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28-A: Enterradores vocacionales de la Constitución

"Los que alimentaron el fantasma de la extrema derecha y jugaron a incendiar un país nos deben una disculpa a todos"

Foto: Manu Fernandez | AP

Las noches electorales en España comienzan a tener como denominador común el alivio moderado de los partidarios del bendito régimen del 78. Hace casi tres años describíamos aquí algo similar a lo acontecido el pasado domingo 28 de abril. Entonces, las empresas demoscópicas y varios medios de comunicación -estos últimos expertos ya en ser víctimas de sus amadas hemerotecas- vaticinaban el Sorpasso, sintagma que podía permitirse la mayúscula, el artículo determinado y la ausencia de complementos porque era imposible no vincularlo al adelanto de Podemos al PSOE. Que los de Iglesias se hubiesen convertido en la segunda fuerza de unas Cortes que tuvieron que aplacar el golpe de Estado en Cataluña, lo comprendemos ahora, habría cambiado sustancialmente el panorama. Hoy por cierto Podemos tiene problemas para ocupar siquiera la cuarta plaza que los españoles le han atribuido en las urnas.

A medida que la democracia española cumple años, los enterradores vocacionales del marco constitucional –donde cabe gradación, como también la cabe entre constitucionalistas- se van sucediendo en lo que se asemeja a una suerte de canalización del cabreo. Así, los augurios que las encuestas y las redes sociales concedieron a Podemos en 2016 apuntaron a Vox en esta campaña. Los motivos no eran pocos: Vox obtuvo algo más del 10% en los comicios andaluces a finales del pasado año y ningún espectador atento puede negarles la capacidad de movilización en la calle o en sus actos. A ratos, ni siquiera parecían exageradas las voces que les situaban segundos en liza; y conforme avanzaba la campaña sus expectativas crecían. Esto ocurría mientras el PSOE se frotaba las manos ante lo que consideraba una acertada táctica electoral y, en el lado opuesto –opuesto, digo bien- algunos contenían el aliento ante lo que consideraban una amenaza seria, a saber: la profecía cumplida de la izquierda española según la cual en nuestro país la derecha es prisionera de una herencia que le impide ser democrática. Vox como segunda fuerza política hubiese sido el pretexto perfecto de la izquierda político-mediática para ver confirmados sus propios prejuicios dañinos. Pero no se dio.

Los que alimentaron el fantasma de la extrema derecha y jugaron a incendiar un país nos deben una disculpa a todos. Los españoles han votado moderación y, pese a Redondo, Tezanos y compañía, han dejado a Vox en el 10% andaluz. Podrían haber actuado de otra manera. Podrían haber elegido hartarse de los intentos de demolición de la izquierda radical y los nacionalismos periféricos con la peor respuesta: desbordando el consenso constitucional en sentido contrario. Pero no lo hicieron. Un sentido, cabe matizar, mucho menos explorado que el que exigen todos los futuros socios de Pedro Sánchez, pues la senda de las cesiones y la complicidad con los que reniegan de la legitimidad de nuestra democracia es la que viene marcando la última década en nuestro país. De manera devastadora, además. Eso sí explicaría, sin necesidad de alertas ultras ni de inocular el miedo entre los españoles, los más de 2,5 millones de votos a la formación de Abascal.

Con todo, conviene no distraer el foco. Decíamos que los liquidadores del 78 admiten gradaciones y la conversación pública española no está haciendo justicia a esa escala de grises que presiden los cuatro escaños negros que Bildu ha conseguido en el País Vasco. Las modas demoscópicas son mucho más atractivas, pero lo que debería demandar la atención y preocupación de los constitucionalistas lleva tiempo con nosotros.

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