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A favor del odio

Foto: Álex Ayala Ugarte | The Objective

El odio no tiene hoy buena prensa. Diríase que, en singular bucle, es a menudo el odio lo único que se nos permite odiar. El latiguillo moderno “todas las ideas son respetables” implica que ninguna puede ser odiosa. Tanto el lema jipi “haz el amor y no la guerra” como el más antiguo cristiano “amad a vuestros enemigos” parecen apuntar en igual dirección. Se diría que una actitud mansa y cariñosa es la única que nos recomienda la ética, mientras que cualquier arrebato de ira o contundencia trata de denigrarse como grosera equivocación.

La cosa ha llegado tan lejos que hay quien habla incluso de “delito de odio” para castigar a quienes sientan tan prohibida emoción. Por supuesto, no es ese el significado verdadero del término (todavía no es delito, por suerte, sentir). Un “delito de odio” alude solo a un matiz (dirigirse contra grupos débiles) que hace más graves delitos de por sí serios (acosar, apalizar, asesinar). De igual manera, “discurso de odio” (otra expresión a menudo malentendida) no implica que no se pueda hablar mal de nadie, como a muchos les gustaría persuadirnos; sino solo que no debes incitar a que se les agreda. Ya lo explicamos aquí. Con todo, resulta significativo que ambas expresiones frecuentemente se malinterpreten: está claro que a muchos les gustaría empezar a sancionar a todo el que ose odiar.

Como el lector habrá sospechado, al que suscribe le parece en cambio no solo correcto, sino incluso loable, odiar ciertas cosas. Y empecemos por una de ellas: la mentira. Pues se da el caso de que ese denuesto generalizado del odio se apoya en ella.

No estoy solito en este aprecio por el odio. Hace ya años que Mario Bunge nos explicaba que “hay que odiar una idea, no solo comprenderla, para combatirla con rigor y eficacia”. En efecto, quienes rechazan el odio parecen dar por supuesto que vivimos ya en un mundo perfecto, solo alterado por las inconvenientes muestras de furia de quienes nos permitimos odiar. Mas no es así. Vivimos un mundo repleto de falsedades, ideas locas, actos maléficos, sufrimientos abisales. Odiar partes de ese mundo no es, por tanto, introducir en él desequilibrio alguno, sino el paso previo a reaccionar como se debe a su desencaje fundamental. Eso sí, hay que asegurarse de odiar solo lo que debe ser odiado y apreciar todo lo apreciable; pero esta es ya la tarea posterior de quienes queremos aprender a odiar bien. Antes de nada, hemos de quitarnos la falsa brida y afirmar rotundos: no es malo odiar.

Por fortuna contamos con la ayuda de filósofos antiguos que lo captaron a la perfección. Fijémonos en Agustín de Hipona, por ejemplo. En su carta 211, que escribió a unas monjas atribuladas allá por el año 423, habla de reprender a las hermanas díscolas “con amor por las personas y odio hacia su pecado”. Es el origen de la famosa frase “odia el pecado, ama al pecador” que, en tanto no se condene a San Agustín por discurso de odio, alaba este sentimiento como actitud perfectamente santa. Y para no despistarnos por su envoltura cristiana, tenemos por suerte su versión más laica: comentando la frase de Bunge que antes citamos, la que afirma que hay que odiar una idea para combatirla con eficacia, el periodista Arcadi Espada suele añadir que ese odio ha de ser lo más intenso posible hacia la idea, tan extenuante… que luego no nos quede ni una gota del mismo para salpicar al que la sostiene. En otras palabras: odia la idea, pero no a su sostenedor.

Con todo y con eso, esta tesis San Agustín-Bunge-Espada no deja de presentar algunas dificultades. ¿Realmente podemos separar nuestro odio a una idea con respecto a la persona que está plenamente imbuida de ella? ¿Y qué ocurre con los actos? ¿Es posible considerar odioso un acto perverso sin pensar que algo tendrá que ver con el que lo comete y que, por tanto, algo de odioso también tendrá él?

No son preguntas ociosas: nada menos que otra de las grandes mentes del pasado, Tomás de Aquino, se las planteó ya (Sum. Theol., II-IIae, q. 25). Contaba además con varios pasajes bíblicos que parecen contradecir la solución agustiniana: la Biblia está repleta de expresiones de odio hacia los malvados, incluido el deseo de que ellos (no solo su pecado) se vayan derechitos al infierno (Sal 9:18). Así pues, ¿habría que cambiar el tópico y afirmar “odia el pecado, y también al pecador” (o, en versión laica, “odia ciertas ideas, y también a su sostenedor”)?

La solución de Santo Tomás a este entuerto siempre me ha parecido de lo más contemporánea; de hecho, se diría sacada de cualquier canción de música pop. En efecto, como canta Gnash en un vídeo ya reproducido 414 millones de veces en YouTube, “I hate you, I love you”. “Te amo, te odio, amo odiarte y odio amarte”, son todos tópicos que cualquier adolescente ha escuchado ya mil veces. De igual manera, Santo Tomás pensaba que no existía una imposibilidad irreconciliable de combinarlos.

Podemos amar y odiar a alguien al mismo tiempo; o, de nuevo en versión más laica, tolerarle y odiarle a la vez. Podemos tolerarle como individuo libre, al que sabemos que no agota la estupidez o el mal que comete; pero podemos al mismo tiempo odiarle como autor de esa maldad. De hecho, ¿no nos pasa eso con los amigos, que precisamente porque les apreciamos odiamos entonces esas cosas de ellos que los hacen peores o que les dañan? Separar el aprecio y el odio como si uno no tuviera nada que ver con el otro resulta disparatado: justo al apreciar algo (o a alguien) querremos su bien, así que odiaremos todas las cosas que lo hagan peor.

Esta diferenciación nos ayuda además a distinguir entre el deseo de justicia y la venganza. Esta última se deleita con el sufrimiento del que ha cometido algún mal, mientras que la justicia simplemente se alegra de que se le haya castigado porque el mundo es un lugar más justo tras ello. El vengativo busca el mal; el justo recuperar cierto bien. En estos tiempos en que a los que todavía queremos que se sancione a quienes se saltan la ley se nos acusa de todo tipo de ansias vengativas, quizá no resulte inane recordar esta simple verdad: al que se venga le complace hacer daño; a quienes buscamos la justicia, en cambio, nos alegra ese equilibrio que se recupera en el mundo cuando al que actuó mal se le obliga, por ello, a pagar. Cierto es que no se trata de un equilibrio visible: si alguien me mutiló una pierna, que pase años en la cárcel no me la va a devolver. Pero se trata precisamente de un equilibrio que se capta con otro órgano: el de la justicia, que no va solo de lo que se pueda palpar o ver.

Así pues, odiar o castigar al malvado en cuanto malvado no tiene nada de erróneo; el único problema estaría en olvidar que es una persona que va más allá de esas cosas que comete y odiarle (o desearle males) en esa (amplia) parte restante de su ser. Tomás de Aquino llegaba incluso a admitir que se odiara a los enemigos en cuanto enemigos, siempre que no olvidáramos que su personalidad va más allá de esa mera enemistad. De hecho, la frase “ama a tus enemigos” carecería de sentido si no tuviésemos enemigos. Poseerlos no es pues signo de ningún defecto cristiano y, añadamos, tampoco ético. Todo lo contrario, si hemos sabido elegir nuestra enemistad. Y si no reducimos la rica personalidad del enemigo a ese mero factor de que nos sea hostil.

Es una pena que estas antiguas reflexiones parezcan hoy tan olvidadas, incluso en lugares, como los palacios del Vaticano, en que uno esperaría que se conservara con más mimo su legado. En efecto, cuando el papa Francisco decide optar en nuestros días por lo que llama una “neutralidad positiva” ante lo que está sucediendo en Venezuela, solo los más ingenuos o sesgados pueden dar a esa frase una buena consideración. Y es que hasta un alumno de primaria sabe que los números o las partículas pueden ser positivas (como los protones) o neutras (como los neutrones o el cero); pero que no hay una “positividad neutra” ni tampoco, lógicamente, una “neutralidad positiva” más que en el mundo de los oxímoros. Y en el de la posverdad.>

Aun así, más allá de la manipulación del lenguaje, lo que consterna es otra cosa. A saber: que, entre la tiranía de Maduro y la apertura democrática que representa el presidente electo por la Asamblea Nacional, Guaidó, la Santa Sede repute positivo quedarse neutro, indiferente, como si la flema que no odia ni se hace enemiga de los atropellos y asesinatos del primero fuera algún tipo de virtud moral. A todos nos consta que Francisco no es ningún intelectual de empaque; pero este olvido de una de las cumbres del pensamiento católico, como es el de Aquino, incita a la melancolía de estos tiempos en que todo razonamiento riguroso queda anegado por las ansias de un bonito titular, un lema bienqueda, un mansurrón tuit. “Neutralidad positiva” puede, sin duda, ser todas estas cosas; pero solo querríamos recordar que no aparece en pasaje alguno ni de la Biblia ni de la inmensa obra de Santo Tomás.

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