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Ni ingrato ni mentiroso

¿Cómo le sabe la vida a quien ya sabe de qué va?

La pregunta asume que la vida posee un sabor propio y distinto de las cosas particulares que se encuentra uno en ella. Y sugiere que, dada su esquiva y difusa naturaleza –vida como totalidad de la experiencia humana en perpetuo devenir-, no basta un ejercicio ordinario del gusto para captar su sabor, sino que se requiere un sentido más afinado, artísticamente educado, que sólo el paso del tiempo concede. Cuando todas estas circunstancias concurren, entonces el sabor de la vida se convierte en un saber.

La conciencia se asoma al mundo a través de cinco ventanas: vista, oído, tacto, gusto y olfato. Vemos, oímos, palpamos, saboreamos, olemos: las sensaciones nos suministran noticias del mundo exterior y nos informan de las propiedades que poseen las cosas que lo pueblan. Pero cuando la información se va acumulando, registrando y catalogando en la conciencia, ésta destila un conocimiento que trasciende el objeto concreto y que remite a un saber más general, abarcador de la realidad en su conjunto. Una cosa es oír y otra tener oído para la música; una, oler y, otra, tener olfato para la vida; una, degustar un plato y, otra, tener buen gusto para elegir objetos bellos o conducirse con elegancia; una, tocar un objeto y, otra, tener tacto para maniobrar en el mundo social; una, es ver y, otra, tener una visión o ser un visionario. Nótese el deslizamiento: desde el tener un sentido (sensual) para las cosas hasta que las cosas tengan o no sentido (simbólico). Los segundos elementos de cada uno de estos pares –ese tener gusto, tacto, olfato, oído o visión- nacen de una habilidad, un sentido no sensualista sino comunitario, en suma, un arte sobre cómo comportarse con acierto y oportunidad -¡con buen sentido!- en las sutilezas de la vida, tras haber depurado un conocimiento educado sobre su funcionamiento.

“El sabio por excelencia sería un maestro perfumero que ha cultivado un sentido espiritual para captar la esencia invisible de las cosas.”

El descrito deslizamiento de la sensación sensitiva hacia sabiduría abstracta ya se obra en la ambigüedad misma de la palabra “esencia”, que pertenece al reino físico de los olores exquisitos al mismo tiempo que al reino metafísico del ser. Designamos con “esencia” tanto un aroma muy concentrado que halaga nuestro olfato –esencia de un perfume- como, también, la naturaleza permanente y paradigmática de un objeto –la esencia de una mesa o de un triángulo-, aprehendida mediante un proceso intelectual que redunda en un conocimiento científico y culmina en una definición lingüística. Desde esta perspectiva, el sabio por excelencia sería un maestro perfumero que ha cultivado un sentido espiritual para captar la esencia invisible de las cosas.

Un deslizamiento paralelo de lo sensible a lo invisible es advertido por Ortega y Gasset en el sentido del gusto. Observa lo siguiente en una nota a pie de página de su gran libro La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva:

“La vida es una realidad de mil nombres y lo es porque consistiendo originariamente en un cierto sabor o temple -lo que Dilthey llama Lebensgefühl y Heidegger Befindlichkeit-, ese sabor no es único sino precisamente miriádico. A lo largo de su vida le va sabiendo su vivir a todo hombre con los más diversos y antagónicos sabores. De otro modo, el fenómeno radical “vida” no sería el enigma que es”.

Degusto algunas cosas, otras me producen disgusto y todas me dejan un cierto regusto cuando ya he dejado de gustarlas. El universo del sabor admite conjugaciones análogas: saboreo algo sabroso en tanto que lo que no lo es me parece insípido o deja resabios en mi paladar. El lenguaje permite un salto de significados desde las cosas particulares a los dominios de la experiencia humana: se dice que un negocio va a su sabor si progresa conforme al gusto del interesado mientras que en caso contrario el mencionado acumula sinsabores que le dejan mal sabor de boca.

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“Mira el cielo”. Grafitti en París.

La nota orteguiana añade a lo anterior dos matices. El primero, que también la vida en general –la totalidad de la experiencia, no ya cosas o experiencias particulares- segrega un saborcillo reconocible para el paladar artísticamente entrenado para percibirlo. Así, hablamos de “la dulzura de vivir” o de “la sal de la vida”. El segundo, que ese sabor emanado por la vida no permanece siempre el mismo, sino que muta en las sucesivas edades del hombre y de la mujer, a quienes no les sabe la vida igual a los quince que a los cincuenta.

Y, fuera ya de la nota orteguiana, se añade ahora de propia cosecha una tercera precisión: esa sucesión de cambiantes sabores que va dando la vida a través del tiempo deja en la persona de muchas experiencias el poso de un cierto “sabor de boca” final, un sabor de sabores que constituye un auténtico saber. Los sabores múltiples se purifican como a través de un filtro y, así decantados, dan como resultado una sabiduría quintaesenciada: el saber de la experiencia de la vida. 

La experiencia de la vida confirma a su poseedor y le hace sentir con un escalofrío el imperio de la muerte sobre los vastos paisajes del mundo sublunar, que sufre la injuria del tiempo. Todo, todo lo viviente sin excepción, degenera más tarde o temprano, tocado por un principio de corruptibilidad universal. Aquí reside la más importante diferencia entre la primera lectura del Libro de la Vida allá en la temprana juventud y su relectura a partir de los cincuenta, cuando uno ya se ha informado sobradamente del “sucio secreto”. La primera lectura estuvo empañada por la patética de los anhelos y por el horizonte de un manantial de tiempo disponible aparentemente inagotable. Ahora, en la relectura, el lector se halla demasiado persuadido de que la vida, en sí misma, no tiene sentido, un sentido que perdure, porque el que quisiera darle sería tan corruptible como él mismo. Ahora, el lector, en fin, no sólo es más consciente que antes de la muerte sino que se sabe más cerca de ella. Nacemos sin saber nada y cuando envejecemos, tras muchas experiencias, sólo alcanzamos a saber un poco sobre la Nada.

“Los sabores múltiples se purifican como a través de un filtro y, así decantados, dan como resultado una sabiduría quintaesenciada: el saber de la experiencia de la vida.”

La vida no tiene sentido pero sí tiene dignidad. La muerte destruye la vida humana pero, al mismo tiempo, paradójicamente, hace brotar en su seno todos los bienes que hacen la vida digna de ser vivida. La conciencia de nuestra naturaleza efímera, vulnerable y menesterosa, permanentemente amenazada por una muerte inexorable, despierta en nosotros un deseo primario de supervivencia y libera unas irresistibles energías creadoras puestas al servicio de la construcción de una segunda naturaleza (simbólica) que perfecciona la primera (material), en perpetuo peligro, haciéndola más bella, más justa, más significativa, en suma, más humana. He aquí el origen de la cultura: la invención de una naturaleza mejor al abrigo de la muerte, una naturaleza civilizada a imagen de la dignidad humana, ese diamante indestructible, que recuerda a los hombres su elevada condición moral y, con la evidencia luminosa de lo excelente, les exhorta a dignificar su vida. De modo que quien tiene experiencia de la vida porque ya ha sido testigo de la acción deletérea de la muerte sobre todas las cosas se halla en mejor posición que antes para comprender el origen último y la verdadera razón de ser de la cultura, que no es calmar la sed de entretenimiento y de espectáculo, sino servir de espejo de una dignidad diamantina que no envejece.

¿Cómo le sabe la vida al que ya sabe cómo funciona? Sabor a diamante y a ceniza, como la vida misma, que fluye entre las orillas de la corrupción y la dignidad. ¿Qué decir, en último término, de la vida en general? Lo que a la vuelta de Rusia contestó Diderot tras ser preguntado sobre Catalina La Grande:

“Sería un ingrato si hablara mal de ella, un mentiroso si hablara bien”.

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Foto: EFE
Archivo

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¿Un Pla desconcertante?

La aparición de unas notas ensayísticas de Josep Pla inéditas –recopiladas en el volumen Hacerse todas las ilusiones posibles, al cuidado del filólogo Francesc Montero– ha tenido un impacto considerable en el actual debate civil catalán. Este volumen construido más bien a partir de recortes y de temática dispersa, escritos o reelaborados hace más de medio siglo, ha llegado ya a su quinta edición. En tiempos de liposucción interesada de la discusión pública, la noticia es espléndida. Porque es probable que la repercusión del libro no haya sido ajena, como casi nada, al momento crítico –en lo social, político e institucional– que sigue atravesando Cataluña y, en consecuencia, el conjunto de España.

En realidad tal vez el actual contexto, tan anómalo, haya facilitado tanto su éxito como su incomprensión o su sobreinterpretación.

Pero para el lector de sus viejos papeles, el Pla de las nuevas notas no debería ser un desconocido sino que le confirmaría un determinado perfil: el de un catalanista radical y esencialista, conservador y en ocasiones antisistema, que, consciente de las coordenadas políticas nacionales e internacionales, más que un discurso reactivo o defensivo, analizaba la realidad en términos pragmáticos. Pla, además de un literato universal tantas veces enraizado a lo local (lo sabe el lector de sus primeros viajes de postguerra, el Viaje en autobús y el Viaje a pie), nunca dejó de pensar políticamente la realidad y, como sabe cualquiera que no se haya aproximado a sus libros con prejuicios o anteojeras, uno de los bloques más compactos de su obra integral fue su reflexión sobre la aptitud de los catalanes para la política y, ligado a esta preocupación, su juicio tantas veces escéptico sobre la acción política del catalanismo a la hora de gobernar. Es una veta que arranca con sus formidables ensayos escritos en 1924 para la Revista de Catalunya, tal vez tenga como cima su biografía del líder conservador Francesc Cambó y su mejor concreción periodística en las crónicas partidistas dictadas desde Madrid durante los grises días republicanos. Con la excepción de las crónicas, algunas de las cuales han podido releerse ahora en Tres periodistas de la Revolución de Asturias, es una parte del corpus que aún no ha sido traducido al castellano.

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Inauguración de la Exposición Itinerante dedicada al escritor y periodista Josep Pla. Detalle de la exposición de 1991. | Foto: Archivo Efe

Leído como parte integrante de su obra política sobre Cataluña y España, la principal atracción de este nuevo zibaldone de Pla es descubrir al viejo moralista atento a otro momento crítico del Estado. Seamos claros. En estas notas privadas, su juicio era implacable:

“España es un embalse de mierda de unas proporciones generales fantásticas”.

Pero a diferencia del fosilizado Gaziel de aquel momento, ahogado en esa charca, Pla no sólo la describe sino que se atreve a cruzarla. Para mí lo fascinante es que Pla asistirá, con interés ambiguo, siempre como un nacionalista pragmático, a la transformación de esa realidad pútrida. No desde la distancia. Casi desde dentro. Porque aunque aparentaba estar lejos de todo secuestrado por su manía de escribir en el Empordà, quizá nunca como entonces, entre finales de la década de los cincuenta y principios de los sesenta, aquel Montaigne disfrazado de payés estuvo tan cerca del poder real.

Me explico. Ante el posible colapso económico de la dictadura, Pla, sin pretenderlo, se reveló como una figura senatorial para parte de la élite catalana que impulsaba los Planes de Desarrollo u ocupaba centros de decisión relevante. La pieza clave de su vinculación a esos círculos fue un insider más que influyente: Manuel Ortínez. Por entonces Ortínez era el director general del Servicio Comercial de la Industria Textil Algodonera, la plataforma que en aquel momento representaba a la gran industria catalana. Y es Ortínez quien organizó entorno a Pla una tertulia informal a la que asistían empresarios, intelectuales o catedráticos que, a pesar de ser mayoritariamente antifranquistas, estaban comprometidos con la modernización del país. Parece como si hubiesen escuchado, más que Notícia de Catalunya, esa admonición a la nueva burguesía que era Industrials i polítics del siglo XIX de Jaume Vicens Vives. Puro regionalismo catalanista. Aquel que Pla mismo subrayó en el retrato que dedicó a Vicens poco después de su muerte.

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Josep Pla en el despacho de su domicilio de “Mas Pla” en la localidad gerundense de Llofriu. | Foto: Archivo Efe

De esos encuentros con esa elite hay rastros en Hacerse todas las ilusiones posibles, igual que los había en el penúltimo inédito: las agendas tituladas La vida lenta, editadas por el profesor Xavier Pla (a quien deberíamos liberar de todo para que acabe la biografía de Pla que nos debe). Ese grupo compacto no pretendía reforzar la dictadura, ni de broma, pero sí salvar la economía del país para evitar el colapso de la sociedad. ¿Claudicación? No es tan simple, pero no es una decisión nada inocente. La quiebra moral que implicaba esa colaboración con el sistema –la del gran Joan Sardà o la del profesor Fabián Estapé- aquí la describe Pla con admirable precisión.

“Las dictaduras lo corrompen todo, porque como sólo pueden combatirse desde dentro, crean apariencias de duplicidad escandalosas”.

También en el libro, en algunas páginas sobre el alcohol como refugio ante una realidad devastadora, demuestra la clarividencia con la que Pla sobrevivía en un contexto de perversión civil.

Pero lo que revela la complejidad de la figura de Pla es que, al tiempo que era cómplice de la estrategia pragmática de ese grupo, con Ortínez, participaba al mismo tiempo de algunas acciones digamos de sabotaje –y le robo la denominación al todoterreno Joan Safont–. Toda vez que el lobby del textil catalán quería proyectarse en la nueva realidad creada por los Planes de Desarrollo, adquirieron un periódico para hacerse con una posición de prestigio en el debate público. Así El Correo Catalán devino una herramienta de divulgación constante del desarrollismo a través de la cual se ensayaba un nuevo regionalismo catalán. En su viejo afán de atacar al sistema –y, en este caso, el sistema periodístico barcelonés era La Vanguardia-, Pla empezó a colaborar en El Correo donde, como siempre, no tardó en denunciar de una manera radical el sometimiento de la lengua catalana.

  • Pero es que además, también en ese momento, ese grupo hizo una inversión de futuro cuya rentabilidad era más que improbable. Su bróker, otra vez, fue Ortínez. Apostaron por el olvidado president en el exilio Josep Tarradellas. Por eso Tarradellas había logrado establecer relación con Vicens Vives, por eso recibía la ayuda económica del lobby textil a –los lobbies dedicó Pla su primer artículo en El Correo– y por eso Pla, como mínimo en dos ocasiones, se reunió con Tarradellas aquel 1960.

Es uno hilo diseminado en el inédito ahora publicado, pero además encaja con otro documento que aún no ha podido leerse en español: el largo informe que Pla redactó tras 22 horas de conversación con el presidente exiliado. Allí aparecen algunas informaciones valiosas, pero sobre todo una descripción perspicaz. Ve en Tarradellas lo que él es.

“Es más personalmente separado que políticamente separatista”.

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El presidente de la Fundación Josep Pla, Federic Suñer, deposita un ramo de flores en la tumba de Josep Pla, con motivo de la conmemoración del veinte aniversario de su muerte. | Foto: Efe / Robin Townsend

Y precisamente por ello, porque descubre a un catalanista pensándose sobre todo como hombre de gobierno, Pla, tras el desconcierto, queda fascinado. “Me encontré con un político como pocos he conocido a lo largo de la historia que hemos vivido: un hombre claro, coherente, buen observador, sin brillantina, cauto, astuto, inteligente, prudente y valiente, formado para una navegación difícil y larga”. Le pareció haber descubierto, por fin, un hombre de gobierno.

Continúa leyendo: Un año de portadas: Donald Trump, el presidente más ridiculizado de la Historia
Foto: Der Spiegel

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Un año de portadas:
Donald Trump, el presidente más
ridiculizado de la Historia

Donald Trump cumple ahora su primer año de mandato. El magnate, que atrajo una gran atención hacia sí mismo tanto durante la campaña de los republicanos como durante la presidencial norteamericana, seguirá previsiblemente tres años más en la Casa Blanca (a falta de un impeachment inmediato a la vista).

El primero de sus ejercicios en el poder ha estado marcado por no pocas controversias: su veto a la entrada de ciudadanos de países de mayoría musulmana, sus comentarios racistas, la relación de su entorno más próximo con agentes rusos o la construcción de un muro con México que por ahora parece más obra de su imaginación que de la realidad.

Una de esas polémicas que ha planeado constantemente sobre Trump y su propio ego ha sido la relación con la prensa, a la que ha acusado constantemente de verter noticias falsas sobre él cada vez que había un tema de actualidad que podía afectarle. La expresión “fake news” ha servido como una especie de escudo, transmitiendo un mensaje que sin duda ha calado sobre sus seguidores y provocando un descrédito desmesurado de la prensa.

Esa prensa a la que él ha acusado de mentirosa ha publicado numerosas portadas, algunas auténticas obras maestras de la ilustración y el humor, que lo han convertido no sólo en el presidente más controvertido sino también en el más ridiculizado que se recuerde. A continuación, un repaso de esas portadas, tanto de medios serios como de publicaciones satíricas, de uno y otro lado del charco.

La revista New Yorker

Desde la polémica por las largas estancias del presidente Trump en sus complejos de golf, al apoyo por parte de grupos de supremacía blanca o el pozo en el que para muchos está el mandatario a estas alturas, las célebres ilustraciones de portada de la prestigiosa revista New Yorker han mostrado a un Donald Trump poco adecuado para el cargo que ostenta.

Imagen: The New Yorker

Imagen: The New Yorker

Imagen: The New Yorker

La revista Time

La famosa publicación Time ha sido una de las más incisivas a la hora de retratar a Donald Trump en su portada. Las dos imágenes que hemos seleccionado son muy violentas, y muestran ese odio y esa furia que lo caracterizan.

Imagen: Time

Imagen: Time

La revista The Week

Con ocasión del lanzamiento de Fire and Fury del periodista Michael Wolff, la publicación The Week divulgó esta portada en la que mostraban al Trump que ama la comida rápida totalmente furioso por lo que el libro cuenta.

Imagen: The Week

El New York Magazine

Por el mismo sendero caminaba New York Magazine cuando publicó esta portada en la que se representan los malos hábitos alimenticios de Donald Trump y que se ven reflejados en el libro de Wolff.

Imagen: New York Magazine

Der Spiegel

Más allá de las fronteras norteamericanas, una de las publicaciones que ha publicado las portadas más notables durante el primer año de Trump en la Casa Blanca ha sido el alemán Der Spiegel. En ellas ha puesto de relevancia temas como el exacerbado patriotismo del presidente e incluso ha llegado a retratarle como la viva imagen de la involución humana.

Imagen: Der Spiegel

Imagen: Der Spiegel

La revista The Economist

Con sus siempre acertados análisis, The Economist ha dedicado varias portadas al presidente norteamericano. De entre todas destacamos la última, en la que pretenden hacer balance del primer año del presidente en el poder ilustrando a un bebé Trump.

Imagen: The Economist

Bloomberg Businessweek

Las polémicas medidas firmadas durante este año por el mandatario estadounidense inspiraron la portada de Bloomberg Businessweek en la que, en lugar de una orden ejecutiva, podemos leer en un documento firmado por Trump: “insertar orden ejecutiva redactada precipitadamente, jurídicamente dudosa y económicamente desestabilizadora”.

Imagen: Bloomberg Businessweek

La revista elJueves

Para terminar: una publicación española. Los chicos de elJueves utilizaron su acertado sentido del humor para alumbrar la boca de Trump con una antorcha sostenida por un miembro del grupo supremacista blanco Ku Klux Klan.

Imagen: elJueves

Un nuevo año comienza para Trump, y para todos aquellos maestros ilustradores a los que les espera mucho trabajo para retratar las facetas de un icono mediático irrepetible.

Continúa leyendo: Mientras el bitcoin se desploma, sus grandes inversores se van de farra
Foto: DADO RUVIC
Reuters

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Mientras el bitcoin se
desploma, sus grandes inversores se
van de farra

De las 100 principales criptomonedas que actualmente están en el mercado, un total de 96 están en números rojos, es decir, la práctica totalidad de las criptodivisas pierde dinero (y con ellas, sus inversores). Solo se salvan de esta guillotina económica Tether, Gas, Neblio y Cryptonex. El martes se conocía la noticia de que la criptomoneda por antonomasia, bitcoin, se desplomaba un 16% y que sus casi igualmente famosas compañeras Ethereum y Ripple (las dos más populares después de bitcoin) perdían un 16% y un 24% de su valor, respectivamente. Uno podría pensar que este pesimista panorama alertaría a los inversores y que estos cruzarían tierra, mar y aire para salir de semejante embrollo. Pero se equivocaría. Los grandes inversores han cruzado mar sí, pero en crucero, con toda la calma.

Alrededor de 600 entusiastas de las criptomonedas se embarcaron el lunes por la noche en Singapur en el segundo Blockchain Cruise anual, una suerte de vacaciones en el mar con una temática entrada en las criptodivisas. El valor del bitcoin se situaba entonces cómodamente por encima de los 13.500 dólares (unos 11.000 euros) pero para cuando el buque llegó a el miércoles a Tailandia, donde los viajeros pudieron dedicarse a beber, a tomar el sol y a disfrutar de conferencias sobe la criptoeconomía, el bitcoin había caído ya hasta los 10.000 dólares (algo más de 8.000 euros), informa Bloomberg. En el transcurso de esos días, el grupo, compuesto en su mayoría de hombres jóvenes, muchos de los cuales han hecho fortunas gracias a bitcoin, habían perdido probablemente millones de dólares.

Pero el batacazo no detuvo la fiesta. Según ha explicado Ronnie Moas, uno de los conferenciantes del miércoles, el bitcoin alcanzaría, en el mejor de los casos, los 300.000 dólares (más de 245.000 euros) en tan solo siete años. “Nada crece en línea recta”, razona. Pero la lista de conferenciantes del exclusivo crucero no acaba ahí e incluye nombres fuertes como José Gómez, hombre cercano al expresidente de Venezuela Hugo Chávez; Kaspar Korjus, el hombre detrás de la “nación digital” de las e-residencias impulsada por el Gobierno de Estonia; Jorg Molt, que -de ser cierta su afirmación de que posee un cuarto de millón de bitcoins– tiene una fortuna de 2.800 millones de dólares (casi 2.300 millones de euros), e incluso el mismísimo John McAfee, el empresario de la compañía de ciberseguridad McAfee (cuyos antivirus se encuentran hoy en día en dispositivos de todo el mundo).

Precisamente McAfee se ha convertido en los últimos tiempos en un gran promotor de las criptodivisas a través de su cuenta de Twitter, donde también ha incluido una fotografía del crucero.

“¡Que todo el mundo se relaje!”, ha dicho recientemente, citado por International Business Times. “No sé si será el bitcoin o múltiples divisas pero habrá un estándar de criptomonedas para el mundo les guste a los gobiernos o no”.

Con este panorama, el mundo de las criptomonedas sigue festejando su repentino éxito, ajeno a los últimos datos, que apuntan a que estas divisas experimentarán una caída tan potente como lo fue su ascenso. Y olvidan el tortazo que se pegaron en 2007 las hipotecas subprime (disparador de la crisis económica) y de la explosión de la burbuja de las puntocom a principios de siglo. Los seguidores más acérrimos de la moda del bitcoin, según una de las conferencias, tendrán que ver una caída de más del 50% del valor antes de que salgan espantados. 

Continúa leyendo: La 'incredible' India no tiene quien hable en sus stands de Fitur
Foto: Jorge Raya
The Objective

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La 'incredible' India no
tiene quien hable en sus stands de
Fitur

Estamos sentados frente a una mesa, en silencio. B. B. Mukherjee observa la pantalla de su teléfono, pone la cabeza en alto, con sus gafas de diseño a rayas grises y negras sobre su nariz. Mukherjee luce un estrecho bigote con una forma más parecida a un triángulo que a un cuadrado, y viste un traje descatalogado de franela y color marfil que combina con una corbata de otra década. Estamos sentados a la distancia de un metro y B. B. Mukherjee, que es subgerente del Ministerio de Turismo indio en España, sigue en silencio tras cinco minutos y mirando con atención vídeos indescifrables con un volumen moderadamente alto. Tiene un reloj de oro en su muñeca izquierda y tantos anillos como dedos en sus manos. La responsable de prensa está sentada a mi izquierda y me mira con nerviosismo, como esperando una respuesta, y yo le sonrío y eso le tranquiliza.

Estoy sentado frente a Mukherjee en el stand indio de Fitur porque los dos responsables más importantes de la delegación de la India, que puso mucho interés para promocionar su país y mucho dinero para instalar este espacio tan grande –por no hablar de que el nombre de la marca, Incredible India, aparece prácticamente en cada folleto que circula por aquí dentro como principal patrocinador del evento–, están en sus respectivos hoteles desde una hora indeterminada que no logro averiguar, cuando quedan todavía dos horas para el cierre de la jornada.

La situación es particularmente divertida y extraña. Mukherjee levanta repentinamente la mirada, sonríe mucho y extiende la mano, como advirtiendo –en este momento– que está acompañado. Luego entrecruza los dedos, esperando la primera pregunta, y sus anillos brillan como diamantes.

Le comento, a modo de arranque, que han aumentado mucho su disposición en 2018. Él asiente con la cabeza y dice, con un acento marcadamente indio que solo escuché en películas: “Sí, este año hemos estado en todas las ferias importantes de Europa como patrocinadores”. Pero, casi en una maniobra de escapismo, desvía con velocidad su respuesta y sostiene que India es un país tremendamente rico y diverso, con bosques y templos y ruinas y playas y montañas, y continúa con una explicación nada concisa e inesperada del estado de salud del sistema judicial y político indio y de la calidad sanitaria. “Tendrías que ver qué cirujanos tenemos”, dice, levantando las cejas. “Son muy buenos”.

Después le pregunto por la vocación de su presencia en Madrid y no parece importarle: continúa con su respuesta anterior, explicando las bondades de su presidente y la fortaleza de su democracia, y describe a la India como un país muy rico y “paradójico” donde la riqueza no impide la miseria. Le digo que eso significa que hay mucha desigualdad. El subgerente de Turismo sonríe y concluye: “Sí, qué paradójico, ¿verdad?”.

Y en cada pregunta hay una respuesta similar, como si nos encontráramos en conversaciones ajenas, y la conversación es tan frustrante y claramente incontrolable que finalmente desisto y pienso en la segunda entrevista.

La 'incredible' India no tiene quien hable en sus stands de Fitur
Entrevista a B.A. Devaiah en uno de los stands de ‘Incredible India’. | Foto: Interface

Más al sur, Karnataka

La responsable de prensa se disculpa mientras me conduce hasta el área donde se instala la delegación de Karnataka, una región del sur con 55 millones de habitantes, más salvaje y más verde que el norte –el lugar al que suelen ir a parar los turistas–. La parada está adornada con plantas y una ambientación premeditadamente exótica, con bancos en todas partes y la representación más o menos conseguida de un tigre de Bengala sobre una alfombra verde. Karnataka es una de las zonas que persiguen explotar en los próximos años y hacen un esfuerzo verdadero por crear una imagen atractiva.

Así que el gabinete de comunicación organiza una conversación con el consejero de Turismo, un hombre joven y bien vestido con un inglés perfecto. Esperamos mientras cumple con otro compromiso y al volver se acerca hacia nosotros, con rostro serio, y dice que prefiere no hacerla: se niega, en principio, por estar cansado. Ellos procuran convencerle de lo contrario y finalmente concede una confesión: él no es el consejero de turismo, sino B.A. Devaiah, de Starks Communications, una agencia contratada por el Gobierno regional para representarlos. Lo hace extendiendo una tarjeta que recojo.

Le pregunto si está legitimado para hablar en nombre del Gobierno y él asiente, nos sentamos y hay una conversación fructífera en un primer momento: responde con interés y educación y habla de una región que conoce porque es la suya. Karnataka está en el sur del país y las diferencias respecto al norte, más transitado, más exprimido, son abismales. Un modo distinto de comprender la religión y las tradiciones, un idioma que no es el mismo –hablan mayoritariamente el kannada– y una gastronomía que, presume, únicamente se asemeja en la frecuencia del arroz blanco. Un atributo que, de cualquier modo, comparten la mayor parte de los países de la región.

Devaiah se encuentra menos cómodo y pone más reparos si hay que hablar de seguridad. Él alude, directamente, a las violaciones de mujeres. No las niega, aunque asegura que muchos occidentales viven en la zona y lo hacen con tranquilidad. Dice que si se producen tantas es porque hay muchos habitantes, sin aludir a razones concretas.

–¿Y en cuanto a las infraestructuras?–le planteo.

“Sí, tenemos”, responde, con un largo silencio.

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