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Y nosotros más

Cristian Campos

En ¿Por qué luchamos?, el noveno capítulo de la serie sobre la II Guerra Mundial Hermanos de sangre, la compañía Easy americana cruza la frontera alemana y se topa con un campo de exterminio en las afueras de la ciudad de Landsberg. Los soldados, que hasta ese momento de la guerra desconocían la existencia de los campos nazis, descubren cientos de cadáveres putrefactos amontonándose en los barracones y a unas cuantas docenas de prisioneros esqueléticos. Uno de ellos cuenta que los nazis han abandonado el campo esa misma mañana, alertados de su llegada por alguien del pueblo. Antes de irse, han disparado a todos los prisioneros hasta que se les han acabado las balas.

Tras escuchar su historia, el comandante del batallón toma dos decisiones. La primera, proporcionarle comida, agua y atención médica a los supervivientes. La segunda, obligar a los ciudadanos de Landsberg a enterrar los cadáveres con sus propias manos.

Es una escena que cualquier espectador puede entender porque apela a un sentido de la justicia que está grabado a fuego en la naturaleza humana sin importar nacionalidad, cultura o nivel educativo. La responsabilidad de la existencia de ese campo no es sólo de las elites del ejército nazi sino también de los ciudadanos alemanes que han callado frente a su existencia y que han mirado hacia otro lado mientras profesores, músicos, artesanos o campesinos judíos eran detenidos y cargados como ganado en trenes en dirección a los campos de exterminio. Son los mismos ciudadanos alemanes que no pusieron la mano encima de ningún judío, que no tendieron ni un solo metro de alambre de espino, que no mataron a nadie con sus propias manos y que se limitaron a seguir con su vida habitual hasta que la llegada de la guerra a sus ciudades interrumpió su bovina rutina habitual. Ni siquiera el olor a carne quemada procedente del campo les perturbó.

No resulta difícil empatizar con el comandante del batallón. Porque el nazismo no era un simple código castrense o las órdenes dictadas por los generales del ejército nazi. Era una ideología con vocación de totalidad y aceptada sumisamente, con todas sus consecuencias, por una amplia mayoría de los ciudadanos alemanes. Ciudadanos que se repartían muy eficientemente las tareas necesarias para la consolidación del régimen. Algunos alemanes delataban a gitanos, polacos y judíos. Otros los empujaban para que subieran a los vagones. Otros abrían la espita del gas en los hornos de los campos. Y otros callaban mientras todo eso sucedía. Todos ellos eran igualmente necesarios para el proyecto y la única razón por la que esa amplia mayoría de ciudadanos alemanes que respaldaron por acción y omisión al nazismo no fueron juzgados en Nuremberg junto a los principales dirigentes y colaboradores del régimen es porque no se puede colgar en la horca a ochenta millones de ciudadanos.

En España conocemos perfectamente cómo funciona la responsabilidad por omisión de ciudadanos supuestamente pacíficos. Sólo hace unos días que un famoso cocinero vasco decía en un canal de televisión catalán que él se había comido “marrones de una manera bestial” porque tenía “amigos en ETA y amigos que habían sido asesinados por ETA”. Como si el principal marrón no fuera el del asesinado sino el suyo porque, joder, ¡cualquiera mantiene el equilibrio moral sobre un charco de sangre! Como si el forcejeo entre el violador y la violada fuera sólo “la expresión de un conflicto” que debe resolverse con diálogo político y una comprensión profunda, generosa, de las urgencias sexuales del atacante.

Es el mismo tipo de razonamiento que se repite tras cada atentado islámico. Tras la noticia de que en tal o cual barrio europeo la sharia rige ya de facto y de que los periodistas son echados a patadas para que no hablen de lo que ocurre allí. Tras las rutinarias informaciones de que Arabia Saudí financia tal o cual mezquita wahabista española. Es la misma distorsión cognitiva que conduce a muchos españoles a justificar los dogmas del islam con el argumento del “y nosotros más”.

A los rutinarios atentados suicidas en suelo europeo y en nombre del islam se responde citando la Inquisición. A la noticia de los matrimonios forzosos con niñas, con las estadísticas de embarazos adolescentes en España. A la aberración del burka, con el ejemplo de las mantillas y las monjas. A la esclavitud de las mujeres en el islam, con las cifras de maltrato doméstico en algún país europeo. A los tocamientos y las violaciones en grupo durante la celebración de tal o cual título de Liga, con el “micromachismo” del taxista que lanza un piropo gañán. A las mutilaciones sexuales femeninas, con la circuncisión judía. A las cifras medievales de desarrollo en los países de Oriente Medio, con el colonialismo europeo. A las imágenes de gays colgados de grúas, de adúlteras lapidadas, de caricaturistas condenados a muerte, de niñas con la cara abrasada con ácido por haberse negado a casarse con algún viejo de su aldea, con la acusación de islamofobia.

No hay crimen del islam al que los colaboracionistas no le encuentren un paralelismo perfectamente descontextualizado, malinterpretado, tergiversado, no equivalente y estadísticamente excepcional en algún rincón de la cultura occidental. Nos hemos topado con un campo de exterminio y, antes incluso de darle comida, agua y atención médica a los supervivientes, ya hemos empezado a pensar en excusas para los ciudadanos de Landsberg.

La serie Hermanos de sangre sólo tiene dieciséis años. Pero si se filmara hoy su remake, los soldados de la compañía Easy le responderían a su comandante: “Pero, por favor, señor, no sea apocalíptico. ¿Cómo vamos a obligar a los ciudadanos de Landsberg a enterrar los cadáveres? Además, nosotros también desembarcamos en las playas de Normandía con el objetivo de invadirles a ellos. El nazismo es una ideología perfectamente válida y esto ha sido obra de extremistas. No tomemos la parte por el todo y, sobre todo, no me sea usted nazífobo”.

¿Demasiado tolerantes?

Ferrán Caballero

Los atentados contra Charlie Hebdo convirtieron el Tratado sobre la tolerancia de Voltaire en un superventas en Francia. Quién sabe por qué. Quizás los parisinos necesitaban un recordatorio de las virtudes de la tolerancia, por la comprensible tentación de renunciar a ella. O quizás porque necesitaban un manual de tolerancia, por el incomprensible sentimiento de culpa de no haberla practicado lo suficiente. También, ahora, tras los últimos atentados en Londres, la Primera Ministra Theresa May ha creído necesario hablar de tolerancia. Aunque fuese, en su caso, para denunciar que ha habido demasiada tolerancia con los extremistas.

Es comprensible que May lo diga y es comprensible que nosotros la creamos, porque así es como hablamos de la tolerancia y porque todos hemos visto alguno de esos vídeos en los que un grupillo de islamistas patrulla las calles de Londres advirtiendo a las mujeres de que por allí no se pasea vestida como a una le de la gana o advirtiendo a un grupo de jóvenes que en ese barrio la cerveza está prohibida por ser una bebida impura. Vemos, así, como el imperativo de tolerancia religiosa que creemos fundamental ha ido haciendo más y más difícil el goce y disfrute de las libertades más básicas y la defensa de los derechos más fundamentales.

Vemos así convertido en “paradoja de la tolerancia” lo que es simple sentido común; que la función de la ley en una sociedad libre es defender la libertad de los individuos frente a aquellos que los atacan o amenazan. Y es que, en realidad, solo hay paradoja de la tolerancia donde se da la extraña convicción de que la tolerancia debería ser ilimitada; de que tenemos el deber de tolerar cualquier barbaridad que se haga en nombre de una religión porque tenemos el deber de tolerar cualquier religión.

Pero ese es el discurso de los extremistas y es estúpido creer que estamos obligados a comprarlo y aceptar que lo que ellos hacen es siempre imperativo religioso y que cualquier crítica es por tanto islamofobia. La primera batalla es siempre la del lenguaje y por eso tenemos que responder a sus ataques y acusaciones en nuestros propios términos.

Nos exigen tolerancia, pero la tolerancia necesita de alguien que tolere y alguien que sea tolerado y eso es, simple y llanamente, incompatible con la igualdad democrática de los ciudadanos libres. Por eso, quienes exigen tolerancia son aquellos que quieren ser tratados según lo que son y no según lo que hacen. Son aquellos que creen que las nuestras son sociedades multiculturales y no simplemente plurales. O sea, que no son sociedades sino yuxtaposición de tribus.

Por eso, cuando nos exijan tolerancia con los musulmanes, hay que recordar que ni nosotros somos nadie para tolerar a los musulmanes ni ellos son nadie para ser tolerados. Porque aquí la cuestión no es de tolerancia, sino de seguridad ciudadana. La tolerancia nada tiene que ver con el asesinato y nada tiene que resolver en el trato los fanáticos que predican el odio en las mezquitas, en los colegios o en las redes sociales. A ellos no hay que tolerarlos, sino tratarlos como ciudadanos adultos y responsables y no como miembros anónimos de un grupo incapaces de culpa o elección. Y, por lo tanto, como ciudadanos que pueden ser criticados, detenidos, juzgados y condenados.

Y en eso estamos. Y lo estamos haciendo bien.

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