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A la espera del otoño

Foto: SERGIO PEREZ | Reuters

Incluso en verano, nada es lo que parece. Los resultados del último barómetro del CIS, que estrechan la diferencia en intención de voto entre los principales partidos, tienen –sospecho– algo de espejismo. Sin embargo, los espejismos, las palabras, los símbolos y las imágenes resultan en ocasiones más incisivos que los hechos o que la realidad misma. El filósofo norteamericano Richard Rorty lo explica perfectamente cuando destaca la importancia de la literatura frente a los conceptos filosóficos. «La filosofía es útil –sostiene en su libro Cuidar la libertad– cuando trata de sintetizar nuestras propias intuiciones  morales en principios. Pero no sirve para la ampliación de estas intuiciones». Ese sería ya el campo privilegiado de la literatura, los relatos, las palabras, los símbolos y también –claro está– de los espejismos.

La política española vive, durante estos meses, el tiempo muerto de la espera. Todo se mueve, falsamente. Con la economía en marcha y extendiéndose la epidemia de la corrupción, la coyuntura rige hasta el próximo uno de octubre, que será el auténtico epicentro de la legislatura. Suceda lo que suceda, nada volverá a ser igual a partir de ese día. España se enfrenta a un problema de definición territorial que constituye, a su vez, un problema de definición democrática y de lealtad a las libertades que son protegidas por las leyes. Con una revolución posmoderna en marcha, el campo de las palabras, los símbolos y los espejismos entra en juego. Por supuesto, como sabemos demasiado bien, ni todas las palabras ni todos los símbolos ni todos los espejismos son fructíferos ni fértiles. Sin leyes, la democracia resulta una tierra baldía, un terreno agostado por la cólera y la frivolidad de los hombres. Incluso en verano, nada es lo que parece. Y, en estos momentos, los datos del CIS sirven sólo para recordarnos que ninguna foto es fija, tampoco la actual. Y que debemos esperar al otoño.

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