THE OBJECTIVE
Cultura

Jorge Vilches: «Legitimar la Primera República por sus intenciones es una trampa»

El historiador arroja luz sobre esta etapa poco conocida y cargada de mitos al cumplirse los 150 años de su proclamación con un nuevo ensayo en Espasa

Jorge Vilches: «Legitimar la Primera República por sus intenciones es una trampa»

Jorge Vilches

En Mr. Witt en el Cantón, novela de Ramón J. Sender ambientada en los sucesos cantonales de Cartagena dentro de la Primera República, el escritor imaginaba la llegada a esta localidad rebelde de un corresponsal británico. Después de haber cubierto los hechos de la Comuna de París, le parecía al buen hombre que las cosas de España iban mutatis mutandis por los mismos derroteros. Sin embargo, escribe Sender, nuestro hombre en Cartagena salió al cabo «con la impresión de que la revolución española era complejísima». 

Poco antes de ello, el propio Amadeo de Saboya pasó dos años en el trono sin entender ni entenderse con sus súbditos. En su renuncia refería el «confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos». Con el rey efímero de regreso ya en Italia, en 1874, un periodista de la Gaceta de Turín le pidió algo de «luz» sobre lo acontecido en España en los últimos años. «Yo mismo estoy a oscuras», respondió el de Saboya. 

Esa impresión de caos, desmadre y desbarajuste se ha filtrado hasta el presente junto con las leyendas (rosa y negra) confeccionadas para hacer encajar la Primera República Española en el molde de tiempos y sucesos posteriores. No es extraño que una de las referencias más habituales, por más que apócrifa, al referirse a esta etapa sea el famoso exabrupto de Estanislao Figueras, primer presidente de la República, antes de poner rumbo a Francia: «Señores, voy a serles franco, estoy hasta los cojones de todos nosotros»

Portada del libro

Jorge Vilches, profesor titular de Historia Política en la Complutense y columnista en THE OBJECTIVE se ha adentrado en esta compleja etapa en su ensayo La Primera República Española (1873-1874). De la utopía al caos (Espasa). Confiesa que es un periodo «caótico y apasionante» y «ha habido momentos que me ha superado, sobre todo en la etapa de gobierno de Nicolás Salmerón, donde me he enfrentado a tantísimo mito que al cotejarlo con la realidad quedaba desencajado». Cinco presidentes se sucedieron en aquel convulso bienio republicano, donde estalló la revolución cantonal y se llegó a proclamar el Estado Catalán. 

Poner orden en los mitos asociados a esta etapa ha sido su principal cometido, empezando por la icónica pero falsa irrupción en el Congreso del general Pavía a caballo en un golpe de Estado que tampoco puso fin todavía a la República. «Es sintomático que se trasladara a la opinión pública esa imagen falsa», señala Vilches. Pero no es la única. Tampoco sería cierta, en su opinión, la dimisión de Nicolás Salmerón para no tener que firmar dos sentencias de muerte: «Nadie ha encontrado esas sentencias ni hay nombres o referencias; es parte de su campaña de imagen; y no hay evidencias de que Salmerón tuviera ningún conflicto con la muerte de personas, pues él mismo ordenó bombardear el cantón de Valencia».

Dos de la madrugada, 23 de abril de 1873, Emilio Castelar defendiendo con su elocuencia la salida del Congreso de la Comisión Permanente, en la revista española La Ilustración Española y Americana | Wikimedia Commons

Tampoco Castelar desconocía el golpe de Estado del general Pavía, aunque haya trascendido su indignación. Según Vilches, los informes de los embajadores británico y francés demuestran que Castelar sabía de la asonada «y quedó contento» con ella. Respecto a Pi y Margall, lejos de la imagen de garante de la República, el historiador opina que fue «inductor del cantonalismo, la gran herida de la Primera República; utilizó y fomentó el desorden para presionar a la Asamblea Nacional, y acabó dando un golpe de Estado el 23 abril del 73». 

Aquel golpe puso fin de raíz a las esperanzas de una República «abierta y de todos». Para Vilches, esta experiencia nació muerta por las expectativas imposibles que se habían generado: «Se presentó la República como una utopía, una fórmula mágica que sólo con implantarse solucionaría todos los problemas de la vida pública y privada. Cuando se proclamó no se podía comparar con la realidad y eso generó disfunción y desorden». Ese mesianismo, considera el autor, se repite en la Segunda República: «Un exclusivismo de mesías políticos que venían a salvarnos y consideraban suyo el régimen. En la Primera República repartieron armas a los milicianos y tuvieron que combatir contra ellos en los cantones; en el año 36 sucede lo mismo».

La Primera República sirvió de «fábrica de monárquicos» y permitió aprender de los errores para asentar el «republicanismo alejado de utopías y posibilista de Castelar» durante la Restauración y para que el Partido Liberal «considerara que la democracia hay que articularla sin poner en peligro la libertad».

Madrid, serenata a Emilio Castelar, ministro de Estado, en la revista española La Ilustración Española y Americana (24 de febrero, 1873) | Wikimedia Commons

Sin embargo, a pesar de la convulsión y la violencia concentrada en aquel bienio de esperanzas frustradas, la historiografía ha sido y sigue siendo, según Vilches, condescendiente con la República como «la España que pudo ser» arruinada por las fuerzas reaccionarias. «Legitimar la República por sus intenciones es una trampa y la labor del historiador no es legitimar, sino analizar y contar los hechos con un sentido». Por ejemplo, explica, «¿de qué vale que se aprobaran las ocho horas de jornada laboral en el cantón de Sevilla, que nunca se aplicó, si se dedicaban a robar y matar y la población había huido?».

Esa República mitificada ha servido para «trasladarla al relato político con más facilidad». Aparte de a la reacción, se ha imputado a la guerra carlista, la crisis económica y el papel del Ejército el fin de este régimen. Para Vilches, esos condimentos están en la etapa previa también y en la posterior, y no sólo en España sino en Europa. En cambio, señala al «desprecio a las reglas parlamentarias», la amenaza de levantamiento federalista, las falsas expectativas y el caos como responsables del fin de la Primera República. El régimen echó a andar sin plebiscito el 11 de febrero de 1873, el día en que Amadeo de Saboya presentó su renuncia. Eso fue hace ahora 150 años. La estabilidad y la prosperidad nunca llegaron a materializarse en esos dos años terriblemente complejos que ponen el broche al Sexenio Revolucionario y que siguen siendo una etapa muy desconocida para los propios españoles.

La Primera República Española
De la utopía al caos Comprar
Publicidad
MyTO

Crea tu cuenta en The Objective

Mostrar contraseña
Mostrar contraseña

Recupera tu contraseña

Ingresa el correo electrónico con el que te registraste en The Objective

L M M J V S D