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Paces y penes

Ricardo Calleja

Foto: PIERRE-PHILIPPE MARCOU
AFP PHOTO

El episodio del autobús naranja -respuesta a una previa campaña en marquesinas en el País Vasco afirmando lo contrario- revela un gran desencuentro, que debemos reconducir a un desacuerdo civilizado.

Para unos la conversación sobre el sexo empieza y termina con un dato biológico, en sí mismo innegable: “los niños tienen pene, las niñas tienen vagina” (como decía un niño pedante en “Poli de guardería” -la comedia de Arnold Schwarzenegger- que tenía acceso a estos arcanos gracias a su padre ginecólogo).  Para otros la conversación empieza y acaba con una observación empírica: algunas personas desde niños no se sienten identificados con su sexo. Por tanto todas las implicaciones sociales, educativas, morales de la sexualidad deben ser superadas, para atender a la identidad sexual de cada persona.

A ambos grupos conviene recordarles que la genitalidad no agota las dimensiones fisiológicas del sexo, ni desde luego su significado psicológico, moral o social. Los primeros parecen ignorar -al menos afectivamente- que existen situaciones que no encajan fácilmente en esa división tal como ha sido interpretada por nuestras sociedades. Los segundos parecen ignorar el dato empírico de que “una gran mayoría (80-95%) de niños prepuberales que dicen sentirse del sexo contrario al de nacimiento, no seguirá experimentando tras la pubertad la disforia de género” (aportado por el Grupo de Identidad y Diferenciación Sexual de la Sociedad  Española de Endocrinología y Nutrición en un estudio de 2015).

Se trata de debates muy complicados, en los que es necesario dejar espacio y serenidad para que las ciencias biológicas y sociales aporten algo de claridad. Aunque no todos otorgan el mismo valor a los hechos biológicos. Por ejemplo, en una reciente publicación académica favorable a la agenda gay se explicaba que, para promover los derechos de las “minorías sexuales”, no hace falta recurrir al viejo argumento de la inmutabilidad de la orientación sexual, porque -dicen- es científicamente incorrecto, y jurídicamente innecesario: basta invocar la libertad para definir la propia identidad.

Ya se ve que la ciencia no resolverá estos desacuerdos: en el fondo es inevitable el disenso entre dos visiones morales: quienes piensan que lo humano se protege respetando algunos límites y relaciones fundamentales en un concierto de libertades y; quienes piensan que lo humano estriba precisamente en trascender esos límites, ampliando la autonomía individual mediante los avances de la ciencia y el derribo de barreras sociales. Afortunadamente, en uno y otro lado de esta divergencia, existen muchos matices, que no se corresponden con las caricaturas, y que aportan humanidad y sensatez al debate.

Un ejemplo es el Papa Francisco, que no tiene reparos en escribirse con un transexual y recibirlo en Roma junto a su pareja para escuchar su historia, a la vez que recuerda en su encíclica ecológica el valor de la diferencia sexual, y que “aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente.” Más aún, alerta del peligro de una verdadera “colonización ideológica” desde ciertos sectores occidentales. Pero estos matices no se escuchan con tanto rock and roll de fondo.

Como sucede también con los vientres de alquiler, el debate de los derechos de las personas transexuales trasciende la divisoria conservador/progresista. Hace casi tres años The New Yorker se preguntaba: ¿Qué es una mujer?. En un largo reportaje relataba los altercados entre transexuales y feministas radicales, durante un congreso feminista que no permitía participar a quienes no hubieran nacido mujeres. La razón es que los problemas a los que se enfrentan las mujeres (violencia, exclusión, estereotipos, etc.) no puede sufrirlos quien ha elegido identificarse como mujer, naciendo hombre. La semana pasada hubo un panel en un think tank conservador de Washington con activistas lesbianas y feministas que alertaban del peligro de que los depredadores sexuales masculinos aprovechen la ambigüedad promovida por la agenda transexual para tener acceso a sus potenciales víctimas si se debilitan los espacios seguros para mujeres (baños, vestuarios, vagones, etc.).

Lo anterior es una manifestación más de la necesidad de poner un límite a las identidades líquidas, que evite su uso fraudulento en una sociedad que discrimina positivamente ciertas identidades colectivas. Recordemos el suceso casi cómico de la activista por los derechos de la mujer negra, que decía ser de color, cuando en realidad era indoeuropea de toda la vida pero con la cara pintada. Porque, excluido el valor del sexo biológico, ¿en qué se pueden fundamentar los límites de las identidades sexuales?

Es una pregunta que necesita ser debatida. Hasta no hace mucho, parecíamos estar de acuerdo al menos en que cada uno pudiera presentar en público (en las instituciones, en la academia, en los medios, en la calle) su particular visión, con respeto a las reglas de juego y a las personas, aunque no necesariamente a sus ideas. Sabíamos que esta es la condición de posibilidad de una sociedad abierta, que resulta necesariamente pluralista.

Un jarrón delicado que deberíamos conservar para nuestros hijos, tengan vulva o pene. Para evitar que haya nuevas víctimas.

Mamá, mi mejor amigo se llama Leyre

Lea Vélez

Foto: PIERRE-PHILIPPE MARCOU
AFP PHOTO

Acababa de cambiar a los niños de cole y como la madre pelmaza que soy, de cuando en cuando les preguntaba si ya habían hecho amigos.  A las pocas semanas, el de 6 años salió encantado de clase y me dice:

-Mamá, mi mejor amigo se llama Leyre.

Así quedó la cosa, hasta que días más tarde, mi hijo vuelve a hablarme de su mejor amigo Leyre y yo, despistada, sin caer en lo que está pasando, le digo:

-Pero cielo, Leyre es nombre de chica. ¿Tu amigo no será una chica?

-No, qué va, mamá -insistió mi hijo. –Leyre es un chico.

Pocos días después, en el colegio se celebraba San Isidro. Banderines, linternas de papel, música de verbena a todo trapo. Pequeños de todas las razas, disfrazados de Majas y Chisperos, bailaban a ritmo de chotis. Todo imposiblemente madrileño y multicultural. Me pareció un oxímoron de la vida. Metáfora maravillosa. Lo más local, el traje y el organillero, envolviendo los más internacional: niños de todos los países. Castizas de seis años, de rasgos orientales, embutidas en vestidos de lunares. Negras esbeltas, con los rizos apresados por claveles y pañoletas. Pelirrojas vikingas con taconazos y volantes. Gamberros de todos los colores. Sentí que el localismo popular no podía apresar aquella explosión genética. Entre el delicioso gentío de gente bajita, vi a Leyre. Era el mejor chulapo de la fiesta. Bailaba con uno de mis hijos. Gorrilla ladeada, chaleco de pillo, ojo guiñado, pie levantado, clavel en el ojal. Era el chulo que castiga. Su madre, a mi lado, me dijo: “Leyre lo tiene muy claro. Quiere vestir de chico”. Mientras los dos “Pichis” giraban agarrados, miré a esa madre y sonreí. Me sentí llena de hermosura, del placer de un mundo que ha reventado en millones de mundos imposibles de contender en un disfraz. Le dije: “Bravo por Leyre y bravo por ti”. Hoy pienso en todas las Leyres y en todos los niños que están atrapados por la etiqueta de la ropa, del sexo, de la visión uniformadora. Encorsetados por la ley de la ignorancia.  Cómo los admiro.  También pienso en sus madres y padres, a los que les deseo todo el amor y me digo, con esperanza, que el silencio de antaño se está dispersando. Cómo me alegro por Leyre de que hoy, todos, hablemos de transexualidad.

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