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40 años de la movida madrileña: cuando todo lo sólido se desvanece en el aire

"Lo de menos era el formato artístico escogido; lo importante era hacer ruido y alcanzar el estrellato, al menos durante los 5 minutos warholianos de rigor"

Foto: Paolo Monti | Wikicommons

“Asunto o situación, generalmente problemáticos. Juerga, diversión, alboroto, jaleo. Maquinación, soborno, acción inmoral y subrepticia”. En las seis acepciones que el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española recoge del término movida no se contempla el significado de movimiento social o cultural. Y sólo en el localismo estar en la movida, cuyo uso los sabios de la RAE reducen a países Centroamericanos o andinos, se sugiere la acción de “estar cerca de donde suceden las cosas”.  

En febrero de 1980 no hacía ni cinco años de la muerta de Francisco Franco y esa Constitución Española que hoy todos quieren cambiar por los motivos más dispares llevaba promulgada sólo 14 meses. El periodo de transición parecía tocar a su fin, pero todavía nos quedaría el susto del 23-F antes de que el triunfo socialista en las legislativas de 1982 certificase el inicio de nuestra madurez democrática con un gobierno de izquierdas sin ruptura de la unidad nacional ni expropiaciones –como tanto temía mi abuela– ni revanchismo ni baño de sangre. 

En aquellos días, los jóvenes leíamos en la prensa los líos de Irán, Afganistán o el juicio por la matanza de Atocha mientras remitía, en la frecuencia modulada, el coñazo insoportable de los cantautores y el cuelgue desfasado del rock andaluz en beneficio, ¡ay!, de cosas más histriónicas, como el fenómeno de las fans. Mientras las huestes rockeras del sello Chapa (Leño, Topo, Asfalto) preparaban la reacción suburbial contra tanto pijerío enervante, un director novel llamado Robert Redford arrasó ese mes en los Óscar con la melodramática Gente corriente, dejando un rastro de perdedores como El hombre elefante (David Lynch) y Toro Salvaje (Martin Scorsese) que hoy debería provocar cuanto menos el sonrojo de aquel jurado.

Y en medio de todo eso, el 9 de febrero se celebró en el anfiteatro de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos de Madrid el concierto de homenaje a Canito. Lo cuenta estupendamente Diego Manrique en El País y los pudimos disfrutar unos cuantos adolescentes, a través de la emisión en diferido que realizó Pop-grama en la Segunda Cadena, en horario de mínima audiencia. Ahí estaban sobre el escenario, para pasmo del personal, bandas de nombres indescifrables como Nacha Pop, Mamá, Paraíso o Alaska y los Pegamoides, no por nunca oídos menos fascinantes. ¡Quizá aquellos grupos desafinaban como gallinas pero tenían algo que inmediatamente nos hizo querer quemar la trenca y las botas camperas para irnos al rastro a comprar una abrigo viejo y unos Dr. Martens. 

Llámale actitud, frescura, descaro, provocación, hedonismo, ganas de divertirse y de divertir, sin aparente trascendencia pero con un fin innegable: el de cortar con el pasado rancio aprovechando los vientos de libertad, alterar el orden estético establecido y reivindicar la entrada de nuestro país, con décadas de retraso, en la cultura pop y la modernidad. ¡Bendita ingenuidad! 

De repente, todos éramos primos lejanos de los Ramones y los Sex Pistols. Papá nunca luchó en la Guerra Civil, en casa siempre se había escuchado a la Velvet Underground y se había venerado a Andy Warhol. Poco importa que los tortuosos discos de los primeros no fueran publicados en la piel de toro hasta bien entrados los 80; ni que el abanderado del pop-art estadounidense no llegase a Madrid hasta 1983, gracias al galerista Fernando Vijante, con el único propósito de alternar con la jet-set (y algunos moderniquis lampantes del momento) para hacer caja en las mansiones de los March o Hachuel. 

Habíamos decidido cambiar los muebles de estilo remordimiento por el plexiglás sin paradas intermedias. Y los barrios capitalinos de Malasaña y Chueca, así como el Rastro, se convirtieron en el territorio abonado de las diferentes iniciativas y tribus que surgieron en esos años de gozoso entusiasmo. “Perdidas las utopías y las ilusiones. Sumidos en el Paro, la Delincuencia, la Marginación y la Pasión. También viviendo en el Reencantamiento, en la Esperanza sin Fe”. Así describía la Posmodernidad el filósofo José Luis López Aranguren en el primer número de La Luna de Madrid.

Yo no estuve en el Concierto de Canito y el lector hará bien en desconfiar de todos los que afirmen haber asistido, ya que en el anfiteatro de Caminos no caben más de mil personas y aquella tarde no estaba precisamente lleno. Pero sí acudí, año y pico después, al Concierto de Primavera organizado en el Campo de Rugby de la Escuela de Arquitectura donde casi 15.000 personas certificaron la puesta de largo del fenómeno, con un cartel de músicos muy similar y la presencia del mismísimo Enrique Tierno Galván, que suscitaría después cierta polémica. 

“Movida promovida por el ayuntamiento”, denunciaría con desparpajo, un lustro después, el cuarteto The Refrescos en la canción Aquí no hay playa. Sin embargo, yo estoy con Manrique cuando sostiene en el artículo antes citado que “en contra del relato político-social entronizado en los últimos tiempos, nadie conspiró para que aquello se convirtiera en un fenómeno cultural”. Si Tierno estaba allí, igual que se fotografió en portada de Diario 16 con la stripteuse Susana Estrena totalmente desnuda, era por transmitir una imagen consistorial más cercana a la calle. Y, también, por qué no, por su curiosidad hacia los movimientos marginales y la contracultura juvenil ya esbozada en los ensayos sociológicos recogidos posteriormente en El miedo a la razón (Tecnos, 1986).     

O sea que Tierno fue a Arquitectura porque era the place to be aquel día. Y, como él, miles de madrileños y modernos de provincias desplazados para comulgar con la nueva ola –nombre trasunto del inglés new wave con que la prensa británica describió a la generación de Costello o The Clash–, brazo musical de esta espontánea e inesperada manifestación socio-cultural. 

Madrid era, ejem, una fiesta. Las iniciativas de todo pelaje surgían por doquier, con poco dinero y aún menos formación técnica. “¿Diseñas o tocas en un grupo?”, se convirtió en un modo de entrar a la gente en los garitos nocturnos o los desayunos de La Bobia. Quedabas con un amigo en el Café Comercial y terminabas participando como figurante en un corto de Almodóvar o yendo a ver unos cuadros a la galería Estrujenbank o a apurar la noche con desconocidos en el taller de costura de Alvarado.

Arte, fotografía, moda, cine, literatura, cómic, prensa, televisión e incluso gastronomía. La movida lo contagió todo con su espíritu lúdico y desacralizador. Y la transversalidad era total. Carlos García Berlanga, Manolo Campoamor o Fernando Márquez, tres chicos que soñaban con dibujar historietas, terminaron formando un grupo de punk seminal como Kaka de Luxe. Además de hacer películas, Pedro Almodóvar cantaba –es un decir– con Fanny McNamara y escribía relatos desopilantes en La Luna de Madrid bajo el seudónimo de Patty Diphusa. Las Costus no sólo pintaban, sino que publicaron un libro desternillante titulado Enciclopedia universal de la marmota que es hoy objeto de coleccionismo. García Alix o Ceesepe dirigieron cortometrajes. Herminio Molero, fundador de Radio Futura, terminó haciendo carrera como pintor tras algunos pinitos en la publicidad.

 

Lo de menos era el formato artístico escogido; lo importante era hacer ruido y alcanzar el estrellato, al menos durante los 5 minutos warholianos de rigor. Como escribieron Berlanga y Canut en su día, “quiero ser un bote de colón y salir anunciado en la televisión”. Aunque pocos los creyeran entonces o ahora, aquello era un auténtica declaración de intenciones. Pura militancia estética, casi política.

Se han escrito numerosos libros evocando aquel fenómeno y reflexionando sobre él. Algunos, incluso firmados por gente que no estaba en Madrid en ese tiempo... Entre los mejores, están el entrañable Música moderna de Fernando Márquez, Esto no es Hawai de Jesús Ordovás, Crónica de una agitación de Alberto García-Alix, Ouka Lele, Miguel Trillo y Pablo Pérez-Mínguez y –mi favorito– Sólo se vive una vez: esplendor y ruina de la movida madrileña, coordinado por José Luis Gallero, que incluye el relato en primera persona de muchos de los protagonistas de aquel fascinante sarao: Borja Casani, Quico Pérez,  Martín Begué, Iván Zulueta, Paloma Chamorro, Pérez Villalta, Alaska, Sybilla...

Ahora la prensa generalista ha recordado el 40 aniversario de Concierto de Canito como quien evoca la eclosión de la generación del 27. Pero, para quien no lo vivió, la trascendencia y la huella que ha dejado la movida madrileña resulta un tanto limitada, difícil de valorar con el debido distanciamiento.

Quedan, por supuesto, las obras: los discos de Pegamoides, Radio Futura, Gabinete Caligari, Nacha Pop y tantísimos más;  la filmografía de Almodóvar y el Arrebato de Iván Zulueta; los cuadros, dibujos y cómics de Costus, Ceesepe, El Hortelano, Javier de Juan o la nueva figuración madrileña; las fotos de García-Alix, Ouka Lele, Gorka Duo, Miguel Trillo o Pérez Mínguez; los escritos de Eduardo Haro Ibars, Leopoldo María Panero, Félix Francisco Casanova, Luis Antonio de Villena o el congreso de Narrativa en la Posmodernidad; revistas y fanzines que desaparecieron como La Luna –en la que tuve el placer de publicar siendo casi barbilampiño–, Madrid Me Mata, Gratix, Banana Split, Ediciones Moulinsart o 96 Lágrimas; programas televisivos para el recuerdo como La edad de oro o La bola de cristal; emisoras de FM cerradas como Onda 2 o Radio Juventud; desfiles de prêt-à-porter en pasarelas inusuales con las prendas iconoclastas de Agatha Ruiz de la Prada, Manuel Piña, Enrique Vega, Pepe Rubio o Antonio Alvarado; restaurantes donde el show estaba tanto en la sala como en el plato, como el Café Latino, El Cenador del Prado, El Amparo, La Gastroteca o Viridiana… Y los bares y clubes donde realmente se inició todo.

Sólo que la galería de Fernando Vijante es ahora una sucursal del Banco de Sabadell y el Rock-Ola, un complejo de alquiler de trasteros. En la sala Carolina hay una tienda de moda juvenil C&A y tampoco existen ya El Escalón, El Jardín, el Agapo, la Universal ni el Ras.

Sólo el Pentagrama, La Vía Lactea y El Sol permanecen abiertos. Por cierto, uno de los actuales dueños de la histórica sala de la calle Jardines es David Novaes, que estaba en el comité organizador del Homenaje a Canito y formó parte del colectivo que en los años siguientes convirtieron Caminos en uno de los pilares escénicos de la capital (concierto de las Hornadas Irritantes incluido). Si estuviéramos en Francia, ya le habrían otorgado la Orden de las Artes y las Letras. Pero aquí tenemos floja la memoria y aún más débil la voluntad de reconocer el mérito ajeno. Como diría, Marshall Berman, todo lo sólido se desvanece en el aire…  

 

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