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La otra cara del dinero

La estrategia mediática de Roures e Iglesias para desmontar el sistema desde dentro

El lanzamiento del nuevo canal de televisión de Iglesias no va a alterar el panorama político, pero ayudará a Podemos a conservar su actual cuota de poder

La estrategia mediática de Roures e Iglesias para desmontar el sistema desde dentro

Jaume Roures quiere propiciar la convergencia de la izquierda en un frente amplio para conservar el Gobierno y seguir desmontando el sistema desde dentro. | Europa Press

A mi amigo Julio lo procesaron en 1975 por pertenencia a una organización trotskista, la Liga Comunista Revolucionaria. Aquellas veleidades se pagaban caras durante el franquismo. El fiscal le pedía 18 años y aprovechó un permiso para huir a Francia. Allí entró en contacto con el delegado de la Liga ante el Secretariado Unificado de la Cuarta Internacional. Era un antiguo linotipista que respondía al alias de Melan. Se cayeron bien. «La imagen que guardo de él», recordaría mucho más tarde Julio, «es la de un tipo austero, siempre con la misma ropa, parco en palabras. Solía recogerse temprano. Yo me quedaba con los camaradas brasileños, que eran más fogosos».

Julio regresó a España tras la amnistía de 1976 y su relación con Melan fue espaciándose. «En 1980 coincidimos en una asamblea de la Liga y no volví a saber nada de él durante años. La siguiente vez que lo vi fue en un aeropuerto». Había recuperado su nombre civil, Jaume Roures, y era el flamante y multimillonario presidente de la productora Mediapro, pero «seguía pensando igual».

El evangelio según Jaume Roures

Todo lo anterior procede de un reportaje que publiqué en septiembre de 2009 en la revista Actualidad Económica. Roures me contaba en él sus comienzos en TV3, la fundación de Dorna y Mediapro, los enfrentamientos con Prisa y, finalmente, su visión de la economía general, embarrancada entonces en la Gran Recesión. «Estamos llegando al agotamiento del sistema», me decía. No era verdad, como algunos sostenían (yo entre ellos), que el capitalismo hubiera mejorado nuestras vidas.

¿Y por qué insistían tantos españoles en votar a los responsables de semejante engendro, el PP y el PSOE?

Por nuestro lamentable panorama informativo. Aunque no me lo dijo con esas palabras, su tesis era que la industria de la comunicación estaba en manos de lo que su protegido Pablo Iglesias llama abiertamente «gentuza». No había empresarios que produjeran «películas de izquierdas», editaran «libros de izquierdas» e impulsaran «medios de izquierdas» que se atrevieran a «perjudicar sus negocios [los de la gentuza]».

Roures estaba llamado a cubrir esa carencia y desempeñar una tarea clave dentro de la estrategia de asalto al poder del populismo posmarxista.

El evangelio según Errejón

Como en 2014 explicaba Íñigo Errejón en la Revista Científica de Información y Comunicación, en Lenin la hegemonía se obtiene mediante una alianza casi militar. «Un sujeto político que ya existe [pero que es minoritario], la clase obrera, y otros sujetos, [como] el campesinado, los soldados y las clases medias, se suman» para tomar el Palacio de Invierno. Por eso en octubre de 1923 Trotski instaba al comunismo alemán a ocupar la ciudadela de San Pedro y San Pablo y detener al Estado Mayor y al Gobierno.

Antonio Gramsci objetó, sin embargo, que esa «guerra de maniobra» ya no funcionaba, porque en las sociedades avanzadas la autoridad no se ejerce mediante la opresión descarnada, sino con una mezcla de coacción y consentimiento. El que manda lo hace porque seduce o porque concita una adhesión pasiva. El Estado ya no es un castillo aislado, sino, dice Errejón, «una fortaleza rodeada por una red de medios de comunicación, escuelas, iglesias, publicaciones y cultura que tiende a naturalizar y a hacer invisible el dominio».

No sirve de nada tomar el Palacio de Invierno, porque las élites han generado «una visión del mundo que comparten incluso los dominados». Para desarticularla es preciso movilizar tus propios batallones de diarios y televisiones, lanzarlos contra los de la «gentuza» y derrotarlos en la batalla de los relatos.

Libertad de prensa, ¿para qué?

Coincido con Roures en que el panorama informativo español es mejorable. El último informe de Freedom House considera que nuestra prensa solo es «parcialmente libre» y señala en concreto que «un segmento de los medios está polarizado y confunde cada vez más la información con la opinión».

Esto no es nuevo. El tratado de referencia Comparing Media Systems, de Daniel Hallin y Paolo Mancini, nos encajó en 2004 en el «patrón mediático mediterráneo», que se caracteriza por ser diverso, pero sectario. Diverso, porque no queda ningún nicho ideológico por explotar: hay cabeceras de derechas, de centro y de izquierdas. Pero sectario, porque esas cabeceras exhiben escasa pluralidad interna y no recogen enfoques opuestos a su línea editorial.

El problema difícilmente va a resolverse, sin embargo, arrojando a la arena otro diario igualmente sectario, aunque de signo contrario. Pero ni Roures ni Iglesias pretenden disputarle a Noruega el primer puesto en el ranking de Freedom House. Iglesias nunca ha ocultado que es partidario de un control público que redima a los medios «de la servidumbre capitalista». (El entrecomillado no es de Iglesias, sino de la Ley de Prensa de 1938, pero ¿a que le pega totalmente?).

A Iglesias y Roures la libertad de información les importa relativamente. Su propósito es sacudir las conciencias narcotizadas por el opio que dispensa la «gentuza» y activarlas para que les allanen el camino a La Moncloa.

Los límites de Gramsci

Abundando en mis coincidencias con los marxistas (esta mañana estoy que lo tiro), comparto la tesis gramsciana sobre la importancia de los medios de comunicación en las sociedades avanzadas. En un estudio que analiza el impacto de los periódicos en la política estadounidense entre 1869 y 2004, el economista de Stanford Matthew Gentzkow concluye que la introducción de un diario en aquellas poblaciones donde no hay ninguno provoca un importante aumento de la participación electoral.

Ahora bien, el impacto decrece con las siguientes cabeceras y, cuando el ecosistema informativo alcanza la madurez y no quedan nichos ideológicos que cubrir, la entrada de nuevos actores apenas afecta a la movilización de los votantes.

¿Y no altera el sentido de sus sufragios? Gentzkow no encuentra «evidencia de que los diarios partidistas afecten a las cuotas» de poder de las distintas formaciones.

Así que, salvo que Iglesias y Roures convenzan a Pedro Sánchez para que restablezca las jefaturas provinciales de prensa y la censura, su nuevo canal de televisión no alterará significativamente el panorama.

Tampoco creo que ellos lo esperen, sinceramente. Son lo bastante lúcidos como para darse cuenta de que no van a dar la vuelta a la opinión pública y arrastrar a sus posiciones a 12 millones de españoles. Ese momento pasó.

Pero en un escenario en el que el arco parlamentario ha saltado en pedazos y está tan atomizado, para ser decisivo no hace falta alcanzar la mayoría absoluta. Basta con retener el puñado de diputados que la dan o la quitan.

Ese es el objetivo de Roures: propiciar la convergencia de la izquierda en un frente amplio para conservar el Gobierno y seguir desmontando el sistema desde dentro.

El viejo trotskista no ha cambiado. Melan sigue pensando igual…

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