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Abulia española

Foto: Retrato de José Ruiz de Almódovar | Wikimedia Commons

Hoy se cumplen 120 años desde que Ángel Ganivet, extraordinario escritor, precursor del regeneracionismo noventayochista, decidiera lanzarse a las aguas del río Dvina, en Riga, para nunca más salir. El granadino conocía bien los rigores del agua casi congelada de los cauces nórdicos, pues había ejercido como cónsul en ciudades como la actual Helsinki o en la propia Riga. La crisis espiritual le había ahogado tanto como el río Dvina, y si bien es cierto que la sífilis y algún que otro desplante de su amada Amelia habían contribuido a macerar en su interior ese estado depresivo, no lo es menos que el descalabro que había sufrido España ese mismo año 98 había supuesto la puntilla.

Unos cuantos años antes, mientras estudiaba las oposiciones a cátedra, Ganivet conoció a otro joven opositor llamado Miguel de Unamuno. Se conocieron, empatizaron, debatieron. Durante un periodo de tiempo no demasiado extenso, al comenzar la década de los noventa, cruzaron una correspondencia magnífica que ya forma parte de los cimientos de la Generación del 98. En ese cruce de textos ya se mastica la preocupación que tanto el vasco como el andaluz sentían por una España que se apagaba irremediablemente. Unamuno ganó su cátedra en Salamanca, Ganivet perdió la suya en Granada. Y a pesar de que terminaría sacando adelante las oposiciones a cónsul, sus caminos se separaron para siempre. Eso sí, Unamuno, en mi opinión la mente más preclara de las letras hispánicas, convivió con la enseñanza que le produjo este arañazo toda su vida.

Leí su libro Idearium Español en primero de Filología, y aunque han pasado unos años puedo decir que es uno de los ensayos que con más fuerza me han golpeado en toda mi vida lectora. En el plano del análisis de la problemática española, quizás junto a la orteguiana España Invertebrada sea el que más me ha escocido. Sin olvidar además que Ganivet lo publicó en 1897. Por trazar un paralelismo, Unamuno acababa de publicar ese mismo año En torno al casticismo; es decir, al vasco le quedaba por delante lo mejor de su producción literaria y ensayística. ¿Qué hubiera sido de Ganivet si no hubiera sucumbido al hastío aquel lejano noviembre en Riga?

Pero no es esta la única pregunta que me hago al recordarle. ¿Qué hubiera pensado una mente como la suya de haberse enfrentado a una realidad como ésta que vivimos ahora? ¿Qué hubiera pensado de este parlamentarismo de saliva y serrín? ¿De una guerra civil que sigue viva ochenta años más tarde? ¿De esta España que cumple los peores augurios en lo que a descomposición regional se refiere? Quizás sirva como respuesta uno de los diagnósticos que el propio Ganivet transmite en el Idearium, y que reza así: «Si yo fuese consultado como médico espiritual para formular el diagnóstico del padecimiento que los españoles sufrimos, (porque padecimiento hay y de difícil curación) diría que la enfermedad se designa con el nombre de no-querer o en términos más científicos por la palabra griega ‘aboulia’, que significa eso mismo, extinción ó debilitación grave de la voluntad».

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