Jorge San Miguel

A todo eso

He ido por fin a Mallorca. Había pospuesto el viaje quince, veinte años, porque todo lo cercano se pospone, pero al final un regalo de Aurora me ha llevado a la isla.

Opinión

A todo eso
Foto: EFE

He ido por fin a Mallorca. Había pospuesto el viaje quince, veinte años, porque todo lo cercano se pospone, pero al final un regalo de Aurora me ha llevado a la isla. Llegamos una tarde húmeda y caliente de octubre, y nos registramos en un hotel lleno de turistas extranjeros. Cenamos con Rafa y Susana en el centro de Palma y nos recogemos pronto. A la mañana siguiente, voy al ordenador nervioso para comprobar que la casa está abierta, y lo confirmo en una llamada de teléfono. Nos damos un baño en la piscina que cuelga de la azotea del hotel y salimos hacia Deyá.

Mi primer recuerdo escrito de Robert Graves es el libro de relatos traducido por su hija Lucía, en edición del Círculo de Lectores, leído algún verano en vacaciones, luego releído varias veces. En la división entre relatos ingleses, relatos romanos y relatos mallorquines estaba ya todo lo que siempre he amado en Graves. También en la portada con su casa payesa. El Mediterráneo antiguo y moderno, Inglaterra. Intuiciones que he ido refinando y racionalizando cuidadosamente con los años como si las puliera con un torno. En realidad, Graves era una presencia en casa desde mi niñez por los varios libros que había en las estanterías y porque, creo recordar, mi padre hablaba alguna vez de él. Creo también recordar, no sé si lo he inventado, el programa de Informe Semanal donde anunciaron su muerte. Años más tarde, cuando repusieron en la segunda cadena la serie de la BBC inspirada en Yo, Claudio, fue una de las primeras cosas que grabamos con el VHS que al fin, con gran disgusto de mi madre, mi padre había comprado.

Me costaría más recordar cuándo empecé a interesarme de verdad por Graves, como una afinidad hasta cierto punto escogida de entre todas las referencias a mano. Podría ser a partir de leer Goodbye to all that en una edición del año 29, otro regalo, que apenas por unos meses no lleva el poema de Sigfried Sassoon eliminado tras la primera tirada -que hoy multiplica el precio de esos ejemplares tempranos. Pero en realidad el regalo de Bárbara ya obedecía a una obsesión creciente por Graves, que tendría un origen distinto. Entre tanto yo había leído Rey Jesús y El Conde Belisario, y hasta había empezado una traducción de The Greek Myths, por entretenerme, que no fue más allá de unas pocas páginas.

Como fuera, quizás a partir de los relatos y de un texto tan trivial como la Vida de Gnaeus Robertulus Gravesa, un mero divertimento, había ido tomando forma en mi cabeza la idea de Graves como esa mezcla de erudito, poeta y hombre de mundo que se convirtió en mi ideal de vida. También, claro, por el retiro en Mallorca: pasada la primera juventud y la afición por el rock and roll y las juergas urbanas, la idea del “adiós a todo eso” y la vida entre libros en el campo se iba abriendo paso como utopía necesaria. Al tiempo, mi educación sentimental con la pandilla del barrio y los Escohotado me permitía evocar ejemplos más cercanos de ese estilo de vida y de ese mundo balear: Antonio y Cristina refugiados en una finca de Ávila, viviendo de traducciones que Cristina mecanografiaba como Beryl en Mallorca; y luego la Ibiza tardo-hippy, sumida ya en ese siglo decadente que también arrasó la Deyá de Graves. El mundo de Graves se iba mezclando con la evocación de una bohemia aún casi al alcance de la mano, como aquella noche en que encontramos en la casa de Hoyo una vieja copia en vinilo de In the court of the Crimson King, como si llevase allí guardado para nosotros desde los setenta; y yo puse mi copia en CD sobre la funda del vinilo y allí estuvieron toda la noche entre vapores alcohólicos y lisérgicos. Era inevitable recordar que también Graves se había interesado por los visionarios en los 50, y había mantenido con Gordon Wasson una correspondencia que anticipó el trabajo de este en El camino de Eleusis.

Por entonces Graves era ya para mí un símbolo de todo lo que la vida adulta permitía vislumbrar, pronto lo sería también de lo malo. Leí La diosa blanca, los poemas -“To Juan at the winter solstice”, o ese otro en que describe las palomas que escapan de un cesto como miel derramada. Y hasta un raro libro de ensayos donde aparecía el mejor juego de palabras (bilingüe) de la historia: había muerto joven un hombre apellidado Longbottom, y la necrológica rezaba “Arse longa, vita brevis”. A la vez, entre la evocación se iba colando la sensación clara de una decadencia estrepitosa, y de los ángulos oscuros de la vida en Deyá. Las sucesivas aventuras, cada vez más ridículas, con encarnaciones cada vez más destartaladas de la Diosa, bajo la mirada de Beryl. Descubrir la propia miseria al tiempo que la miseria de la vida que has fabulado. Ese ambiente de los visitantes del Graves ya anciano, a medio camino entre la secta religiosa y la pantomima hippy para turistas, que describe Anthony Burgess en sus memorias. Los años finales de demencia en casa, atendido gracias a los réditos de la serie de televisión. Después, la necesaria distancia, un cierto abandono del personaje que te ha sido tan querido.

Mientras nos acercamos a Deyá pongo “Formentera Lady” en la radio del coche, y me doy cuenta de que han eliminado la versión de estudio de YouTube. Con la emoción de la visita a la casa -la imprenta, un mueble bar con una botella de Soberano, la bicicleta que aparece en el cuento, una edición inglesa de El maestro y Margarita junto a la cama- se me olvidará ir al cementerio a ver la tumba frente al mar. Es igual, volveré. Después de comer bajamos hacia la cala entre los olivos, por el mismo camino por donde debieron bajar tantas veces Juan, William, Lucía y Tomás con su padre, a lomos de un burro. There is one story and one story only…

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