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Amar y odiar los gimnasios

Juan Francisco Gordo

Foto: Kim Hong-Ji
Reuters

Bajo un entrechocar de metales los atletas se preparan para librar la más justa de entre las justas, la de su propio rendimiento.

Personas concienciadas con el estado de su salud mental preparan sus cuerpos para soportar las lides del alma aprisionada bajo las doctrinas del cruel Platón. Liberan sus cadenas cual Daenerys y auscultan sus cuerpos con grandes espejos de pared, expertos como un Galeno preocupado por una fisiología salutífera.

Estoy en un gimnasio, un lugar creado para el goce estético y el dominio del imperativo categórico; no hay monitor que exija algo diferente de lo que pediría para sí mismo. Padres enfrentados al duro mantenimiento de sus retoños procrastinadotes natos —peonzas del ejercicio que rotan en busca de treguas y se ajan en el dominio del cansancio—, los supervisan regidos por los conceptos de justicia y amor.

El amor de un líder preocupado por el correcto desempeño del ideal comunista: «A cada uno según su condición», siempre con afán de superación y esas memeces que sólo sirven para los pusilánimes, de reivindicar la familia sana, feliz y competitiva que se muestra indiferente a los ánimos porque entienden qué es el trabajo.

He detectado que el espacio del gimnasio se divide siempre en dos salas —por lo común, pueden tener varias subdivisiones más—, la de fortalecimiento —musculación— y la de resistencia —eso que llaman «cardio»—.

En la sala de musculación no se admiten los totalitarismos. Las máquinas son de todos y para todos, todos ingresan su cuota mensual para disponer de ellas por necesidad y el compañero lo sabe. Los entrenamientos son mejores si son grupales, y cuantas más amistades forje uno, tanto mayor será el peso que mueva. La camaradería es la base del éxito.

Sin embargo, en las salas de cardio hay un referente, un líder, un guía más bien, que conduce a los demás al Olimpo del sudor y agotamiento sin escarnio y para solaz del público que sigue como va pudiendo las directrices del entrenamiento. Los ejercicios son tan variados y tan útiles que luego se pueden aplicar para superar los miedos más comunes como pueden ser huir de una bestia, enfrentarse a una banda a lo West Side Story o pedalear hasta la cima de una montaña a ritmo de Gangsta’s Paradise sin desfallecer.

Lo que se suele confundir con un espectáculo autoritario no es sino la cláusula por la que uno se pone en las manos de un experto que recomienda siempre, nunca obliga, a que se sigan sus pautas para alcanzar un Nirvana líquido, de mutuo acuerdo, por un civilizado discernimiento de la rectitud empresarial en el correcto desempeño de un oficio. Pues lo que se viene a realizar a un gimnasio es, ante todo, un trabajo, y está sujeto a los costes de tiempo y esfuerzo propios de cualquier producción.

El bienestar personal es el valor de uso final de este servicio a la dualidad de cuerpo y espíritu, por un bien común, por una sociedad sin clases.

Amar y odiar los gimnasios

Joaquín Jesús Sánchez

Foto: Kim Hong-Ji
Reuters

En una sala enorme, varias hileras de hombres y mujeres sudan y bufan. Corren, pero no avanzan, empujan y nada se mueve. Una música aberrante (un ritmo industrial) marca el compás del ejercicio. El lugar no tiene ventanas sino unos grandes conductos de ventilación. No hay relojes.

Sé que he encontrado un lugar propicio para la literatura cuando puedo describirlo de modo que parezca un círculo del infierno o aquel lugar del inframundo donde Sísifo arrastraba el pedrusco. Siempre he sospechado de los deportistas: gente que consagra su vida a hacer lo mismo que hizo otro antes, pero un segundo más rápido. El deporte profesional es muy útil para promocionar tu Reich o para medírselas en la Guerra Fría. Por lo demás, no sirve para nada: hay que ser muy necio para creerse el cuentecito de la transmisión de valores, de los referentes morales y tal (¡por Dios, es gente que corre y salta!). Pero yo me he apuntado al gimnasio, no a un centro de alto rendimiento. La opción pequeñoburguesa, la opción de barrio. Tengo como defensa una razón coronaria y volumétrica. Cada día voy y me monto en una cinta, luego en unos zancos extrañísimos y finalmente remo en una máquina en seco. Después tengo que tirar de poleas, levantar mancuernas y otras cosas tediosísimas.

Un entorno tan singular exige a unos moradores bien particulares. Es fácil distinguirlos porque se reconocen entre ellos. Tienen conversaciones fascinantes: que si han visto un nuevo ejercicio para fortalecer vaya usted a saber qué fibra interior recóndita, que si tal batido es buenísimo porque sustituye la comida de todo un quinquenio… Intento adivinar qué vida tienen fuera de aquellas salas, a qué se dedican, de qué otras cosas hablan. Me parece un misterio insondable. Coincido con un tipo medio calvo que se pinta el cuero cabelludo: debe ser muy astuto. También con una señora que cuando se pone a correr la melena se le carga de electricidad estática y termina como un diente de león. Pero mi ceremonia favorita son las clases(de zumba, de spinning y otras materias sesudas).

El espectáculo de una habitación rellena de gente esforzándose mucho por complacer a un monitor, un sargento de hierro en mallas. «Vamos, tú puedes, no te rindas». «Supera tus limitaciones». Otras gansadas así. Todos ellos, puestos en filas, haciendo lo mismo, producen la visión aterradora del adocenamiento. Una sordidez vagamente sadomasoquista.

Y aquí estoy yo, tumbado bocarriba, sobre un banco rosa, mirando un techo de placas de yeso y fluorescentes, mientras agito unas pesas en el aire como un cretino. ¿Cuándo condescendí con este fascismo venido a menos? ¿Por qué me contorsiono así?

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