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Jean D'Ormesson o el arte
de la dicha

El júbilo, la irrenunciable alegría de vivir de quien a la vez es plenamente consciente de las sombras de la existencia y de que como hombre afortunado habla, son pilares ineludibles de la obra literaria y ensayística de Jean D’Ormesson (1925-2017), tanto que sus opiniones políticas menos generales y sus invenciones novelescas –recogidas en vida en un volumen en La Pléiade, salvo la póstuma Et moi je vis toujours, recién aparecida– quedan para mí en un segundo plano: «¿Qué otra cosa he hecho desde siempre sino cantar a la vida?» (C’était bien, 2003).

Ese canto a la existencia, ese empeño de vivirla de manera gozosa y entusiasta, cobra particular importancia en una época convulsa, sombría, velada de incertidumbres, en la que la alegría, el optimismo, la simpatía, la curiosidad y generosidad intelectuales, o la simple cordialidad se ven como algo reaccionario o solo banderizo, y lo que se lleva con fruición es el sectarismo y el vivir de manera feroz en enemigos irreconciliables. Y junto a lo anterior, la capacidad de deslumbramiento, de maravillamiento, propias de grandes viajeros, como el suizo Bouvier, mantenidas vivas y reivindicadas cada vez de manera más firme conforme se acercaba el fin de su vida. D’Ormesson demostró que se podía defender con firmeza las propias ideas –de un conservador gaullista con muchos giros de librepensador liberal en su caso–, y tender la mano a diestra y siniestra.

Lástima que haya sido tan poco publicado en castellano, pero lo suficiente para conocer cuando menos su obra novelesca: la trilogía compuesta por Todos andan locos por ella, El viento de la tarde y La felicidad en San Miniato, El judío errante, La gloria del imperio… Novelas en las que con fortuna se mezcla la autobiografía y la fantasía histórica, pero insuficientes para conocer al pensador de obra ensayística muy copiosa.

“A D’Ormesson no había que leerlo porque era de derechas y representaba a la burguesía no ya conservadora, sino reaccionaria, que leía Le Figaro, cuando no se sabía distinguir el conservadurismo liberal europeísta del nacionalismo autoritario de mala traza.”

D’Ormesson es otro ejemplo de cómo un estricto valor literario queda ensombrecido por unas ideas políticas, un éxito mediático –indudable en su caso– y una posición social de privilegio: académico, alto funcionario, director de un periódico, orígenes aristocráticos…. Autor de referencia para lectores de Le Figaro y denostado por una izquierda ilustrada que se resiste todavía a concederle su valor literario, y al final bandera de facción y fronda literaria. D’Ormesson fue más que eso y más que un elegante y sonriente adorno de la sociedad literaria que sabía brillar en el arte de la conversación, un personaje inevitable de la vida pública y del beau monde. Pienso en todos los volúmenes de recuerdos, apólogos, pequeños tratados o breviarios (por utilizar el término de Pascal Quignard) escritos por el filósofo, el historiador y por el poeta que se escondía en la pasión por la literatura y los versos ajenos.

De sus páginas memorialísticas se deduce que salió indemne de todas las trapisondas políticas periodísticas, literarias, académicas, de su época, en las que estuvo presente, con un bagaje de más amistades –confesó haber tenido «relaciones tumultuosas», con François Mitterand– que enemistades, que las tuvo. Páginas esas en las que cuando habla de sí mismo lo hace con una ligereza con la que se hace perdonar hasta la falsa modestia. Estilo y discreción.

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Jean d’Ormesson feu elegido por la Academia Francesa a la edad de 48 años. En 1980, él defenderá la candidatura de Marguerite Yourcenar quien se convertirá en la primera mujer elegida por la Academia. | Foto vía 20minutes.fr

Olvido la agria y turbia polémica que tuvo con Jean Ferrat a propósito de su canción Un air de liberté y la guerra de Indochina  y de la que me acuerdo cada vez que la escucho. Leo a D’Ormesson y escucho a Ferrat cuando canta a Louis Aragon.

Entre las devociones literarias de D’Ormesson estaba Louis Aragon y estaba Paul Morand, con quien tuvo una amistad estrecha, a juzgar por las entradas del Journal Inutile y por las referencias que l’homme pressé hace en su correspondencia con Jacques Chardonne. A Morand le gustaban mucho los artículos de D’Ormesson en Arts, el semanario de referencia de la época de los Hussards –«la cultura de la provocación», entre 1952 y 1966– con los que tuvo relación, aunque no formara en su escuadrón: Roger Nimier, Antoine Blondin, Jacques Laurent, Michel Déon… y el crítico Bernard Frank al fondo, con quien no se llevaba bien (me temo que se perdonaban mutuamente la vida). Morand tuvo en mucha estima a D’Ormesson y fue él quien le incitó a presentarse a la Academia.

A D’Ormesson no había que leerlo porque era de derechas y representaba a la burguesía no ya conservadora, sino reaccionaria, que leía Le Figaro, cuando no se sabía distinguir el conservadurismo liberal europeísta del nacionalismo autoritario de mala traza. Citarlo era hacerse sospechoso de tibieza o de complicidad. Pero Pour-quoi pas… ¿Por qué retirar a un escritor por sus ideas políticas al anaquel de los réprobos e ilegibles? La literatura es otra cosa, no se puede cercenarla de esa manera y reducirla a la lectura sectaria y militante. Eso es limitarse mucho, cuando el mismo autor estaba en un envidiable lugar por encima de capillas, cenáculos y hasta partidos, por mucha fidelidad gaullista que tuviera… Bien es verdad que prefería los salones mundanos, cuya necrológica escribió. Curiosas las «necrológicas» de D’Ormesson a las casas familiares o solariegas, como cepo, por ejemplo. En su elogio fúnebre, Jean-Marie Rouart, «uno de mis amigos más cercanos y queridos», le calificó de «agnóstico social».

“Todo D’Ormesson está en esos breviarios éticos de balance vital y de celebración de la existencia, de gratitud por estar vivo, en su propuesta de no renegar de la dicha del vivir, por muy sórdido que sea el mundo, que lo es, y la época que nos haya tocado vivir.”

En 2003, D’Ormesson, oteando el final, escribió el que es para mí uno de sus libros mayores, C’était bien, pero el fin estaba más lejos y aun tuvo tiempo de ver publicado sus memorias de título significativo Je dirai malgré tout que cette vie fut belle y su Guide des égarés, título que toma prestado a Maimonides… ¿No será el extravío una clave de nuestra época? Todo D’Ormesson está en esos breviarios éticos de balance vital y de celebración de la existencia, de gratitud por estar vivo, en su propuesta de no renegar de la dicha del vivir, por muy sórdido que sea el mundo, que lo es, y la época que nos haya tocado vivir. No es fácil. Es más fácil ser un manso bobalicón o un negruras aferrado al aluvión de desastres y tragedias del presente y del pasado, que encontrar un equilibrio humano entre unas y otras temperaturas vitales.  Lo fuera o no, en su obra se muestra como un cristiano profundamente creyente y esperanzado, un hándicap añadido para un público que se aferra con petulancia al zafio «han mandado retirar».

No es difícil rastrear la influencia de D’Ormesson en autores de los ochenta, en su gran valedor Rouart por ejemplo, y en otros, como Pierre-Jean Rémy y hasta Gonzague de Saint-Bris. Tampoco es difícil rastrear quién fue el artífice de que se le tradujera y publicara en España: Carlos Pujol, a quien entre líneas de El judío errante o de sus sagas familiares, veo: novelas históricas las suyas no, la historia como novela vivida y como invención, territorio del «cabe imaginar» genuino. D’Ormesson sabía de qué hablaba y podía jugar con ello, dioramas de época en los que figuras literarias, dramas históricos, recuerdos familiares se mezclan con fortuna. Puede que las suyas sean novelas que ya no se escriben, pero al margen de ser leídas por conjurados de la literatura, su propuesta vital es todo un reto: el júbilo por encima de todo.

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Foto: MANUEL CHAVES NOGALES

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España reconciliada: una
nueva mirada a nuestro exilio

Estamos acostumbradísimos a leer sobre “el exilio” republicano español de 1939, sin caer en la cuenta de que ese singular es verdaderamente impreciso, pues las experiencias que se albergan bajo esa triste etiqueta son tan numerosas como las personas que se vieron obligadas a sufrirlas. Y recurro al habitual verbo “sufrir” porque la del destierro es, quién podría dudarlo, una vivencia profundamente mutiladora e indeseable, y en muchos casos fue literalmente trágica, pero en algunos otros supuso también un mal menor si lo comparamos con la situación en la que quedaron algunos de los que permanecieron en una patria ya irreconocible y ajena, pobre y sometida. En determinadas circunstancias resultó que irse, forzosa o voluntariamente, fue lo que provocó no sólo la conservación de la vida y de la libertad, sino una nueva oportunidad, un crecimiento, un estímulo para recomenzar y prosperar. Hubo personas a las que, por desgracia, el exilio destrozó inmediatamente o consumió con lentitud cruel, pero otros, los más jóvenes, o los más emprendedores, o los menos traumatizados por daños cercanos, o quienes no dejaban seres queridos en España en situación de peligro, o quienes no habían tenido suerte laboral o económica antes de la guerra… pudieron sobreponerse y reaccionar. Esto vale también para los intelectuales y artistas, y, aunque cada caso ilustra una experiencia sustancialmente distinta, parece convincente la rotundidad con la que Pedro Salinas escribía a Guillermo de Torre en 1941: “Nosotros estamos mucho mejor, mil veces mejor. Haremos o no haremos, pero tenemos lo esencial, la libertad de hacer”.

España reconciliada: una nueva mirada a nuestro exilio 1
Catálogo de la exposición en el Instituto Cervantes

La profesora Biruté Ciplijauskaité se atrevió a explicar cómo el exilio pudo llegar a ser una oportunidad estupenda para las mujeres, algo que es perfectamente obvio en un caso como el de Zenobia Camprubí (quien, al fin y al cabo, más que marchándose estaba regresando a la América de sus orígenes familiares), pero también en el de muchas otras que obtuvieron trabajos casi impensables en España, tomaron con diligencia las riendas de sus nuevas vidas familiares y se adaptaron a los cambios y a los nuevos idiomas con una rapidez que delataba, en el fondo, cierta ilusión, la alegría íntima de estar comenzando algo. Pero no hace falta llegar a los casos (probablemente excepcionales) en que la diáspora fue, finalmente, una experiencia casi positiva, sino que en otras situaciones fue, por uno u otro motivo, algo no especialmente penoso, algo llevadero. José Moreno Villa o Luis Cernuda no tenían cargas familiares y sí conservaban una enorme curiosidad vital e incluso una necesidad más o menos consciente de un cambio profundo, Fernando de los Ríos pudo acomodar a toda su familia en Estados Unidos gracias a su poder adquisitivo, Max Aub estaba muy acostumbrado a hacer las maletas y encontró en México lo más parecido a un hogar que hubo en su errática vida, Juan Larrea fue dando tumbos pero finalmente derivó hacia una conmoción casi juanramoniana en su experiencia del paisaje americano: “La vida es perfecta. Es perfecta, pase lo que pase. Y su movimiento se reduce a dos grandes alas. Amor, inteligencia”.

En determinadas circunstancias resultó que irse, forzosa o voluntariamente, fue lo que provocó no sólo la conservación de la vida y de la libertad, sino una nueva oportunidad, un crecimiento, un estímulo para recomenzar y prosperar.

A Inglaterra fueron tres de los exiliados más admirables, hombres que ya en sus años españoles habían demostrado una distinción extraordinaria. Me refiero a Alberto Jiménez Fraud, Manuel Chaves Nogales y Arturo Barea. Los tres eran hondamente antifascistas desde mucho antes de que el fascismo hubiese mostrado su peor alcance, sus peores amenazas, pero tuvieron la lucidez suficiente como para no caer en el comunismo, manteniéndose siempre fieles a convicciones democráticas y parlamentarias, de signo socialista en el caso de Barea (como ocurrió en el de Aub, acusado falazmente de comunismo, algo que le llevó a campos de internamiento en Francia y Argelia, retrasando su exilio mexicano hasta 1942, cuando muchos de sus compatriotas desterrados ya habían obtenido puestos de trabajo y se habían familiarizado con su país de destino, construyendo lentamente pequeños círculos sociales), y de corte puramente liberal y racional en el de Chaves Nogales y el ex-director de la Residencia de Estudiantes. Barea se afilió enseguida al Partido Laborista, y en ello hubo toda una declaración de principios, y en todo caso encontró en Faringdon el tiempo y la calma para por fin ponerse a escribir todo lo que debía contar, comenzando por el principio, esto es, por la infancia del primer tomo de La forja de un rebelde.

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Barea junto a su segunda esposa, la periodista y traductora austriaca Ilsa Kulcsar.

En paralelo, Max Aub afirmaría en algún lugar del ya tardío Campo Francés (1965) que “mientras no escriba todo lo que he visto no podré seguir escribiendo todo lo que imagino”, y de allí surgió El Laberinto Mágico, esa hexalogía monumental, ambiciosa y cervantina, una obra dramática que no pudo no escribir un hombre que hasta ese momento había tendido a la broma, a la mixtificación, al juego, al “fake” literario (algo que en cierto sentido llegaría a teñir su forma de abordar el tema del exilio, tanto en su libro monográfico sobre Luis Buñuel –otro exiliado muy heterodoxo– como, sobre todo, en el cuento “La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco”, en el que se permite bromear sobre la fama de pesados que pudieron llegar a adquirir los exiliados españoles en determinados ámbitos mexicanos, algo sobre lo que también escribió en sus diarios ese “niño de la guerra” que fue el poeta valenciano Tomás Segovia).

Todos ellos y muchos otros dan ejemplo de modos de vivir la diáspora forzosa ya no sólo con dignidad sino con altura de miras, con energía, no sé si con optimismo en todos los casos pero desde luego con entereza.

Y mientras Barea escribía su forja y Aub su laberinto, Ramón J. Sender escribía las últimas novelas de su enealogía Crónica del alba, y con ellas el otro gran proyecto narrativo que desde el destierro se escribió sobre la guerra. Sender (aunque sería el primero en regresar de paso a España) sí era comunista, casi anarquista en realidad, y escribió su duelo en sucesivas estancias en Francia, México y, finalmente, Estados Unidos, donde consiguió echar raíces y trabajar.

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Todos ellos y muchos otros dan ejemplo de modos de vivir la diáspora forzosa ya no sólo con dignidad sino con altura de miras, con energía, no sé si con optimismo en todos los casos pero desde luego con entereza. Sender (como le ocurrió a Ramón Gaya) había perdido a su mujer por culpa de los bombardeos, pero tuvo que resistir, y lo hicieron con menos languidez que otros que, como Juan Ramón Jiménez o Benjamín Jarnés, tenían menos que lamentar, o por lo menos no habían perdido a seres tan próximos. No se trata, por supuesto, de hacer comparaciones ni emitir juicios morales de ninguna naturaleza, sino simplemente de explicar que la obligación de ausentarse de España (fuese definitiva o no) es algo que fue vivido de modos muy diferentes en cada uno de los casos, y que, por tanto, hemos de hablar de “exilios”, experiencias únicas y diferentes. Si aquel sabio humilde que fue Claudio Guillén comenzó su precioso opúsculo sobre El sol de los desterrados con aquella inolvidable frase, “Innumerables, los desterrados”, habría que afirmar, con igual convicción “Innumerables, los destierros; innumerables las formas de vivirlos y superarlos (o no)”.

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Foto: EFE
Archivo

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¿Un Pla desconcertante?

La aparición de unas notas ensayísticas de Josep Pla inéditas –recopiladas en el volumen Hacerse todas las ilusiones posibles, al cuidado del filólogo Francesc Montero– ha tenido un impacto considerable en el actual debate civil catalán. Este volumen construido más bien a partir de recortes y de temática dispersa, escritos o reelaborados hace más de medio siglo, ha llegado ya a su quinta edición. En tiempos de liposucción interesada de la discusión pública, la noticia es espléndida. Porque es probable que la repercusión del libro no haya sido ajena, como casi nada, al momento crítico –en lo social, político e institucional– que sigue atravesando Cataluña y, en consecuencia, el conjunto de España.

En realidad tal vez el actual contexto, tan anómalo, haya facilitado tanto su éxito como su incomprensión o su sobreinterpretación.

Pero para el lector de sus viejos papeles, el Pla de las nuevas notas no debería ser un desconocido sino que le confirmaría un determinado perfil: el de un catalanista radical y esencialista, conservador y en ocasiones antisistema, que, consciente de las coordenadas políticas nacionales e internacionales, más que un discurso reactivo o defensivo, analizaba la realidad en términos pragmáticos. Pla, además de un literato universal tantas veces enraizado a lo local (lo sabe el lector de sus primeros viajes de postguerra, el Viaje en autobús y el Viaje a pie), nunca dejó de pensar políticamente la realidad y, como sabe cualquiera que no se haya aproximado a sus libros con prejuicios o anteojeras, uno de los bloques más compactos de su obra integral fue su reflexión sobre la aptitud de los catalanes para la política y, ligado a esta preocupación, su juicio tantas veces escéptico sobre la acción política del catalanismo a la hora de gobernar. Es una veta que arranca con sus formidables ensayos escritos en 1924 para la Revista de Catalunya, tal vez tenga como cima su biografía del líder conservador Francesc Cambó y su mejor concreción periodística en las crónicas partidistas dictadas desde Madrid durante los grises días republicanos. Con la excepción de las crónicas, algunas de las cuales han podido releerse ahora en Tres periodistas de la Revolución de Asturias, es una parte del corpus que aún no ha sido traducido al castellano.

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Inauguración de la Exposición Itinerante dedicada al escritor y periodista Josep Pla. Detalle de la exposición de 1991. | Foto: Archivo Efe

Leído como parte integrante de su obra política sobre Cataluña y España, la principal atracción de este nuevo zibaldone de Pla es descubrir al viejo moralista atento a otro momento crítico del Estado. Seamos claros. En estas notas privadas, su juicio era implacable:

“España es un embalse de mierda de unas proporciones generales fantásticas”.

Pero a diferencia del fosilizado Gaziel de aquel momento, ahogado en esa charca, Pla no sólo la describe sino que se atreve a cruzarla. Para mí lo fascinante es que Pla asistirá, con interés ambiguo, siempre como un nacionalista pragmático, a la transformación de esa realidad pútrida. No desde la distancia. Casi desde dentro. Porque aunque aparentaba estar lejos de todo secuestrado por su manía de escribir en el Empordà, quizá nunca como entonces, entre finales de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, aquel Montaigne disfrazado de payés estuvo tan cerca del poder real.

Me explico. Ante el posible colapso económico de la dictadura, Pla, sin pretenderlo, se reveló como una figura senatorial para parte de la élite catalana que impulsaba los Planes de Desarrollo u ocupaba centros de decisión relevante. La pieza clave de su vinculación a esos círculos fue un insider más que influyente: Manuel Ortínez. Por entonces Ortínez era el director general del Servicio Comercial de la Industria Textil Algodonera, la plataforma que en aquel momento representaba a la gran industria catalana. Y es Ortínez quien organizó entorno a Pla una tertulia informal a la que asistían empresarios, intelectuales o catedráticos que, a pesar de ser mayoritariamente antifranquistas, estaban comprometidos con la modernización del país. Parece como si hubiesen escuchado, más que Notícia de Catalunya, esa admonición a la nueva burguesía que era Industrials i polítics del siglo XIX de Jaume Vicens Vives. Puro regionalismo catalanista. Aquel que Pla mismo subrayó en el retrato que dedicó a Vicens poco después de su muerte.

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Josep Pla en el despacho de su domicilio de “Mas Pla” en la localidad gerundense de Llofriu. | Foto: Archivo Efe

De esos encuentros con esa elite hay rastros en Hacerse todas las ilusiones posibles, igual que los había en el penúltimo inédito: las agendas tituladas La vida lenta, editadas por el profesor Xavier Pla (a quien deberíamos liberar de todo para que acabe la biografía de Pla que nos debe). Ese grupo compacto no pretendía reforzar la dictadura, ni de broma, pero sí salvar la economía del país para evitar el colapso de la sociedad. ¿Claudicación? No es tan simple, pero no es una decisión nada inocente. La quiebra moral que implicaba esa colaboración con el sistema –la del gran Joan Sardà o la del profesor Fabián Estapé- aquí la describe Pla con admirable precisión.

“Las dictaduras lo corrompen todo, porque como sólo pueden combatirse desde dentro, crean apariencias de duplicidad escandalosas”.

También en el libro, en algunas páginas sobre el alcohol como refugio ante una realidad devastadora, demuestra la clarividencia con la que Pla sobrevivía en un contexto de perversión civil.

Pero lo que revela la complejidad de la figura de Pla es que, al tiempo que era cómplice de la estrategia pragmática de ese grupo, con Ortínez, participaba al mismo tiempo de algunas acciones digamos de sabotaje –y le robo la denominación al todoterreno Joan Safont–. Toda vez que el lobby del textil catalán quería proyectarse en la nueva realidad creada por los Planes de Desarrollo, adquirieron un periódico para hacerse con una posición de prestigio en el debate público. Así El Correo Catalán devino una herramienta de divulgación constante del desarrollismo a través de la cual se ensayaba un nuevo regionalismo catalán. En su viejo afán de atacar al sistema –y, en este caso, el sistema periodístico barcelonés era La Vanguardia-, Pla empezó a colaborar en El Correo donde, como siempre, no tardó en denunciar de una manera radical el sometimiento de la lengua catalana.

  • Pero es que además, también en ese momento, ese grupo hizo una inversión de futuro cuya rentabilidad era más que improbable. Su bróker, otra vez, fue Ortínez. Apostaron por el olvidado president en el exilio Josep Tarradellas. Por eso Tarradellas había logrado establecer relación con Vicens Vives, por eso recibía la ayuda económica del lobby textil a –los lobbies dedicó Pla su primer artículo en El Correo– y por eso Pla, como mínimo en dos ocasiones, se reunió con Tarradellas aquel 1960.

Es uno hilo diseminado en el inédito ahora publicado, pero además encaja con otro documento que aún no ha podido leerse en español: el largo informe que Pla redactó tras 22 horas de conversación con el presidente exiliado. Allí aparecen algunas informaciones valiosas, pero sobre todo una descripción perspicaz. Ve en Tarradellas lo que él es.

“Es más personalmente separado que políticamente separatista”.

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El presidente de la Fundación Josep Pla, Federic Suñer, deposita un ramo de flores en la tumba de Josep Pla, con motivo de la conmemoración del veinte aniversario de su muerte. | Foto: Efe / Robin Townsend

Y precisamente por ello, porque descubre a un catalanista pensándose sobre todo como hombre de gobierno, Pla, tras el desconcierto, queda fascinado. “Me encontré con un político como pocos he conocido a lo largo de la historia que hemos vivido: un hombre claro, coherente, buen observador, sin brillantina, cauto, astuto, inteligente, prudente y valiente, formado para una navegación difícil y larga”. Le pareció haber descubierto, por fin, un hombre de gobierno.

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Foto: Diseño para una nave aérea por Sir George Cayley
Smithsonian Library

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El globo. Cómo puedes
combatir la desinformación y por
qué no debes usar la expresión ‘noticias falsas’

“¡Asombrosas noticias!”. Así arrancaba el relato que el escritor Edgar Allan Poe publicó en las páginas del New York Sun el sábado 13 de abril de 1844. El texto, que se puede encontrar aquí traducido al español por Julio Cortázar, contaba la historia de ocho hombres que habían despegado desde Londres y habían cruzado el Atlántico en globo en apenas 75 horas.

Unos días después, Poe contó en las páginas de una revista cómo se había apostado sin éxito junto a la sede del diario para advertir a sus lectores de que era un relato falso. Nadie había cruzado en globo el océano: la historia era fruto de la imaginación de su autor. “La plaza que rodeaba el edificio del Sun fue sitiada desde el amanecer hasta las dos de la tarde”, escribió Poe. “Nunca vi una excitación más intensa por hacerse con un ejemplar del periódico”.

El globo. Cómo puedes combatir la desinformación y por qué no debes usar la expresión ‘noticias falsas’
“¡Cruzar el Atlántico en tres días! ¡Señal del triunfo de la máquina voladora del Sr. Monck Mason!” se puede leer en el ejemplar de The Sun en 1844. | Imagen vía Wikipedia.

Poe cobró por su historia unos 50 dólares: el equivalente a unos 1.580 dólares de 2018. Acababa de llegar a Nueva York recién casado y se alojaba con su esposa en una pensión del Village. El dinero del artículo le permitió mudarse con ella a un lugar mejor. El relato del globo incluía elementos presentes en los bulos que mejor circulan ahora por internet. Reproducía pasajes de un texto ya publicado, incluía una ilustración como evidencia gráfica y estaba basado en un hecho real: el viaje a la ciudad alemana de Weilburg del inglés Monck Mason, que escribió un tratado de aeronáutica y se arruinó programando ópera en varios teatros del West End.

Poe escribió una historia verosímil y se las arregló establecer una conexión emocional con una audiencia fascinada por los avances de la revolución industrial. Los bulos son un espejo de las obsesiones de su tiempo. Los que se publican hoy no reflejan ese asombro inocente por el progreso sino el temor a un futuro distópico dominado por la tecnología, el terrorismo o la polarización.

“Una noticia falsa es un oxímoron. Es también un término impreciso que a menudo se usa para definir fenómenos bien distintos y que se ha convertido en un arma arrojadiza de los enemigos de la verdad.”

El bulo del globo era también fruto de un nuevo modelo de negocio: el de los diarios populares que captaban la atención de una audiencia masiva para hacer dinero con la publicidad. Al contrario que los panfletos ideológicos de los tiempos de Hamilton o Jefferson, diarios como el Sun no eran foros de debate político sino instrumentos de mercado y engordaban su tirada a base de publicar relatos falsos como el de Poe.

El avance de la alfabetización, la evolución de la publicidad y la profesionalización del periodismo crearon un espacio para el ascenso de la prensa seria después de la I Guerra Mundial. En un mundo cada vez más complejo e interconectado y con muy pocas rotativas, los periodistas nos convertimos en árbitros del debate público y guardianes de la realidad.

“Esperamos que el periódico nos dé la verdad aunque la verdad no sea rentable”, escribía Walter Lippmann en La opinión pública (1922) precisamente en los albores de esa edad dorada del periodismo de calidad.

Durante varias décadas, la verdad fue muy rentable para los diarios pero el modelo tenía un punto débil como advirtió el propio Lippmann: era (casi) gratuito para la audiencia y se asentaba sobre el subsidio de la publicidad. “A un periódico se le juzga como si fuera una iglesia o una escuela pero uno fracasa si intenta hacer esa comparación”, escribió Lippmann. “El contribuyente paga por la escuela pública y hay ayudas y colectas para la iglesia. (…) A juzgar por la actitud de los lectores, una prensa libre quiere decir periódicos casi gratuitos”.

El globo. Cómo puedes combatir la desinformación y por qué no debes usar la expresión ‘noticias falsas’ 1
Ilustración que acompañaba al artículo de Poe. | Imagen vía Wikipedia.

El mundo en el que floreció esa prensa de calidad ya no existe. Lo de menos es que los diarios hayan visto cómo mermaban sus ingresos y hayan reducido sus plantillas. Lo importante es que perdieron el monopolio de la distribución. Hoy cualquiera puede lanzar un mensaje a través de Facebook y alcanzar a millones de personas, y ese escenario nos ha devuelto a la cacofonía de la esfera pública decimonónica con dos agravantes: crear bulos y distribuirlos es mucho más sencillo en el entorno digital.

Algunas voces definen este nuevo entorno como la era de las noticias falsas. Pero una noticia falsa es un oxímoron. Es también un término impreciso que a menudo se usa para definir fenómenos bien distintos y que se ha convertido en un arma arrojadiza de los enemigos de la verdad. No es lo mismo el error bienintencionado de un periodista o un argumento provocador que la manipulación a conciencia de la realidad. Y sin embargo esas tres cosas son fake news para líderes autoritarios como Nicolás Maduro, Rodrigo Duterte o Donald Trump, que usan la etiqueta como una herramienta para amedrentar a columnistas díscolos o a reporteros que intentan buscar la verdad.

Desterrar el término fake news es una de las propuestas de los periodistas Claire Wardle y Hossein Derakhsan, autores del informe Information Disorder, publicado por el Consejo de Europa en septiembre de 2017. El texto incluye recomendaciones para periodistas, gobiernos y plataformas como Facebook y es el análisis más completo de la desinformación en la era digital.

Esa desinformación se ha agudizado por la naturaleza de las redes sociales, que aceleran la comunicación y difuminan la diferencia entre el emisor y el receptor. La inmediatez y la brevedad de los mensajes potencian los discursos emocionales y crean un espacio poco propicio para el discurso racional. En este entorno se crean cámaras de eco y es más cierta que nunca la teoría del profesor James Carey, que percibía la comunicación no como “el acto de transmitir información sino como la representación de unas creencias compartidas”. Es decir, como una especie de ritual.

En este entorno, es más fácil que nunca crear y difundir relatos falsos a escala global. Un periódico serio es una voz más entre muchas voces y a menudo está en desventaja. La prosa fría es menos atractiva que las soflamas y producir bulos es más rápido y más barato que investigar en los detalles de la realidad. Y sin embargo no todos los bulos funcionan igual. Como la invención del globo de Poe, los bulos más exitosos incluyen elementos visuales, proponen un relato poderoso y apelan a las emociones. A menudo funcionan mejor los que nos conectan con nuestros propios códigos presentando ejemplos concretos de la maldad del adversario o de nuestra superioridad moral. La llamada de la tribu nos hace más crédulos. Son nuestros estereotipos los que nos guían por la realidad.

“La prosa fría es menos atractiva que las soflamas y producir bulos es más rápido y más barato que investigar en los detalles de la realidad.”

Esa debilidad la aprovechan quienes buscan nuestra atención con fines espurios. A veces por dinero como los adolescentes macedonios que explotaron el sectarismo de los seguidores de Trump durante la campaña. A menudo con un objetivo político como los satélites del Kremlin, que esconden los problemas de Putin y alimentan las voces más extremas en cualquier crisis europea. También por supuesto en el laberinto catalán.

Esos actores políticos son los más peligrosos y contaminan el espacio público con instrumentos muy diversos. Publican imágenes viejas como si fueran nuevas. Reclutan bots y trolls de carne y hueso contra medios y periodistas incómodos. Financian falsos institutos de pensamiento para difundir ideas afines. Difunden filtraciones a medida para influir en un proceso electoral.

Me refiero a regímenes y a líderes autoritarios. Pero también a políticos, activistas y ejecutivos de grandes empresas que aprovechan este nuevo entorno para lanzar sus mensajes de siempre sin tener que someterse al escrutinio de ningún intermediario. El objetivo de muchos de esos actores no es tanto convencernos de que los bulos que difunden son ciertos como lograr que no seamos capaces de distinguir entre sus mentiras y la verdad.

“Es importante elaborar mensajes sencillos y visuales. Llamar a los mentirosos por su nombre y cubrir más sus métodos que sus mentiras.”

Esa polución del espacio público es una oportunidad evidente para nosotros los periodistas. Al fin y al cabo, en esta atmósfera son cada vez más valiosas las voces capaces de separar lo importante de lo superfluo y de transmitir lo que ocurre con autoridad. Y sin embargo a menudo quienes dirigen los medios ignoran este empeño. Prefieren usar su influencia menguante para cortejar al poder, mendigar dinero público para perseguir el tráfico a cualquier precio con historias que son un insulto a la inteligencia del lector.

Los periodistas aún podemos impulsar la lucha contra la propaganda. Pero sólo si tratamos a nuestra audiencia sin arrogancia y combatimos a los manipuladores con sus propias armas y en las mismas redes donde difuminan la verdad. Es importante elaborar mensajes sencillos y visuales. Llamar a los mentirosos por su nombre y cubrir más sus métodos que sus mentiras. Crear juegos didácticos y abrir espacios que atenúen las cámaras de eco. Estimular el escepticismo y la curiosidad de los lectores. Llevar el rigor de nuestros artículos a las aplicaciones de mensajería. Encontrar modelos de negocios que recompensen nuestros mejores instintos. Encontrar una palanca emocional que nos permita conectar con una audiencia que es consciente de que sólo somos una voz más.

La batalla que se avecina no será fácil. Hay herramientas que ya permiten crear un audio o un vídeo en el que un personaje público diga algo que no ha dicho nunca. Muy pronto la inteligencia artificial permitirá crear bulos adaptados a los prejuicios de cada persona y difundirlos con un ejército de bots. De nada sirve llorar por un mundo que ya no existe. Es hora de defender la verdad con nuestras mejores armas: la independencia, la tecnología y la libertad. En esa lucha no podrán enrolarse ni los sectarios ni los cortesanos ni los drogadictos del clic. Basta recordar lo que le ocurrió a Edgar Allan Poe cuando intentó retractarse del camelo del globo. Dijo que era mentira y nadie le creyó.

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Foto: Pool
Reuters

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Felipe VI, el rey
prudente

Antes y después de llegar al trono, el 19 de junio de 2014, Felipe VI se ha caracterizado por conducirse con prudencia. Y quienes mejor conocen qué sucede más allá de los impermeables muros de la Zarzuela señalan a Jaime Alfonsín, jefe de la Casa del Rey, mano derecha y principal consejero, como responsable de la formación de Su Majestad. El Rey, moldeado por su asesor más cercano y por los acontecimientos que le ha tocado vivir, es ante todo un hombre prudente que justo ahora, cuando va a cumplir 50 años, se enfrenta a los dos quebraderos de cabeza que hornean sus preocupaciones y ensombrecen su reinado: el reto independentista en Cataluña y los problemas judiciales de su hermana, la infanta Cristina, e Iñaki Urdangarin.

Felipe VI es, todavía hoy y por paradójico que pueda parecer, un gran desconocido para los españoles.

Para la gran mayoría, la personalidad del jefe del Estado tiene forma de incógnita, sobre todo en los aspectos más íntimos. Un terreno poco explorado por la rigidez de una Casa que sobreprotege la imagen pública de la institución y, también, no puede negarse, por la atracción que siguen ejerciendo sobre la opinión pública tanto su esposa, la reina Letizia, como su padre, el rey emérito Juan Carlos I.

Para quienes mejor lo conocen, es un profesional de la Monarquía cuyo principal reto consiste, según palabras de uno de sus más cercanos, en “convertirse en un rey moderno”. Y es igualmente un hombre de carne y hueso que, por ello, también atesora sus flaquezas y contradicciones propias que, pese a no pocas trabas, tratamos de recoger con la mayor precisión posible en nuestro libro La corte de Felipe VI (2015, La Esfera de los Libros).

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Felipe VI en su más reciente apareción en DAVOS. | Foto: Denis Balibouse / Reuters.

Uno de los momentos más difíciles de su vida aconteció en las navidades del año 2001, cuando, durante un encuentro con periodistas, tuvo que anunciar la ruptura de su noviazgo con la noruega Eva Sannum, con quien pensaba contraer matrimonio contra viento, marea y razón de Estado y pese al criterio en contra del rey Juan Carlos y de buena parte de los ‘padres de la patria’ como Gregorio Peces Barba o el propio José María Aznar.

La boda iba en serio hasta que los atentados del 11-M se cruzaron en el camino del heredero y se decidió que el ambiente colectivo no estaba para fastos como los de una boda de Estado.

En aquel momento doloroso, dando la vida y el alma al desengaño, que diría el poeta, el entonces príncipe de Asturias comprendió mejor que nunca la amarga lección que conllevaba su destino; y aprendió también el juego táctico que luego pondría en marcha dentro de Zarzuela para forzar, pocos años después, el anuncio por sorpresa de su boda con la entonces periodista de Televisión Española, Letizia Ortiz, cuyo noviazgo fue fugaz y secreto precisamente para evitar caer en los mismos errores que habían frustrado su relación anterior.

Quizás lo que más ha moldeado la existencia del actual Rey de España es la llegada a su vida de Letizia Ortiz.

En aquella época se fraguó la ruptura de la corona con una parte de la nobleza y la clase alta patrias, que no salían de su asombro. No perdonaban los orígenes plebeyos de la periodista y que las hijas casaderas de toda esa casta de ilustres apellidos no hubieran sido tenidas en cuenta para tan trascendente momento de la monarquía. Letizia, hija de una sindicalista y nieta de un taxista, fue recibida con cajas destempladas por un sector de rancio abolengo y títulos heredados. Muchos, incluso algunos amigos del actual Rey, despreciaron a la hoy Reina como si fuera un capricho pasajero. Todos estos cortesanos asistieron después con hiriente estupor al fortalecimiento de la pareja, que ha alumbrado ya a dos hijas, la Princesa de Asturias, Leonor, y la infanta Sofía.

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La boda en 2004 del Felipe VI y Leticia Ortiz. | Foto: Pool / Reuters

Felipe VI no ha heredado, ni mucho menos, ese carácter tan campechano que popularizó su padre a lo largo de todo su reinado. Se parece más a su madre, atado al guión y al protocolo, con menos margen para la espontaneidad. Pero tampoco le faltan sentido del humor y sencillez a la hora de tratar a quienes recibe en audiencia. Es meticuloso cuando trabaja y, por ejemplo, siempre colabora activamente en la redacción de los discursos relevantes, frente a lo que hacía su padre.

No es un hombre taxativo, sino lleno de las cautelas que requiere el cargo.

Todo lo contrario que Letizia, que pueda llegar a apabullar con su capacidad para hacer quince afirmaciones por minuto. Su extremo cuidado para verter opiniones no es de nacimiento, sino entrenado por su preceptor, como ya se ha dicho. Teniendo en cuenta que cuando era niño, sus hermanas, Cristina y Elena, lo apodaban “Napoleón”, parece obvio que, tras esa pátina de hombre pausado y tranquilo, tiene hueco entre sus emociones para la ira y el enfado, sentimientos solo desatados lejos de los focos.

Sus buenos amigos, tanto los del círculo elitista de Madrid como los aficionados a la vela de Palma, saben bien que el hijo de Juan Carlos I esconde su lado travieso.

De contradicciones como la antedicha está hecho todo ser humano. Así, Felipe VI, al que más bien podría calificarse de tímido o reservado en público es, en la intimidad, un bailarín ducho en moverse a ritmo de salsa o un aficionado al gin-tonic. Sus buenos amigos, tanto los del círculo elitista de Madrid como los aficionados a la vela de Palma, saben bien que el hijo de Juan Carlos I esconde su lado travieso, como aquella noche en que robó los puros habanos de su padre junto a sus amigos de la navegación.

Por sus hechos los conoceréis. Felipe VI, que paradójicamente intenta huir del legado final de su padre, desveló sus cartas en su discurso de proclamación: “Una monarquía renovada para un tiempo nuevo”. No fue una afirmación baladí. Porque el Rey quería (y quiere) acabar con algunos viejos usos que se perpetuaron durante el reinado de Juan Carlos I. Algunos de estos cambios son fáciles de visualizar. Ha apartado de su lado a consejeros como Rafael Spottorno, salpicado en el caso de las tarjetas black; ha alejado de la Corona a personajes controvertidos como Carlos García Revenga, vinculado a las actividades irregulares del caso Nóos, o como su buen amigo Javier López Madrid, caído en desgracia por varios asuntos turbios; ha establecido un nuevo código de conducta para el personal de la Casa; o ha abierto las recepciones de Palacio a sectores más amplios que el Ibex 35.

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Selfie con granjeros en Siero. | Foto: Eloy Alonso / Reuters.

En su afán por dar ejemplo a la sociedad, Felipe VI ha tenido que lidiar, sobre todo, con los comportamientos poco ejemplares y judicializados de Iñaki Urdangarin y de la infanta Cristina. Ha roto todos los vínculos fraternos con su hermana y su cuñado. Precisamente en las próximas semanas se conocerá la sentencia del Tribunal Supremo sobre el caso Nóos y, previsiblemente, Urdangarin, que antes parecía perfecto y ahora parece sacado de la saga Torrente, entrará en prisión porque su condena será firme.

Un fantasma que vuelve para no dejar dormir al monarca.

Cataluña es su otro desvelo.

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El rey durante una visita a Portugal. | Foto: Miguel Vidal / Reuters

Sobre todo porque el Rey abandonó su principal característica, la prudencia, el pasado 3 de octubre de 2017, cuando, contra la opinión de algunos de sus más estrechos colaboradores, decidió pronunciar un discurso histórico en el que denunció la “deslealtad inadmisible” de la Generalitat y reclamó a los poderes del Estado que sofocasen lo que ocurría. El fantástico libro de Ana Romero El rey ante el espejo (La Esfera de los Libros), recién publicado, da buena cuenta de las dificultades con que se gestó el particular 23-F de Felipe VI. Aquella noche de octubre el monarca, prieto el mentón y sujetados los nervios, apareció ante los españoles con más determinación que nunca. Solo la historia dirá si acertó o si, por el contrario, debería haber sido, también en este caso, más prudente.

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