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Fiebre lectora

Pablo Mediavilla

Hace un par de meses volví a leer. Fue “Patria” de Fernando Aramburu y me gustó mucho. Luego empecé a frecuentar librerías, robar ejemplares en casas de amigos y recuperar otros que había prestado. En ese montón estaba, decían, lo más prometedor de la literatura española actual. En una de esas obras, se incurría en dos errores de bulto en las primeras páginas. No diré el nombre. Lo que en la cinco era, pongamos, un triciclo, en la siete era una canoa. Es bien sabido que solo la realidad se puede permitir algo así, nunca una novela.

La fiebre pasó. Volví a la pantalla y las horas perdidas en Twitter. Sería fácil decir que la culpa es mía y de esta era de distracción digital. Todo para obviar el elefante en la habitación, para no señalar lo evidente: que lo que ya no es necesario es escribir. ¿Cómo escribir los días después de Montaigne? ¿Un viaje en autobús después de Pla? Uno lee ya todo con una pereza preventiva, un mecanismo de defensa ante la metáfora absurda e inevitable que te van a calzar, superar la primera línea es toda una hazaña.

Sé que es un deseo imposible, pero querría un “Llámenme Ismael”, una descripción bajo cero de Dashiell Hammett, esas frases de resonancias bíblicas que parecen esculpidas en mármol porque sólo pueden ser dichas así y no de otra forma. Un buen libro, un gran relato, cualquier artefacto literario realmente meritorio renace con cada lectura. Es inmortal, es una roca. Un puñado de palabras escritas sin fuste, sin apenas un rayo de inteligencia, una mala copia nace muerta. Ahora todo es repetir, decir peor lo ya dicho. La prueba de esta tesis apresurada es esta misma columnita hueca, liviana y olvidable.

Rompiendo amarras

José Andrés Rojo

Hay un libro de fotografías de André Kertész que se titula ‘Leer’, publicado hace poco en España por Periférica. En las imágenes aparecen hombres y mujeres, niños y viejos, occidentales y orientales, ya sea solos o acompañados, totalmente abstraídos delante de un trozo de papel, un periódico, un libro. Leen, y es como si de pronto hubieran desconectado. El mundo sigue su curso, pero la lectura los ha apartado y están ensimismados en otra parte. Secuestrados por las palabras, distraídos, enchufados a otra historia.

Luego regresarán, es cierto. Pero en ese proceso de salir de la realidad para sumergirse en la lectura, y luego volver, se esconde uno de los secretos mejor guardados, porque resulta muy complicado explicar qué ha sucedido en el camino y por qué merece tanto la pena. Hay que ver a esas personas que fotografió Kertész leyendo para concluir que esa tarea los tiene subyugados. ¿Qué han encontrado ahí para romper amarras tan radicalmente?

¿Van a convertirse por el hecho de leer en mejores personas, van a ser más justas, más hermosas, más poderosas? Seguramente no. Cada uno lee, además, cosas muy distintas. Alguno sigue simplemente el curso de una noticia, otro se entretiene en un poema, el de más allá está sumergido en un vertiginoso cruce de tiros y parece que desconoce por el momento el destino del héroe, hay quienes están agarrados a un puñado de consideraciones metafísicas y otros se van cargando de ira porque van entendiendo la desquiciada ambición de un rey que va a llevar a su pueblo a la ruina. Y así cada cual anda en un asunto muy distinto.

Todos están, sin embargo, callados, reconcentrados, como si se hubieran metido hacia dentro. En un texto siempre hay un principio y un final, y por tanto un sentido. No ocurre como en la vida, que sigue abierta y que puede cambiar todavía un montón de veces, y torcerse. Al terminar de leer una pieza tienes ya todos los elementos. Aquel tipo la mató, el sol se hundió por esa línea del fondo, la caída de la bolsa fue del 7%. Así que te haces cargo, y por provisional que sea el resultado tienes un resultado. En la vida no. Cierto que habrá un punto final, pero cuando a ti te ocurra ya no estarás ahí para hacerte una idea cabal. Estarás fuera, sin billete de vuelta.

De la lectura, en cambio, regresas siempre. Kertész muestra a toda esa gente tan metida dentro de lo que lee porque todos ahí se la están jugando. Están armando un sentido y se han visto implicados. Algo se ha puesto en movimiento, algo que tiene que ver con el conocimiento y con las emociones. A veces la experiencia es tan fuerte que al terminar te encuentras transformado. Otras veces, no pasa nada. O casi nada: una información más, un gesto. ¿Por qué merece la pena? Quizá porque te permite multiplicarte, colocarte en posiciones muy diferentes, celebrar que todo sea al final complejo, lleno de matices. Estrujas el papel, apartas el periódico (el móvil, la tableta), cierras el libro. Levantas la cabeza y el mundo sigue su curso.

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