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Ada y la izquierda bienqueda

Foto: EMILIO MORENATTI | AP Photo

El abrazo de cierta izquierda de pensamiento flácido y unívoco a la corrección política y todos sus ismos segregados ha traído consigo la actitud frívola y acomodaticia del bienquedismo. Entendamos por bienquedismo una derivación del populismo consistente en defender cualquier causa que despierte simpatías mayoritarias, adhesiones inquebrantables y sobre todo que proporcione réditos inmediatos.

Si tuviera que escoger una figura pública que en esencia represente la semántica del bienquedismo, sin lugar a dudas me quedaría con Ada Colau. Nadie como la alcaldesa de Barcelona ha hecho tanto por quedar bien con todo el mundo, aunque últimamente parezca que los designios divinos se le han girado en contra y pocos entienden ya sus postulados bienqueda.

Ni tan siquiera su catódica salida del armario en plena campaña electoral consiguió galvanizar al más desinhibido voto progresista cosechando su formación política unos desalentadores resultados en las elecciones catalanas. Poco más de 300.000 votos. Aproximadamente la mitad de los que consiguió el PSC, partido al que echó del gobierno del Ayuntamiento de Barcelona en un arrebato de bienquedismo. En ese caso se trataba de contentar los quejidos independentistas provocados por la reacción del gobierno central ante el quebrantamiento de la legalidad en Cataluña.

El bienquedismo participa, pues, de la mística y mixtificación de los nacionalistas. Avala la existencia de presos políticos y considera que la actuación policial en la votación ilegal del 1 de Octubre no fue propia de un estado democrático. En cualquier caso, imagino que después del patinazo con el perla Lanza y el docudrama Ciutat Morta, a la bienqueda Colau y a su lugarteniente Asens se les habrán pasado las ganas de polemizar con acciones policiales.

Pese a todo, tal y como están las cosas en Cataluña no sería de extrañar que en breve  se tuviera que ir a nuevas elecciones. Tampoco sería extraño que los resultados fueran muy parecidos pero que el bienquedismo tuviera que mojarse al fin. Sería paradójico -aunque tendría su punto de justicia poética- que la toma de partido en Cataluña representara el principio del fin de la izquierda bienqueda en España.

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