Andrés Miguel Rondón

10 Años de Whatsapp y sus animales fantásticos

Cumplir 10 años de algo siempre debe ser causa de celebración. En el caso de Whatsapp debería ser lo mismo. Pero, quizás por mi natural inclinación hacia la distopía, mi muy venezolana aversión al paraíso en la tierra, dudo si es correcto hacerlo. Y en ese dilema llevo toda la noche, tratando de encontrar el pie correcto para entrarle a este artículo.

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10 Años de Whatsapp y sus animales fantásticos
Foto: Mark Lennihan
Andrés Miguel Rondón

Andrés Miguel Rondón

Economista venezolano viviendo en Madrid. Sus escritos se enfocan en el estudio de los populismos modernos y han sido publicado en medios como el Washington Post y Politico Magazine.

Cumplir 10 años de algo siempre debe ser causa de celebración. En el caso de Whatsapp debería ser lo mismo. Pero, quizás por mi natural inclinación hacia la distopía, mi muy venezolana aversión al paraíso en la tierra, dudo si es correcto hacerlo. Y en ese dilema llevo toda la noche, tratando de encontrar el pie correcto para entrarle a este artículo.

Por un lado, debo ser riguroso y hacer público mi conflicto de interés: yo uso Whatsapp y no se me ocurriría nunca borrarlo. El año pasado habré mandado como máximo dos mensajes de texto, y eso porque no tenía megas. Miembro de una diáspora dispersa, los grupos de Whatsapp de mi familia se han vuelto una suerte de hogares flotantes, de mesas de domingo digitales donde aún nos vemos la cara y hablamos tonterías. Los chistes malos de mis tíos se han convertido en memes cotidianos. Las morisquetas de mi sobrina una carga emocional de unos y ceros. Fuentes todas, según varían los días, de (des)información, de cariño y (des)esperanza.

Pero también le tengo mucha antipatía al ícono verde. Me ha fastidiado cenas, partidos de dominó, domingos en el que supuestamente no debía trabajar. Con más de un poste me ha hecho tropezarme. Y en general ha cubierto de falsedad los amores y amistades a distancia cuyos signos son, todavía, la frustración y el desengaño.

Mi tesis sobre el siglo veintiuno sigue siendo que es un bosque de espejos. Que si nos viéramos como nos ven los pájaros desde arriba, si nos viéramos como nos viesen los difuntos si pudieran, nos daríamos cuenta de lo ridículo que lucimos. Ahí está el sujeto A, sentado en una silla, mirando la luz que sale de un rectángulo. Dócil, presiona los dedos por horas en un teclado. A veces otras luces, más pequeñas, lo distraen. Se ríe, lo ponen ansioso. Camina lento, cabizbajo. En sus ojos siempre brilla alguna luz, algún espejo. Y su voz es un eco entre las ramas sobre las que otros hombres, como él, se la pasan el día sentados. Sin salir del árbol, ensimismados.

Whatsapp en este bosque es una suerte de fauna metamorfa. Según el destinario, el texto torna en ave mensajera, hormiga laboriosa, abeja molesta. Algunos amiguetes mandan ninfas. Otros, balones de fútbol a toda velocidad. Algunas madres lanzan cantos de voz humana. Otras perros cazadores, fieles y cariñosos. Los amantes celosos una invasión de pájaros carpinteros. Los apasionados, hologramas sin ropa. Y a veces a todos nos llega en cadena un temblor, un agite de hojas, un rugido de león: un notición.

Celebrar diez años de Whatsapp es celebrar este zoológico alucinante que nos rodea. Yo por mi parte alzo la copa, pues a fin de cuentas le he cogido cariño a los animales. Pero hacerlo no hace más que subrayar la locura, celebrada a solas. Da igual. Prefiero esto a estar mandando cartas de papel, que era de gente más sana, más de mirar alrededor, pero de otros bosques más silvestres. Ya de este soy adicto ermitaño.

¡Salud!

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