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La esperanza de los hombres mudos

Daniel Capó

Foto: Wesley Tingley
Unsplash

«Hay una alianza natural entre la verdad y la desgracia –escribió Simone Weil–, porque una y otra son suplicantes mudas, eternamente condenadas a permanecer sin voz ante nosotros». Y, a continuación, apostilla que se puede encontrar más verdad en los balbuceos de un idiota que en las prolijas peroratas de un erudito hinchado de orgullo. Simone Weil no era cristiana y, sin embargo, esta paradójica relación entre la verdad muda y la desgracia sólo adquiere sentido si acudimos a la tradición judeocristiana. Así, en uno de sus discursos más chestertonianos, el célebre juez Antonin Scalia recordaba la etimología francesa de la palabra cretino, que deriva de chrétien (cristiano). En la Edad Media, “cretinos” eran aquellos aldeanos deformes, con retraso mental, que vivían aislados en los valles alpinos de Francia, Italia y Suiza. Se les llamaba “cretinos” –cristianos– para subrayar su condición humana, su dignidad última y definitiva.

La Navidad, en sus orígenes, celebraba esa extraña luz de la desgracia, que es la luz de los cretinos y los idiotas. Una luz proscrita en un mundo que se nutre del deseo y la mentira, inherentes a cualquier forma de idolatría; pero que asimismo responde a la biografía de aquel Niño de estirpe mesiánica que nació en Belén de Judá, el cual –señala Pablo de Tarso– «siendo de condición divina, no consideró como presa codiciable el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo, tomando la condición de siervo, hecho semejante a los hombres, mostrándose igual que los demás hombres». La teología llamará Kénosisa este anonadarse de Dios. De modo que la luz kenótica será la luz propia de la Navidad y de la Resurrección, la memoria de la esperanza para todos aquellos que se encuentran «eternamente condenados a permanecer sin voz ante nosotros».

Por supuesto, nuestro mundo festeja en la Navidad una alegría profana, muy alejada del relato sagrado. No se venera ya a los “suplicantes mudos”, como testigos de una verdad llagada; ni a los cretinos, cuyo dedo se atreve a señalar las vergüenzas de un rey desnudo. La historia de la Navidad, como la de la fe cristiana, nos habla del fracaso de la Historia y del asombro que causa un Dios que decide desprenderse de su omnipotencia para convertirse en un amasijo de carne ensangrentada. Cuenta el Evangelio que esa noche, mientras aquel Niño conocía el frío en una cueva de Belén, el Cosmos se estremeció. Un rey llamado Jesús nacía y otro llamado Herodes buscaba asesinarlo. En este contrapunto, que enfrenta a dos monarcas de signo opuesto, se resume la historia de la Humanidad. Si celebro estas fiestas es, precisamente, para guardar la memoria de que algún día –son palabras de José Jiménez Lozano– «la debilidad retumbará en el tiempo». Como un testimonio de la verdad muda, real, inapelable, que entrega la desgraelSubcia y llama a la esperanza.

La Navidad como guerra cultural

Ricardo Dudda

Foto: Wesley Tingley
Unsplash

Christopher Hitchens, gruñón-in chief del liberalismo, decía que la Navidad es lo más cercano a vivir en la “atmósfera de un Estado de partido único”. “Como en las repúblicas bananeras, lo terrible y siniestro es que la propaganda oficial es ineludible. Vas a una estación de tren o un aeropuerto, y la imagen y la música del Querido Líder están por todas partes. Vas a un lugar más íntimo, como una consulta médica o un restaurante, y vuelven las melodías metálicas, ululantes, enloquecedoras y repetitivas.” Quizá exagera, pero tiene un punto de razón cuando critica la generosidad forzada. Hay una ilusión de unanimidad que convierte al crítico en disidente o misántropo. Como muchas fiestas, se defiende más por la tradición que por el contenido. Sin embargo, es una guerra cultural que le encanta a la derecha: desde la “guerra contra la Navidad” a los aspavientos contra los Reyes de Carmena, la derecha disfruta protegiendo una falsa pureza de la Navidad, como si el abeto y el Papá Noel vinieran del huerto de Getsemaní. Los niños que hoy saludan a Pocoyó en la cabalgata de Reyes lo reivindicarán dentro de 50 años como la tradición.

La Navidad es una fiesta kitsch, sentimental y excesiva. Pero es posible escapar de ella. Solo hay que comprar los regalos por Amazon, evitar las zonas céntricas de las ciudades, no ver la tele y aprovisionarse de polvorones y dulces, quizá lo mejor de las fiestas, cuando empiezan a llegar a los supermercados a finales de noviembre. En lo que respecta a las reuniones familiares poco se puede hacer: quizá lo más sensato es dejar que los demás hablen de Cataluña y Puigdemont y dedicarse a comer langostinos. 

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