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La belleza y nosotros

José Carlos Llop

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

Siempre me he hecho un lío con la distinción de Kant entre lo bello y lo sublime. O mejor: nunca he sabido separar lo bello de lo sublime, ni lo sublime de lo bello. Eso está bien porque crea defensas ante las modas. La belleza es un sentimiento que nos une desde Altamira y Lascaux hasta aquí. Que nos une en el tiempo y no hace distingos entre la Cueva de los Nadadores, la Alegoría de la Primavera, la luz de Turner o una tela de Rothko. Pero en todas ellas se encuentra también lo sublime. Como se encuentra en el enamoramiento. De ahí que todos sepamos, sin explicarlo, qué es la belleza: la buscamos en otros –en otras– y eso enriquece nuestras vidas y en cierto modo –el modo estético, pero también sentimental– las culmina. Aunque sin confundir: la belleza podría ser un analgésico para pasar por la vida neutralizando el dolor. De hecho en los últimos tiempos se parece bastante a eso y de una forma exageradamente paródica de la belleza misma. La que está en manos de sus traficantes, a quienes el mundo adora. La casa Saint-Laurent hace una campaña con modelos de piernas larguísimas –de tan largas deformes vía fotoshop– montadas sobre patines que son zapatos de tacón de aguja. Las posturas, de tan obvias, risibles. El culo de una tal Kardashian te lo encuentras –resistiéndote a las redes sociales– en todos los periódicos como una especie de venus de Willendorf poscontemporánea. Las adolescentes deben presentar un arco en cada muslo, que permita casi el paso de un balón de rugby entre ambos: otra estupidez y a la espera. Pero antes he citado una palabra: enamoramiento y de ahí nadie sale impune. El enamoramiento produce belleza, aunque lo más importante aquí es que la belleza produce enamoramiento y en ambas cuestiones volvería a estar mi confusión entre lo bello y lo sublime. Hay religiones que impiden reflejar el rostro de Dios por esa misma razón. Pero si volvemos al origen de la belleza –de los cánones inventados por los hombres y no por la naturaleza– hallamos que en Altamira y Lascaux hay más animales que personas. La celebración de la belleza está en ellos y en la caza y no en los cuerpos de las mujeres o de los hombres. Esto es muy curioso porque también ocurre, parece, en los cantos primitivos. Lo cuenta Bowra (leo en Quignard): muchos de caza, algunos de guerra, ninguno de amor. ¿Dónde, pues, la belleza? O mejor: ¿dónde su origen? Tal vez de ahí el aspecto cinegético de muchas campañas de moda: la incitación hacia la presa para satisfacer el instinto de belleza. Sólo que la belleza no es un instinto y ya decía Kant –siempre hay que volver al principio– que el amor sexual ‘guarda en sí el carácter de lo bello’. Pero una cosa continúa clara: sin enamoramiento –místico, estético, sexual…– no hay belleza que resista. Salvo en la música, que contiene y recrea hasta lo que no existe.

Las lágrimas de la belleza

Daniel Capó

Foto: CHARLES PLATIAU
Reuters

La belleza surge de una lágrima que se disuelve en otra ajena. Aparece en el relato de Esaú, el hijo primogénito de Isaac, al que su hermano Jacob engañó en dos ocasiones. Es la historia perturbadora del hermano mayor a quien el padre le niega la bendición. «¿Es que tu bendición es única, padre mío? –leemos en el Génesis– ¡Bendíceme también a mí, padre mío! Isaac guardó silencio y Esaú alzó la voz y rompió a llorar». El llanto del hijo rechazado por su padre –y sobre el que pesa, según las Escrituras, el odio de Dios– plantea un dilema moral que involucra además la cuestión de la belleza: una belleza que nos apela e interroga, nos sondea y descubre. En su fundamental Tratado de las lágrimas, Catherine Chalier persigue este hilo argumental apelando a la autoridad de la tradición talmúdica. Lo hace en el marco estricto de la ética, pero su campo de resonancia es mayor: el padre aborrece a Esaú –sugiere la autora– porque en sus lágrimas percibe un sufrimiento encerrado en sí mismo, egoísta, ajeno al dolor de los demás. Son lágrimas que nublan la mirada y ocultan la realidad. Son lágrimas que convierten en imposible el esplendor de la belleza.

Se diría entonces que la mirada propia de la creación artística nace de una fragilidad –la humana– que aspira a un sentido de la trascendencia situado más allá del estrecho ámbito de la individualidad. No es autorreferencial ni  autocompasiva, aunque se alimente de la sombra porosa de la memoria y de las teselas rotas de un paraíso perdido. La belleza responde a una inspiración y, por tanto, a una experiencia de la alteridad que nos reclama un tributo en forma de obediencia. Como nos enseñan las lágrimas de Esaú, nadie descansa en el centro de su propia verdad sino que es deudor de un misterio que el arte celebra. Si para Bernanos «el mundo es el dominio de la gente que no está hecha para la felicidad», la belleza nos recuerda que el mal, el resentimiento, la angustia o el  horror no tienen la última palabra. De este modo, el gran arte constituye la expresión de una realidad que ha conseguido permanecer intacta entre las ruinas, preservada de la miseria humana.

Las lágrimas de la belleza nos invitan a redescubrir la intensidad trágica de la existencia, pero también el sustrato último de la vida. Las flores desnudas y el canto de los pájaros son hermosos. La dicha de la paternidad y el gozo inocente de la infancia son hermosos. Bach y Mozart, Cervantes y Shakespeare son hermosos. «Para Velázquez –observa Ramón Gaya– la realidad, el cuerpo de la realidad, es algo imprescindible, pero también sin mucha importancia: lo decisivo está dentro, transparentándose. Velázquez pinta esa transparencia, de ahí que la realidad que termina por presentarnos –tan veraz– no sea propiamente realista, corpórea, pesada, abultada, sino imprecisa, indecisa, insegura, casi precaria». Una realidad y una belleza que se ofrecen moldeadas por unas lágrimas que no son las de Esaú, sino las de la humanidad entera.

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