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La noticia más falsa

Andrés Miguel Rondón

Foto: Evan Vucci
AP

Detrás de todas las falsas noticias, hay una falsa noticia mayor: la premisa. El Papa que hubiese votado por Trump, el inmigrante musulmán que nos acecha, el latinoamericano que nos quita el trabajo, la estadística embustera que promete futuros utópicos y varias dádivas de dinero son, en su conjunto, más que un puñado de mentiras. Entrelazadas en fábulas y conspiraciones, son la superficie de una visión coherente -aunque falsa- del mundo. Una que tiene como premisa, por qué no, una solución. Una esperanza. Una mentira mayor.

Es la simple verdad que aquél que consume una noticia falsa las consume todas a la vez. Para creerte que los mexicanos vienen a desplazarte, hay que creer primero que la cultura blanca norteamericana está bajo asedio. Para culpar al libre comercio de tu pena, pensar que tu más reciente desempleo es culpa de los chinos. Para asumir que la banca y el mundo corporativo internacional está en tu contra, jurar que hay un complot gubernamental para joderte. Culpar a Madrid, por ejemplo, es también exculpar a Barcelona. Ver la crisis, la presente inconformidad, como culpa de un ‘otro’. Y así. Cada falsa noticia contiene una constelación de premisas. Si te crees una es necesario que te las creas todas.

En su conjunto, más que un puñado de mentiras, insisto, son un narcótico. Su oferta de escape es hacerte dejar de pensar que no tienes lugar en el mundo. Que no, no es que hayas fracasado en la salvaje meritocracia moderna. Que no es que haya decadencia. Ni que ya los robots lo hacen mejor que tú. No. La ‘verdad’ es que eres una víctima. Y que la solución es la venganza.

Por eso la llegada del mundo de las falsas noticias no es, en un principio, un afán de ofender al mundo de las verdades corrientes. Nuestro mundo (este, el de verdad) simplemente ya no ofrecía verdades positivas a una creciente masa de gente. La única conclusión que trazaba es que ser pobre es llegar de último. Que ya es muy tarde. Por tanto, más que una agresión, la falsa noticia es un arropo de segunda mano. Un último rincón para los desesperanzados.

La pena, vaya, es que es mentira. Que al final no cumplirá sus promesa. Y que entonces la verdad cuando regrese, como toca, dolerá tantas veces más. Esa es la más grave falsedad.

'Fake news' y la verdad rediviva

David Blázquez

Foto: Evan Vucci
AP

La discusión en torno a las fake news y sus múltiples variantes copa no solo las tribunas de las principales cabeceras nacionales e internacionales, sino que preocupa a políticos y a altos cargos en las agencias de inteligencia de muchos países. Su efecto en el clima político norteamericano, en la campaña por el Brexit o en los meses aciagos de la traca catalana preocupa a muchos, especialmente cuanto más se sabe acerca de sus promotores.

Si el fenómeno de las fake news no es nuevo y su historia es tan larga, ¿qué hace de él algo tan relevante en el presente?

A diferencia de la difamación personal, las fake news (la propaganda, en castizo) han sido tradicionalmente, por sus características y su escala, un fenómeno vinculado a estructuras de poder consolidado y fuerte como gobiernos o figuras sociales relevantes. En la Alemania Nazi, Adolph Hitler y William Randolph Hearst acordaron utilizar el imperio de periódicos, revistas y cronistas de este último como canales de propaganda para mostrar al Tercer Reich como la meta del progreso del siglo XX. Como hacía ver Kenan Malik, el monopolio de la mentira en masa ya no está reservado a gobiernos o figuras prominentes, cualquiera con algo de tino psicológico y wifi puede ejercer una influencia perversa hasta hace poco reservada solo a algunos. La desestructuración del poder y de su privilegio amplificador favorecido por la tecnología ha democratizado la mentira masiva, abriendo el mercado de lo falso a individuos y permitiendo que determinados estados puedan camuflarse detrás de identidades personales (al igual que en el caso de ataques cibernéticos).

Somos más, por lo tanto, quienes tenemos capacidad de mentir a gran escala. Por desgracia, además, somos más también quienes podemos ser engañados. No lo somos solo en el sentido numérico, sino también en lo que toca a la fragilidad de nuestra relación personal con la realidad.

Escribía Hannah Arendt en 1951 que “el sujeto ideal del dominio totalitario [y, por lo tanto, de la mentira] no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino aquel para quien la distinción entre los hechos y la ficción, entre lo verdadero y lo falso ya no existe”. El pensamiento posmoderno, con Vattimo y su Adiós a la verdad (Ed. Gedisa) a la cabeza, nos puso en guardia contra la verdad, madre, quién lo duda, de imposiciones y rigideces. Desembarazarnos de la noción de verdad nos llevaría, por fin, al entendimiento y la juerga democrática. Ya escribía Campoamor que “en este mundo traidor nada es verdad ni mentira; todo es según el color del cristal con que se mira”. A Campoamor le robamos los versos sin percibir su drama y los hicimos modo de vida y ahora que el cristal a través del que miran los otros no nos gusta, nos lamemos las heridas.

Al flirteo con la mentira y la relatividad nos predispone la larga historia de nuestro corazón, desde luego, pero también el humus cultural y filosófico en el que vivimos y que un cierto progresismo gayo ha favorecido durante décadas desde cátedras universitarias y editoriales de periódico. Ahora toca recoger tempestades y digerir incómodas verdades: al parecer, no todo vale. La barrera más grande contra la mentira no son los –necesarios– planes estatales contra las fake news, sino personas capaces de distinguir la realidad de la ficción, lo verdadero de lo falso. En esa guerra todos deberíamos estar enrolados.

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