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Huir hacia el abismo

David Blázquez

El aislacionismo anunciado por Trump durante su campaña es la consumación de la política de “retirada” comenzada por Obama y que tantos quebraderos de cabeza dio a Hillary Clinton, Samantha Power o Susan Rice, las más agresivas dentro de su Consejo de Seguridad Nacional. Obama y Trump son una corrección al “liberalismo internacionalista” abrazado por demócratas y republicanos tras la caída del muro y encarnado en Clinton (marido) y Bush (hijo). La idea de una excepcionalidad americana como algo exportable y susceptible de ser impuesto en todos los rincones del globo ya no atrae al votante medio norteamericano como lo hacía hace 15 años. La América de Obama, desgastada financiera y humanamente por las guerras de Irak y Afganistán –apoyadas, todo sea dicho, por pesos pesados del partido demócrata–, necesitaba una “vuelta a casa” similar a la abanderada por Mc Govern tras la tragedia de Vietnam. El riesgo, cada vez más patente si miramos las primeras decisiones de Trump en materia de comercio, en su relación con algunos de sus socios tradicionalmente estratégicos o con determinados organismos internacionales, es que el volantazo corrector sea excesivo y termine por convertir a EE.UU. en un “hikikomori” de la escena internacional.

Pero Trump es, también, una reacción a Obama y a las veleidades amparadas por la mentalidad liberal de las llamadas bicoastal elites, de la que Hillary Clinton no habría sido sino una secuela todavía más radical. Algunas de las medidas sociales llevadas a cabo por Obama han sido vistas por amplios sectores conservadores norteamericanos como excesivas y poco representativas de una sociedad extremadamente plural. La más llamativa de esas medidas quizás haya sido el intento de imposición a los Estados, a golpe de orden ejecutiva del presidente –finalmente paralizada por algunos tribunales federales– de la normativa permitiendo a los transexuales elegir qué cuartos de baño utilizar.

Los volantazos electorales desde 2008 han sido bruscos. Desde la llegada de Obama al poder el partido demócrata ha perdido sus mayorías en el Senado y en la Cámara de Representantes. La elección de Donald Trump es un viraje más en ese proceso correctivo que, de no ser enderezado a tiempo, podría conducir a EE.UU. Hacia el abismo.

Vacunas Trump

Jose M. de Areilza

Cuando Robert Lee fue derrotado en 1865 se instaló en Washington College, una pequeña universidad en las montañas de Virginia. El general confederado encontró refugio en el campus de Lexington gracias a su mujer, descendiente del fundador de Estados Unidos. Lee se convirtió en un admirado rector y hoy este <em>college</em> se llama por la unión de dos nombres, Washington and Lee. El ilustre general animaba a  los estudiantes a superar las divisiones causadas por la contienda civil. En el código de honor que redactó solo les pedía que actuasen como caballeros. Esta exigencia de auto-corrección, moderación y sentido del deber, la esencia del mejor mundo anglosajón, parece haberse convertido en el paisaje de un país extraño.

Atravesamos con inquietud una etapa del mundo occidental en las que las costuras de la democracia liberal amenazan con romperse también en sus antiguas factorías. Los nuevos gobiernos de Gran Bretaña y en Estados Unidos son el resultado de sociedades profundamente divididas y con poca fe en el futuro. Sus dirigentes cabalgan con oportunismo la ola populista. Hablan de la globalización o de Europa con trazo grueso, como si los problemas comunes de la humanidad no fueran con ellos. América primero, recuperemos el control, ellos y nosotros. La hierba mala del nacionalismo excluyente y del proteccionismo económico crece en suelo anglo-americano. Theresa May puede acabar con la prosperidad en el Reino Unido y perder Escocia por su insistencia en un Brexit agresivo. Donald Trump ha pulverizado en muy poco tiempo el llamado “poder blando” de Estados Unidos, la capacidad de atracción de su país en las relaciones con otros, un capital inestimable que había recuperado Barack Obama. Pero el magnate neoyorkino puede acabar siendo una poderosa vacuna contra el populismo en el mundo occidental. Su estilo de poder revolucionario y tosco desprecia en grado sumo las formas, los procedimientos y las normas. Una parte de sus votantes, que no viven en el lado soleado de la globalización, le agradece estos excesos. Pero muchos callan preocupados y empiezan a tomarse el show de Trump como un argumento de reducción al absurdo, en buena lógica aristotélica. En unos meses puede ser el partido republicano el que declare que ha tenido sobredosis de insurgencia. Tal vez entonces el 45 presidente funcione como un antídoto. Un primer paso para volver a descifrar el código de honor del rector Robert Lee.

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