Hola, ¿qué estás buscando?

de resultados

No se ha encontrado ningún resultado

Ver más

La paradoja de la empatía

Sergio González Ausina

Cada tanto alguien bienintencionado recomienda empatía contra los males del mundo. Me refiero, naturalmente, a esa empatía que pretende meterse en la piel del otro para tomar decisiones, y no a ésa otra que sólo intenta conocerlo, tan elemental que a nadie se le ocurriría recomendarla. Las consecuencias suelen ser moralmente nefastas. No sólo porque rigurosamente hablando la empatía sea una suposición, sino porque una vez en los zapatos de otro no se sabe muy bien en qué lugar queda uno. Acaba de salir publicada en América la última y muy sensata indagación en el asunto, Against empathy, de Paul Bloom. Apoyándose en los últimos estudios científicos sobre el particular, el psicólogo identifica la empatía como un sesgo que no viaja más allá de los estrictos límites de la tribu. O sea una distorsión -¡pruebe el lector a empatizar con una estadística!- que conduce al racismo, incluso a la violencia. Y que ha dejado su impronta en teorías como la del kilómetro sentimental o el efecto de la víctima identificable. El libro va lleno de ejemplos pertinentes, pero yo no me saco de la cabeza aquella empatía del Papa Francisco tras el atentado yihadista contra la revista satírica Charlie Hebdo, que había caricaturizado a Mahoma: “Si el doctor Gasbarri dice una mala palabra de mi mamá, puede esperarse un puñetazo. ¡Es normal!”. Donde queda claro a qué grupo se siente más próximo el Pontífice y qué tipo de piedad suelen aplicar los empáticos.

El énfasis en la empatía no es nada más, obviamente, que el énfasis en los sentimientos. Bloom es un hombre profundamente convencido de que lo mejor de nosotros no se produce en esa circunstancia, sino en el empleo de la razón. Y prueba de ello, como señala citando a Steven Pinker en Los ángeles que llevamos dentro, es que la ampliación de nuestro círculo moral y la contemporánea reducción de conflictos tenga más que ver con la extensión de los derechos humanos que con la supuesta empatía, de la que no hay pruebas de que dispongamos en mayor cantidad que nuestros antepasados. Es decir, la sólida convicción de que aunque no empatizemos con ellos, sus vidas tienen el mismo valor. Es emocionante, frente a las voces que desde la neurociencia y la psicología social claman hoy por expulsar al hombre del paradigma racional, que alguien insista en cuál es el único consuelo fiable.

Ser amigo del hombre

Daniel Capó

En el año 1969, el historiador Owen Chadwick ofreció su lección inaugural como Regius Professor en la Universidad de Cambridge. Todo el texto estaba inspirado en el concepto de la amistad y su relación con la historia. «San Agustín –escribe Chadwick– tenía un dicho: Nemo nisi per amicitiam cognoscitur; esto es, necesitas ser amigo del hombre para poder comprenderlo». Y, más adelante, refiriéndose a G. M. Trevelyan, un antiguo historiador de la corriente Whig, observa que «era de ese tipo de personas que entendieron a la perfección el sentido de las palabras de san Agustín; a saber: que conocemos a la raza humana a través de la amistad». Son palabras hermosas que nos recuerdan aquella vieja cita del cardenal Newman en la que definió al caballero como “aquel hombre que nunca inflige daño a otro hombre” y que compendia el sustrato último de nuestro ideal de civilización. La empatía, en este sentido, consistiría en asumir el innegable fondo social de nuestra identidad, que se construye con los demás y junto a los demás y, a poder ser, no contra ellos.

De la amistad a la empatía se trasluce una prioridad de la mirada que, en palabras de la poeta Marina Tsvietáieva, supondría aprender a “reconocer el sufrimiento de las cosas”. Y de las personas añadiría yo. Son los otros –con su particular biografía de aciertos y errores, de actos nobles e innobles, de gozos y de sufrimientos– los que nos descubren quiénes somos. Al aceptar esta regla de la cercanía aprendemos que la debilidad nos configura, que no somos –ni podemos ser– autosuficientes y que, en definitiva, lo mejor de la humanidad nace del encuentro. Sin empatía ni siquiera seríamos capaces de identificar esa sombra primitiva de la condición humana que es la crueldad. Y no creo que exista una mejor descripción de lo que constituye la democracia liberal que aquella que pasa por el esfuerzo de una mirada comprensiva hacia el diferente en un camino de ida y vuelta.

TOP

escorts london