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Economía

El fútbol sevillano es una mina de oro (palos aparte)

Sevilla y Betis, con estrategias complementarias, son el motor de una gran oportunidad de negocio que se le abre a la ciudad con la organización este año de dos finales y el World Football Summit Europe

El fútbol sevillano es una mina de oro (palos aparte)

los directores generales de negocio del Sevilla y el Betis, con el alcalde de Sevilla. |Fermín Cabanillas (EFE)

Hace un par de semanas, un imbécil decidió que lo mejor para su equipo era tirarle un palo a la cabeza a un jugador del equipo rival. El imbécil, un delincuente habitual, ha sido arrestado, y su equipo, el Betis, tendrá que lidiar con una cuantiosa multa y el cierre de su estadio por un par de partidos. Su rival en ese infausto derbi, el Sevilla, entró en un desagradable rifirrafe que tampoco lo dejó muy bien parado. Pero el que más sufrió fue, quizás, un concepto: el fútbol sevillano como oportunidad de oro para la ciudad. En un sentido casi literal, contante y sonante. Los dos grandes equipos de la ciudad firmaron la paz el miércoles con una fotografía muy significativa: sus respectivos directores generales de negocio, Ramón Paradela (Sevilla) y Ramón Alarcón (Betis) flanqueaban al alcalde, Antonio Muñoz, en Fitur, la feria que reúne en Madrid a lo más granado del turismo nacional y buena parte del internacional. Mucha prosperidad en juego para que un palo cainita (y, sobre todo, imbécil) lo eche por tierra.

El fútbol en Sevilla es algo muy especial. La rivalidad, en su mejor versión, termina de aliñar una afición que encaja como anillo al dedo en la principal industria económica de la ciudad: el turismo. Los dos equipos andan como un tiro en lo deportivo: segundo y tercero en LaLiga y clasificados para la fase decisiva de la Europa League. El Sevilla lleva ya tres lustros en lo más alto, consolidado como un proyecto deportivo ganador y económicamente saneado, con una gestión que los expertos del ramo utilizan como modelo. El Betis, tras años de zozobra, parece que se incorpora con la potencia de su gran masa de aficionados, un estadio de primer nivel y, sobre todo, una imagen de marca muy explotable. La ciudad ha sabido ver la oportunidad y ha echado los restos este año: con el coronavirus posiblemente (crucemos los dedos) dando las últimas boqueadas, la primavera de 2022 se puede convertir en algo así como el Año Cero del nuevo turismo. Conviene estar en las mejores posiciones de salida en la carrera.  

Dos partidos simbolizan la apuesta: la final de la Europa League en el Ramón Sánchez-Pizjuán en mayo y la final de la Copa del Rey en La Cartuja en abril. A partir de pasadas ediciones, los organizadores han calculado un impacto de 50 y 40 millones de euros, respectivamente, para la ciudad. Dinero contante y sonante, que siempre viene bien. Sin embargo, aún más interesante se antoja el impacto a medio y largo plazo: la imagen de marca de la ciudad, ya potente por su patrimonio histórico y cultural, incorpora uno de los grandes motores de la industria del ocio contemporáneo: el fútbol. Otro evento menos espectacular puede incidir poderosamente en ese sentido dándole, además, otro giro. En septiembre se celebrará en Palacio de Exposiciones y Congresos FIBES (menos garboso quizá que la Giralda, pero bien funcional con sus tres pabellones de 7,200 metros cuadrados, auditorio para más de 3.000 personas y varios módulos multiusos) el primero de los congresos World Football Summit Europe que ha conseguido la ciudad para los próximos tres años. El impacto económico superará los 18 millones de euros, pero sobre todo pondrá Sevilla en el centro del mapa de la gestión económica del fútbol, convirtiéndola en un hormiguero de empresas, instituciones e inversores. 

Los dos grandes clubes de la ciudad tienen mucho que ganar en este contexto, ideal para consolidarse como proyectos tanto deportivos como comerciales. Pero el punto de partida tiene que ser, necesariamente, la convivencia. Pasar de la rivalidad al cainismo resulta, además de inmoral e insano, particularmente imbécil. Entre otras cosas, porque ambos proyectos tienen su sitio. En un interesante artículo académico en «Revista de Antropología Experimental», Rufino Acosta sostiene que el Betis, «encarna otros imaginarios que van más allá de lo estrictamente sevillano, ya que se identifica más con determinado estereotipo de Andalucía (…)  El club de Nervión, además de blasonar de señorío, se circunscribe más a la ciudad de Sevilla, y así la sevillanía es una palabra que aparece en su himno». La ya famosa canción de El Arrebato, significativamente estrenada en 2005, cuando empezó a construirse la actual grandeza sevillista, alcanza momentos sublimes cuando la afición la canta al unísono en el Sánchez Pizjuán. Tanto es así, que France Football, la Biblia oficiosa del fútbol mundial, la considera el quinto mejor himno del mundo, primero de España. 

Además de la frase clave «ejemplo de sevillanía», la palabra «Sevilla» aparece casi 20 veces en el himno del club nervionense. La imagen de marca del nuevo Sevilla que construyó a principios de siglo el equipo directivo liderado por José María del Nido con Monchi como gran cerebro gris se basó en ese enraizamiento en la ciudad para crecer orgánicamente: los títulos lo fueron dando a conocer y hoy ya es una marca global. Caído en desgracia Del Nido (veremos en que quedan sus intentos de retomar las riendas), su equipo no solo ha mantenido la estrategia y el estilo de gestión, sino que los ha mejorado, prolongando sus efectos en el tiempo.

El Betis pasó una larga travesía del desierto tras los vaivenes de Manuel Ruiz de Lopera y su populismo bizarro. Comenzó la década pasada entrando en concurso de acreedores. Tras un proceloso periodo de limpieza llevado a cabo por una administración judicial, en la temporada 2015-16 los accionistas volvieron a tomar el poder, con Ángel Haro y José Miguel López Catalán como cabezas visibles. Simbólicamente, en junio de 2016 se reanudaron las obras en el estadio Benito Villamarín, suspendidas desde 1999, que culminaron con unas modernas instalaciones con capacidad para 60.000 espectadores. 

La inauguración del Benito Villamarín en 1998. | Foto: Europa Press

Pero la gestión tampoco olvidó los intangibles básicos de esta industria: el himno del centenario, elaborado en 2006, recibió un nuevo impulso, con toques más pegadizos, y se consiguió que la afición lo cantara al más puro estilo You’ll never walk alone, el cántico del Liverpool que se ha convertido en icono de sentimiento futbolero en todo el mundo. La letra, en cualquier caso, se ha mantenido. Sigue bombeando la esencia de la imagen de marca. En contraposición con la del gran rival, el nombre de la ciudad no aparece ni una sola vez. La frase clave quizá sea: «Hay una leyenda que recorre el mundo entero». Acosta sostiene que el Betis «se asocia, se quiera o no, al club verdiblanco con el estereotipo andaluz». En el aspecto positivo, ello incluye que, «de entrada, el andaluz tiene que ser simpático, cae en gracia, que es lo que sucede con el Betis fuera de la región. Entre otras cosas, el equipo es percibido como algo diferente de los otros clubes españoles, no es convencional, es de los más seguidos en las retransmisiones deportivas y cuenta con peñas por diversos lugares de España».

Acosta recuerda que «para los habitantes de ciertas ciudades y provincias andaluzas, a pesar de ser la capital autonómica, y quizás también en parte por ello, hay un cierto desapego hacia Sevilla, a la que se adscribe más claramente al club blanco. En esta misma línea, la identificación con lo andaluz se apoya en otros dos elementos concluyentes de este universo de vinculaciones. Por una parte, tenemos el adjetivo bético y el nombre Betis, que refieren a la región en tiempos romanos y al Guadalquivir, río andaluz por antonomasia y cuya cuenca comprende a la mayoría de las provincias andaluzas. Finalmente, y poco más se puede añadir, verde y blanca es la bandera de Andalucía, a la que el propio himno ensalza. La bandera oficial del Betis no es otra que la andaluza, solo que con el escudo del club en lugar del de la comunidad autónoma». 

Conclusión: «Betis y Sevilla se mueven en dos ámbitos distintos, aunque solapados en parte. Ambos son pilares cismogenésicos de la vida local sevillana, pero uno de ellos la trasciende y está fuertemente cargado de significaciones de la cultura andaluza. Gramaticalmente, uno es término marcado, no aplicable fuera de su ámbito estricto de designación, el otro no». Circunstancia que ha resultado de unas circunstancias históricas que, a estas alturas, ya no vienen al caso. Desde el punto de vista de la oportunidad de negocio que supone, y la consiguiente prosperidad en juego, lo importante ahora es darle una forma coherente y funcional al hecho resultante. Sevilla tiene el contexto perfecto, dos estrategias complementarias y eventos catalizadores en marcha en el momento ideal. Salvo que algunos imbéciles se empeñen en apalearse, la cosa pinta bien.

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