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Acto patriótico

Foto: EMILIO MORENATTI | AP

La guerra partidista a escala nacional evidencia que el constitucionalismo no está unido respecto a los asuntos que afectan al Estado y, al mismo tiempo, da oxígeno al nacionalismo catalán que sigue imperturbable ocupando todas las palancas de poder que permanecían al margen de los largos tentáculos de la Generalitat. La reciente victoria del candidato de la ANC, Joan Canadell, en la Cámara de Comercio de Barcelona es una muestra de ello. Canadell llegó a decir en TV3 que había que «ocupar los puestos de poder en Cataluña» y que la toma del independentismo de la Cámara era la «mejor noticia desde el 27 de octubre de 2017″, fecha en que el Parlament declaró unilateralmente la independencia.»Hay que hacer que el empresariado mande y no de acuerdo con el Gobierno de Madrid», remachó en la cadena pública.

La Generalitat lleva años construyendo, de facto, un estado catalán dentro del Estado español. Si con el 48% de los votos se atrevieron a subvertir el orden constitucional, ¿qué se verán legitimados a hacer si un día llegan al 50% de los sufragios? Las propias dinámicas del Estado de Derecho pudieron frenar por si solo la tentativa de octubre de 2017, pero esto no es ninguna garantía de cara el futuro y si el nacionalismo sigue ganando músculo.

En las últimas elecciones generales, como explicó brillantemente Joaquim Coll en El País, el nacionalismo ha cosechado 514.000 votos más, pese a bajar en porcentaje. Y no parece que los líderes nacionalistas hayan hecho autocrítica o tengan el propósito de guiar a sus votantes a un nuevo escenario de distensión. Todo lo contrario, parece que la única lección aprendida de ese fatídico otoño caliente es repetirlo para hacerlo mejor. La estrategia de falsa moderación de ERC consiste en seguir trabajando para que más gente se adhiera a la causa independentista. Controlar las cámaras y todos los centros de poder allana el terreno para que esa masa gris de ciudadanos, conformistas y poco politizados que existen en todas las sociedades, acaben inclinándose hacia cualquier proyecto político —por más aberrante que sea— si personal y económicamente les beneficia. Esto lo explica bien Alberto Moravia, en su libro El conformista, sobre el ascenso del fascismo en Italia y que Bernardo Bertolucci llevó al cine. Y, ante un Estado ausente en Cataluña y un nacionalismo hegemónico, no es difícil detectar qué bando ofrece más réditos.

Los resultados electorales en las generales demuestran que los españoles han temido más a Vox que al nacionalismo catalán. En parte, no deja de ser un acto de salud democrática que los electores sigan votando en función de la ideología en lugar de identidad, y que Cataluña no haya contagiado al resto de España dando su apoyo a otro nacionalismo, español, como reacción. Pero también demuestra que el desafío en Cataluña al Estado de Derecho importa poco y que tristemente es una lucha que los constitucionalistas catalanes libren prácticamente solos y a la intemperie de unas instituciones —catalanas— en su contra. La única forma de corregir en el Congreso la pasividad de los españoles es que Ciudadanos asuma el reto por el cual se fundó, decida entrar en un Gobierno con Pedro Sánchez, y se traslade de una vez por todas la imagen de que el Estado está unido ante los grandes retos, como es el auge del nacionalismo catalán y vasco.

Un acto patriótico que sirva para emprender las reformas necesarias, ahora que el constitucionalismo ostenta más de dos tercios de la Cámara baja. Todo lo demás es dejación de funciones y partidismo cortoplacista.

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