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2019, el año de la derecha

Foto: Museo Nacional del Prado | Museo Nacional del Prado

La vida te da sorpresas, pero entre ellas no está que los tiempos cambian y las modas mutan y lo que ayer fue ensalzado hoy podría cosechar denuestos. De manera que, tras el sexenio largo del funcionario Rajoy y unos meses de sanchismo, llegaron las últimas elecciones andaluzas y cual San Nicolás algo anticipado repartió una pedrea de pasmos: la comunidad autónoma más sólidamente socialista daba a los tres partidos de centro y derecha 200.000 votos de ventaja frente al socialismo-podemismo; la división del centro-derecha (que, recordemos, no significa lo mismo que centroderecha), lejos de perjudicar a este espacio político en número de escaños, le daba la mayoría absoluta; y la suma en porcentaje de votos de Partido Popular, Ciudadanos y Vox rozaba con un 49,99 % esa misma mayoría.

Ahora bien, quizá la principal novedad no tuviera que ver con cifras como las citadas, por increíbles que a todos nos hubieran resultado hace prácticamente un mes. Seguramente más asombroso haya sido constatar que por fin el centro, el centroderecha y la derecha se han desperezado, han aprendido de Gramsci y han comenzado a batallar en el campo de las ideas, ese páramo que hasta ahora parecía reservado a politólogos de Somosaguas y aprendices de brujo redondistas.

Cabe colegir varios motivos para este abandono de la estrategia rajoyesca de aguantar seis años y medio en el poder sin ofrecer ni siquiera una idea y media nueva.

Para empezar, seguramente lo mal que ha terminado esa táctica, moción de censura mediante; pero también el hecho de que la división del centro-derecha en tres formaciones diferentes ha estimulado la competencia entre ellas. Ya no le basta al PP aguardar pacientemente su turno los ocho años (incluidos dos rotundos fracasos electorales) que esperó Rajoy hasta que el PSOE abandonó el poder por sus propios deméritos; ya no puede confiar el PP en ser la única alternativa a la que se vuelvan los españoles cuando la economía viene mal dada y la tasa de desempleo supere el 22 % (como ocurría los dos años, 1996 y 2011, en que accedió al gobierno). Hoy la disyuntiva no está ya solo entre el rojo socialista y el azul popular; y si el naranja ciudadano y el verde voxista se ven obligados a aportar ideas que justifiquen su existencia, el PP de Pablo Casado parece haber captado lo novedoso de la situación y haberse comprometido en igual lid. Ya fue esta la diferencia que marcó el propio Casado frente a su competidora Sáenz de Santamaría durante las primarias de su partido. Y la reciente incorporación a su equipo de personas como Isabel Benjumea, que lleva años bregando en el pensamiento liberal-conservador desde la Red Floridablanca, seguramente corrobora tal empeño.

Esto hace que podamos aventurar que 2019 será un año en que la derecha tenga mucho que decir; y ello más allá de lo propicias que les estén siendo las encuestas a la suma de PP, Cs y Vox (tanto en unas hipotéticas elecciones generales, según GAD3 y Sigma Dos, como en las ya próximas municipales y autonómicas). En lo que aquí nos importa, que es la contienda de las ideas, parece ya terminado el tiempo en que los programas de televisión y las redes sociales solo discutían la última ocurrencia de Podemos o el penúltimo insulto de Pablo Echenique; parece que, a diferencia de las golondrinas, no volverá ya esa autosuficiencia con que los académicos socialdemócratas daban por descontado que solo sus think tanks, solo sus subvencionados blogs y solo su mayoría en el ámbito universitario les dotaba de un mullido colchón ideológico desde el que divulgar sus posturas. Los españoles ya están discutiendo de asuntos que la izquierda preferiría indiscutibles: inmigración, violencia en la pareja o familiar, subvenciones a asociaciones ideologizadas… Y están cansándose de debatir eternamente de otros que a menudo monopolizan el discurso izquierdista: la propia existencia de España, Francisco Franco o lo malos que son los ricos (salvo si su chalet está en Galapagar).

¿Cuál sería el resultado preferible de este inaugurado debate interno del centro-derecha? ¿Y de la no menos revigorizada discusión entre centro-derecha e izquierda? Permítaseme dar a ambas preguntas una respuesta un tanto hegeliano-marxista: creo que la consecuencia óptima de esta confrontación sería una síntesis que conservara lo mejor de cada uno de los tres partidos que, según mi conjetura, protagonizarán este 2019. Si PP, Cs y Vox supieran aportar cada uno sus valores a nuestro espacio público y prescindir cada cual de sus aspectos menos favorecedores, 2019 no solo sería un buen año para el centro-derecha, sino para toda España.

¿En qué valores estoy pensando concretamente? Daré algunos ejemplos, comenzando por el PP. Parece poco cuestionable que esta formación conserva cuadros con una experiencia de gestión que resultaría dispendioso desaprovechar. Si bien es verdad que, precisamente por haberse centrado demasiado en los negocios del día y a día mientras descuidaba esa otra gestión que es la de las ideas, no les vendría mal hoy a los populares profundizar su incipiente caza de talentos con figuras que hagan olvidar al partido oficinista y sordo que acabó enfangado en mayores o menores corruptelas.

¿Qué es lo que podría aportar Vox a este 2019? Dejaré de lado los aspectos que no debería aportar, por cuestionables, pues ya los he explicado largo y tendido aquí y aquí. Con todo y con eso, es indudable que la llegada de Vox ha reactivado el debate de ideas al que nos venimos refiriendo en todo este artículo: ha cuestionado aparentes certezas que no eran tales (y que, si lo son, no deberían temer enfrentarse a la discusión que Vox les plantea); ha dado voz a personas que no se sentían representadas en el consenso de los demás partidos; ha señalado problemas que las demás formaciones preferían pasar por alto. Independientemente de si las soluciones que luego Vox propone son o no las mejores, lo cierto es que dejar que se enquisten tales conflictos mientras fingimos ignorar su existencia no podía reputarse tampoco como deseable. Por ello, bienvenida sea la alerta lanzada por Vox al respecto. Hay otro artículo de The Objective, que el lector puede encontrar aquí, en que ya expliqué con más detenimiento este argumento, de modo que no me repetiré ahora.

Por último, ¿qué podría aportar Ciudadanos en esta síntesis triple sobre la que estamos trabajando? Sin duda mucho y bueno ha aportado ya, pese a su innegable falta de experiencia y cierto diletantismo: dar voz a los españoles, en especial catalanes, que no comulgan con el nacionalismo obligatorio que desde demasiados gobiernos autonómicos se impone; recoger batallas liberales que tanto el PP como el PSOE son demasiado conservadores del statu quo como para sopesar; mediar entre esos dos partidos del antiguo turnismo (o inclinar la balanza hacia uno u otro) sin la carga de ningún rencor secular. Nuestro mercado laboral merece una reforma de profundidad que lo haga menos dualista, más moderno y más justo: solo Cs parece empeñado en esa batalla. Nuestros impuestos o nuestra educación no pueden quedarse anclados en el sistema que quizá servía hace unos años o más bien hace unas décadas: únicamente Cs parece tener el vigor regeneracionista que esas reformas demandan.

Sabido es el chiste que nos narra que el cielo es un sitio en que la organización la llevan los alemanes, los franceses cocinan, los policías son ingleses, los amantes son italianos y los suizos gobiernan; mientras que el infierno es en cambio ese mismo sitio si la organización la llevan los italianos, los ingleses cocinan, los policías son alemanes, los amantes son suizos y todo está bajo el mando de los franceses. De igual modo, la síntesis de ideas que hemos propuesto entre los tres partidos de centro-derecha bien puede transformarse en su antítesis si cada uno de ellos se obsesiona con contagiar a los demás sus aspectos menos lustrosos. Tenemos todo un año para comprobar juntos si es uno u otro el caso; feliz y próspero nos sea este 2019, amigo lector.

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