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Abrir en los días oscuros

“Cuando seas feliz, presta atención”. Esta frase es de Kurt Vonnegut, o al menos, a él se la achacaba el tipo que me la ha contagiado. Tengo un amigo que no cree en la felicidad como un lugar al que se llega, sino como una sucesión de estados temporales. Así, él ve la felicidad como una racha, como la suerte del jugador, que encadena una buena mano tras otra, pero que tarde o temprano, pierde.

Yo no pienso igual. Para mí, la felicidad es la intervención en el mundo, la acción sobre las cosas, la mirada. Yo creo que el gran jugador de póker no tiene más suerte. Encadena una buena mano tras otra porque sabe convertir las malas cartas en farol y la negra mano en un estado ligero del alma, una pausa de la que sacar respiros sin perder fortunas.

He vivido lo bastante como para haber aprendido que las mayores desgracias tienen la cara de las malas cartas, que la vida es un juego, una partida muy larga, y que mantenerse hasta el final con fichas en la mesa, ya es una suerte de felicidad. Existe la felicidad en lo malo, en el horror, en la oscuridad húmeda del llanto, la he probado. Por eso, veo las cartas de Vonnegut y digo subiendo la apuesta: “cuando seas desgraciado, disfruta”.

En mi escritorio tengo un grueso libro de contabilidad, de esos antiguos de tapa roja y lomo azul. Sobre el anticuado cartón, le pegué un cartel que dice: “abrir en los días oscuros”. A las visitas, les fascina, pero le tengo prohibido a los amigos que lo abran y cotilleen en su interior. Como ellos no leen mis artículos, puedo contar aquí mis secretos. Mis amigos piensan que dentro de ese libraco he escrito recetas para animarme, quizá una colección de párrafos, aforismos, chistes, fotografías, descripciones que me remiten a una felicidad pasada, a un lugar, un pensamiento, aquel póker de ases. No saben lo equivocados que están. El grueso cuaderno estaba vacío la primera vez que lo abrí, porque no se trata de leer, sino de entender. Ahora está lleno de miedos y horrores, europas desoladas, Gran Bretañas desgajadas, segundas vueltas del nazismo, yihaidismo en el hogar, guerras nucleares con Corea, muerte y cascotes entre las flores de un jardín. En este cuaderno en blanco yacen los demonios del futuro, porque solo escribiendo de monstruos y penas, se producen exorcismos, se aplican correctivos, aparecen los caminos. Solo llenando un cuaderno, se encierra lo negro sobre el blanco y encuentra el escritor felicidad.

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