twain fue sentenciosamente irónico al responder a un amigo preocupado ante las noticias funestas que le llegaban: “los rumores sobre mi muerte han sido exagerados”. Si cambiamos la correspondencia manuscrita por los sondeos online semanales, bien podemos imaginarnos a un socialdemócrata agobiado escribiendo un email con el que busca  calmar a su compañero de filas, alarmado ante cifras que sitúan a los otrora partidos hegemónicos por debajo del simbólico 25% de los votos en países como Alemania o España, y muy por debajo en otros como Francia u Holanda.

“Cuando Nixon dijo que todos éramos ya keynesianos vino a decir que, en gran medida, éramos ya todos socialdemócratas.”

¿Ha muerto la socialdemocracia? Muchos así lo afirman, y en este caso es, además de un rumor creíble, una realidad electoral tozuda ante la que parece inútil resistirse: la socialdemocracia que conocimos no va a volver a corto plazo, ni en sus resultados ni en sus instrumentos. Entre las razones coyunturales está la crisis y su gestión, pero en su declive subyacen cambios estructurales como los avances científico-técnicos, la globalización y la aceleración del tiempo histórico. La manifestación más exitosa de la socialdemocracia (los 30 años dorados que van desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la crisis del petróleo de los 70) es indisociable de una coyuntura histórica muy determinada: la del mundo estático de la Guerra Fría.

Socialdemocracia. Y al tercer día resucitó 1

La portada del The Montreal Daily Star con el título “Germany Quit” anuncia la rendición alemana y el inminente final de la Segunda Guerra Mundial. | Foto: Conrad Poirier vía Wikimedia Commons

La globalización y la crisis (financiera y económica primero, política e institucional después) han trastocado el terreno de juego en el que la socialdemocracia levantó el pacto intergeneracional e interclasista que garantizaba la prosperidad y la paz social que, grosso modo, sigue siendo el objetivo retórico de todo partido político con aspiración de mayoría. Según esta forma de ver la situación, no habrían cambiado tanto los objetivos como las herramientas, aún pendientes de diseñar o de afilar.

Sin embargo, los cambios son tantos y tan rápidos que es casi imposible planificar y anticiparse. Algunos autores hablan ya del fin de la estrategia por esa incapacidad de situarnos en el futuro inmediato con ciertas garantías de certeza. En este contexto es inútil plantearse el diseño de una socialdemocracia para el siglo XXI cuando no sabemos cómo será el mundo en la próxima década. La socialdemocracia sufre cuando lo hace el concepto mismo del largo plazo.

“La manifestación más exitosa de la socialdemocracia es indisociable de una coyuntura histórica muy determinada: la del mundo estático de la Guerra Fría.”

Otros, en cambio, afirman que la socialdemocracia ha muerto porque todos somos ya socialdemócratas, y porque, además, el programa básico que le dio brío a finales del siglo XIX y principios del XX está cumplido. Cuando Nixon dijo que todos éramos ya keynesianos vino a decir que, en gran medida, éramos ya todos socialdemócratas. Pero concluir que, debido a estas dificultades para definirse y amoldarse a un mundo dinámico y acelerado, o debido al cumplimiento de su programa, la socialdemocracia ha muerto tiene mucho de panglossiano, nostálgico y, en cierta medida, reaccionario.

No es casualidad que muchas veces provenga de los “soixante-huitards“, pertenecientes a la generación que protestó y tras ello se incorporó con al mercado laboral buen sueldo, tuvo empleo estable, hizo algo de patrimonio y cobra ahora pensiones razonables. Muchos matarifes simbólicos de la socialdemocracia han proclamado la muerte de este espacio político cuando les ha tocado aportar a la caja interclasista e intergeneracional. Las redes sociales han operado aquí como una calle llena de adoquines que arrojar pero sin los policías delante.    

No, la socialdemocracia no muere porque no haga falta. Bien al contrario, es más necesaria que nunca en un entorno en el que la brecha generacional, la desigualdad, la precariedad y el cambio climático se han agravado de forma alarmante. Nunca ha sido más fácil de responder la pregunta: ¿ser socialdemócratas, para qué? Es difícil imaginar una época en la que sus reivindicaciones más básicas sean más urgentes. Y más aparentemente contradictorias al mismo tiempo. Lo expresó muy bien el ensayista Ramón González Férriz en una entrevista sobre su libro más reciente, que trata, precisamente, de los sucesos de 1968: “La izquierda se ve en la tesitura de tener que preocuparse más por los precarios que por los miembros de los sindicatos. Así que debemos ser críticos con la izquierda pero también entender el panorama que enfrenta”.

Socialdemocracia. Y al tercer día resucitó 2
“Un lugar para todos en un mundo nuevo”. Cartel de mayo de 1968. | Imagen: Wikimedia Commons

Se ha utilizado la metáfora de una manta que es demasiado corta, y si unos tiran de un lado (pongamos los pensionistas), otros se quedan a la intemperie (quizá los millennials). Pero de aquí no cabe deducir que sobre manta o que no haga frío, que es básicamente lo que dicen los enterradores de la socialdemocracia. Por tanto la socialdemocracia debe salir de la reivindicación de los servicios prestados y asumir que el malestar es real y no un estado de opinión inducido por un perverso populismo que viene a derribar un sistema por capricho.

“Es difícil imaginar una época en la que sus reivindicaciones más básicas sean más urgentes.”

El análisis crítico de la globalización, de la gestión económica, fiscal y laboral o de un mundo financiero en gran medida chantajista no es fruto de un ataque de nostalgia ni significa apostar por el pesimismo, en contraposición a los glosadores de Steven Pinker y sus grandes secuencias de progreso histórico que tanto reivindican los beneficiados por ese progreso innegable. Ni es incompatible con el justo deseo de prosperidad de los ciudadanos ni con la apuesta por una democracia abierta, europeísta y económicamente eficiente, pero más justa y sostenible en términos políticos, sociales y medioambientales.

Si algo hemos aprendido con el auge del populismo reaccionario de Trump, Putin, Orban, Erdogan e tutti quanti, es que la democracia necesita algo más que un cuadro macroeconómico reluciente para sobrevivir. Si se da prioridad absoluta a la competitividad económica (“el capitalismo es mucho más importante que la democracia”, confesó un asesor de Trump), no tardaremos en concluir que mejor nos vendrá instalar el modelo chino y abandonar la ineficiente democracia y sus aburridos procedimientos, como en gran medida han concluido muchos votantes del populismo reaccionario.

Socialdemocracia. Y al tercer día resucitó 4
Una carroza de carnaval parodia los intereses rusos y norteamericanos en el tradicional desfile de carnaval de Rose “Rosenmontag” en Dusseldorf | Foto: REUTERS / Thilo Schmuelgen

En este sentido, la socialdemocracia sí debería acometer un back to basics y girar la izquierda, tanto en sus objetivos económicos y sociales como en sus metas regeneradoras del tejido institucional. El caso de éxito de Portugal se debe en parte a esta estrategia. No se trata tanto de volver a las políticas de los 70 –o quizá en algunos puntos sí, algo que defiende incluso el liberal jefe de Economía del Financial Times, Martin Wolf– como de recuperar unos fundamentos básicos que se han difuminado con los años. Se tacha de nostálgico y antiguo a Jeremy Corbyn, pero quienes lo hacen suelen defender el regreso a otra idea tanto o más acabada que el estatismo como es la Tercera Vía de los años 90, que si no cebó la crisis, tampoco supo verla ni prevenirla.

La socialdemocracia, citando a Norberto Bobbio, se distingue por un énfasis claro en una igualdad que no ha de entenderse como contraposición a la libertad, sino como elemento indisociable de su ejercicio real. Albert Camus se planteó la misma cuestión en relación al papel del intelectual, y aunque con un tono propio de la época y el país que puede chirriar en nuestro slang posmoderno, no deja de ser una verdad olvidada por muchos líderes socialdemócratas durante demasiados años: “Hay que estar con aquellos que padecen la historia, no con los que la hacen”.           

“La precariedad laboral y el aumento de la desigualdad en sociedades antes más cohesionadas es insostenible y pone en riesgo el pacto social e intergeneracional.”

En un interesante artículo, el politólogo Pablo Simón desmentía con agudeza y sencillez que la suma de minorías históricamente agraviadas fuera incompatible con un relato general basado en la distinción clásica entre izquierda y derecha. Los estudios sociales muestran que los votantes favorables a una mayor redistribución de la riqueza son en gran medida aquellos que en otros ejes se muestran más sensibles a las reivindicaciones LGTBI, a la igualdad entre hombres y mujeres o a la atención de los dependientes y los inmigrantes. La socialdemocracia, por tanto, tiene también aquí un campo de acción enorme para armar una coalición social ganadora, cuyos problemas específicos no son incompatibles con una idea inclusiva del país.

La socialdemocracia es más necesaria y urgente que nunca, y si muere no será porque no hay problemas sociales y democráticos a los que responder desde sus fundamentos básicos. En términos económicos y sociales, la precariedad laboral y el aumento de la desigualdad en sociedades antes más cohesionadas es insostenible y pone en riesgo el pacto social e intergeneracional. En el plano político e institucional, el autoritarismo eficiente de Asia, el auge y la estabilidad del populismo reaccionario o la regresión del Estado de derecho en la propia Europa nos muestra que no nos jugamos sólo la socialdemocracia, sino la democracia misma.

Podemos concluir, como Mark Twain, que los rumores sobre la muerte de la socialdemocracia, además de ocasionalmente interesados, son también exagerados.   

Continúa leyendo: El globo. Cómo puedes combatir la desinformación y por qué no debes usar la expresión ‘noticias falsas’
Foto: Diseño para una nave aérea por Sir George Cayley
Smithsonian Library

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El globo. Cómo puedes
combatir la desinformación y por
qué no debes usar la expresión ‘noticias falsas’

“¡Asombrosas noticias!”. Así arrancaba el relato que el escritor Edgar Allan Poe publicó en las páginas del New York Sun el sábado 13 de abril de 1844. El texto, que se puede encontrar aquí traducido al español por Julio Cortázar, contaba la historia de ocho hombres que habían despegado desde Londres y habían cruzado el Atlántico en globo en apenas 75 horas.

Unos días después, Poe contó en las páginas de una revista cómo se había apostado sin éxito junto a la sede del diario para advertir a sus lectores de que era un relato falso. Nadie había cruzado en globo el océano: la historia era fruto de la imaginación de su autor. “La plaza que rodeaba el edificio del Sun fue sitiada desde el amanecer hasta las dos de la tarde”, escribió Poe. “Nunca vi una excitación más intensa por hacerse con un ejemplar del periódico”.

El globo. Cómo puedes combatir la desinformación y por qué no debes usar la expresión ‘noticias falsas’
“¡Cruzar el Atlántico en tres días! ¡Señal del triunfo de la máquina voladora del Sr. Monck Mason!” se puede leer en el ejemplar de The Sun en 1844. | Imagen vía Wikipedia.

Poe cobró por su historia unos 50 dólares: el equivalente a unos 1.580 dólares de 2018. Acababa de llegar a Nueva York recién casado y se alojaba con su esposa en una pensión del Village. El dinero del artículo le permitió mudarse con ella a un lugar mejor. El relato del globo incluía elementos presentes en los bulos que mejor circulan ahora por internet. Reproducía pasajes de un texto ya publicado, incluía una ilustración como evidencia gráfica y estaba basado en un hecho real: el viaje a la ciudad alemana de Weilburg del inglés Monck Mason, que escribió un tratado de aeronáutica y se arruinó programando ópera en varios teatros del West End.

Poe escribió una historia verosímil y se las arregló establecer una conexión emocional con una audiencia fascinada por los avances de la revolución industrial. Los bulos son un espejo de las obsesiones de su tiempo. Los que se publican hoy no reflejan ese asombro inocente por el progreso sino el temor a un futuro distópico dominado por la tecnología, el terrorismo o la polarización.

“Una noticia falsa es un oxímoron. Es también un término impreciso que a menudo se usa para definir fenómenos bien distintos y que se ha convertido en un arma arrojadiza de los enemigos de la verdad.”

El bulo del globo era también fruto de un nuevo modelo de negocio: el de los diarios populares que captaban la atención de una audiencia masiva para hacer dinero con la publicidad. Al contrario que los panfletos ideológicos de los tiempos de Hamilton o Jefferson, diarios como el Sun no eran foros de debate político sino instrumentos de mercado y engordaban su tirada a base de publicar relatos falsos como el de Poe.

El avance de la alfabetización, la evolución de la publicidad y la profesionalización del periodismo crearon un espacio para el ascenso de la prensa seria después de la I Guerra Mundial. En un mundo cada vez más complejo e interconectado y con muy pocas rotativas, los periodistas nos convertimos en árbitros del debate público y guardianes de la realidad.

“Esperamos que el periódico nos dé la verdad aunque la verdad no sea rentable”, escribía Walter Lippmann en La opinión pública (1922) precisamente en los albores de esa edad dorada del periodismo de calidad.

Durante varias décadas, la verdad fue muy rentable para los diarios pero el modelo tenía un punto débil como advirtió el propio Lippmann: era (casi) gratuito para la audiencia y se asentaba sobre el subsidio de la publicidad. “A un periódico se le juzga como si fuera una iglesia o una escuela pero uno fracasa si intenta hacer esa comparación”, escribió Lippmann. “El contribuyente paga por la escuela pública y hay ayudas y colectas para la iglesia. (…) A juzgar por la actitud de los lectores, una prensa libre quiere decir periódicos casi gratuitos”.

El globo. Cómo puedes combatir la desinformación y por qué no debes usar la expresión ‘noticias falsas’ 1
Ilustración que acompañaba al artículo de Poe. | Imagen vía Wikipedia.

El mundo en el que floreció esa prensa de calidad ya no existe. Lo de menos es que los diarios hayan visto cómo mermaban sus ingresos y hayan reducido sus plantillas. Lo importante es que perdieron el monopolio de la distribución. Hoy cualquiera puede lanzar un mensaje a través de Facebook y alcanzar a millones de personas, y ese escenario nos ha devuelto a la cacofonía de la esfera pública decimonónica con dos agravantes: crear bulos y distribuirlos es mucho más sencillo en el entorno digital.

Algunas voces definen este nuevo entorno como la era de las noticias falsas. Pero una noticia falsa es un oxímoron. Es también un término impreciso que a menudo se usa para definir fenómenos bien distintos y que se ha convertido en un arma arrojadiza de los enemigos de la verdad. No es lo mismo el error bienintencionado de un periodista o un argumento provocador que la manipulación a conciencia de la realidad. Y sin embargo esas tres cosas son fake news para líderes autoritarios como Nicolás Maduro, Rodrigo Duterte o Donald Trump, que usan la etiqueta como una herramienta para amedrentar a columnistas díscolos o a reporteros que intentan buscar la verdad.

Desterrar el término fake news es una de las propuestas de los periodistas Claire Wardle y Hossein Derakhsan, autores del informe Information Disorder, publicado por el Consejo de Europa en septiembre de 2017. El texto incluye recomendaciones para periodistas, gobiernos y plataformas como Facebook y es el análisis más completo de la desinformación en la era digital.

Esa desinformación se ha agudizado por la naturaleza de las redes sociales, que aceleran la comunicación y difuminan la diferencia entre el emisor y el receptor. La inmediatez y la brevedad de los mensajes potencian los discursos emocionales y crean un espacio poco propicio para el discurso racional. En este entorno se crean cámaras de eco y es más cierta que nunca la teoría del profesor James Carey, que percibía la comunicación no como “el acto de transmitir información sino como la representación de unas creencias compartidas”. Es decir, como una especie de ritual.

En este entorno, es más fácil que nunca crear y difundir relatos falsos a escala global. Un periódico serio es una voz más entre muchas voces y a menudo está en desventaja. La prosa fría es menos atractiva que las soflamas y producir bulos es más rápido y más barato que investigar en los detalles de la realidad. Y sin embargo no todos los bulos funcionan igual. Como la invención del globo de Poe, los bulos más exitosos incluyen elementos visuales, proponen un relato poderoso y apelan a las emociones. A menudo funcionan mejor los que nos conectan con nuestros propios códigos presentando ejemplos concretos de la maldad del adversario o de nuestra superioridad moral. La llamada de la tribu nos hace más crédulos. Son nuestros estereotipos los que nos guían por la realidad.

“La prosa fría es menos atractiva que las soflamas y producir bulos es más rápido y más barato que investigar en los detalles de la realidad.”

Esa debilidad la aprovechan quienes buscan nuestra atención con fines espurios. A veces por dinero como los adolescentes macedonios que explotaron el sectarismo de los seguidores de Trump durante la campaña. A menudo con un objetivo político como los satélites del Kremlin, que esconden los problemas de Putin y alimentan las voces más extremas en cualquier crisis europea. También por supuesto en el laberinto catalán.

Esos actores políticos son los más peligrosos y contaminan el espacio público con instrumentos muy diversos. Publican imágenes viejas como si fueran nuevas. Reclutan bots y trolls de carne y hueso contra medios y periodistas incómodos. Financian falsos institutos de pensamiento para difundir ideas afines. Difunden filtraciones a medida para influir en un proceso electoral.

Me refiero a regímenes y a líderes autoritarios. Pero también a políticos, activistas y ejecutivos de grandes empresas que aprovechan este nuevo entorno para lanzar sus mensajes de siempre sin tener que someterse al escrutinio de ningún intermediario. El objetivo de muchos de esos actores no es tanto convencernos de que los bulos que difunden son ciertos como lograr que no seamos capaces de distinguir entre sus mentiras y la verdad.

“Es importante elaborar mensajes sencillos y visuales. Llamar a los mentirosos por su nombre y cubrir más sus métodos que sus mentiras.”

Esa polución del espacio público es una oportunidad evidente para nosotros los periodistas. Al fin y al cabo, en esta atmósfera son cada vez más valiosas las voces capaces de separar lo importante de lo superfluo y de transmitir lo que ocurre con autoridad. Y sin embargo a menudo quienes dirigen los medios ignoran este empeño. Prefieren usar su influencia menguante para cortejar al poder, mendigar dinero público para perseguir el tráfico a cualquier precio con historias que son un insulto a la inteligencia del lector.

Los periodistas aún podemos impulsar la lucha contra la propaganda. Pero sólo si tratamos a nuestra audiencia sin arrogancia y combatimos a los manipuladores con sus propias armas y en las mismas redes donde difuminan la verdad. Es importante elaborar mensajes sencillos y visuales. Llamar a los mentirosos por su nombre y cubrir más sus métodos que sus mentiras. Crear juegos didácticos y abrir espacios que atenúen las cámaras de eco. Estimular el escepticismo y la curiosidad de los lectores. Llevar el rigor de nuestros artículos a las aplicaciones de mensajería. Encontrar modelos de negocios que recompensen nuestros mejores instintos. Encontrar una palanca emocional que nos permita conectar con una audiencia que es consciente de que sólo somos una voz más.

La batalla que se avecina no será fácil. Hay herramientas que ya permiten crear un audio o un vídeo en el que un personaje público diga algo que no ha dicho nunca. Muy pronto la inteligencia artificial permitirá crear bulos adaptados a los prejuicios de cada persona y difundirlos con un ejército de bots. De nada sirve llorar por un mundo que ya no existe. Es hora de defender la verdad con nuestras mejores armas: la independencia, la tecnología y la libertad. En esa lucha no podrán enrolarse ni los sectarios ni los cortesanos ni los drogadictos del clic. Basta recordar lo que le ocurrió a Edgar Allan Poe cuando intentó retractarse del camelo del globo. Dijo que era mentira y nadie le creyó.

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Jean D'Ormesson o el arte
de la dicha

El júbilo, la irrenunciable alegría de vivir de quien a la vez es plenamente consciente de las sombras de la existencia y de que como hombre afortunado habla, son pilares ineludibles de la obra literaria y ensayística de Jean D’Ormesson (1925-2017), tanto que sus opiniones políticas menos generales y sus invenciones novelescas –recogidas en vida en un volumen en La Pléiade, salvo la póstuma Et moi je vis toujours, recién aparecida– quedan para mí en un segundo plano: «¿Qué otra cosa he hecho desde siempre sino cantar a la vida?» (C’était bien, 2003).

Ese canto a la existencia, ese empeño de vivirla de manera gozosa y entusiasta, cobra particular importancia en una época convulsa, sombría, velada de incertidumbres, en la que la alegría, el optimismo, la simpatía, la curiosidad y generosidad intelectuales, o la simple cordialidad se ven como algo reaccionario o solo banderizo, y lo que se lleva con fruición es el sectarismo y el vivir de manera feroz en enemigos irreconciliables. Y junto a lo anterior, la capacidad de deslumbramiento, de maravillamiento, propias de grandes viajeros, como el suizo Bouvier, mantenidas vivas y reivindicadas cada vez de manera más firme conforme se acercaba el fin de su vida. D’Ormesson demostró que se podía defender con firmeza las propias ideas –de un conservador gaullista con muchos giros de librepensador liberal en su caso–, y tender la mano a diestra y siniestra.

Lástima que haya sido tan poco publicado en castellano, pero lo suficiente para conocer cuando menos su obra novelesca: la trilogía compuesta por Todos andan locos por ella, El viento de la tarde y La felicidad en San Miniato, El judío errante, La gloria del imperio… Novelas en las que con fortuna se mezcla la autobiografía y la fantasía histórica, pero insuficientes para conocer al pensador de obra ensayística muy copiosa.

“A D’Ormesson no había que leerlo porque era de derechas y representaba a la burguesía no ya conservadora, sino reaccionaria, que leía Le Figaro, cuando no se sabía distinguir el conservadurismo liberal europeísta del nacionalismo autoritario de mala traza.”

D’Ormesson es otro ejemplo de cómo un estricto valor literario queda ensombrecido por unas ideas políticas, un éxito mediático –indudable en su caso– y una posición social de privilegio: académico, alto funcionario, director de un periódico, orígenes aristocráticos…. Autor de referencia para lectores de Le Figaro y denostado por una izquierda ilustrada que se resiste todavía a concederle su valor literario, y al final bandera de facción y fronda literaria. D’Ormesson fue más que eso y más que un elegante y sonriente adorno de la sociedad literaria que sabía brillar en el arte de la conversación, un personaje inevitable de la vida pública y del beau monde. Pienso en todos los volúmenes de recuerdos, apólogos, pequeños tratados o breviarios (por utilizar el término de Pascal Quignard) escritos por el filósofo, el historiador y por el poeta que se escondía en la pasión por la literatura y los versos ajenos.

De sus páginas memorialísticas se deduce que salió indemne de todas las trapisondas políticas periodísticas, literarias, académicas, de su época, en las que estuvo presente, con un bagaje de más amistades –confesó haber tenido «relaciones tumultuosas», con François Mitterand– que enemistades, que las tuvo. Páginas esas en las que cuando habla de sí mismo lo hace con una ligereza con la que se hace perdonar hasta la falsa modestia. Estilo y discreción.

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Jean d’Ormesson feu elegido por la Academia Francesa a la edad de 48 años. En 1980, él defenderá la candidatura de Marguerite Yourcenar quien se convertirá en la primera mujer elegida por la Academia. | Foto vía 20minutes.fr

Olvido la agria y turbia polémica que tuvo con Jean Ferrat a propósito de su canción Un air de liberté y la guerra de Indochina  y de la que me acuerdo cada vez que la escucho. Leo a D’Ormesson y escucho a Ferrat cuando canta a Louis Aragon.

Entre las devociones literarias de D’Ormesson estaba Louis Aragon y estaba Paul Morand, con quien tuvo una amistad estrecha, a juzgar por las entradas del Journal Inutile y por las referencias que l’homme pressé hace en su correspondencia con Jacques Chardonne. A Morand le gustaban mucho los artículos de D’Ormesson en Arts, el semanario de referencia de la época de los Hussards –«la cultura de la provocación», entre 1952 y 1966– con los que tuvo relación, aunque no formara en su escuadrón: Roger Nimier, Antoine Blondin, Jacques Laurent, Michel Déon… y el crítico Bernard Frank al fondo, con quien no se llevaba bien (me temo que se perdonaban mutuamente la vida). Morand tuvo en mucha estima a D’Ormesson y fue él quien le incitó a presentarse a la Academia.

A D’Ormesson no había que leerlo porque era de derechas y representaba a la burguesía no ya conservadora, sino reaccionaria, que leía Le Figaro, cuando no se sabía distinguir el conservadurismo liberal europeísta del nacionalismo autoritario de mala traza. Citarlo era hacerse sospechoso de tibieza o de complicidad. Pero Pour-quoi pas… ¿Por qué retirar a un escritor por sus ideas políticas al anaquel de los réprobos e ilegibles? La literatura es otra cosa, no se puede cercenarla de esa manera y reducirla a la lectura sectaria y militante. Eso es limitarse mucho, cuando el mismo autor estaba en un envidiable lugar por encima de capillas, cenáculos y hasta partidos, por mucha fidelidad gaullista que tuviera… Bien es verdad que prefería los salones mundanos, cuya necrológica escribió. Curiosas las «necrológicas» de D’Ormesson a las casas familiares o solariegas, como cepo, por ejemplo. En su elogio fúnebre, Jean-Marie Rouart, «uno de mis amigos más cercanos y queridos», le calificó de «agnóstico social».

“Todo D’Ormesson está en esos breviarios éticos de balance vital y de celebración de la existencia, de gratitud por estar vivo, en su propuesta de no renegar de la dicha del vivir, por muy sórdido que sea el mundo, que lo es, y la época que nos haya tocado vivir.”

En 2003, D’Ormesson, oteando el final, escribió el que es para mí uno de sus libros mayores, C’était bien, pero el fin estaba más lejos y aun tuvo tiempo de ver publicado sus memorias de título significativo Je dirai malgré tout que cette vie fut belle y su Guide des égarés, título que toma prestado a Maimonides… ¿No será el extravío una clave de nuestra época? Todo D’Ormesson está en esos breviarios éticos de balance vital y de celebración de la existencia, de gratitud por estar vivo, en su propuesta de no renegar de la dicha del vivir, por muy sórdido que sea el mundo, que lo es, y la época que nos haya tocado vivir. No es fácil. Es más fácil ser un manso bobalicón o un negruras aferrado al aluvión de desastres y tragedias del presente y del pasado, que encontrar un equilibrio humano entre unas y otras temperaturas vitales.  Lo fuera o no, en su obra se muestra como un cristiano profundamente creyente y esperanzado, un hándicap añadido para un público que se aferra con petulancia al zafio «han mandado retirar».

No es difícil rastrear la influencia de D’Ormesson en autores de los ochenta, en su gran valedor Rouart por ejemplo, y en otros, como Pierre-Jean Rémy y hasta Gonzague de Saint-Bris. Tampoco es difícil rastrear quién fue el artífice de que se le tradujera y publicara en España: Carlos Pujol, a quien entre líneas de El judío errante o de sus sagas familiares, veo: novelas históricas las suyas no, la historia como novela vivida y como invención, territorio del «cabe imaginar» genuino. D’Ormesson sabía de qué hablaba y podía jugar con ello, dioramas de época en los que figuras literarias, dramas históricos, recuerdos familiares se mezclan con fortuna. Puede que las suyas sean novelas que ya no se escriben, pero al margen de ser leídas por conjurados de la literatura, su propuesta vital es todo un reto: el júbilo por encima de todo.

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