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La revolución de las impresoras

Cristian Campos

Doug Martsch es el cantante de la banda americana Built to Spill y uno de los mejores letristas de su generación. En Car, una canción de 1994 que habla (entiendo yo) de la distancia entre nuestras fantasías y la realidad, Martsch se burla de alguien que no cree que esa distancia exista: “Quiero estar ahí cuando descubras de qué están hechos los cometas, las estrellas y las lunas, quiero las especificidades de la idea general”.

Los catalanes, como el naif interlocutor de Martsch, están a punto de descubrir que los sueños de independencia están hechos, como las cometas, las estrellas y las lunas, de polvo, gas y hielo sucio. También están a punto de descubrir las especificidades de un plan general que hasta ahora ha exigido de ellos poco más que nada. Si los gestos llamativos pero vacíos, las manifestaciones masivas pero intrascendentes y los “sueños de un pueblo” bastaran para forjar naciones, el ego de Pablo Iglesias ya tendría código postal propio.

La de ayer fue, en este sentido, la ultima manifestación de balde que se permiten los catalanes antes del momento decisivo. Como en el caso de la suscripción a Netflix, el periodo de prueba gratuito de las fantasías soberanistas ha llegado a su fin y ahora toca pagar el precio real del producto. Veremos cuántos catalanes están dispuestos a abonarlo.

Los independentistas tienen, eso sí, una ventaja en esta batalla. Pocas naciones serían tan piadosas con ellos como lo será la española. No la francesa, desde luego. Tampoco la alemana. De la rusa ni hablamos. Le he leído a gente a la que considero no sólo inteligente sino también razonable que la táctica correcta es precisamente esa. Dejar que el independentismo se cueza en su propia bilis y se diluya en el esperpento mientras el Tribunal de Cuentas, la Fiscalía General y el Constitucional minan la moral y fríen a querellas e inhabilitaciones a los cabecillas de la rebelión. Estaría tentado de darles la razón si no fuera porque no hay nación, ni occidental ni bananera, capaz de resistir la desobediencia civil del 50% de los ciudadanos de una de sus regiones más ricas.

Kurt Vonnegut creía que conocemos tan poco de la vida que “nadie sabe qué noticias son buenas y cuáles malas en realidad”. O dicho de otra manera. Las variables del proceso independentista son tantas y tan frágiles, tan volubles y caprichosas, que nadie debería atreverse en este punto de la batalla a afirmar si la táctica buena es la actual o la de hacer entrar los tanques por la Diagonal de Barcelona mañana mismo. Quizá ese muerto que con tanto ahínco busca, supuestamente, el independentismo acabe llegando y su efecto sea el contrario al previsto. Quizá Rajoy haya encontrado la horma de su zapato y el independentismo acabe forzándole a hacer eso que tanto odia: tomar decisiones obligado por las circunstancias. Es decir actuar. Es decir gobernar. Será toda una novedad para él, que lleva seis años sacrificando al 50% de los catalanes, los no nacionalistas, en el altar de su pereza.

Lo que sí se puede juzgar es lo ocurrido hasta ahora. Y lo que ha ocurrido hasta ahora es que un par de coches de la Guardia Civil aparcados en la puerta de una pequeña imprenta y media docena de guardias civiles entrando en un medio de comunicación local han paralizado la logística del referéndum hasta el punto de que el consejero de Presidencia del Gobierno catalán, Jordi Turull, se ha visto obligado a pedir que los ciudadanos se impriman las papeletas en casa.

Ninguna nación cuya independencia dependa de una pequeña imprenta y del almacén de un medio de comunicación local merece esa independencia. Si las especificidades del plan general, bello y rotundo como todos los planes generales, consistían en pagarle la fianza a escote a Artur Mas e imprimirnos las papeletas en casa, quizá lo más inteligente habría sido quedarnos como estamos. “Renunciamos a nuestro sueño independentista por falta de papel” ni siquiera es un buen epitafio.

Fin de ciclo

Marina Porras

No hay ser más temerario que una persona habitualmente discreta y moderada que se da cuenta que sus principios y preceptos morales le exigen que haga algo que, si solo fuese por su propia satisfacción y curiosidad, no hubiera tenido nunca el atrevimiento de hacer.

La frase es de Faulkner pero yo me la repito cada Diada cuando salgo dispuesta a ir a la manifestación independentista de Barcelona. Y como yo muchos, poco inclinados a la masificación y al griterío, que se plantan bajo el sol para contarse entre sus conciudadanos, defendiendo una de las pocas causas colectivas en las que creen.

Porque, en el fondo, se trata de eso. Ante los racionalistas que afirman, como tocados por la gracia de la Ilustración, que sólo existe lo que es ley, hay muchos convencidos que existe una comunidad política, que resulta ser la mía, que aunque no se reconozca en la ley existe como sujeto político.

Este es el punto donde acaban todas mis discusiones con amigos unionistas. No en los análisis de los hechos ni en el contenido de los discursos sino en mi creencia que Cataluña tiene derecho a autodeterminarse, mientras ellos niegan ese derecho.

Y es la defensa de ese derecho, que se transforma en un acto de dignidad, lo único que explica que gente de orden se coma los prejuicios y vaya a defender en la calle lo que quiere defender en un Parlamento.

Es lo único que explica que yo, que no se me conoce por ser de extrema izquierda, asienta convencida delante de la pantalla cuando la cupera Anna Gabriel afirma en el Parlamento que “no es un tema de legalidad, es un tema de legitimidad”. Aun sabiendo que eso es legalmente falso pero moralmente justificable.

Y es lo que explica que gente como yo, discreta y moderada como aquel personaje de Faulkner; gente que está convencida que la ley está para cumplirse, nos encontremos justificando y apoyando algo que solo puedo reconocer como una revolución.

Las Diadas siempre están llenas de gente que, lejos del ánimo festivo popular, están ahí pensando a ver cuando acabará el suplicio. Pero este año había algo distinto. Ahí donde normalmente había resignación hoy se intuía una alegría extraña de fin de ciclo.

No porque estemos seguros de que vamos a ganar, sino porque se intuye que después de lo ocurrido esta semana en el Parlament, el juego ya nunca podrá volver a ser el mismo.

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