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Abundancia reaccionaria

Aunque se da por superado el momento crítico del populismo reaccionario que supuso el 2016 del Brexit y Trump, 2017 no ha sido un mal año para su vanguardia. Trump presenta cifras macroeconómicas envidiables y Wall Street está en máximos, Reino Unido sigue creando empleo, Orban y Kaczynski presumen de niveles de estabilidad e incluso popularidad en Hungría y Polonia que ya quisieran muchos de sus colegas europeos. La República Checa acaba de reelegir a un presidente claramente antieuropeo y prorruso, además de haber dado la mayoría previamente en las legislativas a una suerte de Berlusconi de Malá Strana. Incluso Putin, a quien no hay quien tosa en su país (ni fuera), puede vanagloriarse de haber devuelto el crecimiento a Rusia pese a las
sanciones económicas occidentales tras la anexión de Crimea.

Un asesor económico de Donald Trump dijo que “el capitalismo es mucho más importante que la democracia“, y no parece que a quienes así piensan les vaya mal. ¿Hay una abundancia populista y reaccionaria? Si no abundancia, muchos ciudadanos sí piensan que estos regímenes iliberales están satisfaciendo mejor las necesidades económicas básicas y calmando con más tino las angustias de la incertidumbre global a través de la llamada de la tribu. Haríamos mal en caricaturizar estos hechos
quedándonos en una condena retórica del perverso populismo, como si de caprichosos bárbaros tras la frontera se tratara y las causas que lo nutren no proviniesen de las disfuncionalidades de las mismas entrañas del sistema liberal.

En los años más intensos de la guerra fría, a finales de la década de 1950 y principios de la de 1960, la URSS mostró un desempeño económico y científico-técnico que hizo pensar a muchos (no sólo soviéticos) que la planificación centralizada sin democracia era una alternativa real al capitalismo liberal occidental. Algo parecido a lo que ahora sucede también con China. La legitimidad del sistema descansaba en sus resultados materiales. Lo cuenta de forma muy amena Francis Spufford
en Abundancia roja. Sueño y utopía en la URSS (Turner). Los pies de barro sobre los que se sostenía la aparente prosperidad resultaban indiferentes a unos ciudadanos que pensaban en términos de supervivencia. No muy distintos a los de ahora en muchos votantes en nuestros países ricos.

Más que hablar de lo malo que son los otros, mejor sería centrarse en adecentar una democracia liberal que necesita ser eficiente y justa para funcionar y que actualmente no es ni una cosa ni la otra. Llama la atención la facilidad con la que tantos se han desapegado tan rápido de un sistema político que se nos presentaba como la estación final del progreso político-social.

Aunque no cabe ser demasiado optimista a este respecto. Incluso en los foros donde más se ha insistido en la insostenibilidad de la desigualdad y el reparto injusto de la riqueza, las recomendaciones no dejan de sonar a los consejos de ese amigo que te ve triste si te abandona tu pareja y te recomienda que lo que tienes que hacer es no estar triste, sin más. Que en esas circunstancias te maticen que a tu padre o a tu abuelo lo dejaron más veces no es consuelo ninguno, como se pretende hacer con la opinión pública descontenta cuando se dan cifras sobre el progreso lineal en grandes secuencias históricas.

Como países desarrollados, ¿no nos da vergüenza que incluso el FMI nos afee lo mal que lo hacemos en el reparto de los sacrificios y los beneficios? Debería.

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