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Europeos contra la nostalgia

Antonio García Maldonado

Foto: Fabrizio Bensch
Reuters

“¿Qué tenéis contra la nostalgia?”, se preguntaba en un monólogo sobreactuado uno de los personajes de la película La gran belleza. Y aducía ante su audiencia con gesto contrito: “es lo único que nos queda a los que no tenemos esperanza en el futuro”. Hay un breve silencio en el que el personaje espera angustiado sin abrir la boca la reacción del público. Estallan los aplausos y vítores, y el personaje queda liberado del esfuerzo y la frustración tras ser al fin un dramaturgo de éxito, objetivo que lo había llevado hasta Roma siendo un estudiante. Cumplido su anhelo, vuelve al pueblo. Se ha deshecho de angustias existenciales y de algún amor no correspondido. Ahora es libre y se dispone a comenzar otra etapa. De madurez, sino fuera porque la madurez le ha pillado más cerca de los 60 que de los 30.

Europa vive un momento y una paradoja similares a la de este personaje memorable. Tiene un sueño, lo identifica, pero es incapaz de alcanzarlo. La frustración comunitaria que eso conlleva –unida a la incertidumbre generada por la globalización, la crisis económica y el cambio tecnológico– lleva a la nostalgia, y la nostalgia tiene una derivación política reaccionaria en forma de variopintos frentes nacionales que reclaman la vuelta de la frontera como bálsamo contra todos los males. De modo que, si en lo personal, y siguiendo el parlamento del personaje en su monólogo, “no hay nada que reprochar a la nostalgia”, su uso político ha sido tremendamente perjudicial para el sueño comunitario y para los que debemos creer en un futuro. Y la contradicción reside en el hecho de que es la propia nostalgia la que impide o retrasa el federalismo europeo y la unión política que mejor podría lidiar con los problemas que la producen.

Precisamente por eso Europa es necesaria: no porque las carencias y malestares que nos angustian deban ser asumidas como inevitables, sino porque el de la UE es el único proyecto con el que hacerles frente en un mundo al que le importa poco si nos recreamos en nuestra grandeza pasada, mirando con aire de dandi el Coliseo echado en una tumbona. Las proyecciones indican que el número de habitantes en Europa decrecerá hasta los 646 millones (incluida Rusia) a finales de siglo, mientras que los de Nigeria superarán los 752 millones. En Asia vivirán unos 4.890 millones por las mismas fechas. En este contexto, cualquier pulsión disgregadora, por más barniz europeísta que utilice para presentarse, sólo alimenta esa nostalgia reaccionaria e impide la unión política con la que podemos competir y defender el modelo ilustrado del bienestar europeo y, de paso, hacerlo atractivo para otras partes del mundo, que es otra forma de protegerlo.

El reto de la Unión Europea es generar comunidad, romper ese círculo vicioso de la frustración, la nostalgia y la queja por la falta de un orden global que proporcione un mínimo de seguridad y certidumbre económica y afectiva. El demos de la construcción es socialdemócrata o democristiano, y en cuanto se ha impuesto una lógica distinta al bienestarismo –que podemos llamar austericida, neoliberal, o tendente a ella más bien, pues la protección, pese a todo, ha seguido siendo la más alta del mundo–, la reacción ha sido igual de patológica: populista, anti-intelectual, simplificadora, reaccionaria, de un signo o de otro, típicamente europea pero enfáticamente antieuropeísta, pues el sueño comunitario nace precisamente para hacerles frente, escarmentado por dos guerras mundiales fruto de nacionalismos y fascismos de distinto pelaje.

Decía Felipe González que, estando dentro, no sabía muy bien qué significaba ser europeo, pero que cuando salía de la UE lo tenía clarísimo. Me ocurre algo parecido, y sólo hay que dar un somero repaso a cualquier sección internacional de un diario generalista para razonar que vivimos, pese a todo, en el lugar con mayores cotas de estabilidad y bienestar del mundo, y con algún pálido pero reconocible programa común de lo que queremos ser o seguir siendo. Entiendo que cierta protección y seguridad es innegociable, y que en el momento en que desde la propia UE eso se ha cuestionado, el afecto hacia proyecto comunitario se ha resentido. Pero la solución no es la vuelta a la frontera, sino ese mantra que no por repetido deja de ser menos cierto: más Europa.

100 razones por las que me sigue gustando Europa a pesar de todo

Cristian Campos

Foto: Fabrizio Bensch
Reuters
1. Porque Europa no es lo mismo que la Unión Europea.
2. Porque los europeos solemos matarnos poco entre nosotros (al menos desde 1945).
3. Por La Primavera de Botticelli. Ningún ser humano ha vuelto a crear jamás nada tan bello como este cuadro.
4. …y por el Renacimiento entero.
5. Porque inventamos la democracia (fueron los griegos).
6. Porque inventamos las universidades (la primera fue la de Bolonia, en 1088).
7. Porque inventamos la imprenta y, por lo tanto, el libro.
8. Porque inventamos el periodismo y la prensa escrita.
9. Por París, a pesar de los parisinos.
12. Porque a pesar de que inventamos el comunismo y levantamos el Muro de Berlín, sin duda alguna el mayor acto criminal de la historia de la humanidad y merecedor por sí solo de que nos corran a gorrazos hasta que escupamos el cuello, también fueron europeos (Thatcher y el Papa Juan Pablo II) los principales responsables de que cayera en 1989. Aunque con la ayuda de un americano (Ronald Reagan). Eso también es cierto.
13. Por el Gran Colisionador de Hadrones de Ginebra.
14. Porque inventamos Occidente.
15. Por la operación Nimrod de mayo de 1980, cuando veinticuatro miembros del SAS (la unidad de fuerzas especiales contraterroristas del ejército británico, equivalente a los Navy Seal americanos) tomaron por asalto la embajada iraní en Londres, donde seis terroristas iraníes mantenían secuestradas a veintiséis personas. El asalto duró sólo quince minutos y acabó con cinco de los asaltantes muertos. El sexto fue condenado a cadena perpetua.
16. Porque descubrimos América.
17. Por la Pax Romana.
18. Por el palo cortado Leonor (un jerez que vale cien euros pero cuesta poco más de veinte).
19. Por los Beatles.
20. Y por los Rolling Stones.
22. Por la Sinfonía nº 3 de Henryk Górecki.
23. Por Winston Churchill y Margaret Thatcher.
24. Por Oriana Fallaci.
25. Por el Etna, el volcán (activo) más alto de la placa eurasiática.
26. Por la tipografía Bodoni, diseñada por Giambattista Bodoni en el siglo XVIII.
27. Por Senza un perché, de Nada.
28. Por el catálogo de imágenes de la British Library en Flickr. Todas ellas libres de derechos.
29. Por los insultos del Capitán Haddock: “Cyrano de cuatro patas”, “mercader de alfombras”, “hidrocarburo”, “papú de mil diablos”, “beduino interplanetario”, “palurdo de los Cárpatos”, “calabacín diplomado”, “sietemesino con salsa tártara”…
30. Por la inquietante escena de la posesión de Isabelle Adjani en Possession (Andrzej Zulawski, 1981).
31. Por las fotos de Marc Lagrange.
32. Por el Großes Schauspielhaus (Gran Teatro) de Berlín, diseñado por el arquitecto Hans Poelzig en 1919.
33. Por los bodegones de flores de Jan van Huysum.
34. Por Pierre-Jules Renard, William Butler Yeats y Evelyn Waugh. Y por Enrique García-Máiquez, al que tienen el inmenso (y gratuito) privilegio de leer aquí en esta misma casa.
35. Por Chvrches interpretando Clearest Blue en directo. Si no brincas como una rana con esto es que tienes una coliflor hervida en el hueco donde los demás tenemos el corazón.
36. Por el niñato ese genialoide, el Rimbaud.
37. Por esta maravilla de Savages.
38. Por los hooligans británicos cantando esa horterada llamada I Want to Stand With You on a Mountain a grito pelado en un pub.
39. Por el Napoleón de Ingres. Y por Napoleón, claro.
40. Por la victoria de Alejandro Magno en la Batalla de Gaugamela.
41. Por Isaac Newton.
42. Y por Galileo.
43. Y por Charles Darwin.
44. Por la Edad Media. La muy infravalorada Edad Media.
45. Por Voltaire.
46. Por la batalla de Trafalgar y la de Waterloo.
47. Por Pirlo, Ibrahimovic y Mourinho.
48. Por la victoria en “la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros”. Es decir la Batalla de Lepanto.
49. Por la Reforma de Lutero.
50. Por la Revolución Francesa.
51. Por la Revolución Industrial.
52. Por la invención de la ciencia financiera en Italia durante el siglo XV. Esa que permitió la expansión de Europa y su dominio absoluto sobre el resto del mundo durante los cinco siglos siguientes.
53. Por la Batalla de Kahlenberg, que frenó la expansión del imperio otomano por Europa.
54. Por Louis Pasteur.
55. Por Friedrich Hayek y Ludwig von Misses.
56. Por los diez principios del buen diseño de Dieter Rams.
57. Por el Club del Fuego Infernal.
58. Por ese hombre que, según aquellos que lo conocieron, llevaba siempre “una botella de láudano y en el corazón veneno de avispa”. Es decir Thomas de Quincey, autor de Sobre el asesinato considerado como una de las bellas artes.
59. Por Christopher Hitchens.
60. Por los vikingos y su táctica militar (el strandhögg). Aunque nunca llevaran cascos con cuernos.
61. Por Cary Grant, el tipo más elegante del siglo XX.
62. Por Audrey Hepburn.
63. Porque fuimos los primeros en mirar al cielo y entenderlo.
64. Por los paisajes apocalípticos de la Isla de Skye. Y las Highlands en general.
65. Por la elegante y tranquila decadencia de Oporto.
66. Por la Toscana.
68. Por las playas griegas.
69. Por el monasterio de Strahov, en Praga.
70. Por ese experimento suicida en tiempo real que están llevando a cabo los suecos en este preciso instante y que servirá durante generaciones de perfecto ejemplo de cómo hundir un país renunciando a los valores y los derechos que ha costado siglos consolidar, y rindiéndose a las supersticiones de los bárbaros por un mal entendido concepto de la tolerancia.
71. Por el Siglo de las Luces.
72. Por Klemens von Metternich.
73. Por John Locke y Edmund Burke.
74. Por los mejillones con patatas fritas belgas.
75. Por las catedrales góticas. Y especialmente la de Santa Maria del Fiore en Florencia.
76. Por Jean Giraud, Moebius.
77. Por las colecciones de mujer de Valentino, Prada, Lanvin y Céline. Casi siempre.
78. Por tocarle las narices a Donald Trump.
79. Por tocarle las narices a Podemos.
80. Por Bach, Beethoven y Mozart. Y por Freddie Mercury.
81. Por la moda masculina italiana. Y por la de la aristocracia británica.
82. Por los funerales de Estado británicos (a partir del siglo XX: antes eran un desastre).
83. Porque nosotros inventamos el amor (aunque también, por desgracia, el sentimentalismo).
84. Por el uniforme negro con calavera de los Húsares de la Muerte franceses (en la parte superior izquierda de este cuadro de Jean-Baptiste Mauzaisse).
85. Porque hablamos decenas de idiomas diferentes y a pesar de ello nos entendemos todos en inglés, lo cual es una innegable señal de civilización.
86. Porque los europeos de hoy no tenemos ni la mitad del talento, el nervio, el empuje, la dignidad, o la firmeza de nuestros antepasados. Pero lo llevamos en los genes y quiero pensar que, en caso de necesidad, seremos capaces de hacerlo aflorar.
87. Por el lago Bled en Eslovenia.
88. Por ese país en el que ellos son tan guapos como ellas (no suele suceder). Me refiero a Noruega.
89. Por los restaurantes del Trastévere de Roma.
90. Por las tartas de Gildas Rum en Estocolmo.
91. Por Goran Bregovic y las películas de Emir Kusturica.
92. Por la ciclista de montaña en la especialidad de descenso Rachel Atherton, cuatro veces campeona del mundo y una vez campeona de Europa. Este vídeo de uno de sus descensos es puro cine de terror y lo más feroz que verán en mucho tiempo.
93. Por las cuatro estaciones que puedes vivir en un mismo día en Londres.
94. Porque inventamos los trenes.
95. Por la isla de Murano.
96. Por el art déco.
97. Por los cuernos del loaghtan manés.
98. Por el Torvosaurio gurneyi, el mayor dinosaurio carnívoro europeo que jamás haya existido. Con dientes de diez centímetros de longitud, diez metros de longitud y cuatro o cinco toneladas de peso. Una lagartija de concurso, en definitiva.
99. Por Carmen Amaya.
100. Por Monica Vitti, que me recuerda a ella en muchas fotos.

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