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Afterparty

Las fiestas populares que salpimentan el verano español han alcanzado ya su primera cima en los sanfermines pamplonicas, a la espera de que tengan lugar la así llamada tomatina de Buñol y la multitudinaria Feria de Málaga, sin desmerecer otras aglomeraciones de similar alcurnia y éxito turístico. Eso sí, ninguna puede competir en cobertura mediática con los encierros taurinos de la capital norteña: si se hace necesario interrumpir la llegada de la humanidad a Marte para que los españoles pueden ver a los Miura correr despavoridos entre miles de personas ataviadas con una camisa blanca y un pañuelo rojo, Televisión Española no tiene problema en hacerlo. ¡Solo faltaría! De creer a los más avezados intérpretes de la fiesta, el servicio público consiste aquí en mostrar a los ciudadanos un rito milenario que, enfrentando al ser humano y a la bestia arquetípica, nos recuerda la condición mortal de nuestra especie y su secular oposición simbólica al resto de la naturaleza. Todo ello, se entiende, mientras recogemos el palillo de dientes que se ha caído encima de nuestras chanclas en pleno mediodía canicular y nos disponemos a dormir una siesta de dos o tres horas.

Se diría que el reloj de la Ilustración tiene cuerda solo hasta cierto punto: ni el propósito originario de hacer mejores a los ciudadanos, ni aquello que la ciencia pueda decirnos sobre la vida mental de los animales tiene la menor importancia ante el imperativo supremo de pasárselo bien. Supongo que las divisorias ideológicas ejercen aquí su influencia: detrás de los reparos ante estas multitudes enfervorecidas solo puede haber un millennial reblandecido por el confort bienestarista o un fanatizado votante de Pacma. Pero, ¿por qué pelearnos? La tomatina de Buñol y la Feria de Málaga, no digamos las celebraciones de los títulos futbolísticos, demuestran sobradamente que el ser humano se basta y se sobra para divertirse sin necesidad de implicar a otras especies. Nunca viene mal, todo sea dicho, el apoyo entusiasta de los poderes públicos y de un sector turístico del que tantos presupuestos municipales -y votos- dependen. Si algo se echa en falta, es que esos mismos municipios subvencionen la huida forzosa de aquellos vecinos que no comparten el mismo esprit de corps y rehúsan, sin duda ignorantes de las explicaciones que la teoría evolutiva proporciona sobre los beneficios afectivos de las fiestas de masas, sumarse a la corriente. La idea de que esas autoridades hayan de elevarse por encima del gusto de los ciudadanos cuando de actividades públicas se trata debe desecharse como una mera extravagancia. 

Tienen razón los antropólogos: una sociedad, por moderna que sea, se define también por sus mitos. Y éstos son los nuestros. Que siga la fiesta.

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