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Abril, el mes menos cruel

Foto: Antonio García Maldonado

Quedan apenas dos días para que llegue abril, el mes del que TS Eliot desconfiaba “pues engendra / lilas en el campo muerto, confunde / memoria y deseo, revive / yertas raíces con lluvia de primavera”. Acaban de pasar las siete y media de la mañana. Miro el mar y comprendo el lugar común de la “calma tensa”. Lo entiendo por oposición: el agua transmite una paz genuina e hipnótica con rompeolas de juguete, como de la ciudad dos pequenitos de Coimbra a la que mis padres nos llevaron a mis hermanos y a mí siendo eso, unos pequenitos. No hay un antes ni un después de ninguna tormenta. Me pregunto por la generosa función pedagógica de esa cidade portuguesa en miniatura, como si fuera un recinto para mostrar gradualmente la fealdad del mundo pero también su embriagante y frecuente belleza.

Pienso en mis hijos y en mis sobrinos, pero la escena vuelve a mí cuando miro el reloj y caigo en la cuenta de que aún estarán dormidos. Cierro un momento los ojos y aspiro con la fuerza torpe y sibilante del asmático que finge no serlo. El mar es también –sobre todo– sonido, un rumor lejano y continuo que hace imposible olvidarte de él cuando lo tienes cerca, y más aún no extrañarlo en la distancia mesetaria o en la altura andina. Y olor, un perfume salado y picante que consigue romper las vegetaciones que hacen de mí el peor sumiller imaginable.

Un pequeño velero parte sigiloso del puerto. No hay apenas viento y avanza muy despacio sobre un fondo naranja eléctrico. Como si se preocupara de no molestar a los cangrejos de los espigones dormidos que deja a sus costados. Unos minutos después le siguen pequeños barcos de pesca de bajura con reflejo añil y quejosos motores diesel ya gastados. Aún no los rodean las gaviotas que, horas después, de regreso al muelle, suplicarán con graznidos roncos por las sobras.

Las piezas encajan y la realidad se ordena en unos minutos que concentran todo lo que en el mundo hay. Ralph Waldo Emerson definió bien hace dos siglos las pequeñas epifanías cotidianas en sus ensayos, y anotó: “Grabad esto en vuestro corazón; cada día comienza en nosotros un año nuevo, una nueva vida”. Borges también habló de ese momento extático, de comunión plena entre el uno y el todo, en los versos de un poema que bebe del mencionado Emerson, de Thoreau, de Margaret Fuller o Walt Whitman: “No quedará en la noche una estrella. / No quedará la noche. / Moriré y conmigo la suma /del intolerable universo. / Borraré las pirámides, las medallas, / los continentes y las caras. / Borraré la acumulación del pasado. / Haré polvo la historia, polvo el polvo. / Estoy mirando el último poniente. / Oigo el último pájaro. / Lego la nada a nadie”.

No será abril el mes más cruel. Aunque leamos a Eliot o veamos las noticias de las tres. Mal que les pese a mi hermano Rafa, a mi primo Manolo, a mis amigos Luis Sanz (que acaba de terminar una nueva traducción de La tierra baldía), a José Antonio Montano (que prologa la traducción de Luis), a David Blázquez o a Charlotte Leslie, quizá sea el momento de no cambiar de mes pero sí de poeta. Si fuera el caso y por mayoría se decidiera, yo votaría para que nos recitaran a E. E. Cummigs en el desayuno cuando llegaran las alergias:

“Con una ligera mirada me liberas. / Aunque me haya cerrado como un puño, / siempre abres, pétalo a pétalo, mi ser, / como la primavera abre con misteriosa destreza su primera rosa.”

Y añadía:

“(Ignoro tu destreza para cerrar y abrir, / solo algo en mí entiende / que la voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas) / Nadie, ni siquiera la lluvia tiene manos tan pequeñas.”

Let us go then, you and I, como escribió Eliot.

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