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A Auschwitz se va por Evian

"Bien podría decirse que el camino a los hornos crematorios empezó a pavimentarse en las habitaciones de un hotel de lujo con vistas a las cimas nevadas de los Alpes"

Foto: Czarek Sokolowski | AP

Julio de 1938.

Un puñado de diplomáticos de varios países conversan animadamente en el vestíbulo del Hotel Royal de Evian, al término de una sesión de la Conferencia que allí se celebra. Esperan los coches que han de llevarlos al muelle para embarcar en el crucero con el que van a recorrer la orilla sur del lago Leman.

Hitler lleva ya un lustro en el poder. Le ha dado tiempo a engullir Austria y prepara su asalto sobre Checoslovaquia. En el ámbito doméstico, va tensando la soga alrededor del cuello de los judíos que quedan en el país. Tanto que, en ocho semanas, desemboca en la Noche de los Cristales Rotos.

Hay que salir de Alemania a toda prisa. El problema es que, para poder salir de un sitio, a uno le deben dejar entrar en otro. Y nadie quiere abrir la puerta. En palabras de un ministro australiano de la época —Australia, como todo el mundo sabe, un país “angustiado” por la falta de espacio— “aquí no tenemos problemas raciales, y tampoco queremos importar uno”. Los canadienses —que tampoco andan escasos de espacio— son aún más gráficos: no jews. None is too many.

Evian, decíamos; junto a la frontera suiza. La ciudad de los baños termales y del agua mineral que mana pura de inagotables fuentes alpinas.

Allí, en el lujoso Hotel Royal —todo es lujoso en Evian— se reúnen delegados de 32 países bajo el patrocinio de Franklin D. Roosevelt. La intención es loable: abordar la crisis migratoria provocada por las leyes raciales alemanas, que ya han llevado al exilio a más de 130.000 judíos alemanes por esas fechas. Aún quedan más de 300.000 en suelo alemán y otros 60.000 en Austria, que ya forma parte del Reich. E indirectamente, lo que allí ocurra afecta a varios millones más en Europa Oriental, pendientes de hacia dónde oscila el péndulo de la política alemana y la tolerancia internacional a su escalada.

La Conferencia de Evian duró nueve días.

Nueve días de hermosos discursos sobre la solidaridad global. Nueve días de proclamas internacionalistas sobre el derecho de asilo y la tradicional buena voluntad del país en cuyo nombre tomaba la palabra cada diplomático.

Pero, sobre todo – según recordaría décadas más tarde el conserje del Hotel Royal— nueve días de asueto y felicidad para los participantes en las reuniones, entregados a los placeres que ofrecía un lugar como Evian: cruceros en barco, juergas nocturnas en el casino, baños, masajes, golf, paseos a caballo y excursiones para esquiar en Chamonix.

Así, en un entorno idílico, quedó sellada la suerte de los judíos alemanes y austríacos. Buenos deseos y buenas palabras. Y fronteras cerradas para casi medio millón de seres humanos condenados, primero a la muerte civil y más tarde al exterminio físico.

Nadie quiere aceptar a refugiados judíos. Puertos y fronteras cerradas que representan la muerte de millones.

Mientras escribo estas líneas, líderes del mundo entero se dan cita en Auschwitz con motivo del 75 aniversario de la liberación del campo por las tropas soviéticas. Es una de las últimas reuniones en las que habrá testigos con vida que puedan dar fe de lo que no puede ser narrado por inenarrable.

Se dice que para conocer una época es mejor rebuscar en sus vertederos antes que admirar sus museos.

Si es así, la Conferencia de Evian es un gigantesco estercolero de la miseria colectiva. Al menos tan infame como la más conocida Conferencia de Wansee, en la que los jerarcas de las SS aprobaron el sistema de gestión, procesamiento y eliminación de millones de seres humanos con eficiencia industrial y del que Auschwitz es directa consecuencia.

Para que hubiera un Auschwitz antes tuvo que haber un Evian.

Bien podría decirse que el camino a los hornos crematorios empezó a pavimentarse en las habitaciones de un hotel de lujo con vistas a las cimas nevadas de los Alpes. La barbarie sólo fue el capítulo final de un libro colectivo, en el que los alemanes pusieron más que nadie, pero que también lleva la firma de la indiferencia de muchos otros en su prólogo.

Ventajas de que la historia la escriban los vencedores. Es fácil esconder las vergüenzas bajo el felpudo del olvido y ofrecer al visitante de la posteridad un relato heroico. Un relato que certifique que nosotros, los buenos, estuvimos en el lado correcto de la historia.

Auschwitz existió. Pero Evian, también. Y el hedor de la indiferencia, certificada por decreto en aquel paraje bucólico, casi de postal, es tan pestilente como el que debió salir de los hornos crematorios de aquel siniestro lugar.

Recordemos Auschwitz. Recordemos también Evian.

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