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Cultura

Descalzas Reales: un tesoro para Madrid

El monasterio de las Descalzas Reales, con una renovación espléndida, reabre el viernes sus puertas cerradas por la pandemia

Descalzas Reales: un tesoro para Madrid
Gustavo Valiente|Europa Press

La reina inaugura este 2 de diciembre la nueva museografía de las Descalzas Reales. Es adecuado que doña Letizia se encargue de abrir la puerta de esta cueva de las maravillas, porque el monasterio de las Descalzas Reales fue en los siglos XVI y XVII un centro de poder alternativo al Alcázar Real, «la otra Corte» le decían, y estaba en manos de mujeres de la realeza.

Las Descalzas es uno de esos tesoros poco conocidos que tiene Madrid, un magnífico museo que no está en la «zona de los museos», sino en pleno centro de la villa, entre Sol y Callao. Es una de las zonas más bulliciosas de la capital, el reciente black-friday pasó por ahí un millón de personas, y sin embargo entre sus muros existe una huerta donde, desde el XVI, recogen sus hortalizas y sus hierbas las monjas clarisas que aún lo habitan.

Una paradoja coherente con su naturaleza

La paradoja de que un convento de clausura se abra al público es en realidad coherente con su naturaleza, pues desde su fundación fue a la vez monasterio y Cuarto Real, es decir, residencia de la realeza. La simbiosis se debe a su fundadora, doña Juana de Austria, hermana menor de Felipe II, a quien había substituido en sus ausencias como regente de España. Doña Juana era un ejemplo de aquellas «mujeres fuertes» de la Casa de Austria, que tenían sabiduría y capacidad política para gobernar Europa.

Fachada del Monasterio de las Descalzas Reales. | Foto: Gustavo Valiente (Europa Press)

Cuando Felipe II regresó a España, doña Juana se retiró de la vida pública, pero en vez de meterse en un convento, como era normal, decidió traerse un convento a su casa, un palacio o más bien caserón madrileño donde había nacido y se había criado. Le cedió una parte del edificio a una comunidad de Clarisas Pobres o Descalzas, y mantuvo el Cuarto Real en el resto. A su muerte, se instaló aquí otra hermana, la emperatriz doña María de Austria, viuda del emperador Maximiliano II, que se trajo del centro de Europa a su hija Margarita. Ninguna de las hermanas, Juana o María, se hizo monja, pero sí lo hizo la infanta Margarita, marcando el camino para muchas jóvenes de la realeza. La altísima alcurnia de sus residentes explica los tesoros artísticos que irían acumulando las Descalzas Reales.

La pandemia obligó a cerrar durante dos años esta institución, y Patrimonio Nacional, de la que depende, ha aprovechado para arreglar el convento hasta dejarlo de dulce, restaurar 41 obras de arte que lo necesitaban, instalar una iluminación como se merece un gran museo moderno –la iluminación no se nota, que es lo mejor que puede decirse- y hacer un nuevo despliegue de las piezas más lucido, más atractivo, exhibiendo algunas obras que antes permanecían en la zona de clausura de las monjas, cerrada al público. Ha sido una inversión de 235.000 euros pero este nuevo «viejo museo» resulta deslumbrante.

Tesoros dentro del tesoro

Las Descalzas Reales guardan pinturas de Rubens, de Antonio Moro, de Sánchez Coello, Michiel Coxcie, Frans Pourbus, Pantoja de la Cruz, Antonio Rizi, el Caballero de Arpin y numerosos flamencos, tallas de Pedro de Mena, una fabulosa serie de tapices de Bruselas sobre cartones de Rubens, El Triunfo de la Eucaristía, y numerosas pinturas murales y retablos.

Una de las salas que conforman el Monasterio de Las Descalzas Reales | Foto: Gustavo Valiente (Europa Press)

La renovación ha afectado solamente a ocho salas con unas 200 obras de arte, una pequeña parte de la colección. Pero además de los tesoros artísticos, este museo es, en sí, toda una lección de Historia de España. La sala del Candilón, por ejemplo, está dedicada a retratos monásticos, incluidos dos ejemplos de «retratos de infantas muertas», recuerdos que querían guardar los reyes de sus hijas fallecidas en tierna edad, a las que se amortajaba como monjitas. Pero lo más notable de esa estancia son dos retratos colectivos en grandes tablas, seguramente puertas de un retablo. En uno aparecen la archiduquesa-infanta Sor Margarita de la Cruz, la hija de la emperatriz María; Sor Ana Dorotea de Austria, hija natural del Emperador Rodolfo II; y Sor Catalina de Este, princesa de Módena y bisnieta de Felipe II. En la otra están Sor Mariana de la Cruz, hija del Cardenal-infante don Fernando de Austria, hermano de Felipe IV y famoso general; y otra Sor Margarita de la Cruz, hija ésta de don Juan José de Austria, hijo legitimado de Felipe IV, y valido de su hermano Carlos II. El conjunto no respeta la cronología, pues no todas estuvieron a la vez en el convento, pero muestra el plantel de mujeres de la Casa de Austria que hizo de las Descalzas Reales «la otra Corte».

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