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A veces los progres tienen razón

Proliferan los análisis que intentan explicar la elección en primarias por parte del Partido Republicano de un candidato a la Presidencia de Estados Unidos tan poco convencional como Donald Trump. El caso es interesante porque Trump parece haber cimentado su éxito apilando declaraciones ultrajantes hacia colectivos que, habiéndolas pasado canutas en el pasado, o estando todavía en situación desfavorable, suelen ser objeto de especial mimo, siquiera en campaña, por parte de los políticos al uso. Esta podría ser una definición del fenómeno conocido como corrección política: aquel suplemento de deferencia con el que nos producimos en público, para evitar ofender los sentimientos de minorías penalizadas (o que tienen a favor una fuerte presunción de estarlo) por el actual estado de cosas. Al prescindir de tales aduanas, Trump estaría conectando con el deseo reprimido de muchos ciudadanos –por lo general varones blancos heterosexuales, esto es, aquellos que a priori no tienen de qué quejarse– de suspender una pauta de cortesía vivida como una camisa de fuerza. Clint Eastwood, que no tiene un pelo de tonto, lo ha resumido así en su ya famosa entrevista en la revista Esquire: “Secretamente todos se están cansando de la corrección política y de tanto lameculos”.

Comprendemos a Clint, el tipo duro y trabajador al que nadie ha regalado nada. Es cierto que lo políticamente correcto ha hecho del lenguaje un campo de minas que es fácil pisar inadvertidamente. También es cierto que debates necesarios se malogran al subordinarse a la premisas de la corrección política. Y que la condición de víctima es apetecida cada vez por más colectivos, algunos con títulos dudosos. De todos estos excesos hay que cuidarse. Pero quizá el mayor incordio es que el políticamente correcto ha terminado por generar un antagonista igual de plasta: el incorrecto (quien, no es difícil verlo, también es un correcto a su manera). Por cada capellán penitente, aparece un blasfemo incendiario que se jacta de decir “las verdades incómodas”. El buenismo engendra su malismo, y esa es una veta que, como ha escrito Ricardo Dudda en El País, explotan bien los populistas. Sucede que esa verdad molesta que el malista pregona no suele ser más que el tópico que se ha invertido. Por ese procedimiento tampoco se llega muy lejos en la averiguación de la realidad, que sólo el tiempo y la investigación desprejuiciada logran decantar. Mientras tanto, hasta que los problemas y las soluciones se avecinden en un punto lo más cercano posible al cabal conocimiento de las cosas, creo preferibles los excesos de la corrección política a los excesos de la incorrección. Soportar a sermoneadores profesionales es un precio barato que se paga por fundar una sociedad en el respeto, la inclusión y la autonomía. Sin olvidar que a menudo la corrección política es corrección sin más. Quiero decir que es más probable que improbable que si alguien es pobre no lo sea por vicios personales, que los inmigrantes solo quieran ganarse la vida honradamente y aun así sufran racismo y que perduren en nuestras sociedades trabas y moldes que hacen que las mujeres lo tengan todavía un poco más difícil en la vida que los hombres. Digámoslo así, querido Clint: a veces los progres tienen razón.

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