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Cómo sobrevivir al verano

Enrique García-Máiquez

Foto: LUKE MACGREGOR
Reuters

Mi método va mucho más allá del manual de supervivencia: no piense en divertirse, no se esfuerce en descansar y, sobre todo, no veranee. Concentrarse en divertirse es una paradoja etimológica y existencial que conduce a la neurosis. Esforzarse en descansar es un oxímoron. Veranear convierte un sustantivo tan evocativo como el verano en un verbo activo, con lo que exige eso.

El verano es una ola en la playa. Se puede aguantar estoicamente el golpe de mar, o sea, el veraneo a pie firme, como un hoplita de las vacaciones, arrostrando el revolcón. Se puede uno tapar la nariz, cerrar los ojos y meter la cabeza por debajo de la ola, esto es, rebajar las expectativas y dejar que el veraneo nos pase por encima. O se puede coger impulso y saltar grácilmente sobre la ola, como Dick Fosbury. Ni rozar la ola. No veranear por amor a los veranos.

¿Cómo se hace? Veraneando todo el año, empalmando veranos. Hay que desprenderse de inmediato de la angustia que el veraneo impone. Desactive la cuenta atrás, que es la auténtica bomba de relojería —tic-tac— de los veraneantes. Convénzase: no son las vacaciones las que interrumpen los días laborales, sino el trabajo el que da un breve respiro a nuestra intensa vida de rentistas epicúreos. Hay que mirar el año como si fuese un tablero de ajedrez, fijamente, hasta que deje de ser unos cuadrados blancos desperdigados sobre un fondo muy negro y se convierta en un inmaculado fondo blanco, como de arena de playa, con algunos cuadrados negros de días de trabajo por aquí y por allí para romper la monotonía (y ganar un sueldo (y santificarse)). Hay que ser un señor que trabaja algunos días como otros se empestillan con el croquet o se machacan en el gimnasio o triscan por las montañas. Al verano hay que llegar entretenido por el trabajo y, sobre todo, entrenado por haber vivido dulcemente los fines de semana y los días de fiesta, la Navidad y la Semana Santa, y las tardes y las noches de cada día. Entonces, la angustia por disponer apenas de unos días fugaces, cercenados, encima, por la masificación, el calor y los precios, no le amargará. Los días serán fugaces, naturalmente, pero el gozo suyo el de siempre. Para redondear el efecto, conviene ir al mismo sitio todos los veranos, para reencontrarse a los viejos amigos y decir: “Como decíamos ayer…”

Descartada la avidez del que cuenta y recuenta sus monedas menguantes de días de vacaciones, se salta por encima del veraneo. Estamos en nuestro elemento. Y está el mar. O la montaña. Teniendo clara la idea esencial, solamente hacen falta algunos pequeños trucos para burlar al malestar que nos cerca.

No se ponga cómodo. Siga vistiendo como el señor que es, incluso en traje de baño. Si tiene oportunidad, anime mucho a los demás en sus planes de viajes exóticos. Usted limítese a adelantar su reloj. Baje a la playa temprano y la tendrá solitaria y recién limpia. Los niños podrán correr lejos. Cuando los somnolientos y resacosos turistas empiecen a desparramarse sobre la arena, sonría, y súbase, sin dejar de saludar con amabilidad (y piedad) a los que se cruce. Si va a cenar fuera, llegue el primero. Habrá mesas disponibles, cartas intactas y camareros no exhaustos. Si puede, lleve consigo a algún madrileño. Cuando venga la factura, él celebrará que es baratísima. Costará creerle, pero tanta alegría ayuda a pasar el trance.

No se pregunte si está aprovechando sus vacaciones. “Que aproveche” no se dice jamás a quien está almorzando, ni se piensa nunca. Lo mercantiliza todo. No proteste de los atascos. Si se ve en uno, cante las alabanzas del aire acondicionado, de la música del coche y de la conexión del móvil que le permite leer allí mismo los artículos de The Objective. ¿Qué marqués barroco viajaba con tantos lujos en su carruaje de ocho lacayos, y a una velocidad no superior a la suya? Hablando de marqueses, aunque haya caído en la playa más inclusiva, su compañía ha de ser exquisita: lea títulos de mérito. Bajo una sombrilla, hasta la brisa del mar, como un asistente personal, nos ayudará a pasar las hojas.

No haga fotos.

Si tiene calor, recuerde que la baronesa Blixen se fue a vivir a Kenia porque así podría vivir en pleno siglo XX como un rentista de Jane Austen, y lo disfrutó intensamente, y eso que se deslomó en su granja mucho más que usted en su veraneo. Acuérdese de ella y no le diga a todo el mundo que hace calor. La gente ya lo sabe. No se queje de nada. Quien protesta del verano no se lo merece: es un veraneante. Y usted, como yo, es partidario del verano, de los veranos, del año entero, de la buena vida. No dejemos que nos confundan.

Noches llenas de verano

Jesús Terrés

Foto: LUKE MACGREGOR
Reuters

Yo siempre odié el verano. “El sol brillaba, no teniendo otra alternativa, sobre lo nada nuevo”, así arranca el primer párrafo de Murphy —de Samuel Beckett, y con la pesadumbre de quien tan solo encuentra cobijo bajo la sombra y algún otoño, aquel adolescente que yo era observaba con pavor los primeros latigazos del estío: ya están aquí las hordas de madrileños tomando las playas de nuestra Normandía (que es el Mediterráneo de nuestra infancia: las calas de Xàbia o Dénia, el pulpo seco y las gambas rojas del Faralló). Ya están aquí las trolleys atestadas de promesas y toda la tristeza del secano, amontonaditas en los vagones del AVE. Yo soy aquella niña repelente de Poltergeist: ya están aquí.

Lo odiaba como solo se puede odiar lo que ya no es tuyo (pero lo fue) porque ya es de todos. El verano saca lo peor de nosotros mismos: nuestra versión más primitiva, procaz y provinciana —el notario con pisito (renta antigua) en calle Montalbán luciendo lorza, chanclas de hilo y camisa de manga corta en a saber qué hotel de Calpe. El Marca bajo el brazo, la ‘cañita’ a media mañana y la doctrina de la media pensión: pocas cosas más tristes en la vida que la media pensión y el desayuno bufé, escuchando berrear a ese ejército de mocosos con Peppa Pig (o peor: un youtuber) en la pantalla del iPad, ¿y a esto le llamas verano?

Me negaba a llamar verano a esta tontería del sudar para nada (qué cosa tan vulgar, sudar para nada); a tantos chiringos con sus servilletas de papel y sus matrimonios grises como “un torero / al otro lado del telón de acero”. Tintos con Casera, paellas congeladas y la canción del verano. Tomás Roncero, los tirantes de silicona, las colonias baratas, el ‘lambrusquito’ —y el tiramisú de las narices. Las plantas artificiales, los perros maleducados (o sea, sus dueños) y la contraportada del AS. Casi todas las fiestas regionales, los trapitos “tan veraniegos” de Desigual y El laberinto de los espíritus de Carlos Ruiz Zafón: será el posavasos de todas las piscinas. Despacito. “Firmo en las paredes de tu laberinto, Y hacer de tu cuerpo todo un manuscrito”. Des-pa-ci-to.

Yo pensaba, qué cosas, que el único verano soportable era el de la memoria y el aire acondicionado. Pues bien: me equivocaba. Porque verano es (puede ser) ordinariez pero también epidermis; la brisa de media tarde y tantas «Noches azules» (Joan Didion, en Mondadori) como metáfora de esas semanas, “en que los crepúsculos se vuelven largos y azules” y “uno piensa que el día no se va a acabar nunca”. Unas espardenyes de Castañer, las lonjas de pescado y el peso de la toalla sobre tus hombros: tu única carga. El Manhattan de Juan Marcos y Carla en el Bar Lemon de Port Es Castell (en Menorca) y el sashimi de ventresca del Hotel Antonio en Zahara de los Atunes. Summer Wind, las noches de llenas de verano y tantas canciones de Sinatra, “Era música para hacer el amor; en las playas, en los atardeceres suaves de verano; en casitas a orillas del lago; en yates, en taxis, en cabañas”.

En verano cada día es una hazaña y el niño que fuimos nos recuerda el hombre que podríamos ser. Ese que olvidaremos en septiembre.

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