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Adoquinados

"En los inicios del tostón, Rivera se sacó de la chistera un duro adoquín. Y me pareció una buena metáfora del rostro que exhibieron los cinco políticos"

Foto: Juan Carlos Hidalgo | EFE

Poco aportó el debate a remediar la sensación de que los partidos políticos se están choteando sin disimulo de la anonadada ciudadanía. Sánchez dejó bien claro que no tiene intención de bajarse del Falcon y que serán necesarios unos fórceps para sacarlo de la Moncloa; Casado jugó con la herencia de los gobiernos populares a su antojo y capricho: cuando se trata de sacar pecho de la creación de empleo (paupérrimo y precario) ondea la bandera con la gaviota, pero si le mencionan la corrupción y los reiterados pactos con los nacionalistas periféricos a los que niega pan y sal, entonces dice que él no estaba y que lo registren.

También Rivera fue divertido escaqueándose de toda responsabilidad en el atolladero en que irresponsablemente nos han arrastrado, ya que a nadie se le escapa que, por su pretensión de convertirse en el líder de la derecha en lugar de mantenerse como bisagra de gobernabilidades aceptables, ayer estábamos ante la pantalla tragándonos el soporífero espectáculo de marras. Paso por alto sus reiteradas muestras de amor a Barcelona. No olvidemos que si por él fuera, hoy la ciudad estaría en manos de Ernest Maragall y la tropa de ERC.

Inefable Pablo Iglesias. El hombre que, desde que descubrió que la vida burguesa de dacha madriles es una delicia, se presenta a los debates catódicos como el epítome de la sensatez socialdemócrata. Más allá de las estocadas a “los poderes fácticos” marca del sobado argumentario podemita, señaló como ejemplar el pacto Suárez-Tarradellas que posibilitó la reinstauración de la Generalitat de Cataluña. ¿Qué se fizo de aquel malvado régimen del 78?

Y Santiago Abascal. ¡Asombroso! Su receta para todo es acabar con las autonomías, a las que tiene verdadera ojeriza. Tampoco le gustan demasiado los inmigrantes. Ni las feministas. Ni las parejas del mismo sexo que quieren adoptar. Ni los rojos. Ni el libre comercio. Ni las grandes ciudades. Llegó a decir algo así como que no todo es Madrid y Barcelona, y que hay que mirar más a las provincias. A él le gusta una España provinciana, recia y de misa diaria. No cabe duda de que a este señor le pone la bandera española más que a un tonto un lápiz.

Poco más. Todos sobreactuaron, fingieron mucho y fueron poco proclives a la verdad. En los inicios del tostón, Rivera se sacó de la chistera un duro adoquín. Y me pareció una buena metáfora del rostro que exhibieron los cinco políticos.

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