Daniel Ramirez Garcia-Mina

Agua, cuando ella quiere

Cuando el agua traga, no mira el color. Cuando el fondo reclama a la superficie lo que hará suyo para siempre, no escucha el idioma de los gritos. Cuando el oleaje azota y destruye, no lee la matrícula de las embarcaciones.

Opinión

Agua, cuando ella quiere

Cuando el agua traga, no mira el color. Cuando el fondo reclama a la superficie lo que hará suyo para siempre, no escucha el idioma de los gritos. Cuando el oleaje azota y destruye, no lee la matrícula de las embarcaciones.

Algo falla. Una valla separa el bien del mal, distingue entre buenos y malos; y diferencia entre ricos y pobres. Además, no solo eso, no es tan fácil: la percepción cambia dependiendo del extremo del que se mire. Ahora, en 2014, parece que el bienestar habita en el lado occidental. ¿Quién sabe cuál será la dirección de los saltos en cien o doscientos años? El terruño está lleno de normas, de fronteras artificiales, de puertas que se ponen al campo, y de hombres que sujetan a otros hombres. Estos son y serán buenos o malos. El rol lo determinará uno y otro público, un lado de la valla y el otro. Esta pregunta, de buenos y malos, y de difícil (o imposible) respuesta seguirá siendo el color primario de un paisaje aterrador, de saltos hacia la muerte, y de amaneceres que tiñen de sangre ambos lados del muro.

En el agua, en cambio, todos somos iguales. La corriente empuja, el océano nos dibuja diminutos, el fondo es incierto, y el oleaje azota por igual; independientemente del lado, del trozo de tierra pisado antes de lanzarse al mar. Cuando el agua traga, no mira el color. Cuando el fondo reclama a la superficie lo que hará suyo para siempre, no escucha el idioma de los gritos. Cuando el oleaje azota y destruye, no lee la matrícula de las embarcaciones.

Con la tierra bajo “control”, con unas normas escritas, con el salto como modo de escape, y las fronteras delimitadas; la búsqueda de la libertad se persigue en el agua, y se palpa con las manos húmedas, saladas, y frías. Porque solo el agua sabe quién flotará después, dónde acabarán sus navegantes, y qué vidas seguirán siéndolo.

Porque desde el fondo, la arena más remota, las conchas más lejanas, y los peces más recónditos miran a la superficie con los mismos ojos, sin intención, sin importar el rincón del océano que acoja la escena. Porque en el agua no hay vallas, ni extremos marcados. Porque el agua da vida, pero también la quita, cuando ella quiere.

Más de este autor

San Fermín en cinco postales

Los mejores sanfermines son los que no se planean, aquellos que fluyen como el vino que se derrama, como los toros que galopan por la Estafeta, como los gigantes que danzan sobre los adoquines.

Opinión

En blanco y negro

El domingo volverán las urnas aquejadas de una falta notable de color, aunque todavía existen muchos, como dice esta canción, “capaces de emocionarse en estas calles de andar inmortal”. Brindemos por ellos, vengan por la izquierda, el centro o la derecha.

Opinión

Más en El Subjetivo

Daniel Capó

2017

«Lo que voló por los aires en aquel año fatídico no fue la Constitución, sino una determinada cultura que la había hecho posible: nuestros mitos compartidos»

Opinión

José García Domínguez

La decadencia de Barcelona

Esa frase tantas veces citada, la de Unamuno a propósito de los catalanes, la de que les pierde la estética, se inscribía en un contexto mucho menos citado y que acaso procede recordar en estos días. Ahora, cuando las autoridades de la Generalitat compaginan sus muestras de muy humana comprensión hacia los promotores de las […]

Opinión

Pilar Marcos

Todos a Lhardy

«Lhardy lleva sirviendo buen cocido con impecable servicio desde 1839 y sería una pena que no pudiera cumplir sus primeros 200 años por culpa de la pandemia. Les propongo que, para compensar esta Semana Santa sin playa, reserven allí una mesa»

Opinión