Jordi Bernal

Adicciones vergonzantes

Cada vez que intento dejar de fumar (y ya van siendo unos cuantos intentos) me acuerdo de<em> La conciencia de Zeno</em>. Italo Svevo escribió la novela impecable del débil adicto al tabaco. Una de las grandes obras literarias que encuadra y fija las convulsiones del siglo XX a partir de un neurótico enganchado a los cigarrillos. Esas cosas de las que sólo la ficción es capaz: describir una visión unívoca del mundo. También me acuerdo, entre sudores, irritaciones y temblores, de las palabras de Jim Jarmusch en <em>Smoke</em>, ese canto libérrimo al humo dirigido por el novelista (pretencioso y sobrevalorado) Paul Auster. En el film en cuestión, el cineasta Jarmusch, autor de entre otras ocurrencias filmadas <em>Coffe and Cigarettes</em>, se queja con razón de la industria de Hollywood, que durante años vició a los adolescentes en la mitología fumeta y que ahora se presenta libre de humo y con los pulmones aireados.

Opinión

Adicciones vergonzantes
Jordi Bernal

Jordi Bernal

Periodista a su pesar y merodeador de librerías y cines. Autor del libro de crónicas Viajando con ciutadans (Ed. Triacastela, 2015)

Cada vez que intento dejar de fumar (y ya van siendo unos cuantos intentos) me acuerdo de La conciencia de Zeno. Italo Svevo escribió la novela impecable del débil adicto al tabaco. Una de las grandes obras literarias que encuadra y fija las convulsiones del siglo XX a partir de un neurótico enganchado a los cigarrillos. Esas cosas de las que sólo la ficción es capaz: describir una visión unívoca del mundo. También me acuerdo, entre sudores, irritaciones y temblores, de las palabras de Jim Jarmusch en Smoke, ese canto libérrimo al humo dirigido por el novelista (pretencioso y sobrevalorado) Paul Auster. En el film en cuestión, el cineasta Jarmusch, autor de entre otras ocurrencias filmadas Coffe and Cigarettes, se queja con razón de la industria de Hollywood, que durante años vició a los adolescentes en la mitología fumeta y que ahora se presenta libre de humo y con los pulmones aireados.

Viene a decir el gurú del cine “independiente” que hubo una época en que el ritual del tabaco era inherente a la cinematografía y su estética ahumada. Los mitos se forjaron entre caladas encadenadas y el pitillo tanto predecía sexo como justificaba su elipsis: Bogart, Bacall, Wayne, Grant, Cooper, Dietrich y tantos otros representaron una manera rebelde de enfrentarse al mundo con un cigarrillo en la comisura de los labios. El zasca inmisericorde y la mirada acariciada por grises serpentinas espesas. Incluso cabía la posibilidad de apagar el cigarrillo en los restos de un bistec sanguinolento mientras se le perdonaba la vida a un particular en un restaurante de carretera y en contraplano.

Luego nos dijeron que todo eso estaba mal. Y en el cine ya sólo fuman los malos y los cínicos. En el Rock’n’Roll creo que únicamente el artrósico y garrulo Keith Richards todavía reincide en desafinar con la abrasiva colilla como adorno del postureo de riff.

Como adicto vergonzante y socialdemócrata convencido, me parece estupendo que se prohíba fumar en cualquier espacio público. Hay que prohibir y ser más intolerante (cómo odio el cursi eufemismo “tolerancia cero”).

Las películas de Bogart son espesamente pornográficas. Degustémoslas, pues, en intimidad emboscada.

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