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Acostumbrados a Trump

Foto: Win McNamee | AP

Después de dirigir el desembarco nortemericano en la Segunda Guerra Mundial, Ike Eisenhower fue lanzado como candidato a la presidencia de los Estados Unidos en 1952. Aquel patriota obedeció a los publicistas de Madison Avenue y se interpretó a si mismo en unos montajes televisivos llamados Eisenhower Contesta a América, donde respondía acartonadamente a las preguntas de unos actores que hacían de ejecutivos, granjeros o camioneros. Para ser llevado hasta la conquista de la Casa Blanca, al aspirante le encasquetaron una tonada de Irving Berling y unos alegres dibujos animados de Walt Disney, donde bajo un sol resplandeciente, sonaba I Like Ike, una ligera cancioncilla casi infantil.

En la feliz década de los cincuenta, el gigantismo del entretenimiento se intuía pero ha acabado atrapando a la sociedad americana y, a su bandera de legitimidad, el poder democrático. En el siglo pasado, en el que la mayoría de los nuevos inventos se enchufaban necesariamente a la pared, se forjó Donald J. Trump que, como escribió Fitzgerald en El Gran Gatsby, es hijo de Dios porque, en su propio delirio, es hijo de sí mismo.

Antes de ser presidente, este nieto de un inmigrante alemán que hizo fortuna prostibularia en la fiebre del Oro del Oeste, descubrió bien temprano la importancia de ser una celebridad: agresivo, desaforado, puso una pica en Manhattan y se cubrió las espaldas con Roy Cohn, el joven abogado del senador McCarthy-caza-de-brujas, el terror de cualquier escrúpulo.

Este presidente siempre estuvo dispuesto a venderse y revenderse y su nombre, chapado con bisutería y dorados, lo sacó adelante. En los ochenta, publicó libros sobre El Arte de Hacer Negocios, se arruinó con la caída de sus delirantes casinos de Atlantic City, como el Taj Majal, parecía hundido, pero siguió dando lecciones. Después de sus estruendosas bancarrotas publicó -qué talento- El Arte del Regreso y la televisión lo rescató para encumbrarlo con el reality de El Aprendiz. Desde allí en junio de 2015 se decidió a participar en las primarias de los republicanos. “No lo hago por mi país, lo hago por mí: es mi último tren”, dijo entonces.

Doblegó al Grand Old Party, fue el candidato presidencial, amenazó con meter en la cárcel a Hillary Clinton y luego, lo hicieron presidente.

El día 20 se cumplen dos años de sus atropellos y desahogos. Atropellos y desahogos que siguen cotizando en el mercado televisivo y periodístico norteamericano como los primeros días. Entonces le sugirió a la CNN cobrar en los debates por la carrera hacia la Casa Blanca porque era él mismo, el que, a ciencia cierta, garantizaba los ratings de la cadena. Los de la CNN siguen teniendo claro que haciéndole vudú a diario se garantizan el share.

Desde el pasado noviembre, tras los resultados que las mid term elections que le confirieron mayoría de la Cámara de Representantes a los demócratas, su caótica acción gubernativa, sus encontronazos con la justicia y sus negocios turbios se están viendo sometidos a investigaciones en la Cámara. No va a serle fácil pero tanto Barack Obama como Bill Clinton, ambos presidentes con el Partido Demócrata, alcanzaron uno segundo mandato con la Cámara de Representantes dominada por los Republicanos.

Hoy el país arroja su mejor tasa de desempleo de los últimos años (3,7%) y ni el imperio está envuelto en dramáticamente vistosos conflictos internacionales ni tampoco ciudadano norteamericano está cernido por la amenaza terrorista. En el primer mandato -y ya veremos…- de Trump él es el sobresalto; mientras que en el primero de George W. Bush -su predecesor republicano y con el que no tiene relación alguna dado el nivel de repudio que le expresó el tejano- los sobresaltos fueron, entre otros, el 11-S, la operaciones militares en Afganistán e Irak, Guantánamo y los interrogatorios.

En las filas demócratas no se atisba a nadie capaz de hacerle frente. Y bajo el señuelo del muro -su gran y falaz promesa electoral- se cubren las partidas de los departamentos de Customs and Borders Protection y de Inmigrantion and Customs Enforcement, los dos brazos legales que han convertido a Estados Unidos en un check point para los latinos. 58 millones de personas que se expresan en español y representan casi un 18% de la población total del país. Algo tendrán que decir en las próximas elecciones de noviembre de 2020.

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"La escenificación de una mentira es clave para trasladarla a la escena de lo debatible. Por ello, y conscientes de que la veracidad de sus afirmaciones se mantiene en cuarentena, la ultraderecha suele apostar por la convicción"