Antonio García Maldonado

Adiós, sorpresa

«Hay algo mucho más atávico en la reciente importancia que concedemos los legos a los datos, en la atención que les prestamos y en las esperanzas que en ellos ponemos: nuestra vieja necesidad de certidumbre, nuestro rechazo a lo imprevisible»

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Adiós, sorpresa
Foto: John Raoux| AP Images
Antonio García Maldonado

Antonio García Maldonado

Edito, traduzco, analizo y escribo. Aspiro a un estoicismo beckettiano: "Fracasa de nuevo, fracasa mejor". Sureño.

Se ha dicho de muchas maneras, pero en el fondo significan lo mismo: los datos son el nuevo petróleo. El funcionamiento de los mercados, el diseño de las ciudades, e incluso el perfil de la potencial pareja viene determinado de forma creciente por los datos que va dejando el registro agregado de nuestra actividad. No es extraño, siendo así, que las superpotencias –la consolidada y la emergente– compitan al respecto, ni que hayan crecido una oferta y una demanda considerables de servicios relacionados con ellos: desde el que ofrecen las empresas de Recursos Humanos o los medios de comunicación, hasta los que demandan ciudadanos inseguros de su suerte laboral y que desean seguir formándose, o aquellos hipocondríacos que quieren anticipar potenciales enfermedades –que lo mismo ni aparecen, pues hablamos de probabilidades–.

Aunque su fundamento es científicamente exquisito, loable y eficaz, hay algo mucho más atávico en la reciente importancia que concedemos los legos a los datos, en la atención que les prestamos y en las esperanzas que en ellos ponemos: nuestra vieja necesidad de certidumbre, nuestro rechazo a lo imprevisible. La promesa de la modernidad, en este sentido, parece devaluada: no hemos llegado al final del dolor, de la tragedia o de la muerte, pero se nos ofrece el final de la sorpresa ante el dolor, la tragedia o la muerte. No se trata tanto de que no vayamos a sufrir o a morir como de que antes sabremos de qué y cuándo, y que el cómo será indoloro. Si el consuelo es magro o sustancial, debe decidirlo cada uno. Por eso, el vaticinio de que la pandemia del coronavirus producirá un impulso a la industria y a la utilidad del dato tiene algo de sostenella y no enmendalla, de profundización en una creencia que la historia se encarga de desmentir ante nuestras ilusiones más deseadas.

Que no se me malinterprete: no critico la importancia, la utilidad y el potencial de los datos —y, de forma general, de la ciencia y la técnica— para mejorar todos los ámbitos de nuestra existencia. Eso no es una promesa, sino una realidad cotidiana, y bien está felicitarse e insistir en los diversos caminos que se han ido abriendo ante nosotros en los últimos meses. Pero quizá despierta o revela una esperanza infundada de sus potenciales beneficiarios en la innovación que sólo aboca a una frustración permanente. Porque el progreso de la ciencia y la técnica, de los datos, su análisis y sus aplicaciones, tienen limitaciones insalvables, y parecen aún lejos de conjurar lo que verdaderamente nos paraliza ante un futuro en el que, por más descubrimientos refinados que interpongamos, siempre aparece, confiada y serena, la muerte.

Saber cuándo y por qué ocurrirá –y suavizar el cómo– no son logros menores. Pero la promesa de fondo siempre parece otra, y esta pandemia ha revelado nuestra posición verdadera ante una realidad que estamos lejos de comprender, controlar, aceptar y disfrutar a cabalidad. La misma historia de siempre, y la misma frustración que genera sus anticuerpos: el de la curiosidad y el del afán. Los que nos hicieron mirar y echarnos al mar, los mismos que nos hacen hoy mirar y explorar el cielo en busca de consuelo y de respuestas. Y en esas seguimos, con herramientas distintas y mejoradas, pero con las mismas dudas y preguntas de siempre.

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