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Adiós al mito Soraya y otras lecciones catalanas

Foto: SUSANA VERA | Reuters

Algunas consecuencias, entre la sorpresa y la esperanza, de la crisis en Cataluña:

  1. Adiós al mito Soraya. La eficiencia de Soraya ha sido uno de los mitos que han sostenido a este Gobierno: según la leyenda, mientras Rajoy encadenaba vegueros, ella era una superdotada de la multitarea. Lo era hasta el exceso: en un chat Oriol Junqueras, en el otro Sanz Roldán. Por supuesto, si Soraya dio pie al mito, fue la prensa –bien nutrida por ella- quien lo construyó: ni un editorial, ni un periódico, se ha atrevido a tocarla, mientras desde vicepresidencia se redirigían todos los dardos a su jefe. Guste o no, Cataluña ha acabado con las aspiraciones políticas de la de Valladolid: mal con las urnas de matute de octubre, mal con las urnas y sus mítines de diciembre. ¿Mal Rajoy al darle semejante poder? Tan cierto como que a él le queda cuerda y ella está en la unidad de quemados. Descartada Cospedal, también hay que descartar a Soraya. Y pensar en Rajoy como una de esas plantas a cuya sombra nada crece.
  2. Males diversos del PP. Prensa amiga y núcleo duro sociológico en proceso de extrañamiento. Pirámide demográfica no ya envejecida: viejuna, frente a esas clases urbanas y sofisticadas cada vez más teñidas de naranja. Y una capacidad de impresión para dejar escapar talento –opinadores, intelectuales, gente joven- al adversario: ¿hay alguien serio, no me valen Marhuendas, que apoye al PP? En Europa no dejará de sorprender que el mayor partido constitucionalista –PP- sea el partido con menor representación en Cataluña. Por supuesto, no está claro que para un partido sea mejor tener un futuro que tener a un Mariano, y el PP es una maquinaria electoral muy competitiva. Pero la sangría naranja va a más. Y nada como ganar –las catalanas- para demostrar que uno es un partido ganador.
  3. España y Europa. Se ha llegado a extremos de dureza a los que no pensábamos que se pudiera llegar: 155, tribunales, cárcel. Dicho de otro modo, la España constitucional le ha perdido el miedo al nacionalismo. Al tiempo, algunos secesionistas han llevado su performance hasta cotas bruselenses de ridículo: si algo choca con el sentir de las instituciones europeas es el cerrilismo implícito, la exaltación del terruño de las varas de alcalde. En consecuencia, la Unión Europea le ha perdido el respeto al secesionismo. Y estas –España, Europa- son dos esperanzas como esos reflejos que a veces vemos brillar en el barrizal. Baste pensar que acaba de pasar el aniversario de la Constitución y lo de reformarla va a quedar para otro rato: hasta en sus partes no usadas se ha demostrado que es útil.
  4. Descrédito de la insurrección. Hay un juego de impotencias entre secesionistas y constitucionalistas. Eso dicen las urnas. Pero los sucesos de octubre han demostrado que la vía insurreccional hacia la independencia es una vía muerta.
  5. Y qué pasa si critican. Sí, hay que hacer todos los esfuerzos posibles en comunicación –y más en Anglosajonia. Pero cualquier país defiende su ley y a cualquier país le critican por sacar las porras. El 1 de octubre no fue el fin del mundo: gracias a la trituradora de las redes, cada apocalipsis dura pocos días. Ya sabemos lo que pasa cuando te critican y no te defiendes –imaginemos cómo será tener la defensa preparada. Algún secesionista se creía que era posible despedazar un Estado europeo sin recibir ni una notificación de la guardia urbana, pero tampoco era razonable pensar que la mezcla de urnas y tricornios no fuera a llamar la atención desde los rascacielos de superioridad moral del NYT.  Quizá a los españoles sólo nos falte vernos con menos tortura y dramatismo en la mirada del otro. Sería una manera de convertir la crisis existencial en crisis de crecimiento.

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