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Una década después: Cinco lecciones de la crisis

Ferrán Caballero

Dicen que de la experiencia se aprende, pero yo no soy tan optimista. Estas son, de todos modos, las lecciones que creo que deberíamos haber sacado de esta larga crisis.

1- La alternativa al capitalismo real es el extremismo antisistema. Cuando empezó la crisis, y empezó a decirse que era una crisis sistémica y no sólo económica, los más valientes llegaron a decir que había que refundar el capitalismo para darle un rostro más humano. A estas alturas deberíamos haber visto que la única alternativa al sistema capitalista es la antisistema. Y que esa no es una alternativa seria.

2- La libertad sin responsabilidad sale carísima. Decían que era una crisis de valores, y a estas alturas ya sabemos que es de necio escuchar valor y no preguntar el precio. Los rescates bancarios nos salieron carísimos, también porque nos impidieron ver cómo el valor de la responsabilidad es el premio y no el precio de la libertad.

3- La protección nos hace dependientes. Y la dependencia nos hace más vulnerables y por lo tanto menos libres. Se sigue lógicamente de la lección anterior, y explica por qué quienes más han sufrido la crisis han sido los más necesitados. De aquí el principio liberal de que para ser libres debemos protegernos tanto de la fortaleza del Estado como de su debilidad.

4- La soberanía es de quien se la puede pagar. Los nostálgicos de la vieja soberanía deberían quejarse menos de la austera Merkel que de sus derrochadores gobiernos. Uno sólo puede tener la libertad que puede costearse, y eso a menudo quiere decir hacer menos de lo que le gustaría.

5- No hemos aprendido nada. En momentos de incertidumbre tendemos a refugiarnos en nuestros principios o prejuicios, que para eso están. Y tendemos a blindarnos contra los hechos que los contradicen, porque de nada sirve alimentar el temor con dudas.

Es célebre la cita de Santayana que dice que “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Se suele leer aquí que el pueblo que conoce bien su historia puede ahorrarse errores como los del pasado, pero yo no soy tan optimista. Más bien me parece que para poder repetir la historia habría que conocerla con un detalle inalcanzable a la razón humana. Y que si no aprendemos de nuestros errores pasados al menos tampoco sabremos cómo cometerlos de nuevo. Cometeremos otros, claro, pero espero que esto les sirva de consuelo.

Una década después: Cinco lecciones de la crisis

Joseba Louzao

Foto: Richard Drew
AP

Decía un personaje novelesco de Claudio Magris que, en el fondo, él era muy optimista porque las cosas siempre salían mucho peor de lo que había pensado. Me he repetido la frase en numerosas ocasiones. Y no he podido evitar pensar en ella cuando se me propuso responder a la pregunta que encabeza esta sección. No sé si hemos aprendido demasiado con la crisis. Es más, algunos indicadores recientes nos demuestran lo empecinados que somos en nuestros propios errores. Como sostenía el psicólogo conductual Dan Ariely, éstos aparecen de forma sistemática e, incluso, terminan por ser previsibles. Sin embargo, los seguimos cometiendo con acostumbrada tozudez. ¿Hemos aprendido algo de la crisis? No lo sé. Pero tengo claro que estas son las cinco lecciones que deberíamos haber asimilado. Otra cuestión es que consigamos en alguna ocasión.

  1. Los demás no siempre son los responsables. La lista es larga. Hemos señalado a políticos, banqueros, grandes empresas, economistas… Ellos son los principales culpables. Y nada más. La lógica depredadora es un misterio porque habitualmente sólo alcanza al prójimo. Una crisis como la sufrida no se explica como responsabilidad de unos pocos, pero siempre ha sido más sencillo echar balones fuera. Sin embargo, hemos vivido despreocupados en el exceso durante años. Somos culpables por nuestra irresponsabilidad y voracidad. Nosotros decidimos cotidianamente, nos guste o no. Después no deberíamos mirar hacia otro lado.
  2. Lo sólido se desvanece en el aire. O, mejor dicho, no hay nada tan sólido como para no caer. La fragilidad nos acompaña, pero nos negamos a aceptarlo. Cualquier avance, por asegurado que esté, puede desvanecerse. El trabajo, el valor de los bienes inmuebles y tantos otros ámbitos que parecieron sólidos hoy no lo son. Si echamos la vista, comprenderemos que antes de nosotros hubo quien creyó en la solidez de una espectro.
  3. No debemos matar moscas a cañonazos. El presidente Emmanuel Macron aseguraba el otro día que “la historia va a juzgarnos y juzgará con severidad los cálculos a corto plazo, las comodidades del momento”. Dejando de lado la fórmula inicial, porque la historia no juzga ni juzgará, los cálculos a corto plazo nos metieron en esta crisis. Y, con total seguridad, lo volveremos a repetir. Muchas de las soluciones se aplican desde los cálculos electorales o los deseos más perentorios. Por desgracia, los terminaremos pagando a medio o largo plazo. Nosotros o nuestros hijos.
  4. El miedo no nos ayuda a tomar decisiones. El mundo se transforma a un ritmo tan acelerado como descompasado. La crisis económica e institucional que azotó al continente europeo ha intensifica y multiplicado las voces de aciagos profetas de calamidades. Como defiende Pascal Bruckner, el lenguaje del miedo es paradójico y, en última instancia, tranquilizador: sabemos que nos encaminamos hacia lo peor. El miedo puede dejar de ser episódico en un mundo repleto de inseguridades y convertirse en algo inalterable. La crisis económica ha facilitado el surgimiento de una angustia colectiva, un sentimiento global de inseguridad difícilmente soportable que puede dificultar la identificación adecuada de los peligros reales. Por esta razón, tenemos la labor de recordar que saldremos otra vez de las dificultades (y volveremos a caer en ellas), el problema es saber cuánto costará liberarnos de nuestros miedos más irreflexivos
  5. Y, para finalizar un desiderátum, tenemos queaprender a conjugar coherencia, responsabilidad y credibilidad. Sin mirar para otro lado. Todos y cada uno de nosotros.

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