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A hombros de gigantes

Foto: Carola Melguizo | The Objective

Si no fuera por la incipiente alopecia y por las arrugas que le plisan el rostro, habría dicho que Pepelu está igual que la última vez que lo vi, hace ya dieciséis años. Afirmaría, de hecho, que cuando nos encontramos la semana pasada en la cola del cine llevaba la misma ropa que en el Bachillerato: camiseta de Dragon Ball, pantalones cortos y zapatillas Converse. Me invitó a que me acercase otro día al centro de terapias alternativas donde imparte clases de biomagnetismo y de reiki. Quizá compuse algún mohín de extrañeza porque a continuación me soltó una perorata sobre una cuestión que siempre hace que se me erice el lomo como a un gato en posición de ataque: el manido cientificismo.

Dándole vueltas al hecho de que uno de los chicos más listos de mi clase haya terminado colándose por el escotillón de la seudociencia, he recordado el fastidio que me produjo la lectura de La estructura de las revoluciones científicas, el inicuo ensayo que Thomas S. Kuhn publicase hace casi seis décadas. Por suerte para su autor, un rapto de lucidez lo movió a apearse del nihilismo relativista que sirve de tesis al libro; por desgracia para muchos estudiantes, en no pocas universidades sigue enseñándose que la ciencia no trabaja con la verdad, sino con una serie de supuestas verdades que se vuelven obsoletas al cambiar de paradigma. Pero también he recordado la fascinación que ejercía sobre mí la Escuela de Frankfurt al iniciar la carrera. Releer la Dialéctica de la Ilustración hace unos meses me sirvió para darme cuenta de lo tonto e influenciable que es uno con veinte años. Entonces yo también detestaba el mito del progreso (confundiendo el optimismo de la Ilustración con el iluminismo decimonónico que creía cabalgar sobre una inexorable dialéctica hegeliana, camino de la utopía final) y sostenía, con Foucault, que el Holocausto no era sino el resultado de encorsetar una sociedad a un proyecto científico (como si el racismo no fuese un fenómeno irracional de larga data sino un producto genuino de la ciencia, y como si los nazis, oscurantistas e irracionales hasta el tuétano, fuesen los principales epígonos de la Ilustración). Entiendo, por tanto, a mi desalentador amigo Pepelu: si todo documento de cultura es un documento de barbarie, por decirlo con Benjamin, el producto de la ciencia no pueden ser solo las vacunas, los antirretrovirales y los antibióticos, sino también, y sobre todo, los tósigos y las ponzoñas del Big Pharma.

Ocioso es insistir en que nuestras humanidades siguen manifestando recelos similares. ¿Cabe imputarlos a una suerte de pesimismo irracionalista o, más bien, se deben a un simple desconocimiento científico? Ya decía Ortega que o se hace ciencia, o se hace literatura, o se calla uno.

Recogiendo el guante de C. P. Snow en su célebre conferencia sobre las dos culturas, la científica y la humanística, John Brockman fundó hace tres décadas EDGE, un hodierno Círculo de Bloomsbury en que pululan personalidades de altura y que todos los años formula una pregunta. La que en este caso nos ocupa inquiere sobre “la explicación más bella, profunda o elegante”, y responden a ella, entre otros, la psiquiatra Judith Rich Harris, el neurocientífico David Eagleman, el físico Carlo Rovelli, la antropóloga Helen Fisher, el filósofo Daniel Dennet, la arqueóloga Christine Finn y hasta el músico Brian Eno, en una antología que recibe el título de Eso lo explica todo (Deusto). Hay, naturalmente, respuestas de muy diversa índole: la selección natural, el magnetismo, la entropía, los gérmenes, el principio de incertidumbre… El resultado es una tentativa de filosofía natural en que la aparente frontera entre ciencias y humanidades parece desdibujarse. ¿Acaso es que ésta nunca existió?

Cuando Kepler trató de determinar la distancia entre el sol y los seis planetas que entonces se conocían, optó por encajar cada uno de los cinco sólidos dentro de una esfera, al modo de las muñecas rusas, remedando a su manera la noción pitagórica de la “armonía de las esferas”.

Mucho antes de que Maxwell introdujese en el campo de la electricidad la simetría matemática, ésta ya constituía para Platón la arquitectura invisible del mundo. Hasta el universo de volumen cero y masa infinita de Einstein recuerda sospechosamente a Leibniz. A la pulsión adanista que da la espalda a lo previamente dicho por los mayores, responde el refrán: a tu padre vas a enseñar a hacer hijos. Antes de que Darwin enunciase su teoría de la selección natural, Aristóteles había encontrado causas finales en la naturaleza. Si para el estagirita el asombro era el inicio de la filosofía, el autor de El origen de las especies sostenía que la existencia del ser humano en unas condiciones tan adversas movía a la perplejidad. Quizá el mismo asombro filosófico que movió a Ptolomeo a estudiar los rumbos erráticos e inexplicables de los planetas (planétés en griego clásico significaba errante) fue el que permitió a Copérnico superar el sistema ptolemaico… Sea como fuere, avanzamos a hombros de gigantes.

A todo esto, no sé si es cierto que RNE sopesa cerrar el espacio de divulgación científica del que este artículo toma su título (arrieritos somos y en Newton nos encontraremos). Espero, en ese caso, que lo mediten como es debido y no tomen una decisión tan desacertada. Necesitamos buena divulgación científica.

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