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Adiós, mamá

Pero ahora están enfermos. Tienen Parkinson. O Alzheimer. O demencia senil. Y así, poco a poco, van dejando de ser tus padres para convertirse en tus hijos

Siempre que has mirado hacia arriba, estaban allí. 

Siempre que has necesitado una mano que te guiara, un pecho en el que apoyar tu dolor, unos ojos que buscaran (y encontrasen) algo de luz en un día gris, ellos estaban allí. Incluso cuando fuiste madre (o padre) y tuviste que asumir miedos y responsabilidades como nunca imaginaste, incluso entonces sabías que tenías esa red de seguridad, que no estabas sola (ni solo), porque por encima de todas las cosas seguías teniéndolos a ellos. 

Siempre estaban allí. Papá y mamá. Un seguro de paz. Un seguro de vida. 

Pero ahora están enfermos. Tienen Parkinson. O Alzheimer. O demencia senil. Tienen alguna de las enfermedades degenerativas que los van apagando, que día a día borran un poquito de lo que fueron. Y así, poco a poco, van dejando de ser tus padres para convertirse en tus hijos. Dejan de ser tu refugio para convertirse en alguien a quien cuidar. "No conseguí enfrentarme a la situación hasta que no acepté que mi madre ya no era más mi madre, sino una mujer que cada día iba convirtiéndose un poquito más en una niña pequeña. Y que, al final, justo antes de morir, acabaría siendo como un bebé. Y que yo tenía que devolverle todo lo que me había dado". Y así, mi amiga Silvia pudo soportar el tremendo dolor de ver a su madre olvidarse incluso de ella. Aceptó que a veces la vida daba la vuelta de una manera muy cruel.

Que era el momento de devolver todo el amor, las noches en vela, los besos, las manos siempre extendidas, las palabras exactas, la manzanilla para el dolor de tripa, la mirada orgullosa, el refugio en penas de amor, la sabiduría en encrucijadas difíciles, la risa siempre contagiosa. Era el momento de dejar de ser hija, o hijo. Era el momento de ponerse al frente. 

Ahora le tocaba a ella tirar de la familia. Porque ellos ya no serían nunca más lo que fueron. Ni los que fueron.

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