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El ruedo mental

José Antonio Montano

Foto: JAVIER BARBANCHO
Reuters

Cada vez que pienso en los toros, cuando se me pide que piense en los toros, noto que en mi ruedo mental me voy desprendiendo. Y debo resaltar lo de “cuando se me pide”, porque por mi cuenta no suelo pensar en los toros: es una preocupación secundaria en mi vida. Se me pidió también el verano pasado y percibo que me he alejado más. Todavía no defiendo la prohibición, pero ya no peleo con quienes la defienden. Hace solo cuatro años me recuerdo discutiendo acaloradamente con una amiga por las calles de Lisboa y ese ya no soy yo.

No sin sorpresa, observo cómo la civilización va ganando terreno en mí. ¿Será la edad? Ya me cuesta trabajo hasta matar insectos (aunque si hay que matarlos los mato). Se me va imponiendo un resquemor budista, un respeto por todo bicho viviente. Nunca he sido cruel con los animales, pero en el contexto taurino el dolor desaparecía: envuelto en el ritual, en las emanaciones simbólicas o en la simple diversión. Pocas veces contemplaba realmente el toro como ser vivo. Era una metáfora.

De niño, como casi todos los niños de mi generación, jugaba a ser torero. Puedo ver la muletita roja en la cama, cuando me la regalaron mis padres. Pero ni siquiera llegué a convertirme en un aficionado. Las corridas estaban con frecuencia en la tele y a veces me paraba a mirarlas (en blanco y negro primero, en color después). No me hacían daño. Sufría más mi abuelo, al que sí le gustaban. Permanecía callado durante las faenas. Y cuando moría el toro decía, con compasión: “Animalito” (entonación: “áni-malito”).

Había más amor por el animal en esa palabra que en las proclamas de los animalistas. De eso no me olvido. En mi ruedo mental se mantiene ese tope.

¿A cuánto cotiza el toro?

Cristian Campos

Foto: JAVIER BARBANCHO
Reuters

En 2011 se celebraron 2290 festejos taurinos en España. Eso incluye corridas de toros, pero también festejos de rejones, novilladas con picadores, festivales y becerradas, entre muchos otros espectáculos.

En 2015 se celebraron 1736. Un 25% menos. No es un descenso puntual: la caída es acusada y constante desde hace décadas.

La mayoría de esos festejos se celebraron en sólo cuatro comunidades autónomas. Andalucía, las dos Castillas y Madrid concentran el 78% de los espectáculos taurinos que se organizan en España.

En España trabajan 10.481 profesionales taurinos. De ellos, sólo 258, el 2,5%, son mujeres.

A los espectáculos taurinos asiste aproximadamente el 9,5% de la población española. El 7% de las mujeres y el 12,1% de los hombres.

Los aficionados a los toros están más interesados en la cultura y en los espectáculos que el resto de los españoles. El 33,2% de los españoles, por ejemplo, van a museos. Entre los aficionados a los toros esa cifra se eleva hasta el 40,4%. El 62,2% de los españoles leen de forma habitual por el 65,8% de los taurinos. Los aficionados a los toros también van más al teatro (31,2% frente al 23,2% general) y mucho más a conciertos (el 40,9 frente al 29,2).

Todos estos son datos de mayo de 2016 de la Subdirección General de Estadística y Estudios del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.

Y ahora piensen en qué futuro comercial le espera a un espectáculo para minorías que menguan año tras año, en el que apenas trabajan mujeres, que gusta mucho más a los hombres que a las mujeres, que sólo gusta a andaluces, castellanos y madrileños, y cuyo público habitual lee más y está más interesado en la cultura y los espectáculos que el español medio.

Efectivamente. Una muerte lenta y dolorosa.

Y el resto, es decir todos esos cansinos debates políticos y filosóficos sobre la ética, la crueldad, la empatía, la sangre, el arte, Picasso, el Minotauro, la extinción del toro bravo, la mística, lo telúrico, lo ecológico y lo civilizado y lo incivilizado son sólo parloteos banales y lejanos para ese Dios en cuyas manos está, efectivamente, el destino de la fiesta de los toros.

El mercado.

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